Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 13. El baile
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13. El baile

EL BAILE

—¡Santo cielo, Nova! Vas a ser el blanco de todas las miradas. ¡Mira esas caderas! Pareces una diosa griega, querida.

Fuerzo una sonrisa sin decir nada. Me siento más disfrazada que nunca.

Tiene razón: el vestido es espectacular.

Fluido y dorado, con un escote en pico que llega a la cintura, ajustada por un broche en forma de estrella.

La falda es larga, con capas del mismo tejido brillante.

Me miro los muslos, que asoman a través de las aberturas profundas a cada lado.

Ocultar la daga ha sido complicado, pero solo he tenido que subir la liga un poco más.

Loretta se acerca y cubre parte de mis brazos con largas mangas translúcidas. Me sonríe y se saca un papel enrollado del bolsillo.

—De La Gobernadora.

Lo cojo con ambas manos y rompo el sello con los tres anillos de Babel.

Querido loto:

He mandado diseñar y confeccionar este vestido especialmente para ti.

Espero que esta noche decidas brillar por fin como sé que puedes hacerlo.

No me defraudes.

De una estrella para otra estrella.

S ITARA

Lo leo un par de veces para tratar de asimilar la amenaza velada. «No me defraudes». Miro a Loretta y me sorprende verla tan seria.

—Nova, querida… —Me coloca un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Si hay algo que tengas que decirle a La Gobernadora… Cualquier cosa. Lo que sea que…

Traga saliva y me mira con expresión preocupada. Nos quedamos en silencio un par de segundos hasta que se aclara la voz y exagera una sonrisa antes de dar una palmada.

—¡Por cierto! Aún no has visto lo mejor. Te va a encantar.

Se gira para coger un estuche verde de una mesa cercana. Cuando lo abre, veo una gargantilla negra con el símbolo de Babel en el centro.

—Con esto no tendremos que tapar el tatuaje ese tan feo con el pelo. Ven, deja que te lo ponga.

Cuando la coloca sobre mi cuello, siento que me ahoga, como si quisieran acallar mi voz todavía más. Levanto una mano para acariciar los tres círculos en relieve.

—Tienes el pelo tan largo como para hacerte un moño alto y generoso, pero mejor lo recojo solo por detrás.

Así. ¿Qué te parece? Dejaremos que varios mechones caigan aquí y allá.

No queremos que parezca que nos esforzamos demasiado, ¿verdad?

La perfección los aburre. —Pone una mano en mi barbilla y me levanta la cara para verme bien a la luz—.

Oh, Nova, sonríe, por favor. Hoy es un día importante. Hoy necesito que… Necesito que seas…

No termina la frase. Por un momento creo que va a echarse a llorar, pero sonríe aún más.

—Sé que es el Baile de la Pureza, pero para mí es tu presentación oficial en el Círculo Dorado.

A partir de mañana tendrás a varios herederos llamando a tu puerta.

Recuerda bailar con todo aquel que te lo proponga.

Nada de hacerles un feo. Sé una buena chica.

Por favor, tienes que esforzarte, hoy más que nunca… ¿Lo harás por mí?

Noto un punto de súplica en sus palabras.

No puedo creer que mi vida en Babel vaya a reducirse a algo tan simple como que un hombre quiera procrear conmigo.

—Voy con Desmond, ¿no se supone que debo bailar con él?

—Ah, sí, Desmond… Respecto a eso, justo vengo de hablar con él. Me ha dicho que te verá directamente en el Gran Salón… Sí, eso me ha dicho…

—¿Estás segura? Esta mañana no parecía muy contento cuando gané la partida.

Loretta me mira contrariada. Su tono de voz es frío y cortante.

—¿Me estás llamando mentirosa, niña? Por supuesto que estoy segura. Lo verás en el Gran Salón. Y no se hable más.

Repaso mentalmente mi conversación con Desmond.

Hemos vuelto a jugar al ajedrez con preguntas y ha insistido en saber más sobre Unter.

«¿En serio no recuerdas el número de tu unidad, Nova?

Así podríamos ver juntos de dónde vienes.

Creo que tengo un mapa de la vieja red U.N.T.E.R. en algún rincón de la Sala Alejandría».

Me he sentido tentada de decírselo para saber la distancia exacta a la que me encuentro, pero después de Inferno, me cuesta demasiado confiar en alguien.

Supongo que Dorian se llevó algo más que la memoria de Adrien cuando desapareció.

Ante mi negativa, Desmond ha empezado a jugar de manera más agresiva y ha descuidado su dama.

Aunque por fin he ganado yo, la despedida ha sido agridulce.

Sin sonrisas nerviosas. Sin beso en la mano.

No es que me importe, claro. Pero el cambio de actitud ha sido muy brusco.

Quizá debería abrirme un poco más. Tener un aliado podría cambiarlo todo.

Y Desmond se ha portado genial conmigo desde el primer momento.

—¿Qué te parece mi tocado?

Me giro hacia Loretta. Estoy acostumbrada a verla con el uniforme del área médica y la cofia blanca, pero hoy los ha cambiado por un vestido de seda color crema con enormes flores que sobresalen de la tela.

En la cabeza lleva una especie de sombrero con plumas doradas. Parece un pájaro de la Sala Edén.

Intento que no se note la desgana en mi tono de voz cuando contesto.

—Estás muy guapa, Loretta.

—Gracias, querida. Es el protocolo. Todos los miembros del personal de confianza debemos lucir nuestras mejores galas. Vamos, Nova. El baile dará comienzo en unos minutos.

No tengo ganas de salir del dormitorio. Pagaría todos los créditos del mundo por quedarme bajo las sábanas. La idea de ver al general Sterling me provoca arcadas. Pero no es solo él. Es el Círculo Dorado al completo y su hipocresía disfrazada de belleza.

Miro los frescos del techo al avanzar por el corredor.

Soñaba con un lugar así de niña. Recuerdo haberle dicho a Thalius que me parecía injusto que las obras de arte solo existieran en las páginas descoloridas de los libros de la biblioteca clandestina.

Y ahora estoy aquí, en el que probablemente sea el lugar con mayor concentración de belleza que existe en el mundo. Y está podrido por dentro.

El vestíbulo se encuentra a rebosar de hombres y mujeres vestidos de gala. El perfume me marea y se me pega a la garganta. Carraspeo y trago saliva.

Una mujer con una especie de animal muerto alrededor del cuello nos bloquea el paso para saludar a Loretta.

—Estás radiante, querida. Casi no te reconozco.

—No sé cómo tomarme eso, Minerva. Cualquiera diría que me estás llamando fea.

Ambas se ríen de manera escandalosa. La mujer se coloca una lente sobre el ojo para mirarme bien.

—Oh, ¿es esta Nova Black?

Loretta asiente.

—La misma. Mírala bien, Minerva. Me juego el cuello a que en menos de una semana le tiene el lazo echado a uno de los herederos.

Repasa mi cuerpo a través del monóculo, como si sopesara las palabras de Loretta.

—Desde luego, tiene juventud, belleza y buenas caderas.

Aprieto los puños con disimulo para no soltar una bordería. Estoy bastante cansada de que la única descripción que hagan sobre mí tenga que ver con mi edad o mi cuerpo.

—Dime, muchacha, ¿has empezado ya en la Escuela de Damas?

Frunzo el ceño.

—¿La qué?

Loretta pone una mano en mi brazo y lo aprieta.

—Aún no, Minerva… En breve. La Gobernadora ha convenido que Nova se acostumbre poco a poco a…

Escucho la música salir por las puertas abiertas del Gran Salón.

Siento la vibración en el pecho, como si algo me calentara de repente.

Echo a andar hacia el sonido sin importarme que Loretta se quede atrás.

Rodeo varias mesas circulares hasta llegar al origen.

Hay dos hombres y dos mujeres sentados en sillas doradas.

Los cuatro visten de negro y sostienen instrumentos curvos de madera con cuerdas mientras pasan arcos largos por encima, creando una música aguda y vibrante.

No he escuchado nada así en mi vida. Me llevo una mano al corazón y noto las lágrimas rodar por las mejillas.

No puedo apartar los ojos del movimiento hipnótico de los arcos.

—A mí también me emociona Vivaldi, querida. Su «Invierno» es de mis piezas preferidas.

Miro a un lado mientras me seco las lágrimas con el dorso de la mano. La mujer es muy anciana. Está sentada en una silla de ruedas y me doy cuenta de que sus piernas son dos muñones a la altura de las rodillas. Me mira con ternura.

—Eres la jovencita que tienen… encerrada en la suite Borgoña, imagino.

La nueva joya de Sitara. Soy Garanda Sterling, es un placer conocerte, querida.

Coincidiste con mi esposo Silas hace unos días.

Debo decir que se quedó impresionado contigo.

—Da un repaso a mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza—. Ahora entiendo el motivo, desde luego.

Necesito apartarme de ella cuanto antes.

—Disculpe, debo… encontrar a mi pareja.

—¿Con quién has venido? Conozco a todo el mundo. Beneficios de ser una vieja chismosa.

—Con Desmond Tatch.

Se inclina hacia mí con el ceño fruncido.

—¿Quién dices?

—Desmond Tatch, el encargado de la Sala Alejandría. Bueno, el asistente del ayudante del encargado, en realidad.

Se ríe y entrelaza las manos arrugadas cubiertas de anillos sobre el regazo.

—No existe tal cargo, que yo sepa. El viejo Tatch lleva sesenta años vigilando esos libros polvorientos. Desde antes de Babel, incluso. Además, es imposible. Él no ha venido. Carece del estatus suficiente para asistir al Baile de la Pureza.

Parpadeo, confundida.

—No, es un error. Desmond es joven y… —Miro a mi alrededor tratando de encontrarlo—. Hemos jugado al ajedrez muchas veces en mi… ¡Ahí está!

Entrecierro los ojos al ver parte de su cara asomar detrás de varias personas. No lleva las gafas y tiene el pelo engominado hacia atrás, pero su perfil y su altura lo hacen inconfundible.

—¿Dónde, muchacha?

Señalo en su dirección.

—Ahí, el chico rubio.

Suelta una carcajada.

—No puedes estar refiriéndote a mi Atticus.

Las personas delante de Desmond se retiran y el corazón me da un vuelco. Va vestido con el uniforme del Círculo Plateado. A su lado, Silas Sterling lo rodea con el brazo para susurrarle algo al oído.