8. El ajedrez #2
—Lo que sea. Como mucho hay dos o tres tipos de sillas. Casi siempre de metal. Y sillones de cuero, pero no tienen estampados como los que hay aquí.
—Qué triste, ¿no crees? —Se acomoda en un asiento bajo y redondo de pelo verde y empieza a colocar las piezas que saca de una cajita de piel negra—.
Eso también lo decía nuestro fundador. En algún momento de la Historia perdimos el sentido de la belleza.
Pasamos de estos tapices flamencos de colores a paredes blancas y lisas.
Y luego, nos perdimos a nosotros mismos.
Bueno, no todos, por suerte. En el Círculo Dorado vivimos para preservar esa belleza.
Me siento en la silla y agarro el corsé a la altura del pecho para tirar de él. Loretta lo ha apretado tanto que se me van a salir los pechos en cualquier momento.
Levanto la mirada y veo que Desmond me observa el escote con las gafas en la punta de la nariz y los labios entreabiertos. Alzo una ceja y me cubro con los brazos.
—Dedícate a preservar otro tipo de belleza, ¿quieres?
Desmond empieza a toser y se quita las gafas para limpiarlas en la camisa.
—Bueno, pues… Supongo que juegas con las blancas, ¿no?
—No. Elijo las negras. Puedes empezar tú.
Usar las mismas piezas que Adrien me quita la culpabilidad de jugar con otro, aunque probablemente nadie le encuentre sentido a mi lógica.
Gira el tablero y mueve uno de los peones.
Lo imito. Empezamos a jugar en silencio.
Las piezas son de madera, repletas de detalles, muy distintas a las impresas de Thalius o a las de cristal que había en el módulo de Adrien.
Mi mente vuela hasta la repisa sobre el Nivel 5 el día en el que me regaló el collar con la dama blanca. Cómo me jode haberlo perdido otra vez.
Quedamos en tablas varias veces. Sonrío por compromiso cada vez que Desmond señala alguno de nuestros movimientos para contarme la historia del ajedrecista que lo inventó.
Pensaba que me dolería menos jugar, pero me arrepiento de haberlo propuesto, porque no paro de revivir en mi mente las partidas con Adrien. Sus dedos largos haciendo girar las piezas. Su cara de concentración cuando frunce el ceño.
—¿En qué estás pensando?
Miro a Desmond, que me observa con la barbilla apoyada sobre las manos. Me invento la respuesta sobre la marcha.
—En lo raro que has movido el alfil. Y en que mi torre se lo va a comer ahora mismo.
Se lleva ambas manos a la nuca y sonríe.
—Quizá es lo que esperaba. La verdad es que se nota que sabes jugar. No habrá jamugas en tu ciudad, pero ajedrez y libros sí tenéis. Es signo de que aún queda buen gusto en el lugar del que vienes. ¿Hay mods allí?
Mueve su caballo y me mira fijamente. La Nova que salió de Unter habría contestado de inmediato sin calibrar su respuesta. Pero Inferno ha reducido mi impulsividad en un ochenta por ciento.
—Prefiero no hablar de mi pasado, Desmond. Ahora Babel es mi hogar, ¿verdad?
—¡Por supuesto! Solo quería saber más cosas sobre ti. Hace años que no conozco a nadie del exterior…
Lo observo, sopesando si es el momento de buscar respuestas.
—Hablando del exterior. ¿Cómo os comunicáis con la gente de fuera? ¿Tenéis una sala de comunicaciones o algo así?
—Ni idea, Nova. Solo soy el bibliotecario.
—Pero sabrás al menos si…
—Jaque mate. —Miro el tablero con el ceño fruncido. Mierda. Se levanta y hace un gesto con la cabeza—. Ha sido un placer jugar contigo, Nova, pero tengo que volver a la Sala Alejandría. ¿Jugamos mañana a la misma hora?
No sé si me jode más haber perdido o que haya ignorado mi pregunta.
—Claro, Desmond. Quiero la revancha.
Lo acompaño a la puerta. Al abrirla, se choca con Sira. Da un paso hacia atrás con los ojos muy abiertos. Me mira a mí y luego a Desmond, una y otra vez, como si hubiera entrado en bucle.
Algo en la expresión de Desmond cambia. El hombre dulce y patoso desaparece durante unos segundos y se convierte en un depredador observando a su presa, pero al girarse hacia mí suaviza el rostro.
—Agradezco a La Gobernadora que me haya permitido ausentarme de mis obligaciones en la Sala Alejandría. —Me agarra la mano y besa el dorso antes de que pueda retirarla—. Es un placer hablar contigo, Nova.
Se marcha a paso rápido y miro a Sira, paralizada frente a mí y con los ojos vidriosos.
—¿Estás bien?
No asiente, pero se acerca un par de pasos para entrar en la habitación.
Cierra la puerta, apoya la espalda en la madera y se tapa la cara con las manos.
Empieza a llorar haciendo sonidos guturales.
Me veo reflejada en los enormes brazaletes que lleva en las muñecas.
La piel alrededor del metal pulido está enrojecida.
Intento acariciarle el pelo, pero se retira al sentir el contacto.
—¿Es por Desmond?
Aparta las manos y vocaliza el nombre con el ceño fruncido, como si le molestara la mención. Niega con la cabeza.
—Está bien, no tienes que contármelo. Pero quiero que sepas que no estás sola, aunque aquí arriba te hagan creer lo contrario.
—Acerco los dedos para secarle el rostro, pero me quedo a medio camino cuando noto que tiembla.
Bajo la voz en un susurro—: Yo no estoy de acuerdo con esos brazaletes.
Ni con que te hayan robado el nombre. Ni tampoco con que os traten como a ciudadanos de segunda por el simple hecho de llevar modificaciones.
Pero imagino que eso ya lo sabías, porque de no ser por ti me habría cargado a los guardias del corredor el día que me llevaste a la Sala Alejandría por primera vez…
Sonríe débilmente y se seca las lágrimas. Caminamos hacia el centro de la habitación. Me apoyo en el colchón mientras ella recoge los restos del desayuno y los coloca en la bandeja.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Sira? Te llamas así, ¿verdad?
Desvía la mirada y asiente.
—No tienes que darme detalles. Solo di sí o no con la cabeza. ¿Hay algo parecido a una sala de comunicaciones en el Círculo Dorado?
Me mira con extrañeza y niega con la cabeza.
—¿Y en el Círculo Plateado?
Vuelve a negar y señala el suelo con el dedo índice.
—¿En el Círculo de Bronce?
Sigue señalando al suelo.
—¿Más abajo que el Círculo de Bronce?
Asiente.
—¿La ciudad subterránea?
Vuelve a negar y resoplo.
—¿En serio? ¿Y qué hay debajo de la ciudad subterránea?
Forma un círculo en el aire con el dedo índice.
—No te entiendo…
Se me acerca. Duda al principio, pero me agarra una mano y empieza a escribir sobre la palma. Voy diciendo las sílabas en voz alta.
—Zo-na… Ce-ro.
Asiente y repito las palabras.
—¿Zona Cero? ¿Y cómo se llega hasta allí?
Niega con la cabeza y vuelve a escribir.
—Na-die… pue…
La puerta se abre antes de que termine de marcar la palabra sobre mi palma. Me suelta la mano y mira al suelo con los ojos cerrados. Loretta entra y nos observa a las dos con extrañeza.
—¿Qué haces tú aquí? Haz el favor de llevar el desayuno a las cocinas. —Da varias palmadas—. Vamos, rápido.
Sira corre a recoger la bandeja y sale deprisa.