2. La gobernadora
LA GOBERNADORA
Loretta suelta una carcajada.
—Oh, querida, sé que la suite Borgoña es hermosa, pero ¿tanto como para dejarte sin palabras? Mírate, parece como si nunca antes hubieras visto una cama con dosel.
Se acerca a la pared contigua para encender otro punto de luz mientras recorro la estancia con la mirada.
El suelo es de madera cálida y las paredes están cubiertas de telas con pinturas de colores muy vivos.
La cama es muy alta, con largos palos en cada uno de sus extremos, como una estructura cubierta de tejido verde y brillante.
A mi derecha, sobre una mesa, hay un trozo de piedra blanca y reluciente. Aprieto la sábana contra mi pecho con una mano al tiempo que paso la otra por la figura en relieve de un ser alado. Me parece haber visto algo parecido en uno de mis libros de la biblioteca clandestina.
—¿Te gusta el bajorrelieve de alabastro? Es solo un fragmento, pero todo lo que ves es original. Nuestra Gobernadora ama el arte. Yo lo estudié, pero siempre me bailan las fechas. Sé que tenemos objetos muy antiguos, incluso del siglo quinto. Antes de Cristo, claro.
Me cuesta entender lo que dice. La miro sin apartar la mano del tacto sedoso de la piedra.
—Vamos, siéntate en la cama. Voy a pedir que te preparen el baño para…
Las dos nos giramos hacia la puerta cuando escuchamos los golpes. Loretta me empuja hacia un lado, pero relaja la expresión de preocupación al ver entrar a una mujer joven.
—Ah, eres tú. —Me choca el cambio en el tono de su voz. Parece escupir las palabras—. Llegas justo a tiempo. Prepárale el baño a la invitada.
La chica clava la mirada en el suelo y asiente.
Me sorprende ver una placa de metal en el lateral de su cabeza.
Es igual que la de cualquier ciudadano de Unter con modificación craneal.
El pelo rizado forma un círculo perfecto, a excepción de la zona metálica.
Su piel negra brilla con reflejos dorados por la luz cálida. Me recuerda a la de Kieran.
Camina hacia una puerta cercana con sigilo. Lleva dos enormes brazaletes de metal pegados a las muñecas y un vestido simple de color gris.
Loretta me acompaña a la cama y me obliga a sentarme sobre el colchón. Habla entre dientes sin dejar de mirar hacia la habitación contigua. Oigo el ruido del agua correr.
—Nunca lo entenderé. Una mod paseándose sin escolta ni contención por el Círculo Dorado. Me da igual quién sea ella ahora… ¿Qué será lo siguiente? ¿Permitirle asistir a los eventos vestida como si nunca hubiera dejado de ser pura ?
La chica aparece de nuevo y hace un gesto con la mano para señalar la puerta de lo que imagino que es el baño. Se acerca a nosotras y saca de un bolsillo un pequeño papel enrollado para ofrecérselo a Loretta, que lo lee con el ceño fruncido.
—¿Y ahora me lo das? Maldita mod… Nova, querida, no creas que me gusta la idea de dejarte a solas con ella, pero son las órdenes. Tengo que reunirme ahora mismo con La Gobernadora. —Se gira para observar con asco a la chica, que desvía de nuevo la mirada hacia el suelo—. Tú, límpiala a fondo.
Ella asiente y vuelve a señalar la puerta del baño mientras Loretta se marcha intentando hacer el menor ruido posible al cerrar. Espero unos segundos antes de incorporarme. Ella recula.
—¿Has visto a un hombre con cuello biónico? —Niega con la cabeza y da otro paso atrás—. Se llama Adrien Sol…
Antes de que pueda terminar, coloca una mano sobre mi boca y abre mucho los ojos. Emite un sonido gutural y se lleva un dedo índice a los labios. Me aparto lentamente.
—Vale, lo pillo… ¿Puedes al menos explicarme dónde estoy?
Abre la boca para enseñarme el bulto retorcido que tiene por lengua. Levanta la mano para hacer un gesto con dos dedos. Joder, se la han cortado.
Se me viene a la cabeza el juego que compartíamos Kieran y yo de niños durante las reuniones de Némesis, cuando debíamos permanecer callados, pero queríamos seguir hablando.
—¿Cómo te llamas? Escríbemelo en la palma con el dedo.
Ella duda. Mira la puerta y mi mano. Después de unos segundos alarga el dedo índice y empieza a trazar letras, pero no me dicta su nombre. Voy pronunciando las palabras en voz alta a medida que avanza.
—Mods… tenemos… nombre… prohi… ¿Nombre prohibido? —Asiente y se detiene—. Entiendo. ¿Y esta mierda de diferenciación entre modificados y no modificados a qué se debe?
Abre mucho los ojos de nuevo y se aparta de mí, como si acabara de decir una locura.
—Entonces ¿no puedo llamarte por tu nombre?
Niega de nuevo y señala la puerta del baño. Luego junta las manos en una súplica. Respiro hondo y trato de quitarme de la cabeza lo que esta gente puede estar haciéndole a Adrien.
Miro la bañera dorada en el centro de la nueva sala. Está rodeada de columnas blancas. El techo imita un cielo lleno de nubes. Huele a cítricos, como los huertos hidropónicos de El Núcleo.
El agua es perlada y espesa, salpicada por pequeñas flores moradas. Dejo caer la sábana y me sumerjo despacio. Apoyo la espalda y suelto todo el aire. Aunque esté destrozada, siento que es la primera sensación de bienestar que tengo en mucho tiempo.
La chica se arrodilla a mi lado y deja en el suelo una bandeja con productos que empieza a mezclar en las palmas de las manos. Debemos de tener la misma edad. O quizá sea incluso más joven que yo. La tristeza en su rostro hace que se me encoja el corazón.
—Puedo lavarme yo sola, ¿sabes? No hace falta que lo hagas tú.
Ella me mira y sonríe débilmente. Niega con la cabeza y acerca las manos para masajearme el cuero cabelludo. Cierro los ojos al notar el contacto. El aroma me inunda. No sé identificar qué es, pero aspirarlo me calma.
Echa más agua caliente sobre mi cabeza para enjuagarme el pelo y vuelve a masajearlo con una especie de crema verde y pastosa. Huele todavía mejor que la anterior. Empieza a cepillarme la melena y la deja caer por fuera de la bañera.
Abro los ojos cuando noto algo áspero en la piel de mi brazo.
Tiene puesto un guante y frota con una espuma azul y blanca para limpiarme.
Evita las vendas de mis muñecas y mis heridas sobre los pechos.
Si no estuviera tan agotada, tan jodidamente rota, la obligaría a parar para limpiarme yo misma. Pero no tengo fuerzas. Ya no.
La chica emite sonidos con la garganta, como si cantara una melodía. El vapor que inunda el baño me adormece y vuelvo a cerrar los ojos.
La paz dura poco y la puerta del baño se abre de golpe, sobresaltándonos a las dos.
Veo entrar a un hombre vestido con un uniforme azul con ribetes plateados.
La chaqueta tiene dos hileras de botones metálicos que me recuerdan al traje de benefactor de Adrien.
Lo más llamativo son las hombreras, con flecos plateados.
Tiene el pelo rubio muy corto, rapado por los lados.
Me mira con los ojos azules cargados de furia.
—De pie. Ahora.
Reconozco su voz. Es Malacai, el hombre con el que he subido. La chica se incorpora y da varios pasos atrás hasta quedarse pegada contra la pared, pero él sigue con los ojos clavados en mí.
—¡HE DICHO DE PIE!
No me muevo. Empieza a hiperventilar. Detrás de él, Loretta asoma la cabeza.
—Malacai, cálmate, solo he dicho que…
Él se gira y levanta el dedo índice de manera amenazante.
—Comandante Malacai Reed para ti, Loretta.
Cuando se da la vuelta, respira hondo y se pasa una mano por la cara para calmarse. Me mira con rabia antes de hablar:
—Levántate o lo haré yo por la fuerza.
Apoyo las manos en los bordes de la bañera y levanto la barbilla.
—Inténtalo.
No es mi cuerpo desnudo lo que me incomoda, es el trato vejatorio, la humillación de tener que obedecer a un desconocido que abusa de su poder.
—Tienes tres segundos. Uno, dos…
Antes de que pueda moverme oigo la voz de una mujer resonar por el dormitorio contiguo. Es aguda y susurrante. Peligrosa.
—¿Es así como tratamos a nuestros invitados, mi comandante?
Malacai da un paso al lado y agacha la cabeza.
Entonces la veo. La Gobernadora.
Tiene que ser ella.
Es alta y esbelta. Tiene la piel negra, pero unas manchas blancas le salpican ambos lados de la cara y crean patrones simétricos. Lleva los labios, que son gruesos, pintados de rojo y el pelo trenzado en forma de corona sobre su cabeza.
—Dejadnos a solas.
Malacai la observa confundido.
—Pero aún no he comprobado…
Una mirada de La Gobernadora basta para que el comandante asienta y se retire. La chica joven empieza a dirigirse hacia la puerta.
—Tú no, mod. Sigue limpiando a la invitada.
Oigo a Loretta resoplar desde la puerta antes de que Malacai la cierre.
La Gobernadora me contempla y empieza a caminar por la sala. Hay algo hipnótico en su manera de moverse. Lleva un vestido verde fruncido en el pecho y un enorme abrigo de pelo del mismo color. Es tan largo que lo arrastra por el suelo, como la cola de una capa.
Se acerca a una silla dorada que hay frente al tocador y tira de ella hasta la bañera. Las patas traseras chirrían con un sonido tan horrible que me obliga a entrecerrar los ojos.
La coloca junto a mí para mirarme cara a cara y amplía la sonrisa.
Estoy incómoda, pero le sostengo la vista durante varios minutos mientras la chica joven me enjabona, arrodillada al otro lado.
—Así que Nova Black.
Alarga la mano hacia mí. Tiene los dedos largos y llenos de anillos. Uno de ellos es grande y rojo, como un botón enorme.
—Soy Sitara, Gobernadora de Babel. Es un auténtico placer conocerte.
Saco una mano del agua para estrechar la suya. La aprieta con fuerza y le devuelvo la firmeza, aunque las muñecas me ardan por las heridas.
Se seca la mano en el vestido y se levanta para acercarse a una de las paredes, decoradas con más telas de colores. Pasa los dedos por la cabeza de un animal con un cuerno en la frente.
—¿Te gustan los tapices, Nova? Son medievales. La mayoría tejidos en Flandes, sobre el mil quinientos. Por eso están ya algo descoloridos. —Recorre el resto de la tela con la mano y se detiene sobre la cabeza de una bestia para mirarme—. ¿Hay tapices de dónde vienes, querida?
Se gira para observarme y clava sus enormes ojos negros en mí. Niego lentamente con la cabeza.
—Nova… Bonito nombre. Significa «nueva» en algunas de las antiguas lenguas.
—Se acerca hacia mí con pasos lentos y vuelve a sentarse, cruzando una de sus largas piernas sobre la otra—.
¿Sabes algo curioso? También significa «estrella», como mi nombre.
Sitara es suajili, de raíz persa. Qué casualidad…
Levanta la mano para pellizcarme el mentón haciendo tintinear sus anillos. El contacto con su piel me provoca un escalofrío.
—Espero que seas eso, Nova: una estrella que viene a ayudarnos a iluminar el… camino.
Me gira la cabeza para dejar mi cuello al descubierto y acaricia el código de barras de Inferno.
—Qué tatuaje tan peculiar. ¿Elección propia?
—No.
—Ya veo.
La tensión es pesada y densa, igual que el ambiente del cuarto de baño, con vapores que me impiden pensar con claridad.
—Eres humana.
No lo pregunta, pero por su tono tampoco es una afirmación. Parece más bien un pensamiento dicho en voz alta. Aun así, asiento.
—Disculpa los modales de mi comandante. Malacai puede parecer rudo a veces, pero es el mejor protector que Babel podría tener. Cuando Loretta nos habló del código en tu cuello, solo quiso asegurarse de que todo estaba bien.
De nuevo, silencio. Ladea la cabeza y mira las heridas de las muñecas, apoyadas en los bordes de la bañera. Las vendas de Loretta se han movido lo suficiente como para dejar ver la carne rasgada mezclada con la medicina verdosa.
—Será mejor que descanses. Cuando estés recuperada, podrás conocer cada rincón del Círculo Dorado. —Se levanta y se inclina lo suficiente como para apartarme un mechón de pelo mojado de la frente—. Quiero que te sientas como en casa, Nova. Estoy segura de que podremos ayudarnos mutuamente.
Se marcha con movimientos fluidos e hipnóticos.
No sé lo que quieren de mí, pero esta vez no seré tan imbécil como para dárselo.