Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 4. El mod
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4. El mod

EL MOD

Adrien

Mantén la calma. Mantén la puta calma. No la líes. Aún no.

—¡Mod hijo de puta!

Me gira la cabeza de un puñetazo. Escupo la sangre del labio partido y vuelvo a mirar al frente sin decir nada.

—Para ya, tío, La Gobernadora no lo quiere muerto. Y como Malacai se entere…

—A la mierda Malacai. A la mierda todos.

¡Ha matado a tres de los nuestros! ¡¿Qué coño hace en el Círculo Plateado?

! —Me tira del pelo para levantarme la barbilla y me salpica de saliva al hablar—.

Deberías estar colgado en el puto muro con los traidores y los asesinos.

Esta celda es demasiado buena para ti, escoria.

Me limito a mirar los barrotes con expresión neutra. Sin las cadenas que me sujetan los brazos y las piernas ya le habría roto el cuello. No me importa que me torturen, lo que me jode es no entender ni la mitad de las cosas que salen de su boca. Es como si estuvieran hablando en clave.

Intento ordenar toda la información para trazar una estrategia de huida, pero me faltan datos.

Demasiados. Lo último que recuerdo con claridad es despertarme el día de La Selección con el soplo de que Némesis iba a meter un infiltrado entre los candidatos.

Un líder. Alguien lo suficientemente importante como para que la noticia de que Kal Drax se postulaba pasara a un segundo plano.

Pero no recuerdo haber salido de mi módulo ni haber pisado el vestíbulo de El Atrio.

Lo siguiente fue abrir los ojos, empapado, muerto de frío y con la columna biónica ardiendo. Y esa chica… ¿Nova?

Una patada en la entrepierna me devuelve a la realidad.

—Oh, parece que los huevos no los tiene de acero.

El otro hombre suelta una carcajada.

Aprieto los dientes y me obligo a no reaccionar.

Empieza a joderme estar tan perdido. Ninguno de los dos tiene modificaciones biónicas visibles.

No sé de qué muro hablan ni por qué me llaman «mod».

No tengo ni idea de qué coño es el Círculo Plateado ni de quién es Malacai.

Solo sé que me han drogado, lo noto por el hormigueo que aún siento en la frente. Si supiera en qué nivel me encuentro…

Uno de los hombres se lleva las manos a la cabeza y suelta un grito, desesperado.

—No lo soporto. Mira la sangre de sus manos. Es la de Lairon… Dicen que le metió los dedos en los putos ojos hasta destrozarlo, joder.

Su voz se quiebra. Jura que me he cargado a tres de sus compañeros, pero no recuerdo nada.

Ni tampoco sé por qué llevo un traje de combate negro.

La única hipótesis factible es un secuestro de Némesis.

Pero hay demasiadas cosas que no me cuadran.

¿Cómo lo han hecho bajo la vigilancia de ERIS?

¿Quieren torturarme para sacar algo de Rocheldy?

Ese viejo hijo de puta no va a mover un dedo por mí.

—Mierda, ya están aquí.

Los dos hombres se colocan uno a cada lado de la celda.

Veo aparecer a una mujer negra de pelo trenzado.

Algunas partes de su rostro están despigmentadas.

Va colgada del brazo de un hombre alto con el mismo uniforme que los otros dos.

Tiene un aire a mi traje de benefactor, pero esas hombreras con flecos me parecen ridículas.

Joder, necesito datos. Datos medibles para calcular las variables. Esta gente parece sacada de una puta simulación.

Los hombres se cuadran al verlos llegar. Colocan la mano derecha sobre el pecho, la cierran en un puño y lo arrastran hasta el hombro.

—Abrid la celda, quiero acercarme al mod.

El hombre que la acompaña se gira para mirarla.

—Con todos mis respetos, Gobernadora…

Ella alza una ceja y da un paso al lado para sortearlo.

—Mi querido comandante, no era una petición. Era una orden. ¿Tengo que repetirla? —Baja la voz en un susurro que oigo perfectamente—. Oh, Malacai, sabes que odio repetirme…

Él desvía la mirada y se aparta para que los guardias abran la puerta y la mujer pueda acercarse hasta mí. Su vestido verde y vaporoso no parece estar hecho para un lugar como este.

—Así que un mod de grado 9… Dejadnos.

Los dos guardias salen de la celda, pero el hombre con el que ha llegado no tiene intención de marcharse.

—No voy a dejarte sola con él.

Se gira para enfrentarlo.

—Malacai, estás un poco impertinente esta noche, ¿no crees? Míralo. Los brazaletes están activos, se encuentra atado con cadenas y… —Me mira un momento y sonríe—. ¿Cuánto te importa sobrevivir, muchacho?

Me relamo la herida del labio.

—Es lo único que me importa.

—Ya lo has oído, Malacai. Fuera.

Pronuncia la última palabra con voz grave y cortante, sin la dulzura empalagosa que ha utilizado a su llegada. Lo sigue con la mirada hasta que sale de mi campo de visión.

—Por fin solos.

Si no fuera porque sigo sin ver ni una maldita modificación biónica, diría que es la líder de Némesis. Pero algo se me escapa.

Se acerca unos pasos. Calculo que debe de tener unos cincuenta años, no más. Está tan cerca que noto el roce de su aliento contra mi barbilla. Aprieta los labios mientras observa con asco mi cuello biónico.

—Dime tu nombre, chico. Si es que aún conservas uno.

Suelto una risa irónica.

—Venga ya, ¿en serio? Todo el mundo sabe quién soy.

Alza una ceja y se cruza de brazos.

—¿Ah, sí? ¿Es que nos han presentado antes?

—Déjame volver a El Atrio y te daré lo que pidas.

—¿Volver a dónde?

Nos miramos en silencio durante unos segundos. Y entonces, como si acabara de conectar todos los puntos, abre los ojos de par en par.

—Oh… Ya veo. ¿Dónde crees que estamos, chico?

—Con ese vestido, me confirmas lo que siempre he pensado: que las ratas de Némesis os escondéis en los primeros niveles, como buenos hipócritas. ¿Estamos cerca del Centro de Supervisores?

Ladea la cabeza, como si me estudiara. Sonríe y asiente.

—Así es, justo ahí. Y ahora dime, ¿por qué querríamos torturar a alguien como tú?

—¿Qué por qué…? Joder, soy Adrien Solterra, sabes perfectamente el poder que tengo.

—Adrien Solterra —repite mi nombre arrastrando cada sílaba—. Claro que sí. El famoso Adrien Solterra. Y recuérdame, ¿hasta dónde llega tu poder? ¿Cómo de grande es tu ejército? ¿Cuándo tenéis planeado atacar?

Parpadeo, confundido.

—¿De qué ejército hablas?

Suspira con resignación y se encoge de hombros.

—Supongo que no podía ser tan fácil. Como buena líder me gusta interrogar a los recién llegados, pero está claro que un mod como tú necesita mano dura. Mi comandante sabrá qué hacer contigo.

—Si vais a matarme sin negociar, hacedlo ya.

Suelta una carcajada.

—¿Matarte? ¿A un mod de tu categoría? Oh, querido, se me ocurren muchas maneras de usarte como lo que eres: mano de obra para alimentar la gloria de Babel.

Estoy harto de no entender nada. Tiro de las cadenas tratando de acercar mi cara a la suya.

—¡Dejad de hablar en clave, joder! ¿Qué coño queréis de mí? ¿Créditos? ¿Acceso a El Núcleo?

No responde. Sonríe y ondea la mano antes de girar sobre los talones y salir de la celda.

—Buena suerte, Adrien Solterra. La vas a necesitar.