7. La pica
LA PICA
Adrien
No sé cuánto tiempo llevo aquí metido. Cuando me negué a responder a sus preguntas, pensé que iban a torturarme, como en El Foso, donde el único objetivo era vernos sufrir.
En vez de eso me lanzaron a este jodido cilindro y cerraron la trampilla a demasiada distancia como para poder escalar por la piedra lisa.
Es un espacio tan estrecho que golpeo con los codos las paredes frías. Creía que era otra celda más, pero luego miré abajo y entendí a qué se refería ese imbécil con «Disfruta puliendo La Pica, mod de mierda, a ver si sales menos arrogante y más dispuesto a colaborar».
Entre mis talones hay una varilla de metal. Una aguja gruesa que nace desde la base y termina en una punta perfecta a pocos centímetros de mi entrepierna.
Mientras estás erguido no pasa nada, pero si el cansancio te vence, y yo estoy al borde del colapso, es casi imposible evitar que las rodillas se doblen y que tu cuerpo baje hacia el filo. No hay espacio para esquivarlo ni sitio para sujetarte y frenar el descenso.
Si te duermes, La Pica te empala.
He intentado apoyar la espalda contra la pared para dormir un poco, pero está cubierta por una grasa resbaladiza que me empuja hacia abajo. Cada vez que se me cierran los ojos, mi cuerpo cede unos centímetros y siento el acero rozarme la piel a través de la ropa.
Lo que me jode es que nadie ha venido a interrogarme.
Sigo tan perdido como el primer día. Y en lo único en lo que puedo pensar es en toda la mierda que he tenido que tragar a lo largo de estos años para conseguir mi módulo de benefactor, mis créditos ilimitados y el respeto de cualquiera, desde El Núcleo hasta el último puto nivel de Unter.
Hay algo que se me escapa. No soy imbécil.
Ninguna de las personas a las que he visto desde que desperté tienen modificaciones biónicas.
Nadie hace referencia a los niveles. Hablan en clave, mencionan palabras, lugares y nombres que desconozco.
Si no supiera que lo único que queda del mundo previo al cataclismo es Unter, pensaría que estamos…
La trampilla se abre y una voz de mujer grave y ronca retumba sobre mi cabeza.
—¿Qué tal llevas La Pica, cabronazo?
Intento mandarla a la mierda, pero llevo sin beber agua tantas horas que no sale ningún sonido de mi garganta.
—Ponte el arnés que te lanzo. Y cuidado con lo que haces, porque cortaré el cable para dejarte caer. Me encantaría ver cómo te atraviesa La Pica.
Levanto los brazos para recibirlo y envuelvo las tiras alrededor de mi espalda. Empiezo a elevarme. Cuando salgo, me dejo caer de espaldas contra el suelo.
La mujer se coloca a mi lado y se agacha para mirarme desde cerca. Lleva el pelo negro muy corto. Tiene los ojos rasgados y los labios finos en una mueca curvada de asco.
—¿Este es el mod de grado 9 del que tanto habláis? Joder, pues yo creo que no me duraría ni un asalto. —Se pone de pie y mira a su alrededor—. Eso sí, tiene una cara demasiado bonita para ser un hijo de puta hecho de metal. Quizá se la destroce antes de que Malacai decida qué hacer con él.
Varias personas se ríen por el comentario. Antes de que pueda reaccionar, levanto un brazo para rodearle el tobillo y la obligo a caer. Arrastro su cuerpo hacia el agujero de La Pica y dejo su cabeza suspendida sobre él mientras la agarro del cuello.
El resto se acerca a mí.
—¡Quietos! ¡No hagáis nada, es una orden!
Acerco mi cara a la suya y aprieto los dientes.
—¿Qué decías de durarte un asalto?
Se ríe.
—Le echas cojones. Pero en Babel estamos acostumbrados a doblegar a los mods como tú. Mira y aprende.
Ocurre de inmediato. Oigo un zumbido que me recuerda a los drones de seguridad.
Empiezan a arderme las muñecas y los brazaletes de metal se juntan sin que pueda evitarlo.
Hacía años que no sentía un dolor así en la columna.
Aprieto los dientes sin poder emitir ningún sonido, como si todo mi cuerpo se hubiese paralizado de golpe.
La mujer suelta una carcajada y me empuja para apartarse de mí.
—Dicen que bastan diez segundos para que un mod se comporte. Pero a mí me parece que tú necesitas un par de minutos, ¿no crees?
He sentido dolor muchas veces. Demasiadas. Con mi modificación al ir creciendo. Con los collares de El Foso. Las heridas de combate en Las Pruebas. Pero esto es diferente. Es como si alguien estuviera arrancándome la columna biónica de cuajo mientras me acuchilla la piel de los bordes.
—No voy a dejar de apretar el botón hasta que…
—Capitana Kuang, el comandante quiere ver al mod.
Ella resopla.
—Salvado por Malacai, cabronazo.
El dolor se detiene, pero aún soy incapaz de moverme. Dos hombres me levantan por las axilas y me arrastran por un corredor. Intento alzar la cabeza, pero estoy agotado.
Abren una puerta y me lanzan al suelo. Caigo sobre la moqueta azul y apoyo ambas manos, jadeando aún por la tensión de los brazaletes.
—De pie.
Apoyo una rodilla y me impulso para incorporarme. El hombre me mira sentado detrás de una mesa con las manos entrelazadas. Es el mismo que acompañaba a La Gobernadora.
—Soy el comandante Malacai Reed. Voy a hacerte una serie de preguntas para las que espero respuestas claras y honestas.
—No puedo evitar pensar que estoy viéndome reflejado en un espejo.
Habla con el mismo tono cortante que uso con mis candidatos—.
De lo contrario, pasarás una semana en La Pica para terminar colgado del muro. ¿Entendido?
Intento responder, pero, al abrir la boca, se me quiebra la voz. Me paso la lengua por los labios resecos. Malacai sonríe.
—Tienes sed, ¿verdad? —Señala una jarra de agua con dos vasos a un lado de la mesa—. Sírvete.
Ignoro el dolor que me provoca moverme y me abalanzo sobre ella. No echo agua en el vaso, me tiro la jarra por encima y me la bebo entera con desesperación.
Malacai se ríe mientras me paso el antebrazo por la cara para limpiarme.
—Y ahora, dime. ¿Cuántos más hay como tú en el lugar del que vienes? Dame la cifra. Sé que la sabes.
—¿Te refieres a Unter?
Entrecierra los ojos.
—La Gobernadora cree que estás confundido y piensas que aún sigues en tu unidad, pero no imaginaba que un mod de grado 9 fuera tan imbécil.
¿Lo eres, Solterra? Porque el escáner asigna el grado en función de tus habilidades.
Y jamás había visto a alguien como tú. Se supone que, además de fuerte, eres inteligente.
Apoyo ambas manos en el borde de su escritorio para bajar la cara a su nivel.
—Verás, es que me habéis drogado, apaleado y lanzado a un puto agujero con una lanza revienta culos que me ha impedido dormir.
No he comido ni bebido nada en días. Y lo último que recuerdo es despertar en mi cama con sábanas de seda después de una noche increíble de sexo en la que nos terminamos cuatro botellas de la mejor remesa de Rocheldy.
Así que puede que sí. Puede que sea un imbécil por no entender qué coño está pasando.
Si esto es una simulación de ERIS, os podéis meter la…
Da un puñetazo a la mesa y se levanta de golpe. Se acerca a la pared detrás de él y tira de un cordel. Las cortinas se abren de par en par y me cubro los ojos con el antebrazo para protegerme de la luz cálida que me ciega.
No lo veo venir. Me coge de la solapa del traje de combate y me arrastra. Oigo cómo abre una puerta y sigue empujándome hasta que mis caderas tocan un muro bajo. La luz es tan intensa que tardo unos segundos en acostumbrarme. Me agarro a la barandilla y abro los ojos.
Mi corazón se detiene.
—No puede ser…
El cielo. Es el puto cielo. De un azul tan… azul. Tan… real. Es imposible. ¿Qué coño es esto?
—Bienvenido al exterior, Adrien Solterra. Y ahora que ya sabes que no sigues en tu unidad, responde: ¿cuántos sois? ¿Cuándo tenéis previsto atacar?
Clavo las uñas en la piedra negra y pulida.
—¿Desde cuándo? —Lo miro desorientado—. ¿Desde cuándo es habitable el exterior?
Él chasquea la lengua sin soltarme del cuello del traje.
—Ya hace más de cuarenta años. Responde tú a mis preguntas.
—Cuarenta años…
Echo un vistazo hacia abajo y veo parte del muro negro que nos rodea.
Me llevo una mano a la cabeza y lo observo.
—¿Dónde coño estamos?
Vuelve a tirar de mí hacia el despacho. Sigo mareado, me cuesta mantener el equilibrio. Abre un cajón del escritorio y despliega lo que parece ser un enorme mapa del mundo con decenas de cruces rojas.
—Estamos aquí. —Señala un punto a la izquierda, en la parte alta.
Luego desliza el dedo hacia el centro—. Te encontramos aquí, pero esa plataforma no correspondía a ninguna unidad oficial, por lo que tuviste que venir de otra.
No había medios de transporte utilizables cerca, así que asumo que llegaste a pie.
Parpadeo, sintiendo que el aire se escapa de mis pulmones. Señala otros tres puntos en la parte baja.
—Mira bien este puto mapa y dime cuál de estas tres U.N.T.E.R. es la tuya.
¿Ha dicho tres? Exhalo lentamente y trago saliva. Si todo esto es real, lo único que puedo hacer es volver a ponerme en modo supervivencia. Acatar órdenes, hacerles creer que soy valioso y encontrar la manera de que esto me beneficie hasta mandarlos a la mierda.
—Créeme, estoy dispuesto a colaborar, pero no recuerdo haber salido al exterior. Me has preguntado cuántos somos. Eso sí te lo puedo decir: más de setenta mil.
Abre mucho los ojos.
—¿Setenta mil modificados?
Asiento.
—Todos en Unter tienen modificaciones biónicas.
—¿Y la chica con la que te encontramos? ¿De qué la conoces? Es humana.
—No la había visto nunca. Y si no tiene mejoras, te aseguro que no viene del mismo sitio que yo.
—Setenta mil mods… Quizá nos equivocábamos contigo, Solterra. Creíamos que liderabas un ejército, pero ningún líder vendería tan rápido a su gente. Eso es más propio de un parásito, ¿no crees? Aunque no me sorprende.
Me encojo de hombros.
—No te cortes, me han llamado cosas peores que parásito en esta vida.
—Si dependiera de mí, irías directo a la ciudad subterránea, pero La Gobernadora considera que siendo uno de los mods con mayor gradación tienes que sernos útil, así que te destinaré al Círculo de Bronce después de verificar tus habilidades. Empezarás las pruebas hoy mismo.
La palabra me provoca una sacudida en el estómago.
—¿Pruebas?
—Considéralo un examen de aptitud. Es algo rutinario. Solo vamos a testar tus límites lo suficiente para ver hasta dónde eres capaz de llegar antes de romperte.