Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 6. La biblioteca
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6. La biblioteca

LA BIBLIOTECA

Permanezco quieta en el umbral, aún con la mano cerrada alrededor de la manija dorada. Miro hacia arriba y estiro el cuello hacia las infinitas estanterías de madera que forran las paredes y parecen no tener final. Jamás en mi vida he visto tantos libros juntos. Hay miles. Quizá decenas de miles.

La sala es circular y el techo se curva. Está cubierto de imágenes parecidas a los frescos de los corredores. Hay figuras humanas, cuerpos alados, nubes y estrellas, como si toda la pintura tratara de imitar el cielo. Por un segundo, siento que voy a desmayarme.

Trago saliva. El aire es denso, huele a papel y a cuero. No puedo dejar de mirar las galerías concéntricas organizadas por niveles. Hay pasarelas estrechas y escaleras que lo conectan todo.

La voz de un hombre joven me hace reaccionar. Está sentado tras una larga mesa de madera oscura. Apenas puedo verle la cara detrás de las pilas de libros.

—Bienvenida a la Sala Alejandría. ¿En qué puedo…? —Entrecierra los ojos y empuja unas gafas redondas hacia el puente de su nariz—. ¡Oh, Dios mío! ¡Eres tú!

Da un salto y llega hasta mí en dos zancadas.

El pelo rubio ceniza le cae desordenado en dos mitades.

Los ojos verdes, más oscuros que los míos, parecen enormes detrás de los cristales.

Lleva una camisa blanca arrugada bajo unos tirantes negros y los pantalones marrones parecen quedarle grandes. Quizá tenga un par de años más que yo.

—Eres Nova Black, ¿cierto? Soy Desmond Tatch, el guardián de las palabras.

—Se lleva las manos a la cintura y saca pecho, como si estuviera orgulloso—.

Siempre he querido decir eso… En realidad, soy el vigilante de la Sala Alejandría.

Bueno, el aprendiz del ayudante del vigilante…

René y John tienen los cargos importantes, pero no suelen venir mucho por aquí…

Se acaricia la nuca y alarga una mano para estrechar la mía. Hay algo en su forma de hablar y en su figura desgarbada que me recuerda a Rowen. Aunque vayan a cumplirse dos años de su muerte en El Circuito, su imagen en mi mente me provoca una punzada en el corazón.

Correspondo al saludo y termino de entrar en la estancia sin dejar de mirar las estanterías.

—Esto es… increíble. Nunca había visto tantos libros juntos.

—Sí que lo es. Este es mi lugar favorito en Babel. Supongo que prefiero los libros a las personas.

Sonrío al escucharlo, y quizá es la primera sonrisa real desde hace meses. Durante mi encierro en el módulo 99, con tanto tiempo para releer los ejemplares de mi biblioteca clandestina, pensé lo mismo muchas veces.

Desmond me acompaña hasta una de las estanterías y acaricia los lomos.

—Siempre he creído que los libros son como espejos. Me refiero a que, si se lo permites, te enseñan cosas de ti que ni tú mismo sabías. ¿No crees?

Asiento y ladeo la cabeza para leer uno de los títulos.

—¡Oh, este lo conozco! —Lo saco del estante y deslizo las yemas de los dedos por las letras en relieve de la cubierta—. Me encanta esta escritora.

Frunzo el ceño a medida que paso las páginas. Miro a Desmond, que se recoloca las gafas y se muerde el labio inferior, como si supiera lo que estoy a punto de preguntarle.

—¿Habéis arrancado páginas y tachado frases? ¿Los habéis censurado?

—¡En absoluto! ¿Si fuera censura, podrías sostenerlo entre tus manos? En Babel no censuramos, protegemos nuestras mentes. Al igual que el metal, hay ideas que se aferran a tu alma para extirparte la pureza de cuajo.

Suspiro y leo para mis adentros una de las frases visibles entre borrones de tinta negra de los primeros capítulos. Prácticamente han ocultado todo el texto.

«El lugar en que me encuentro no es una prisión sino un privilegio, como decía Tía Lydia».

Hago una mueca. Qué ironía. Es lo que parecen decirme todos desde que llegué aquí.

Devuelvo el libro a su sitio con tristeza. Verlo así es como encontrarte a un viejo amigo al que le han amputado todas sus extremidades. Me giro hacia Desmond. Tiene la mirada perdida y se retuerce las manos.

—¿Sabes por qué me ha hecho venir aquí La Gobernadora?

Me mira y parpadea sorprendido, como si acabara de darse cuenta de que estoy a su lado.

—¿Qué? Perdona, a veces parece que escucho, pero…

—Te preguntaba si sabes por qué me han enviado aquí.

—¡Claro que sí! Por orden de La Gobernadora.

Me pidió que te explicara más sobre la estructura de Babel.

—Vuelve hacia su mesa, caminando de espaldas, sin dejar de mirarme—.

Bueno, ella no me ha pedido nada, claro.

Se lo dijo a su comandante, que se lo dijo a un mensajero, que se lo dijo a mi superior, que se lo dijo a su ayudante, que me lo dijo a mí.

Se choca con una de las lámparas y esta se vuelca. Antes de que caiga al suelo, Desmond la agarra y hace una mueca.

—Como ves, además de despistado, también soy un poco patoso. Pues bueno, si quieres, puedes sentarte aquí conmigo y te cuento…

El escritorio está repleto de libros abiertos, papeles con párrafos a medio escribir y pilas de volúmenes mal colocados. Desmond pasa el antebrazo por la superficie para apartarlo todo.

—Sí, también soy un poco desordenado, pero a mi favor diré que no tengo muchas visitas a las que ayudar, así que dedico mi tiempo a leer y a escribir.

Lo miro sorprendida.

—¿En serio tienes pocas visitas? Este sitio es increíble…

—Oh, no me malinterpretes. Viene mucha gente, pero es más bien como un ritual, ¿entiendes?

Por las tardes, esta sala se convierte en el punto de encuentro para ver y ser visto.

Entran, sacan algún tomo de las estanterías, pasan las páginas como si leyeran, se aseguran de que el resto los miren y…

poco más. A veces algunos me piden resúmenes para poder hablar de libros que jamás han leído. Eso es todo.

Resoplo y me siento en una de las sillas.

—¿Resúmenes? ¿Es una broma? ¿Qué gracia tiene eso? Leer es leer.

—Supongo que necesitan que otros sepan lo listos que son. Pero como dice René: «Ver, oír y callar, chico». Aquí en la Sala Alejandría atendemos a todo el que viene con la voluntad de aprender algo nuevo. Como estás a punto de hacer tú hoy. ¿Qué sabes de las cinco familias?

—Absolutamente nada.

Me entran ganas de decirle que tampoco me importa. Que lo único que quiero es saber dónde está Adrien y dónde puedo encontrar la maldita sala de comunicaciones.

—Vaya… Pero sí conocerás a Barron Vanderly, ¿verdad? —Se lleva el puño al corazón y lo desliza hasta el hombro sin dejar de hablar—. Nuestro fundador.

—No mucho. Sé lo que me han contado los niños. Que estaba en contra de las personas con modificaciones y terminó construyendo Babel.

—¡Oh, pero esa es una manera muy simplista de explicarlo!

—Alza la voz y levanta los brazos, como si le molestaran mis palabras.

Se acomoda sobre la silla y carraspea antes de empezar a explicar—: Nuestro fundador era solo un muchacho cuando tuvimos que abandonar la superficie para vivir en las unidades subterráneas.

Su padre intentó liderar la U.N.T.E.R. central de manera justa preservando los valores tradicionales, pero los mods se lo impidieron y lo asesinaron.

Barron asumió su cargo, inventó los brazaletes y empezaron las revueltas. A pesar de…

—¿Qué brazaletes?

Desmond aprieta los labios y sonríe de manera fingida. No parece gustarle que lo corte.

—Con ellos controlamos a los mods. ¿No los has visto? Son dos bandas de acero alrededor de las muñecas con el número de registro grabado. Interactúan con esto.

Saca del bolsillo el mismo mando con el botón rojo que ha usado el guardia del pasillo para doblegar a la mujer que limpiaba.

—Si estás en peligro, solo tienes que apretar el botón en dirección a un mod. Los brazaletes lo obligan a juntar los brazos y le provocan dolor para anular la ventaja de su modificación.

Un escalofrío me recorre la espalda. Intento sonar tranquila cuando formulo la pregunta.

—¿Todos los ciudadanos del Círculo Dorado tenéis mandos como este?

Ladea la cabeza, como si sopesara su respuesta.

—Todos los que necesitamos tenerlos. Por nuestra seguridad, ya sabes.

—Suspira de manera sonora y sonríe—. Mejor sigamos con la historia.

Como te decía, a pesar de varias traiciones, nuestro fundador tuvo cinco aliados, miembros de las familias más influyentes de Occidente: los Hawthorne-Rockefeller, los Desrosiers, los Montgomery-Sinclair, los Whitmore, los Tavares de Mendoça y los más importantes junto con los Vanderly: los Sterling.

Sus descendientes forman hoy en día el Consejo de La Gobernadora.

Le brillan los ojos cuando pronuncia los apellidos.

—Gracias a las cinco familias y a nuestro fundador, se preservó la pureza y pusimos a los mods en el lugar que les corresponde.

Quién sabe adónde habríamos llegado de no haber sido por ellos…

Dicen que en otras unidades el nivel de deshumanización fue tal que hasta inventaron competiciones entre mods donde disfrutaban matándose los unos a los otros.

Eso es lo que hace el metal: nos transforma en salvajes.

Contengo el aliento. Por un momento siento un gancho tirar de mi estómago desde dentro, como si toda la propaganda sobre la pureza de Babel cobrara un poco más de sentido.

Pero entonces recuerdo a la mujer de brazos biónicos que acabo de ver retorcerse en el corredor.

Pienso en Drusi, en Levi, en Thalius y en Kayan.

Pienso en Kieran. En Adrien. Sobre todo en Adrien.

A ninguno de ellos lo tratarían con respeto en Babel.

—¿Tienes alguna duda? Lo sé todo sobre nuestra historia.

Reprimo las ganas de preguntarle sobre la sala de comunicaciones. Sería demasiado obvia y jugaría en mi contra.

—He visto el muro negro a través de la ventana. Es enorme.

—¡Sí que lo es! Un muro de hormigón reforzado. Infranqueable.

—¿Intentáis protegeros de algo?

Coge una pequeña escultura decorativa del centro de la mesa y se la pasa entre ambas manos de manera distraída.

—Oh, sí. Babel está bajo constante amenaza de ataque. Antes de morir, nuestro fundador dejó muy claro que tarde o temprano los mods de otras unidades vendrían a destrozar lo que habíamos construido. Por eso nuestro ejército del Círculo Plateado entrena a diario para protegernos.

—Pero eso no tiene sentido. ¿Por qué iban a venir aquí desde otras unidades? Ni siquiera saben que…

La escultura se le resbala de las manos y golpea la madera de la mesa. Me mira con el ceño fruncido y baja la voz, como si no estuviéramos solos.

—Las palabras del fundador no se cuestionan. Lo que dijo es lo que es. Ni más ni menos.

Me queda claro que Unter y Babel comparten el mismo rechazo por el pensamiento crítico.

—Entiendo. —Trato de cambiar de tema para no incomodarlo—. Entonces los… mods viven en el Círculo de Bronce, ¿no? Así lo llamáis.

Me duele pronunciar la palabra que ellos usan como un insulto.

—No todos, solo aquellos cuyas modificaciones resultan de utilidad. Es la única manera de dignificarlos. Poniendo lo que ellos llaman mejora al servicio de los puros. Yo pienso que así les devolvemos un poquito de humanidad.

Me sorprende que alguien que se pasa los días entre libros tenga una visión tan maniquea de la vida.

—¿Y qué hacéis con los que no sirven? ¿Los matáis?

Mi pregunta es tan directa que parece ofender a Desmond, quien se lleva una mano al corazón, indignado.

—No, por supuesto que no. La pena de muerte solo se aplica por asesinato y alta traición.

¿Por quién nos has tomado? A los mods que no son aptos les permitimos vivir en la ciudad subterránea como símbolo de nuestra generosidad.

Y antes de que lo preguntes, no sé nada sobre esos salvajes.

De hecho, tampoco puedo contarte mucho sobre el Círculo de Bronce.

He vivido toda mi vida en el Círculo Dorado.

Alzo una ceja.

—¿No lo sabías todo de Babel?

—Lo sé todo sobre la historia de Babel, no sobre lo que ocurre en lugares en los que no se me ha perdido nada.

Qué conveniente. Supongo que es lo mismo que le ocurría a alguien de los primeros niveles de Unter cuando pensaba en el 42.

—¿Crees que puedo visitar el Círculo de Bronce?

Resopla.

—¡De ninguna manera! ¿Por qué querrías ponerte en peligro de ese modo?

—Soy una chica curiosa, solo eso.

Hace un barrido con el brazo y señala las estanterías.

—Pues aquí tienes miles de libros para saciar esa curiosidad. Créeme, incluso los mods más civilizados te arrancarían los ojos sin escolta. Y La Gobernadora no va a permitir que alguien como tú se corrompa por bajar allí.

Mi cara de decepción me delata.

—Vamos, vamos. Deja de pensar en los mods. ¡El Círculo Dorado tiene mucho que ofrecerte! Música, arte, literatura. ¿Te gusta la esgrima? ¿El ajedrez? —Levanto las cejas al escuchar la última palabra—. ¡Así que el ajedrez! Mañana después del desayuno tengo un rato libre. ¿Te apetece que juguemos?

Me encojo de hombros y asiento. Quizá pueda replicar mi estrategia con Adrien y sacarle información útil a Desmond.

O quizá tenga que acostumbrarme a que esta sí es mi prisión de privilegios.

Una de la que va a ser difícil escapar.