10. El consejo
EL CONSEJO
Antes de salir, Loretta ha insistido en maquillarme los ojos con una sombra azul a juego con el vestido. Llevo las mejillas empolvadas y una pringue en los labios que, según ella, los hace ver más jugosos. No sé si voy a comer o a que me expongan como carne impresa en el mercado negro.
Nos cruzamos con bastantes personas por el camino. Todos me saludan con un ademán de cabeza, como si se hubieran acostumbrado ya a mi presencia en el Círculo Dorado.
Loretta se detiene ante una puerta enorme y me sonríe.
—Recuerda todo lo que te he dicho, Nova. Calladita estás más guapa. Vamos, lúcete, querida.
Me empuja hacia el interior. La sala es inmensa, con el suelo de mármol blanco y dorado.
Del techo cuelgan lámparas con cientos de lágrimas de cristal que reflejan la luz formando patrones preciosos.
La mesa circular está colocada en medio del salón.
Parece ridícula en comparación con el resto del espacio vacío y diáfano.
Todos parecen haber llegado antes que yo. Se giran para mirarme mientras avanzo. Van vestidos con el traje azul oscuro con hombreras de flecos dorados, incluso la mujer de pelo rubio platino, que me mira con asco tras su copa de vino. Imagino que es Jacqueline Whitmore.
Cuando estoy lo suficientemente cerca, La Gobernadora levanta una mano y los hombres se ponen en pie para recibirme.
El más anciano lo intenta, pero vuelve a dejarse caer sobre la silla antes de conseguirlo.
Lleva un respirador conectado a una enorme bombona de oxígeno. Ella lo mira negando con la cabeza.
—No te levantes, Pierre-Édouard. Bastante haces con estar hoy aquí.
Busco el único asiento vacío entre dos de los hombres. Uno de ellos, el segundo más anciano de la mesa, me hace un gesto con la mano.
—Ven, querida, siéntate aquí a mi lado.
Mueve la silla unos centímetros hacia la suya y la aparta de la mesa.
Miro a La Gobernadora sin saber muy bien cómo actuar. Es la única que no lleva uniforme. Viste una túnica blanca y asimétrica atada a un hombro por un enorme broche dorado con el símbolo de los tres círculos en su interior. Lleva el pelo trenzado totalmente recogido en un moño sobre la cabeza.
—Toma asiento junto al general Sterling, Nova.
Hago lo que me dice. El hombre empuja la silla como si necesitara ayuda para sentarme. Lo miro extrañada por el gesto y me guiña un ojo.
—Silas Sterling, querida. —Me recorre con la mirada antes de acomodarse—. Qué placer poder recibir a una invitada como tú en el Consejo.
Se inclina para arrimarse más hacia mí, lo suficiente como para que su olor a perfume rancio me llegue a bocanadas. Debe de tener más de setenta años. La piel de sus mejillas está muy maltratada y lleva el pelo teñido de un rubio casi anaranjado.
No deja de mirarme, ni siquiera cuando La Gobernadora empieza a hablar.
—Hoy he invitado a Nova Black. Como ya sabéis, el equipo del comandante Reed la rescató de las manos de un mod de grado 9 tras recibir su llamada de auxilio.
No la corrijo porque no sabría cómo hacerlo.
El hombre a mi derecha levanta la mano, pero habla sin esperar a que le dé permiso.
—¿Es cierto lo que dicen, Sitara? Sobre el mod. Que se ha vuelto completamente loco y ha atacado a Malacai por la espalda en plena evaluación.
La Gobernadora me observa antes de contestar, como si estuviera esperando una reacción por mi parte. Cojo una copa y miro el ribete dorado con interés fingido.
—Así es, Percival. Justo al finalizar la última prueba.
Malacai lo había derribado y estaba a punto de dictaminar su envío al Círculo de Bronce como constructor.
Aún estamos valorando si lo descartamos.
Pero no hablemos de eso ahora. Permitidme primero que os presente, aunque estoy segura de que Nova ya ha escuchado hablar de vuestras nobles familias.
Todos me miran y me apresuro a asentir.
—A tu lado ya has conocido a Silas Sterling.
A tu derecha tienes a Percival Hawthorne-Rockefeller.
Junto a él está Jacqueline Whitmore. Luego tienes a nuestro querido Pierre-Édouard Desrosiers, al que agradecemos que, pese a su delicado estado de salud, nos acompañe hoy.
A su lado, Joaquim Tavares de Mendoça. Y, por último, Alistair Montgomery-Sinclair.
Todos me saludan con un gesto de cabeza. La Gobernadora vuelve a mirarme fijamente y siento la urgencia de hablar.
—Yo soy Nova. Nova Black.
Sueltan una carcajada, como si acabara de decir algo gracioso. Jacqueline da un sorbo a su copa y sonríe.
—Qué monada.
La Gobernadora vuelve a tomar la palabra.
—Bien, Nova, solemos reunirnos para discutir cómo mantener el orden y la paz en Babel de la manera más ecuánime posible. Quería que asistieras a una de nuestras sesiones para que vieras con tus propios ojos cómo se gobierna una sociedad justa.
La puerta se abre y veo a Sira empujar un enorme carrito con dificultad.
Cuando se detiene junto a la mesa, empieza a colocar platos cubiertos por campanas doradas delante de cada uno de los comensales.
Las levanta una a una dejando que el olor a comida lo inunde todo.
Me contengo para no darle las gracias cuando llega a mi lado.
Se marcha empujando el carrito de nuevo.
Miro el plato y empiezo a salivar de inmediato.
El hombre calvo y con bigote al otro lado de la mesa da un golpe.
—El informe de esta mañana del Círculo de Bronce es inaceptable.
La Gobernadora lo mira impasible.
—Déjame antes agradecer la comida que tanto nos ha costado cultivar, Alistair.
No puedo escuchar su respuesta. Silas se inclina hacia mí para susurrarme al oído.
—Ternera con mantequilla y verduras glaseadas, mi favorita. Qué pena que te hayas perdido los espárragos rellenos con salsa holandesa.
Baja la mirada a mis pechos y se relame los labios.
Aprovecho que todos agarran los cubiertos para mirar al frente e imitarlos.
El cuchillo se desliza por la carne sin resistencia.
Nada que ver con los filetes impresos de Unter.
Al llevarme el primer trozo a la boca, mis papilas gustativas sufren un cortocircuito.
Es una explosión de sabor tan intensa que casi me marea.
La carne es tierna y jugosa. Se deshace en el paladar sin apenas masticar.
No sé cómo sentirme. No es solo la belleza del Círculo Dorado. Son los sabores que he descubierto aquí. El trato. Todo el mundo es extremadamente amable conmigo. La Gobernadora. Loretta. Desmond. Incluso los generales de esta mesa.
Me limpio los labios con la servilleta y miro el círculo bordado con hilo de oro sobre el tejido suave.
¿Así se sentían los habitantes de El Núcleo antes de que ERIS los eliminara?
¿Abrumados por la perfección y la comodidad?
Me siento culpable por disfrutar de ser solo yo por primera vez en mi vida.
Una Nova sin misión. Sin más preocupación que ponerse vestidos bonitos y jugar al ajedrez.
Pincho una de las verduras brillantes y me la llevo a la boca.
El sabor me inunda y cierro los ojos para reprimir un gemido.
¿Está mal que me sienta agradecida? ¿Soy mala por disfrutar de todo lo que me ofrecen?
Dentro de mí conviven dos versiones: la que no quiere que esto termine y la que desearía salir corriendo en busca de Adrien para compartirlo con él.
Silas da unos golpecitos con los nudillos sobre la mesa para llamar mi atención.
—¿Qué te parece la ternera? Me encanta cuando está en su punto. Rosada.
Al tragar empiezo a toser y levanta una copa de vino para acercarla a mis labios.
—Bebe, bebe, querida. Así, muy bien.
Le aparto las manos con una sonrisa fingida.
—Gracias. Sí, la ternera está deliciosa.
El general Alistair Montgomery-Sinclair se aclara la voz y mira a sus compañeros cuando habla. Aprovecho para alejar la silla unos centímetros de Silas.
—¿Podemos hablar ya de los generadores averiados en el Círculo de Bronce? Es la cuarta vez en un mes. Está claro que no es un accidente. Están saboteándolos con intenciones ocultas.
Jacqueline hace un ademán.
—Pataletas de mods. ¿En qué nos afecta a nosotros?
El hombre con el respirador levanta la mano, inspira de manera sonora con la mascarilla sobre su cara y se la aparta para hablar con voz ronca y baja.
—Lo que le preocupa a Alistair es que esos minutos sin luz son perfectos para que los mods de la ciudad subterránea se…
Empieza a toser de manera exagerada.
Jacqueline vuelve a tomar la palabra.
—Reforzaremos la seguridad en los controles para evitar problemas.
De todos modos, no hay mods sin brazaletes.
Los tenemos más que identificados a todos.
¿Qué va a hacer uno de ellos de la ciudad subterránea sin asignación de trabajo fuera de su agujero?
¿Esconderse eternamente en algún rincón del Círculo de Bronce?
Todos empiezan a aportar ideas para solucionar el problema de los generadores. La Gobernadora se limita a escucharlos mientras corta trozos diminutos de carne y se los lleva a la boca con parsimonia. El rojo de sus labios sigue intacto.
Silas se revuelve en su asiento para acercarlo de nuevo al mío y me susurra al oído:
—Dime, niña, ¿cuántos años tienes?
Invade mi espacio y trato de apartarme para evitar su aliento.
—Voy a cumplir veintiuno.
Aunque, al decirlo, me doy cuenta de que no sé ni qué fecha es. Quizá los haya cumplido ya.
Silas suelta un silbido bajo.
—Veintiuno. Mírate, en el pico absoluto de tu fertilidad.
Aparta los ojos acuosos de mi cara para volver a recorrerme el cuerpo de manera descarada. Se detiene en mis pechos, baja por mi cintura y termina en mi regazo, evaluándome.
—Se te ve tan… llena de vida, muchacha.
De repente, noto su mano en mi muslo izquierdo.
Intento alejarme, pero la pata de la mesa me lo impide.
Silas nota mi intento de huida y sonríe mostrando las encías rojas.
Empieza a subir la mano, arrastrando la falda de mi vestido.
Siento el calor húmedo de su palma atravesando la tela.
Me roza el tejido y me aprieta la carne a través de las capas de tul con los dedos gruesos.
—Tienes las caderas perfectas para parir, querida. Cualquiera de mis cuatro nietos estaría encantado de continuar mi linaje contigo.
Calculo el ángulo perfecto para clavarle el cuchillo de sierra en la yugular, pero soy incapaz de moverme.
Estoy paralizada y no entiendo por qué. La mano sigue subiendo hacia el interior de mi muslo.
Separa el pulgar del resto de los dedos para rozarme la entrepierna.
Ahueca la palma y me aprieta con fuerza sobre la ropa interior.
Se me disparan los latidos. Arrastro la silla contra el suelo de mármol de manera estridente.
Me pongo de pie y golpeo la mesa con los muslos haciendo tintinear la vajilla dorada y las copas de cristal. Todos se giran para mirarme.
Veo con horror que Silas se lleva la mano a la nariz y me sonríe. Siento ganas de vomitar. La Gobernadora me observa con las cejas alzadas.
Cuando hablo, mi voz me suena ajena y rota.
—Necesito ir al baño.
Levanta el brazo para señalar una puerta al fondo de la sala.
Me giro y empiezo a andar tratando de no echar a correr.
Noto cómo las lágrimas de rabia se deslizan por mis mejillas y caen sobre mis pechos.
El camino hasta el baño se me hace eterno.
Los oigo comer y hablar a mis espaldas, como si nada hubiera pasado.
Pero algo ha pasado. Algo que me rompe. Algo que me hace querer arrancarme la piel que él acaba de tocar.
Cierro la puerta y echo el pestillo. Las manos me tiemblan.
Me lanzo hacia el inodoro y me doblo para vomitarlo todo.
La ternera, la mantequilla, las verduras glaseadas…
La garganta me quema y duele. Me levanto jadeando y me acerco al lavabo de mármol blanco.
Abro el grifo dorado al máximo. El agua sale helada.
Me limpio la boca y me subo la falda con violencia, amontonando el tul en mi cintura.
Me miro la piel del muslo. No hay nada visible, pero sigo sintiendo su mano ahí, como si los dedos hubieran dejado una huella que me sigue apretando la carne.
Cojo la pastilla de jabón morada, la mojo y empiezo a frotarme con furia.
Mis uñas rascan la piel hasta que se pone roja. Necesito borrar su tacto.
—Mierda… Mierda, joder…
Parpadeo para enfocar la vista a pesar de las lágrimas. Agarro una toalla enrollada y me seco con brusquedad, frotando fuerte. Pero la sensación no se va. Me siento sucia. Muy sucia. No entiendo por qué no he cogido el puto cuchillo. Tendría que haber reaccionado… Tendría que haber…
Levanto la vista hacia el espejo. No sé quién es la chica que me devuelve la mirada.
Está pálida, con los labios hinchados y los ojos inyectados en sangre.
¿Dónde está la Nova capaz de pegarle una patada a Drax en la entrepierna por intentar forzarla?
¿Dónde está la que no dudó ni un segundo en atravesarle el cráneo a El Rey de El Foso?
Por un segundo odio mi cuerpo. Estiro el corsé con rabia para taparme los pechos, sin conseguirlo.
Cierro el puño derecho y golpeo el mármol del lavabo hasta que el dolor de mis nudillos supera el asco que siento.
Tardo unos minutos en calmarme. Me levanto, intento acomodarme el pelo y me limpio las lágrimas con el dorso de la mano.
Respiro hondo y me miro en el espejo.
—Eres Nova Black, ¿me oyes? Vas a bajar a esa puta ciudad subterránea, vas a recuperar a Adrien y vas a volver a Unter con él. ¿Entendido?
No me respondo, pero sé que estoy ahí dentro, en algún lugar, perdida entre la culpa y el odio.
Por haber matado a Drusi y a Levi con mis decisiones.
Por haberme dejado engañar por Dorian. Por haber perdido a Adrien.
Por acabar en esta jaula de oro repleta de privilegios y no tener los cojones suficientes para cortarles el cuello a todos los que están en esa mesa, empezando por el hijo de puta de Silas Sterling.