Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 13. El baile #2
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13. El baile #2

—Ahí lo tienes, hablando con su abuelo. Es su ojito derecho, ¿sabes? El mayor de los cuatro nietos. Y, sin duda, su favorito.

Los ojos de Desmond encuentran los míos y me dedica una sonrisa cínica, casi burlona, como si supiera lo confundida que estoy. Veo con terror cómo los dos se acercan hasta nosotras. Estoy paralizada. No puedo moverme. Silas llega primero a mi lado y coloca una mano en mi cintura para apretarla.

—Pero ¡¿a quién tenemos aquí?! —Mira a su mujer mientras sube la mano hasta mi espalda para acariciar mi hombro desnudo—. ¿Ya has conocido a Nova, querida?

—Oh, sí. Una jovencita muy sentida. Se ha emocionado con Vivaldi. Es de las mías.

Miro a Desmond como se mira un rompecabezas que no logras entender.

Como el tablero de ajedrez en tablas que te jode no haber resuelto antes.

Él amplía la sonrisa, pero su mirada no es amable, más bien se parece a la de un depredador que ya ha cazado a su presa.

La misma que le dedicó a Sira la primera vez que se encontraron frente a la suite Borgoña.

—Hola, Nova.

Es él. Es Desmond. No entiendo qué está pasando.

Silas nos mira a los dos con extrañeza.

—¿No me digas que Nova es la misteriosa pareja de baile de la que no querías hablarnos?

—Así es, abuelo. ¿Qué te parece?

Lo agarra del hombro para darle varias palmadas.

—¿Que qué me parece? Que eres un zorro con el mismo gusto que tu abuelo, muchacho. Ahora entiendo que rechazaras a la pequeña de los Desrosiers.

Miro a su mujer, que me observa con expresión ausente.

Sigo consternada. Necesito que Desmond me diga que todo esto es una broma y que le ha parecido gracioso venir disfrazado del nieto del cabronazo octogenario que abusó de mí en este mismo salón.

—Si nos disculpáis, querría hablar con Nova a solas un momento.

Ambos asienten. Desmond toma mi mano y soy incapaz de apartarla. Tira de mí con suavidad hacia uno de los ventanales, saludando de manera elegante a varias personas al pasar.

—Hagamos esto como es debido: Atticus Sterling. —Alza mi mano y besa el dorso sin dejar de mirarme. Me apoyo en el cristal para mantener el equilibrio—. Lo sé, lo sé… Estarás pensando, ¿dónde está el tímido y desgarbado de Desmond Tatch?

Muda el gesto. Levanta los hombros y me mira como lo haría el Desmond que conozco. Hace el gesto de subirse unas gafas invisibles.

—Lo hago bien, ¿eh?

Trago saliva antes de hablar. Respiro hondo varias veces e intento controlar mi tono de voz.

—¿Por qué coño has mentido sobre tu identidad?

Chasquea la lengua.

—Esa boca, Nova. Si quieres entrar en mi familia, más te vale ser suave como una pluma.

Elevo la barbilla para acercar mi cara a la suya.

—No quiero entrar en tu puta familia.

Él acorta más el espacio entre nosotros hasta que la punta de su nariz roza la mía.

—Pues es lo que te conviene ahora que La Gobernadora te ha descartado como un activo útil.

Frunzo el ceño.

—¿De qué coño estás hablando?

—De que se te han acabado los privilegios. Mañana te echarán de la suite Borgoña para compartir habitación con otras tantas como tú. No esperes tartaleta de manzana ni a Loretta como niñera. ¿En serio pensabas que ibas a ser alguien en Babel sin tener un apellido?

No respondo. Nos quedamos en silencio unos segundos. Se aparta para apoyarse en el cristal y mete las manos en los bolsillos.

—Soy cadete de tercero, Nova. Y algún día seré general.

La Gobernadora me pidió que te interrogara para identificar tu unidad de origen.

Por lo visto, le pusiste en bandeja tu amor por los libros.

Pensó que estarías más receptiva con alguien que compartiera edad y gustos contigo.

Tuve que inventarme la versión de Desmond que conoces para que no me vieras como una amenaza.

Lo único en lo que puedo pensar es en el alivio que me provoca no haberle hablado de Adrien. He estado a punto de confiar en alguien que acaba de traicionarme.

—Esta mañana le dije a La Gobernadora que no tenía sentido seguir fingiendo. No vas a colaborar. Al menos, no de este modo. Estás dispersa, Nova. Salvaje. No sé qué tipo de educación te han dado, pero me queda claro que una mujer como tú necesita un hombre que la lidere.

—¡¿Cómo dices?!

Noto el calor subirme por la garganta. Las mejillas me arden. Varias personas se giran para mirarnos. Bajo la voz y le clavo el dedo índice en el pecho.

—Maldito niñato engreído.

—Cuidado. —Me atrapa el dedo con un movimiento rápido y lo aprieta con fuerza—. No olvides dónde estás, Nova. Ni el poder que tiene mi abuelo.

Me obliga a bajar la mano, pero no me suelta.

—Dijiste que tu libro favorito era 1984 . ¿Tengo que recordarte cómo termina? —Se inclina hacia mí y sus labios rozan mi oreja—. Tú también acabarás amando a quien crees que intenta destruirte. Es cuestión de tiempo. Te acostumbrarás, Nova. Y me darás las gracias por abrirte los ojos.

Siento un escalofrío. Atticus se aparta y me acaricia la mejilla. Retiro la cara, pero él me agarra por la barbilla.

—Te lo voy a decir una última vez: La Gobernadora ya ha decidido que no eres útil.

¿Sabes lo que significa eso? Solo te queda una función en Babel.

—Recorre mi cuerpo con la mirada y sonríe—.

Mi abuelo está deseando tener bisnietos.

A mí, sinceramente, me da igual. Pero es lo que se espera de alguien como yo.

Soy el primogénito. El que ocupará la silla de mi abuelo junto a Sitara tarde o temprano.

Puede que incluso sea el futuro Gobernador.

Mi deber es mantener la pureza y proteger a mi familia, así que espero que valores que estoy haciéndote el favor de tu vida al elegirte.

Voy a pedirle a La Gobernadora que en vez obligarte a asistir a la Escuela de Damas, te envíe a mis dependencias.

Yo mismo te adiestraré para que seas una mujer de bien y la futura madre de mis hijos.

Noto las lágrimas de rabia quemándome en los ojos. Siento la urgencia de llevar la mano a mi muslo y clavarle la daga oxidada en la yugular.

—Preferiría morir antes que llevar a tus putos descendientes en mi vientre.

Se muerde el labio inferior y niega con la cabeza.

—¿Es que no te das cuenta, Nova? Eso es lo que más me gusta de ti.

Me han educado para que elija a una mujer sumisa y devota que ame a nuestro fundador tanto como yo, pero no hay nada que me cause más placer que imaginarme rompiendo cada una de tus creencias, día a día, hasta que el fuego de tus ojos se transforme en obediencia plena.

Oh, joder, he tenido esta fantasía más veces de las que querría confesar.

Hay algo prohibido en lograr que alguien como tú termine suplicando que le dé las órdenes que ahora mismo desprecia. ¿Lo entiendes?

Antes de que pueda responder, el sonido de una campana silencia el salón.

Miro a mi derecha. La Gobernadora sube a una especie de escenario.

Va vestida de negro, con un enorme cinturón dorado con el símbolo de Babel en el centro.

Lleva una capa de plumas doradas que arrastra varios metros por el suelo.

—¡Mis queridos y selectos ciudadanos del Círculo Dorado!

Hoy celebramos, como cada año, la pureza.

Mirad a vuestro alrededor. Todo lo que veis es el resultado del esfuerzo.

Quizá algunos crean que esta torre se alza sobre el suelo por puro azar, pero vosotros lo sabéis mejor que nadie.

¡Somos el último bastión de la Humanidad!

Y todo porque mi queridísimo abuelo, que en paz descanse, decidió hacer lo correcto.

En vez de abandonarse a la comodidad de lo artificial, luchó por conservar nuestra esencia.

Y por eso gritamos: ¡cerca del cielo, lejos del metal!

Todos se unen levantando el brazo derecho en un puño.

—¡PUREZA, PERMANENCIA, HUMANIDAD!

Lo bajan hasta el pecho y lo deslizan hasta el hombro con vehemencia. Miro a Atticus. Le brillan los ojos.

La Gobernadora baja del estrado y camina a paso lento entre los invitados. Pronuncia cada palabra con una dicción perfecta, proyectando su voz por toda la sala.

—Sin embargo, a nosotros no nos ciega el ego, ¿verdad que no?

Somos conocedores de nuestra grandeza, pero también sabemos que la benevolencia forma parte de la caridad humana.

Por eso, cada año invitamos a cuatro descarriados a unirse a nuestros festejos.

Cuatro mods a los que el metal les ha robado ya la poca humanidad que les quedaba.

Vienen, ven nuestra pureza y vuelven con los suyos para predicar lo que jamás podrán tener.

—Pasa por delante del ventanal donde estamos Atticus y yo.

Levanta ambos brazos y me mira cuando pronuncia la última frase—.

¡Que entren los mods! Quizá os sorprenda la elección de este año…

Las puertas se abren y me pongo de puntillas para intentar ver a través de las cabezas de la gente. Atticus resopla.

—¿Tanto te interesan esos desgraciados? Me encantaría ver cómo les hablas de igualdad mientras intentan arrancarte la piel a tiras.

Lo ignoro. Soy incapaz de ver quién ha entrado en el Gran Salón. Avanzo varios pasos, pero Atticus me agarra del brazo.

—¿Adónde te crees que vas?

Me zafo y corro, intentando abrirme paso ente decenas de personas. Hago caso omiso de sus quejas cuando los golpeo para pasar. Alguien me empuja por detrás, tropiezo con mi vestido y caigo de rodillas. Cuando levanto la mirada, sus ojos grises me traspasan.