Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 9. Las pruebas
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9. Las pruebas

LAS PRUEBAS

Adrien

Me empujan por un pasillo largo sin ventanas. Levanto la cabeza para ver los estandartes de seda azul oscuro que cuelgan del techo cada pocos metros. En el centro hay un círculo plateado a modo de emblema.

Lo único bueno de las últimas horas es que me han permitido asearme, comer y dormir.

No me esperaba que los alimentos fuesen reales, mejor incluso que los de El Núcleo.

Uno de los guardias me ha dicho que no me acostumbre, porque a partir de ahora me darán lo que salga de una impresora.

«Comida artificial para un ser artificial».

Lo ha repetido varias veces. Son unos acomplejados de mierda.

Me han vestido de gris, con una tela basta y rugosa.

El arnés de cuero que me han cruzado sobre el pecho me corta la respiración.

Noto el peso de la cadena de acero que nace de mi espalda.

Un guardia camina detrás de mí, tirando de los eslabones para obligarme a inclinarme y a recular cuando le da la gana, haciéndome caminar a trompicones.

He decidido que voy a colaborar hasta entender cómo funciona su jerarquía.

De momento, he identificado que las barras plateadas que llevan en el cuello del traje indican el rango.

La mujer que vi en La Pica tenía tres. Varios de los guardias que había en esa sala tenían dos, supongo que eran subordinados suyos.

Malacai lleva cuatro barras y el emblema del círculo bordado a ambos lados del cuello. Imagino que él es la máxima autoridad.

Nos acercamos a una puerta de hoja doble.

Malacai está de pie firmando un papel sobre la espalda de un hombre que viste de gris y lleva el mismo arnés que yo.

Levanta la mirada. Tiene ojos biónicos, pero uno de ellos está reventado, con el cristal roto, lo que crea un parpadeo constante.

Es la primera persona con una mejora que veo.

Tiene la piel cerúlea y apagada, casi tan gris como nuestra ropa.

Aparta la mirada y la clava en el suelo.

Malacai entrega el papel y se gira hacia mí.

—Aquí estás, mod 3.712. Todo listo para tus pruebas.

—Tengo nombre.

Los guardias detrás de mí murmuran y Malacai sonríe.

—Oh, ya no. ¿No te lo he dicho? —Se acerca y me agarra una muñeca para señalar el pequeño número grabado sobre el acero: 3.

712—. En Babel los mods perdéis el nombre.

Es el precio que pagáis por haber decidido convertiros en chatarra y olvidar vuestra humanidad.

Así que dime, ¿cómo dices que te llamas?

Lo miro con odio. Cómo me jode estar del otro lado del poder y volver a ser un puto peón del tablero sometido por el rey. Pronuncio las palabras con los dientes apretados.

—Mod 3.712.

Me da dos golpes en la mejilla a modo de pequeñas bofetadas y respiro hondo para no saltar y reventarle la cara.

—Así me gusta. Obediente. Y ahora, veamos qué tienes para ofrecernos. Te presento El Anillo.

Entramos en la sala. Es circular, con gradas concéntricas que rodean una arena hundida varios metros con respecto a la entrada. Me recuerda a El Foso en versión miniatura, solo que aquí hay estandartes con círculos y gilipollas con flecos plateados en los hombros.

Cuando me ven entrar, se callan y me siguen con la mirada. Los más jóvenes parecen asustados. Malacai agarra la cadena de mi arnés.

—Dirígete hacia el centro.

Obedezco y baja la voz para que solo yo lo escuche.

—Voy a ser honesto contigo. Llevamos años sin ver un mod nuevo del exterior.

Nuestro protocolo dice que hay que hacer las pruebas de aptitud a puerta cerrada, pero he pensado que esta es una gran oportunidad para mis cadetes.

—Cuando llegamos al corazón de la arena, tira de los eslabones para que me detenga—.

Quiero que vean lo peligrosos que sois y lo importante que es seguir entrenando duro.

Necesito que recuerden por qué no pueden bajar la guardia.

Babel sigue en peligro de ataque inminente.

—Paranoicos de mierda…

—¿Qué has dicho?

—A sus órdenes, mi comandante.

Mi tono de burla parece fastidiarlo. Tira de la cadena con tanta fuerza que termino de espaldas en el suelo. Intento levantarme, pero aprieta la bota contra mi pecho. Alza la voz para que todos lo escuchen.

—Esto que veis aquí es un mod recién llegado.

El primero en siete años. Y como la mayoría ya sabréis, el escáner ha revelado que es un grado 9.

—Se oyen murmullos y algún grito de sorpresa—.

Sabemos que van a llegar muchos como él.

Miles. Mods con fuerza aumentada, reflejos mejorados e inteligencia táctica fuera de lo común dispuestos a arrebatarnos lo que hemos construido para preservar la esencia humana.

Esta es vuestra oportunidad para ver a lo que os enfrentáis.

Sé que la mayoría de los cadetes de primero y segundo no habéis luchado aún contra ninguno, pero hoy no tenéis nada que temer. Observad.

Levanta la bota de mi pecho y me incorporo apoyándome en los codos. Muevo los hombros para tratar de aliviar el dolor de espalda que me ha provocado la cadena al hincarse en la piel.

—Bésame las botas.

Miro a Malacai desde el suelo. Repite la orden alzando la voz.

—Bésame las botas, mod 3.712.

—Y una mierda.

Saca el mando circular con el botón rojo.

—Último aviso: besa las putas botas. Ahora.

Se me acelera la respiración al recordar el dolor provocado por el mando.

Inspiro y exhalo con fuerza por la nariz, sintiendo cómo se me retuerce el estómago por la humillación y la vergüenza.

Pero lo hago. Me siento sobre las rodillas y lo miro con rabia antes de inclinarme para besar la puntera.

Cierro los ojos cuando mis labios llegan a la piel curtida. El olor a betún me da arcadas.

Malacai se agacha para agarrarme del pelo. Tira de mí para incorporarme y me susurra al oído:

—Buen chico.

Intento apartar de mi mente los recuerdos de El Foso. Acaban de activarse como una vieja herida que jamás cicatrizó y en la que Malacai ha metido los dedos con sadismo. Sacudo la cabeza para borrar la cara de El Rey tratándome con la misma supremacía y desprecio.

Malacai me sonríe y acerca sus manos a mi pecho para desatar el arnés.

—¿Quieres sobrevivir? Demuéstrame que eres una herramienta útil.

—El arnés y la cadena caen al suelo con un estruendo que resuena por la cavidad de la sala—.

Si eres un peligro, irás directo a la ciudad subterránea.

Pero si lo que veo me complace… Quién sabe, puede que entonces te quedes como constructor en el Círculo de Bronce. ¿Ha quedado claro?

Tenemos la misma altura. Se acerca aún más y levanta la barbilla esperando mi respuesta. Lo imito.

—Claro como el agua, comandante.

Joder, daría lo que fuera por enfrentarme a él ahora mismo y romperle el cuello en dos movimientos.

Parece satisfecho con la respuesta. Sonríe antes de girarse hacia las gradas.

—Bien, empecemos por la velocidad y los reflejos. Cadetes Garret y Mim, salid aquí.

La sala se llena de murmullos, pero nadie se mueve.

—Sabéis que no repetimos las órdenes dos veces.

Una chica de la tercera fila se pone de pie. Las trenzas negras se mueven por su respiración agitada. A su lado, otro chico joven y pelirrojo se levanta temblando. Se agarra del brazo de su compañera y mira con pánico hacia nosotros.

—Bajad a la arena de combate como buenos valientes.

Es lo que sois, ¿verdad? —Empiezan a descender y avanzan lentamente—.

O al menos lo fuisteis para entrar en el hangar sin supervisión, colaros en el reactor e interrogar a un activo sin permiso, además de hablar de nuestra Gobernadora en términos poco apropiados.

¿Qué tal las horas en La Pica? ¿Las habéis disfrutado?

Me fijo en el cuello de sus trajes. No tienen ninguna barra plateada. Parecen críos.

Cuando llegan hasta nosotros, noto con mi modificación cómo los latidos del pelirrojo aumentan hasta un rango crítico. Parece estar a punto de mearse en los pantalones. Malacai le pasa una mano por la espalda y lo empuja hacia mí.

—Míralo, Garret. Mira al mod. ¿Qué te parece? ¿Habías visto alguna vez una modificación como esta tan de cerca?

Puedo ver el miedo en sus ojos azules y vidriosos. Tiene la cara salpicada por cientos de pecas y el labio inferior le tiembla. La chica a su lado se dirige a Malacai. Trata de forzar seguridad en su voz aguda, pero su ritmo cardiaco también la delata.

—¿Vamos a luchar contra él, comandante?

—Algo así, cadete.

Lo miro, incrédulo.

—¿Quieres que destroce a unos críos? ¿Para demostrar qué, exactamente?

Malacai alza una ceja, se saca el mando del bolsillo y aprieta el botón rojo una vez. Mis muñecas se unen y caigo al suelo, rígido. El dolor me atraviesa.

—A partir de ahora solo hablarás cuando un puro te dé permiso. No tienes voz, mod 3.712. Recuérdalo. Ya no te pertenece, al igual que tu nombre.

Esta vez el dolor dura apenas unos segundos. Cuando los brazaletes se separan, me incorporo de nuevo, jadeando.

—La primera prueba mide tus reflejos y tu velocidad.

Los cadetes intentarán golpearte con todas sus fuerzas.

No puedes tocarlos, solo esquivar. Si veo que atacas, apretaré el botón, ¿entendido?

Y vosotros. —Mira a Garret y a Mim, que tragan saliva sin apartar los ojos de mí—.

Más os vale poner en práctica las técnicas de combate de la capitana Kuang si queréis pasar a segundo.

Asienten. Malacai se retira y toma asiento en uno de los bancos de la primera fila.

El calor es asfixiante. Me quito la camiseta gris y los cadetes miran mi cuerpo abriendo mucho los ojos, como si mis músculos marcados sumaran un extra a su miedo. La chica me rodea y se tapa la boca con las manos cuando ve mi columna biónica.

Trato de susurrar para que Malacai no me vea hablar sin permiso.

—Atacad sin miedo, no pienso haceros daño.

Mim aprieta los dientes y asiente.

—¡Garret, ahora!