8. El ajedrez
EL AJEDREZ
Lo echo tanto de menos…
Por las mañanas, antes de que Loretta abra las cortinas y me enseñe un nuevo y pomposo vestido, me esfuerzo por recordar la cara de Adrien con todo detalle.
Empiezo por la mandíbula y voy subiendo, tratando de visualizar de la manera más vívida posible la pequeña cicatriz bajo su labio inferior, la curva perfecta de su nariz, el borde negro alrededor del iris gris de sus ojos.
Imagino sus pestañas, sus cejas, los lóbulos de sus orejas.
Su pelo desordenado y ese mechón rebelde que le cae sobre la frente.
Intento recordar su olor, pero cada día que pasa me cuesta más. Y me niego a olvidarlo, porque sé que sigue aquí, en algún lugar y, aunque no se acuerde de mí, me he jurado que voy a recuperarlo.
A veces me lo imagino bajo las sábanas conmigo. Me acaricio imaginando que es él quien me toca y me abraza, igual que lo hacía en la cama de nuestro módulo. Lo necesito tanto que duele. Sus besos, su voz, su mirada de deseo.
Daría lo que fuera por volver a ese lago en medio de la selva y decirle que sí, que acepto su propuesta de irnos lejos de todo.
Revivo ese momento constantemente, modificando los diálogos por otros muy distintos.
Le pediría que construyera la cabaña y que me hiciera el amor todos los días.
Cambiaría el pacto de liberar el resto de U.N.T.E.R. por el de estar siempre juntos.
Pero no, tuve que ser la heroína perfecta. Tuve que llevarlos directos a la trampa de Dorian como una completa imbécil. Soy yo, y solo yo, la culpable de que Drusi y Levi…
—¡Buenos días, dormilona!
Suelto un gemido y coloco la cabeza bajo la almohada cuando la luz inunda la habitación, pero Loretta me la arranca de un tirón y me mira con expresión preocupada.
—¿Estás llorando, niña?
Me limpio los restos de lágrimas con el dorso de la mano.
—Es solo que…
Pero Loretta no se para a escucharme. Se gira con brusquedad hacia Sira, a la que no había visto entrar.
—Tú, deja eso en la mesa y vete fuera de mi vista.
La chica suelta la bandeja del desayuno y recula hasta llegar a la puerta. Aprovechando que Loretta se agacha para acomodar los platos, la saludo con la mano antes de que salga al corredor.
—Me han dicho que has hecho buenas migas con el muchacho de la Sala Alejandría.
Me mira de reojo con el zumo de naranja en la mano.
—¿Con Desmond?
—Es un buen chico, me gusta para ti. Se acercará en un rato para traerte un regalo.
Supongo que se refiere al tablero de ajedrez. Aunque en el momento me pareció buena idea, jugar con alguien que no sea Adrien me genera una tristeza imposible de explicar.
Loretta da una palmada y pone voz chillona.
—¡¿Cómo no se me había ocurrido antes?! Desmond puede ser tu pareja para el Baile de la Pureza. Seguro que te lo pide en algún momento.
Me pongo de rodillas en la cama y me siento sobre los talones.
—¿El qué?
—Claro, aún no conoces nuestras costumbres.
Te va a encantar. Una vez al año celebramos el día en el que nuestro fundador colocó la primera piedra de Babel.
Fue lo último que hizo, pobre mío. Murió a la santa edad de noventa y ocho años poco después.
Por eso nos reunimos en el Gran Salón y bailamos, comemos y bebemos hasta hartarnos.
Además, para demostrar lo férreos que son nuestros valores, tenemos la indulgencia de invitar a cuatro mods al baile.
Dos de la ciudad subterránea y otros dos del Círculo de Bronce.
Es pura benevolencia. Así pueden ver que no somos como ellos, simples salvajes a los que el metal les ha achicharrado el cerebro.
Lo primero que se me viene a la mente es la idea de que Adrien sea uno de esos invitados. Quizá podría acercarme a él para hablar. Y aunque tampoco sirviera de mucho, mi cuerpo se estremece solo con imaginarlo frente a mí.
—¿Qué te está pareciendo el Círculo Dorado hasta el momento, querida?
La pregunta me pilla por sorpresa.
—Es… acogedor…
Me encantaría decirle que lo único que merece la pena es ver arte en cada esquina. Acostumbrada al cemento y al metal de Unter, incluso al blanco y dorado de El Núcleo, pasear por Babel es una explosión de colores y estilos.
Lo único que rescataría de esta torre de chalados puros son los frescos, las pinturas y los libros de la Sala Alejandría.
Y quizá también a ella. A Loretta. No sé cuántos días llevo aquí, pero se ha convertido en mi sombra.
Siento, con cierta culpa, que está despertando en mí un afecto inesperado.
Le encanta cepillarme el pelo mientras me canta y contarme historias sobre otros habitantes del Círculo Dorado.
La mayoría son chismes que no logro entender del todo, pero ella parece encantada de compartirlos conmigo.
También me halaga todo el tiempo. Y debería sentirme incómoda, pero la verdad es que una parte de mí, quizá desconocida hasta ahora, disfruta de que la traten con tanta dulzura. ¿Me estoy acostumbrando demasiado rápido a escuchar lo bien que me sientan los vestidos? La culpa me consume…
—Hoy, con la ocasión de la visita de Desmond Tatch, vas a pasar la mañana en tu dormitorio, pero puede que luego te dé una sorpresa…
—Aprieta los puños junto a la cara y le brillan los ojos—.
No puedo decir nada aún, pero me muero de ganas de contártelo…
Por la tarde te acompañaré un rato a la Sala Alejandría y luego pasearemos por los jardines verticales para lucirte mientras recitamos poesía.
Hoy nos tocan los Cantos, de Ezra Pound.
Asiento de manera casi automática. Cada mañana, Loretta anuncia mi rutina con alegría y siempre se resume en lo mismo.
Todas las comidas las hago en mi dormitorio, pero me permiten visitar diferentes zonas del Círculo Dorado siempre acompañada de ella o de Sira, a la que me queda claro que todos odian con especial inquina.
Imagino que, como el resto de los libros de la Sala Alejandría, el que pretende recitarme hoy también tendrá tachones y páginas arrancadas.
—¡No lo aguanto más, querida! Tengo que contártelo o voy a explotar.
¿Estás preparada? —Da varios saltitos sobre el sitio y no espera mi respuesta para continuar—: ¡Puede que hoy comas con los generales!
Soy una bocazas, lo sé. Pero ¿ir a una reunión del Consejo?
¡Madre mía, Nova! ¿Sabes el tremendo privilegio que eso supone?
Frunzo el ceño.
—¿Los generales?
Loretta parpadea, sorprendida, y pone los brazos en jarras.
—¿Es que Desmond no te habló de las cinco familias?
—Sí, las mencionó, pero no dijo nada de los generales.
—Son los protectores de Babel. Cinco familias, cinco generales.
Dos de ellos son muy ancianos y lideraron la subida a Babel con el hijo del fundador, Frederick Vanderly, padre de nuestra amada Gobernadora.
Otros dos son ya la segunda generación. Y también tenemos una nieta, la única mujer.
Juntos dirigen a nuestro ejército del Círculo Plateado, además de formar el Consejo de La Gobernadora.
Empiezo a desvestirme para que Loretta me coloque un nuevo y apretado corsé. Esta vez es azul, con pequeñas nubes blancas.
—Creía que ese era el trabajo del comandante Malacai Reed.
—Ya, bueno, digamos que Malacai es el brazo ejecutor. Pero que no se lo crea tanto, porque al final del día rinde cuentas a los cinco generales le guste o no.
—¿Los generales viven en el Círculo Plateado?
Suelta una carcajada mientras me coloca la falda de infinitas capas de tul azul y tira de las cintas.
—Pero qué cosas dices. No, querida. Los generales viven con sus familias en sus dependencias del Círculo Dorado.
Pero cuando empiece la guerra contra los mods, y no te quepa duda de que llegará tarde o temprano, serán los primeros en protegernos.
En fin, desayuna. Los huevos revueltos deben de estar ya más que fríos.
Me siento y bebo un sorbo del zumo. Todo lo que he comido en Babel sabe mejor que cualquier otra cosa que me haya llevado a la boca, y eso incluye la fruta de los huertos hidropónicos de Unter.
Miro el plato y la pregunta me sale sola.
—¿De dónde viene la comida? Imagino que no la imprimís, ¿no?
Se gira con las cejas alzadas.
—¡Imprimir comida! ¡Tremenda asquerosidad! ¿De dónde quieres que salgan los huevos, niña? ¡De las gallinas! Fuera de la torre, junto al Círculo de Bronce, tenemos la granja y los huertos. Las impresoras de comida son para los mods. Si tanto les gusta el metal y el plástico, que se lo coman ellos.
Quizá sea la excusa que necesito para salir del Círculo Dorado.
—Nunca he visto una gallina. ¿Podría…?
Loretta me corta antes de que pueda formular la pregunta.
—Ni hablar. No se te ha perdido nada por allí abajo. La Gobernadora jamás lo aprobaría.
—¿Es que nadie del Círculo Dorado baja nunca?
—Pues no. Cuando agradeces lo que tienes, no vas buscando nada más. Y este tema termina aquí. —Justo en este momento alguien llama a la puerta—. ¿Ves? Lo que yo decía. Fin de la conversación. ¡Adelante!
Desmond asoma la cabeza por detrás de la puerta y se sube las gafas hasta el puente de la nariz.
—¿Puedo pasar?
Loretta exagera la sonrisa y se acerca a él.
—Claro, querido. Nova ya está lista. Deja que le acomode el pelo y es toda tuya.
Me mira, nervioso, y se saca el tablero de ajedrez de debajo del brazo.
—Te lo prometí.
Asiento y me termino el desayuno. Loretta canturrea mientras me peina y, como siempre, coloca todo el pelo del lado del tatuaje de Inferno para ocultarlo. Cuando acaba, da una palmada y sonríe nerviosa antes de marcharse.
—Os dejo tranquilos para que disfrutéis del juego en la intimidad.
Desmond coloca el tablero en una mesa baja.
—Acerca esa jamuga, ¿quieres?
Señala un punto detrás de mí, pero al girarme no sé a cuál de todos los objetos se refiere.
—¿Que acerque qué?
Parece darse cuenta de lo que ocurre.
—Es esa silla de patas curvas. La que tiene el cuero labrado. ¿No hay sillas así en el lugar de donde vienes?
Resoplo.
—Eres igual que Loretta. No, no hay jamucas de donde vengo.
—Jamugas.