Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 5. La pureza
7%

5. La pureza

LA PUREZA

Han pasado tres días y la voz de La Gobernadora sigue resonando en mi cabeza: «Pregúntame sobre Adrien Solterra.

¿Quieres verlo, Nova? ¿Quieres ver al mod con el que te encontramos?

Solo pídemelo y haré que lo traigan para ti».

Me lo ofreció con tanta dulzura y empatía que estuve tentada de darle lo que esperaba de mí.

Quería que reaccionara a su nombre. Que le diera pistas sobre nuestro vínculo.

Y aunque Dorian me arrebató muchas cosas, también me dio una lección: el amor puede ser la mayor herramienta de tortura en manos del enemigo.

Le dije que no era nadie para mí. Solo un modificado agresivo del que sus maravillosos soldados me salvaron. Porque si algo me queda claro es que, en Babel, tener una mejora biónica es un estigma.

No pareció satisfecha con mi respuesta, pero tampoco insistió. Se limitó a decirme que no me preocupara. «Ahora estás a salvo, querida. En Babel. En casa».

Tengo que ganarme su favor para abrir las puertas que me lleven hasta Adrien.

Voy a sacarlo de aquí, cueste lo que cueste.

Pero no va a ser fácil. Lo que he descubierto hasta ahora es que Babel es una torre altísima que funciona como Unter: por niveles.

El Círculo Dorado está arriba del todo, pero no sé cuánto tendría que bajar para llegar al Círculo Plateado, donde viven y entrenan los soldados de Malacai.

Y más abajo, por lo que he podido sonsacarle a Loretta, en la base de los muros, está el Círculo de Bronce, el lugar en el que viven los mods. ¿Estará Adrien ahí?

—Y por eso tenemos una invitada en la clase de hoy. Decid: «Hola, Nova Black».

—¡Hola, Nova Black!

Miro a los niños de diferentes edades sentados en mesas individuales.

Todo en esta sala parece antiguo. Hecho de madera, sin metal visible de ningún tipo.

El suelo cruje cuando el maestro empieza a escribir mi nombre en un tablero verde.

Se sacude las manos y el polvo le mancha el traje negro de rayas verticales. Su enorme bigote se mueve cuando habla.

—Siéntate aquí, querida. En mi silla.

Hago lo que me dice. Intento encajar entre los reposabrazos el pomposo vestido con cientos de capas de tul rosado que La Gobernadora ha elegido hoy para mí.

Loretta deja sobre la cama uno diferente cada día y me recuerda el gran honor que supone que Sitara se tome la molestia de agasajarme así.

El corsé de hoy tiene bordadas diminutas rosas rojas con espinas.

«El color cereza te sienta de maravilla, querida».

Pongo los ojos en blanco al recordar las palabras de Loretta.

Me siento agradecida, sí. Pero, sobre todo, disfrazada.

—Nova, quiero darte la bienvenida a nuestra clase. Hablo por todos cuando digo que estamos muy emocionados. Algunos de mis alumnos llevan años deseando tener a una recién llegada pura a la que recitarle nuestra historia. Pero antes, me gustaría explicarte qué hacemos aquí.

Alarga el brazo para señalarme a los alumnos.

Todos van vestidos iguales, con una camisa blanca y falda o pantalón azul oscuro con rayas amarillas formando un patrón de cuadros.

En la cabeza llevan boinas azules, todas colocadas del mismo lado.

La mayoría tiene el pelo rubio y los ojos claros, con las mejillas redondas y sonrosadas.

Tanta perfección me recuerda a una versión anticuada de las familias de El Núcleo.

Frente a ellos, sobre cada mesa, hay un enorme libro, el mismo que también reposa delante de mí. Paso una mano por los tres círculos en relieve de la portada, colocados uno debajo del otro, en vertical, entrelazándose: dorado, plateado y bronce. Imagino que es el símbolo de Babel.

Miro de nuevo a los alumnos. Desde luego, esta manera de enseñar no tiene nada que ver con Unter.

Allí la educación se gestionaba con implantes parietales temporales que todas las familias recibían al tener un hijo.

ERIS cargaba los conocimientos más adecuados según el nivel, con mucha propaganda sobre Las Pruebas y el progreso a través del orden.

Por lo visto, la educación en Babel se parece mucho más a la que yo recibí.

Al no estar conectada con el sistema, fui la única excepción en más de ciento veinte años.

Tuve un mentor al que escuchar, Thalius, y libros a mi alcance para aprender de manera tradicional.

El maestro se acerca hasta mí y apoya los nudillos sobre la mesa, manchándola de polvo blanco.

—Hace décadas que nos tomamos muy en serio la educación de nuestros niños. Sin pantallas ni procesadores, por supuesto. Solo… esto.

Se da un golpecito en la sien y sonríe con esa condescendencia que parece ser la norma aquí. Se aparta y camina entre las filas de pupitres, acariciando los libros alineados en el centro de cada mesa.

—Nuestro sistema se basa en las artes puras. ¿Cuáles son, niños?

Los alumnos responden al unísono en voz alta, mirando al frente.

—¡Retórica, ética, poética y caligrafía!

—Así es. —El maestro levanta un dedo por cada una que enumeran—. Retórica para poder argumentar. Ética para entender el deber. Poética para cultivar la belleza humana. Y, mi favorita, caligrafía, para disciplinar la mano hasta que la muñeca duela. ¿Verdad, niños?

Suelta una carcajada, como si acabara de pronunciar un chiste privado. Se acerca de nuevo y señala mi nombre en el muro verde con una mano mientras se retuerce el bigote con la otra.

—Escribir a mano conecta el pulso con el cerebro. Exige una disciplina y una pausa que ninguna máquina podría ofrecernos. Aquí no criamos a operarios. Mi labor es educar pensadores que mantengan la pureza de nuestra alma en un mundo lleno de metal.

Saca un pañuelo de seda de un bolsillo y se limpia los dedos de polvo sin dejar de mirarme.

—Imagino que ya lo habrás notado, pero nos sentimos muy honrados con tu presencia, Nova. Cuando se corrió la voz de que habían encontrado a una pura fuera de los muros, no podía creérmelo. Es esperanzador.

Guarda el pañuelo y da una palmada en el aire.

—Bien, queridos. Ha llegado el momento de contar nuestra historia. Ya conocéis el orden y las normas. Hannah, empiezas tú.

Una niña rubia de unos once años se levanta y se coloca frente al resto girando su cuerpo hacia mí antes de iniciar su discurso:

—Hace muchos muchos años, los seres humanos empezaron a usar la tecnología para todo. —Algunos niños chasquean la lengua, disgustados—. Al principio parecía útil, pero se volvieron perezosos. Dejaron de usar la mente y las manos. ¡Incluso permitieron que las máquinas pensaran por ellos!

Vuelve corriendo a su pupitre y un niño pelirrojo, unos años más pequeño, toma el relevo.

—Luego vino lo peor. La gente empezó a meterse metal en el cuerpo.

—Hace una mueca, como si el simple hecho de pronunciarlo le provocara arcadas—.

Querían ser más rápidos y fuertes. Pero al hacerlo, perdieron su alma y se convirtieron en mods, que son cáscaras vacías que ya no sienten amor ni compasión.

Un niño más alto, con el pelo rapado, se levanta de un salto de su mesa, empuja a su compañero y me mira con los ojos muy abiertos.

—El precio por querer ser dioses fue el Gran Castigo. La tierra se agrietó, el cielo se volvió verde y el aire muy muy tóxico. —Se gira para mirar a sus compañeros—. Eso significa que no se puede respirar.

El maestro carraspea.

—Dustin, por el amor de Dios, ya sabemos qué significa tóxico. ¡Prosigue!

Asiente, avergonzado.

—Tuvimos que irnos a vivir bajo tierra para sobrevivir en las unidades subterráneas.

Las llamadas… —Se mira la mano, tiene algo escrito a modo de recordatorio—.

Unidades de Nodo Tecnológico de Emergencia y Reconstrucción.

Pero algunos mods lograron entrar, y una manzana podrida… Ya sabemos lo que pasa… Da mucho asco.

Saca la lengua y pone los ojos bizcos. Los niños se ríen a carcajadas.

—¡Dustin, cíñete al texto del libro!

—Una manzana podrida corrompe el resto de la cesta. Bastaron unos pocos mods para sembrar la discordia y el odio. Porque eso es lo que hacen: destruir nuestra esencia y nuestra humanidad.

Una niña con largas trenzas negras se levanta, pero Dustin se resiste a sentarse. Me mira con una sonrisa y levanta la mano para saludarme.

—¡Es mi turno, Dustin! Babel fue construida sobre la U.N.T.E.R. central, la primera de todas. Al principio, bajo tierra, parecía que mods y puros podían vivir en armonía, pero no, no, no. —Mueve el dedo índice de izquierda a derecha—. Querían matarlos. ¡Matadlos a todos! Asquerosos mods, los odio.

—Sophie…

—Perdón. Los mods asesinaron a El Canciller, el padre de nuestro fundador.

Y así se iniciaron los conflictos. Después de mucho luchar, en mitad de la Quinta Revuelta, por fin ganamos.

Nuestro amado fundador, Barron Vanderly —la sola mención hace que todos, incluida Sophie y el maestro, coloquen el puño derecho en el pecho y lo deslicen hasta el hombro—, envió al malvado líder de los mods a lo más profundo de la ciudad subterránea y usó los brazaletes para controlar a los que aún quedaban para enseñarles cuál era su lugar y negó a la mayoría poder repor… repro…

—Reproducirse. ¡Siguiente!

—¡Me toca! —Un chico aparece arrastrando la pierna, tiene el pie girado hacia dentro y lleva una enorme muleta negra—.

Gracias a la purga de mods , muchos años después el cielo volvió a estar limpio, fue un regalo de Dios por el sacrificio de nuestro fundador.

Por eso construimos esta torre llena de arte, música y literatura como símbolo de la Humanidad. Y la llamamos Babel, que significa…

Me mira, dudando. Es el maestro quien responde.

—Etimológicamente significa «puerta de los dioses». ¡Siguiente!

Uno de los niños más pequeños baja con dificultad de su silla y se acerca hasta mí.

—Y desde entonces, los puros vivimos felices en el Círculo Dorado.

Vuelve corriendo a su sitio, como si fuera la única frase que le han obligado a memorizar.