Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 5. La pureza #2
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5. La pureza #2

Todos aplauden. Me fuerzo a procesar lo que acabo de escuchar y los escalofríos que me provoca la palabra «pureza» en sus labios para referirse a los que no llevamos modificaciones.

El maestro da una palmada y mira a los niños.

—Lo habéis hecho muy bien. Aunque la historia no acaba aquí, ¿verdad?

Sabemos que los mods de otras unidades quieren atacarnos y volver al caos.

Por eso levantamos los muros y nuestro ejército del Círculo Plateado está siempre entrenando para protegernos.

Listo para pasar a la acción en cualquier momento.

Dustin se levanta, apoya un pie sobre su silla doblando la rodilla y alarga el brazo como si blandiera un arma.

—¡Yo quiero formar parte del Círculo Plateado cuando crezca! —Hace el saludo del puño de manera solemne—. Igual que el comandante Malacai Reed.

Algunos niños lo vitorean. El maestro da varias palmadas para acallar los gritos.

—Sí, Dustin, sí. Y todos nos sentiremos muy seguros de tenerte como protector de nuestra ciudad. ¿Por dónde íbamos?

La chica de la modificación craneal aparece y se queda quieta junto a la puerta con la mirada fija en el suelo. Los alumnos murmuran. Uno de la primera fila simula que se mete el dedo en la boca como si fuera a vomitar y el resto imita el sonido. Me levanto para acercarme a ella.

El maestro la mira con tristeza.

—Oh, Sira… Quiero decir, yo… —Se lleva las manos a la boca y mira a los alumnos, que parecen consternados por lo que acaba de decir.

Me mira con expresión de horror—. Nova, te esperan…

Nosotros… Yo… Debemos retomar nuestras clases.

Gracias por la visita. Chicos, ¿os parece si decimos nuestro lema para despedirla?

Todos se ponen de pie, algunos aún con el ceño fruncido por haber escuchado a su maestro pronunciar el nombre prohibido, o al menos eso creo, de la chica con la modificación craneal.

Se llevan el puño derecho al corazón y corean la frase con vehemencia.

—Cerca del cielo, lejos del metal. —Gritan las últimas tres palabras con tanta fuerza que los cristales retumban—: ¡PUREZA, PERMANENCIA, HUMANIDAD!

Deslizan el puño hacia el hombro y me sonríen. La niña rubia del principio viene corriendo hasta mí para abrazarme y enterrar la cabeza en la falda de mi vestido. Sus ojos azules brillan por la emoción.

—Bienvenida a Babel, Nova Black. —Su dulzura me estremece—. Me alegra tanto que estés aquí. Tenía miedo de que fueras otra mod, pero ahora que te veo… Eres como nosotros. Eres pura. Y muy bonita.

Me quedo paralizada, sin saber dónde poner las manos. La niña regresa a su pupitre dando saltos y levanto una mano para despedirme de todos.

El maestro carraspea y me acompaña hasta la puerta.

—Ven cuando quieras a hacernos otra visita. Por las tardes también tenemos clases de esgrima. Una mente aguda necesita precisión y postura.

Se ríe de manera nerviosa.

Miro a… ¿Sira? ¿Será ese su nombre? Hace un ademán para señalarme que pase yo primero.

Cuando salimos al corredor, varias personas me señalan y susurran.

Al torcer el pasillo, veo a una mujer mayor con las manos biónicas.

Está de rodillas, limpiando el suelo con un trapo.

Lleva el mismo arnés que el hombre subido a la escalera frente a la Sala Edén.

Un guardia con el uniforme del Círculo Plateado sujeta la cadena mientras habla con un compañero.

Le cuenta algo que lo hace reír a carcajadas y, al tirar de los eslabones, la mujer cae de espaldas.

El barreño de agua junto a ella se vuelca y los guardias dan un salto hacia atrás.

Me detengo a pocos metros de ellos.

—¡Joder! ¡Maldita mod patosa! —Tira de la cadena para levantarla—. Me has mojado las botas con agua sucia. ¿Sabes lo que significa eso?

Todo ocurre muy deprisa. Se saca un pequeño mando con un botón rojo del bolsillo, lo aprieta y la mujer junta ambas manos a la altura de las muñecas, como si los pesados brazaletes de acero acabaran de imantarse. Empieza a contorsionarse de dolor.

Intento acercarme, pero la chica de la modificación craneal tira de mí y niega con la cabeza. El terror en sus ojos me hace apretar los puños y recular. Interferir ahora sería amenazar a La Gobernadora. Y es lo último que me interesa.

Pasamos por su lado sin detenernos. Me hierve la sangre. Siento que algo se rompe dentro de mí al no ayudar a esa mujer.

—Hijos de puta…

El susurro me sale solo. Sira me mira con un atisbo de sorpresa y curva los labios de manera imperceptible, como si fuera la única sonrisa que puede permitirse.

—¿Adónde vamos? —Me arrepiento de inmediato de hacer la pregunta—. Perdona, olvidaba que no puedes…

Hace un gesto con la mano, como si le restara importancia. Luego levanta el brazo y señala una puerta blanca y dorada al fondo del pasillo. Es más imponente que el resto. Cuando llegamos, espero a que gire la manija, pero da un paso al lado y me mira.

—¿Tú no entras? —Niega con la cabeza, mira el pomo de la puerta y luego a mí—. Gracias por traerme…, Sira.

Digo su nombre en un susurro casi inaudible. Noto cómo su respiración se acelera antes de agachar la cabeza e irse corriendo.

Abro la puerta, me asomo y me quedo sin aliento al ver la que, imagino, va a convertirse en mi sala favorita de todo Babel.