8. El ajedrez #3
—Nova, querida… ¡Adivina! Al final sí vas a comer con el Consejo. Eres una afortunada. Todos en el Círculo Dorado se sentirían honrados por tener un privilegio así. ¿Has memorizado ya los apellidos de las cinco familias?
—La verdad es que no. Desmond solo los mencionó una vez.
Loretta se sienta en una silla y se quita la cofia blanca para abanicarse con ella.
—Como ya te he dicho, los miembros del Consejo son los cinco generales: tenemos a los Whitmore, representados por Jacqueline, la única mujer.
Tiene una apariencia frágil, pero verás que de delicada tiene poco, sobre todo cuando hay vino de por medio.
Es hija de Elon Whitmore, que en paz descanse, uno de los grandes aliados de nuestro fundador.
Tiene cinco hijos, dos hembras y tres varones, de los cuales…
Mi mente desconecta en algún momento de la explicación.
Loretta sigue recitando nombres mientras no dejo de pensar en la información que acaba de darme Sira.
La intromisión de Loretta ha hecho que no pueda terminar su frase, pero estoy segura de que iba a decirme que nadie puede bajar a la Zona Cero.
Y si es así, ¿cómo recibieron el aviso de Dorian desde Inferno?
¿Y cómo se supone que voy a llegar hasta allí?
Y si lo logro, ¿servirá de algo que avise a Thalius?
¿Qué pasa si estoy a miles de kilómetros de distancia?
La ansiedad me oprime el pecho y me obligo a concentrarme de nuevo en Loretta.
—… un poco soberbio, pero bueno. Ten cuidado con él.
Y por último, los Desrosiers. No sé si Pierre-Édouard asistirá, el pobre está en las últimas.
Lleva el respirador de oxígeno a todas partes.
Te recomiendo que cuides tus modales y que no hagas preguntas impertinentes.
Si te llevas bien con el Consejo, te llevas bien con Babel.
Asiento y vuelvo a tirar del corsé hacia arriba.
—¿Puedes aflojar un poco las cintas? Me siento muy incómoda con la mitad de los pechos fuera.
Loretta suelta una carcajada.
—Oh, lúcelos, tú que puedes. Para eso los tienes, ¿no?
—¿Cómo dices?
—Tus pechos, querida. Úsalos para atraer las miradas adecuadas.
—Se coloca de nuevo la cofia y la miro sin poder creer sus palabras—.
No pongas esa cara, Nova. En Babel, la belleza es el único idioma que los hombres del Consejo hablan con fluidez.
Jacqueline es general por su linaje, igual que La Gobernadora.
Sin embargo, tú… eres una invitada cuyo apellido importa bien poco.
Y ahora vives en la suite Borgoña, pero puede que esos privilegios no duren para siempre…
Me mira con tristeza y se acerca para pellizcarme la mejilla. Antes de que pueda reaccionar, le da un tirón a la tela del escote para sacar aún más mis pechos y recolocarlos. Las heridas causadas por la descarga eléctrica de Inferno aún duelen bajo la tela.
—Así mejor, querida. Deja de subirlo o romperás las ballenas del corsé. No quiero enfadarme contigo. Ya te dije que todos los vestidos fueron cosidos a mano para la hija de La Gobernadora.
Me quedo sin palabras. Jamás he tenido que usar mi cuerpo de este modo para demostrar nada en mi vida. ¿Mi fuerza? Sí. Pero ¿mis pechos?
—Y escúchame bien, porque esto es importante.
Sé que eres inteligente, querida. Se nota que no tienes serrín en esa cabecita tuya.
—Me da unos golpes en la frente y se pone muy seria—.
Pero más te vale esconder esa inteligencia a partir de ahora para no incomodar.
Deja que te miren, que se distraigan con la curva de tus pechos o con cómo se agitan cuando finges estar nerviosa.
Un hombre que desea es un hombre que baja la guardia.
Y cuando un hombre baja la guardia, ya sabes, es cuando una mujer obtiene lo que quiere.
Abro y cierro la boca antes de poder dar una respuesta. El cuerpo me tiembla de rabia.
—Pero eso es… es… Eso es…
—Es supervivencia, querida.
—No, es denigrante, Loretta. ¿Si fuera un hombre me pedirías algo así?
Suelta una carcajada.
—Si fueras un hombre medirías tu valor de otro modo, niña. Agradece que tienes una cara y un cuerpo bonitos, además de juventud. Te espera un gran futuro en el Círculo Dorado.
Me obliga a girarme hacia el espejo. La Nova de Unter ha desaparecido. Ya no existe. Ni la guerrera de Las Pruebas, ni la luchadora de El Foso, ni la que se enfrentó a sus miedos en Inferno. En su lugar, veo a una especie de muñeca pálida y vulnerable.
—Mírate. —Me roza los hombros desnudos—.
Estás radiante. Si yo fuera tú, iría directa a darle un vástago a cualquiera de los varones de las cinco familias.
Estarán encantados de cortejarte. Usa tus dones, Nova.
No dejes que ese fuego que tienes en los ojos los asuste, conviértelo en algo que quieran poseer.
Aprieto los puños, ocultándolos entre los pliegues de la falda.
Me siento igual de humillada que los modificados con los que me he cruzado por los pasillos.
La única diferencia es que mi arnés es un puto corsé y mi cadena es invisible, aunque me oprime la garganta tan fuerte que, por un momento, desearía volver a enfrentarme a Drax, incluso a Dorian, por sentirme Nova Black una vez más.