Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 12. El muro
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12. El muro

EL MURO

Adrien

Las voces me llegan amortiguadas.

—Se abalanzó sobre mí, Sitara. Después de hacer un puto trato. No es de fiar.

Vuelvo a tener esa sensación de hormigueo en la frente, como si me hubieran drogado otra vez. El dolor se me irradia hasta las sienes y me nubla la mente. No puedo pensar con claridad.

—¿Y qué propones, Malacai? ¿Enviarlo directamente a la ciudad subterránea?

Me prometiste que sería de utilidad. Es un mod de grado 9, por el amor de Dios.

Si no puedo quedármelo como parte de mi colección por problemas de seguridad, dame algo que le sirva a Babel antes de desecharlo. Algo que refuerce mi posición de líder.

Abro los ojos. Vuelvo a estar en la celda del primer día, atado con cadenas. La Gobernadora me mira de brazos cruzados. Al verme despierto, Malacai se acerca y me aprieta las mejillas con fuerza.

—Maldito cabronazo. Hicimos un pacto y te bastaron tres segundos para romperlo.

Trato de zafarme de sus dedos apartando la cara. Mi voz suena pastosa.

—No sé de qué coño me hablas.

—De tu repentino ataque de ira y de que intentaras estrangularme por la espalda con la puta cadena del arnés. De eso hablo, joder.

Intento recordarlo, pero la niebla en mi cabeza lo vuelve todo borroso.

Malacai me mira con rabia y me aprieta el pecho con el dedo índice.

—Tienes una última oportunidad, ¿me oyes?

Como la cagues esta vez, te mataré. Primero vas a pagar en público por lo que has hecho.

Te colgaré del muro durante cuarenta y ocho horas.

Y luego demostrarás ante el Círculo Dorado que incluso el mod más fuerte que ha pisado Babel se doblega ante La Gobernadora.

Me cuesta entenderlo. Dejo caer la cabeza hacia delante. El dolor me taladra la cabeza. Hablo en voz baja, agotado.

—Haz lo que tengas que hacer.

—Que no te quepa duda.

Suelta las cadenas y caigo al suelo. No me han vuelto a poner la camiseta gris.

Llevo el arnés directamente sobre el cuerpo.

Me miro los brazos y el abdomen, amoratados por los golpes de la capitana Kuang.

Hay zonas que se han vuelto negras del todo.

Malacai me coloca la pesada cadena sobre la espalda y tira de ella para que me ponga de pie.

Pasamos por delante de La Gobernadora, que me mira con indiferencia.

—Feliz estancia en el muro, querido. Nos vemos en unos días.

Malacai me empuja por los pasillos hasta una escalera. Algunos guardias escupen a mis pies al pasar. Parece encantarles ese gesto de desprecio. Bajamos decenas de niveles hasta encontrarnos con una puerta blanca con ribetes de bronce. Es enorme, de hoja doble. Malacai susurra a mi espalda:

—Bienvenido al Círculo de Bronce.

Llama con tres golpes y alguien abre desde el otro lado.

El contraste es brutal. El suelo ya no es de mármol, sino de rejilla metálica, desde la que sube un calor húmedo y asfixiante.

Noto el aire vibrar con un zumbido eléctrico que me recuerda a Unter.

Miro al techo en busca de drones de seguridad, pero solo veo tuberías pintadas de color ocre.

El olor es una mezcla de ozono quemado y aceite industrial, muy parecido al del Nivel 42.

Lo que más me sorprende es la inmensidad del espacio.

Imaginaba un lugar similar al Círculo Plateado, con pasadizos, estancias y salas de distintos tamaños.

Pero esto es diferente. Se trata de una cavidad enorme y circular llena de pasarelas suspendidas y plataformas repletas de personas trabajando con diferentes tipos de máquinas.

Hay guardias de uniforme azul por todas partes, la mayoría con el mando rojo en la mano.

Malacai me conduce en línea recta hasta el otro lado de la sala. Paso cerca de un hombre joven con las manos biónicas. Usa su mejora para soldar cables. Me mira con tristeza, igual que el resto. Todos se detienen unos segundos al ver a Malacai avanzar conmigo.

Las paredes están llenas de habitáculos estrechos con números, como módulos en serie. Llegamos a un corredor ancho repleto de puertas. Oigo ruidos de animales detrás de una de ellas. Huele tan fuerte que tengo que taparme la nariz con el antebrazo.

Hay luz solar al final del pasillo. Cuando llegamos al exterior, me fijo en una especie de huerto cubierto por una tela transparente en forma de burbuja. Sigo con la mirada el enorme muro de hormigón negro y pulido. Continúa volándome la cabeza que estemos en el exterior.

Malacai me empuja hacia la pared y me obliga a ponerme de espaldas. Está hirviendo. Engancha el mosquetón de mi arnés a una anilla inmensa que sobresale de la pared.

—Nos vemos en cuarenta y ocho horas. Y cuando bajes, en vez de besarme la puntera quizá haga que restriegues tu lengua por toda la bota hasta dejarla reluciente.

¿Y sabes lo mejor de todo esto? Que lo harás encantado, porque no hay nada mejor que el muro para corregir hasta al más cabronazo de los mods.

Hace un gesto a uno de los guardias cerca de nosotros.

Oigo el ruido de un mecanismo hidráulico y siento un tirón.

Me suben varios metros, balanceándome como un péndulo.

El arnés se me clava en las axilas y en el pecho, cortándome la circulación.

Intento respirar hondo, pero el aire está caliente y viciado.

Oigo un gemido y giro la cabeza hacia mi derecha con dificultad. A unos metros de mí hay un hombre con el brazo biónico arrancado de cuajo y el muñón mal cauterizado. Tiene la piel roja por el sol y los labios agrietados. No grita, solo emite un gemido rítmico e insoportable.

—¿Estás ahí? ¿Estás ahí, Julius? Ven con mamá.

Miro a mi izquierda en busca del origen de la voz. Hay una mujer con la piel totalmente quemada. Voltea la cabeza hacia mí y se me dispara el ritmo cardiaco. Le han arrancado los ojos biónicos. De las cuencas sobresalen cables pelados.

—¿Eres tú, Julius?

Me obligo a mirar al frente. Respiro hondo.

Puedo con esto. Sobreviví al puto Foso desde los once años. Gané Las Pruebas siendo el más joven de la Historia. Soy Adrien Solterra, joder.

Lo repito mentalmente para creérmelo: soy Adrien Solterra. Y me aferro a esas tres palabras para pasar las que, con toda seguridad, serán mis peores cuarenta y ocho horas desde que abandoné el Nivel 42.