Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 3. El edén
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3. El edén

EL EDÉN

Me despierta un chirrido agudo seguido de una explosión de luz que me obliga a cubrirme la cara con el antebrazo.

—¡Arriba, bella durmiente!

La voz de Loretta me taladra los oídos. Siento el cuerpo pesado, como si estuviera hundido en el mullido colchón.

Por un segundo, el instinto hace que todos los músculos se me tensen.

Es la primera vez en semanas que duermo en una cama.

O quizá hayan sido meses, ya no lo sé. La tortura de Dorian me hizo perder la noción del tiempo.

—Vamos, vamos, La Gobernadora detesta la holgazanería. Y hoy tienes un día largo por delante.

Abro un ojo y veo cómo forcejea con las pesadas cortinas de terciopelo verde. Cuando logra apartarlas, vuelvo a taparme la cara con el antebrazo para protegerme de la luz del sol.

Me incorporo despacio. Sigue doliéndome todo el cuerpo.

Loretta me mira con los brazos en jarra.

—Ahí tienes tu vestido, querida. Elegido por la mismísima Gobernadora del armario de su hija. —Señala una silla cercana—. Ve a lavarte la cara. Vuelvo en un rato a buscarte para ayudarte a cerrar las cintas del corsé.

Cuando se marcha, miro de nuevo a mi alrededor. Los tapices, las esculturas, las pequeñas piezas expuestas sobre los muebles de madera oscura… No, definitivamente no parece un módulo.

Camino descalza hacia el enorme ventanal que va desde el suelo hasta el techo. Entrecierro los ojos para acostumbrarme a la claridad. El cristal está frío bajo mis palmas y, al mirar hacia abajo, el vértigo me golpea y tengo que apoyar la frente para procesar lo que estoy viendo.

No hay nada. Me recuerda a un enorme desierto sin dunas, como si la torre estuviera construida sobre un inmenso lago seco de tierra blanca y agrietada que refleja el sol como un espejo y se extiende hasta donde alcanza la vista.

A lo lejos atisbo una cordillera de montañas, tan oscuras que parecen sombras.

Intento abrir la ventana, pero está bloqueada. Trato de intuir el principio de la torre, aunque las nubes bajas me lo impidan. Distingo una línea negra y gruesa que nos rodea. Parecen muros inmensos de decenas de metros de altura. ¿Cómo se supone que Adrien y yo vamos a salir de aquí?

Me acerco hasta el vestido para levantarlo y lo dejo sobre la cama. No puedo creerme que La Gobernadora lo haya elegido del armario de su propia hija. No estoy acostumbrada a ese tipo de favores.

Es precioso, de un color verde muy claro. Acaricio el corsé con cintas cruzadas y pequeñas flores moradas cosidas sobre el pecho. La falda está hecha de tela vaporosa, con capas que caen una sobre otra.

No sé por qué aparece ella en mi mente, pero sé que a Moriander le hubiera encantado llevar algo así para El Banquete. Siento una punzada de culpabilidad, como si todo lo que tuviera que ver con Inferno me arrancara cualquier resquicio de calma.

Me quedo mirando la prenda tratando de procesar lo que ha ocurrido. He perdido a Drusi y a Levi. No sé cómo contactar con Unter, ni cómo salir de aquí. Y, sobre todo, no tengo ni idea de cómo voy a convencer a Adrien de que confíe en mí, si es que lo encuentro en esta locura de lugar.

La puerta vuelve a abrirse y Loretta resopla. Entra en la habitación a paso rápido, con un par de zapatos en la mano y un cepillo bajo el brazo. Coge el vestido de la cama y empieza a desabrochar el corsé.

—¿Aún estás así? Vamos, camisón fuera y brazos arriba. Y no te quejes si aprieta. La belleza requiere sacrificio.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo dices?

Loretta no responde. Me pasa la tela por la cabeza y tira de las cintas de la espalda con tanta fuerza que me corta la respiración.

El tejido se pega a mi piel marcando una silueta que apenas reconozco en el espejo de cuerpo entero junto a nosotras.

Se agacha para ponerme unas sandalias incómodas que terminan en punta. Daría lo que fuera por tener mis botas.

—Mírate, estás perfecta… Bueno, casi. —Me señala el cuello, donde el código de barras negro destaca sobre la piel pálida y el escote del vestido—. Lástima que eso no se pueda borrar con agua y jabón. Vamos a taparlo con esa melena tan larga que tienes. Así.

Me cepilla el pelo hacia un lado para ocultarlo y saca unas horquillas del bolsillo para ajustarme el peinado. Cuando termina, me agarra por los hombros y me observa durante unos segundos. Arruga la nariz y niega con la cabeza.

—Con esa cara tan paliducha no vas a robarte ningún corazón del Círculo Dorado. Espera, ahora vengo.

—¿Robar corazones? Pero ¿de qué estás…?

Se gira y niega con el dedo índice.

—No, no, no. Nada de impertinencias, señorita.

Resoplo y me cruzo de brazos. Parece la versión humana de Évora.

Cuando regresa del baño, me obliga a sentarme y me maquilla con una brocha suave.

—Cierra los ojos, querida. Listo. Ahora sí.

Me arrastra hasta el espejo y coloca su cara junto a la mía sin soltarme los brazos.

—Oh, qué espectáculo. Pareces sacada de una de las cinco familias.

—¿Las cinco qué?

Suelta una risita.

—Las cinco familias fundadoras de Babel. No te preocupes, pronto lo sabrás todo sobre nosotros. Aquí nos tomamos muy en serio nuestra historia, querida. Y ahora, vamos, La Gobernadora te espera.

Salimos al corredor y me quedo paralizada al ver el techo. Loretta me mira extrañada.

—¿Qué te pasa ahora? Ah, los frescos. Preciosos, ¿verdad? Los pintaron por orden de nuestro fundador, el abuelo de La Gobernadora. Quiso que toda el ala oeste fuera una reproducción de la famosa Capilla Sixtina. No le dio tiempo a ver mucho.

Me cuesta escuchar sus palabras. Siento vértigo al contemplar las pinturas en el techo abovedado, como si mi cerebro no fuera capaz de procesar algo tan hermoso.

Loretta suelta una carcajada y me empuja para que avance.

Me obligo a centrar la mirada sin perder el equilibrio.

Caminamos por el largo pasillo vacío flanqueado por puertas imponentes a cada lado. Oigo voces a lo lejos.

—Hoy La Gobernadora ofrece audiencias a puerta cerrada desde su despacho, pero tú tienes prioridad absoluta, así que estamos a punto de fastidiar a unos cuantos. Qué ganas de verles las caras.

Las voces se oyen cada vez más cerca. Vuelvo a marearme cuando llegamos a una especie de vestíbulo de mármol blanco y dorado lleno de gente.

Arrugo la nariz al oler la mezcla de perfumes.

Todos van vestidos de manera muy elegante.

La visión de un hombre con piernas biónicas me paraliza.

Está subido a una escalera, va vestido de gris y limpia un enorme ventanal.

Lleva un arnés del que sale una cadena desde el centro de la espalda.

Un guardia sostiene el otro extremo sin dejar de mirarlo.

Loretta me aprieta el antebrazo y empieza a hacerse hueco entre los asistentes a empujones.

—Paso. Paso, por favor. La Gobernadora nos espera.

Tanto hombres como mujeres se apartan en cuanto me ven, como si no quisieran tocarme.

En unos segundos, el vestíbulo se queda en silencio, aunque escucho susurros y una pregunta cercana.

—¿Es ella?

Me guía hasta una de las puertas, custodiada por dos hombres vestidos con un traje azul oscuro muy parecido al de Malacai.

También tienen una doble hilera de botones y flecos en las hombreras, pero son dorados en vez de plateados, al igual que los ribetes.

Reconozco la voz de Goffrin, el guardia que nos dejó pasar la noche anterior. Nos abre con expresión de fastidio.

—Conque la hija de alguien, ¿eh, Loretta? No pienso fiarme de ti nunca más. Maldita mentirosa.

—Órdenes de La Gobernadora y de tu querido comandante, muchacho.

Al cruzar, noto la humedad de inmediato. Pongo la mano sobre la barandilla negra de la escalera ascendente de caracol. Está mojada.

—Qué sofoco, niña. Sube tú, yo te espero en el vestíbulo. Por muy bonita que sea la Sala Edén, nunca ha sido para mí.

A medida que avanzo, el aire se vuelve más denso, cargado de un olor dulzón y terroso que se me pega a la piel y me recuerda a los jardines hidropónicos de El Núcleo. Oigo el graznido de un pájaro y sonidos que no logro reconocer. Me paso una mano por la frente para limpiarme el sudor.

Al llegar arriba, me quedo sin aliento. No es una sala. Parece una selva encerrada en cristal. Apoyo la palma en el vidrio para empujar la puerta.

Camino un par de pasos sobre el suelo de rejilla y me asomo. Estoy sobre una galería a gran altura que me permite ver lo que imagino que es la Sala Edén.

El techo abovedado deja pasar la luz del sol y el calor es asfixiante y húmedo.

Hay lianas colgando, hojas gigantes y flores de colores intensos por todos lados.

Y en el centro de todo, rodeada por un estanque de agua cristalina, La Gobernadora.

Está sentada en una especie de silla tallada en madera.

Frente a ella hay un hombre de pie. Su conversación me llega amortiguada por los graznidos de los pájaros que vuelan de un lado a otro.

Uno de ellos se posa sobre la barandilla frente a mí.

Es enorme, con un pico curvo de distintos colores.

Suelto un grito y La Gobernadora levanta la vista. Alza la voz para que pueda escucharla.

—Nova, te estaba esperando. Baja, querida.

Desciendo por las escaleras laterales tratando de sortear más pájaros. El estanque está lleno de peces rojos y blancos nadando en todas direcciones. Cruzo el pequeño puente y me coloco junto al hombre, que me mira contrariado y se lleva una mano al pecho.

—¿Es ella?

Va vestido con un traje de terciopelo marrón y dorado de mangas abullonadas. En la cabeza lleva un sombrero con plumas que me resulta ridículo. La Gobernadora asiente.

—Sí, es nuestra invitada de honor. Y ahora, si nos disculpas, Nova y yo tenemos asuntos importantes que tratar.

El hombre frunce el ceño.

—Pero… llevo esperando dos horas para la audiencia, mi Gobernadora. Todavía no he terminado de…

Lo corta con voz suave y susurrante, pero sus palabras me erizan la piel de la nuca.

—Filias, querido, si escucho una sola palabra más de tu boca en el día de hoy, decretaré que te corten la lengua. ¿Es lo que deseas? Sabes que no se me caen los anillos. Nunca mejor dicho.

Él aprieta los labios, se quita el sombrero y lo retuerce mientras niega con la cabeza.

La Gobernadora asiente, satisfecha. Hace un gesto con la mano para que se marche.

—Bien, y ahora ve a disfrutar de todo lo bueno que nos da Babel. Vamos.

El hombre empieza a recular de espaldas por el puente y solo se gira cuando llega al otro lado. Echa a correr. Cuando me volteo de nuevo hacia La Gobernadora, saca un tomo del lateral de su asiento y lo deja sobre su regazo. Ladeo la cabeza y entrecierro los ojos para leer el título.

Suelta una risa suave.

—Ya veo. No tenéis tapices allá de donde vienes, pero los libros sí los reconoces… Interesante.

Lleva una túnica de seda color ocre que le deja los brazos al descubierto. Su piel oscura, salpicada por manchas blancas simétricas, brilla bajo la luz filtrada de la bóveda. Levanta el ejemplar con una mano.

— Leviatán , de Tomas Hobbes. ¿Lo conoces? —Niego con la cabeza y amplía su sonrisa—. Homo homini lupus est . El hombre es un lobo para el hombre. Te encantará.

Se levanta y lo deja en el asiento tallado, que parece ser el tronco de un árbol pulido.

—Vamos a dar un paseo, Nova. Por cierto, he dado en el clavo con el vestido, ¿verdad?

—Dice Loretta que es de tu hija.

Es solo un segundo, pero tensa la mandíbula antes de volver a sonreír.

—Sí, lo era. Y es una pena que esté encerrado en un armario. —Acerca un dedo a mi pecho y acaricia el corsé—. Cada una de esas flores fue bordada a mano. Es espectacular. Y ahora es tuyo.

—Gracias.

Lo digo por cortesía. Me importan una mierda el vestido, las flores y todo lo que tenga que ofrecerme. Ella ladea la cabeza, como si notara mis dudas. Alarga la mano y señala una planta de pétalos rosados que flota sobre el agua.

—¿Sabes qué es esto? —No espera mi respuesta.

Se agacha para cogerla y la observa sobre la palma—.

Es un loto. Nace del fango, en el agua más sucia y estancada, pero se alza sobre la superficie con una belleza y perfección que abruman.

Y no sé por qué, Nova, presiento que eres igual.

Reconozco la mirada de una mujer que ha luchado y ha perdido.

La mirada de quien ha hecho cosas que no quería hacer porque tocaba hacerlas.

La de alguien que ha cometido errores imperdonables que la torturan cada noche… ¿Me equivoco?

No respondo, pero no hace falta. Se me humedecen los ojos y me obligo a respirar hondo para no llorar.

La Gobernadora suelta la flor en el estanque y me aprieta el hombro sin dejar de sonreír.

—Parece que tenemos mucho más en común que el significado de nuestro nombre, querida. Entre lotos nos entendemos.

La sigo en silencio por un camino serpenteante que rodea toda la sala.

—Pregúntame lo que quieras, Nova. Y llámame Sitara. De estrella a estrella, ¿te parece? Pero solo cuando estemos tú y yo solas.

La intimidad de su voz me abruma. Agradezco su trato, aunque me parece imposible que sea la misma persona que acaba de amenazar a un hombre con cortarle la lengua si no obedece.

Se detiene junto a una especie de arbusto enorme con hojas tan altas como nosotras.

—¿Y bien? ¿Primera pregunta?

—Necesito tiempo para…

Me corta.

—Oh, Nova, querida, sé que lo estás deseando. No te frenes.

Frunzo el ceño.

—No entiendo a qué te…

Vuelve a interrumpirme y sus palabras me hielan la sangre.

—¿No es obvio? Pregúntame sobre Adrien Solterra.