Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3) 1. La humana
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Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3)

Las Pruebas de Unter: Exodus (Trilogía de Unter 3)

Por Mia Faraday

© inepub.com

1. La humana

LA HUMANA

Es culpa mía.

Todo es culpa mía.

Todo.

—¿Está despierta?

—Está llorando, pero sigue paralizada por el suero.

Drusi está muerta por mi culpa.

Levi está muerto por mi culpa.

Mi culpa.

Mi puta culpa.

—Joder, está hecha polvo. ¿Qué coño le han hecho?

—Seguro que ha sido el mod del cuello biónico. Es un cabronazo, dicen que se ha cargado a tres de los nuestros.

Baal tenía razón.

Soy una cría impulsiva con complejo de salvadora.

Una imbécil incapaz de pararse a pensar en las consecuencias.

Inferno no ha matado a Drusi.

He sido yo.

Yo la he matado.

A todos.

Es culpa mía.

Culpa mía.

Culpa mía.

Culpa mía.

Culpa…

—Eh, tú. —Una mano se mueve delante de mí—. ¿Puedes hablar?

Es la voz de una chica. Intento enfocar la mirada sin conseguirlo. Tengo los ojos llenos de lágrimas. Los labios secos. Mi cuerpo es una mancha de dolor y siento los músculos paralizados.

—¿Me escuchas? ¿De qué conoces al mod? ¿Qué rango ocupa? ¿Cuándo van a atacar?

No entiendo sus preguntas. Sigo con la vista nublada. Noto cómo me agarra de los hombros y me zarandea. Estoy tendida sobre un suelo de rejilla, el metal se me clava en la piel. Oigo la voz de un hombre joven, de cuclillas a mi lado.

—Déjala, Mim. He oído decir al comandante que La Gobernadora quiere ser la primera en interrogarla. Como ella baje, estamos muertos.

—Ya, pero ella no está aquí. Y yo quiero saber a quién van a meter en mi ciudad. Me importa una mierda que sea humana. Si es que lo es, porque te recuerdo que el escáner ha fallado más de una vez.

Oigo el chirrido de una puerta y ambos se apartan para ponerse de pie a gran velocidad.

Parpadeo varias veces, pero no veo nada.

El hombre tiene una voz grave y autoritaria.

—¿Qué mierda hacen dos cadetes de primero en el hangar sin autorización?

Arrastra las palabras con un siseo que me recuerda a Adrien.

Mi Adrien…

La punzada de dolor me destroza al recordar su mirada cuando lo saqué del cilindro.

Dorian me lo ha quitado todo.

El odio vuelve en oleadas. Hacia él. Hacia mí misma. Por dejarme engañar. Por permitir que se colara en nuestras mentes. Por arrebatarme a mis mejores amigos. Y a él .

Adrien no sabe quién soy. No me recuerda.

Estoy completamente sola.

Un movimiento brusco me hace volver al presente. Alguien me levanta en el aire. El dolor me arranca un grito que no llega a salir de mi garganta.

El hombre vuelve a hablar:

—La próxima vez que habléis de La Gobernadora con desdén, os lanzaré a la puta ciudad subterránea sin mandos de control para que los mods os destrocen como les plazca. —Empieza a caminar conmigo en brazos—. De momento pasaréis seis horas en La Pica.

Oigo el gemido del chico al escucharlo.

Trato de apoyar la cabeza y agarrarme a la tela áspera de su ropa, pero las manos no me responden.

Sigue avanzando y habla en voz baja para sí mismo.

—Estoy hasta los cojones de los putos cadetes.

Intento concentrarme en pedir agua. Necesito beber. La urgencia me quema la garganta.

—A… ag… ag…

Es como si me hubiera olvidado de cómo funciona mi lengua.

El hombre no se detiene cuando me contesta.

—Silencio.

—Agu…, por… por fa…

Para en seco y agacha la cabeza para susurrarme al oído:

—No sé qué clase de disciplina enseñan en el lugar de donde vienes, pero en Babel, cuando un comandante te da una orden, obedeces.

El pulso se me acelera con la advertencia y permanezco callada.

Decido apoyar la mejilla contra su espalda y mantener los ojos cerrados.

Las ganas de vomitar se intensifican cuando da un salto y mi estómago rebota contra su hombro.

Hay un cambio en el ambiente, como si a nuestro alrededor se movieran muchas personas a la vez.

—Veo que le traes un par de juguetes nuevos, ¿eh, Malacai?

Él parece ignorar al otro hombre cuando responde.

—Sellad el hangar antes de bajar al mod.

—Con todos mis respetos, y de capitán a comandante…

—Sella el puto hangar, Crato. Nivel negro.

—¿Nivel…? ¿Estás de coña?

—Y saca a los dos cadetes de primero que se han colado bajo tu puta supervisión.

—Mierda… Oye, ¿es humana?

Retoma el paso sin decir nada mientras el otro hombre alza la voz detrás de nosotros.

—¡Nivel negro activo! ¡Ya sabéis lo que toca!

El bullicio aumenta, como si la orden pillara a todos por sorpresa. Cuando subimos la escalera metálica a paso rápido, el dolor se vuelve insoportable. Vomito sobre los escalones sin que el tipo se detenga y trato de agarrarme para apartarme de él.

—Para, por… por favor…

No me responde. Sigue subiendo. Intento limpiarme, pero continúo con las manos agarrotadas. La escalera parece no acabarse nunca y me abandono al dolor de los golpes por el movimiento.

Cuando creo que voy a desmayarme, se detiene. Oigo tres toques y el chirrido de una puerta.

—¡Malacai! ¿Para quién es la camilla que…?

Me suelta sobre una superficie dura y fría. Abro los ojos y parpadeo. Sigo sin ver bien, pero intuyo a una persona vestida de blanco.

Hablo desde la desesperación.

—Agua…

Me ignoran de nuevo.

Malacai habla en voz baja con el mismo tono autoritario que ha usado hasta ahora.

—Es humana. Desinfección completa. Prepárala para La Gobernadora y no dejes que nadie más la vea. A estas horas de la noche, no será complicado ocultarla.

La mujer suena contrariada.

—Pero… está en unas condiciones deplorables… ¿Cómo quieres que…? —Resopla. Parpadeo y logro ver que se tapa la boca con la manga—. Por el amor de Dios, apesta a orín y vómito.

—Deja de quejarte y haz tu trabajo. Es una orden.

—Eres comandante del Círculo Plateado, Malacai. Aquí arriba solo recibo órdenes de…

—De La Gobernadora. Igual que yo. Así que haz lo que ha pedido y cierra la boca. Las instrucciones son claras: déjala como si fuera una jodida hija perdida de los Hawthorne-Rockefeller y acomódala en la puta suite Borgoña del ala oeste sin hacer preguntas.

—¿La suite Borgoña? Tiene que ser una broma…

—Loretta, he perdido a tres hombres por el camino. No me toques más los cojones, porque te juro que…

—Sí, sí, comandante. Órdenes recibidas. —Cierra de un portazo y lo deja al otro lado—. Anda y vete a joder a tus cadetes, niñato engreído…

Suspira y se inclina sobre mí. Por fin la veo con nitidez, al menos a corta distancia. Es una mujer de mediana edad. Tiene las mejillas sonrojadas y redondas. Me mira con el ceño fruncido. Sus pequeños ojos negros y brillantes parecen buscar respuestas.

—¿De dónde diablos has salido tú, niña?

Susurro más para mí que para ella.

—Del infierno…

Sonríe y se coloca detrás de mí para empujar la camilla.

—Desde luego, si el infierno huele a algo…

Deja la frase sin terminar. Levanto la barbilla para observarla desde abajo. Va vestida con una especie de uniforme blanco y una cofia con una cruz roja. El pelo rubio ceniza lo lleva amarrado en un moño tirante.

Empieza a silbar bajito al tiempo que sigue empujando la camilla por un pasillo estrecho con paredes recubiertas de baldosas blancas y brillantes. Las luces son tenues, como si pequeñas llamas se movieran en su interior.

Gira la camilla para empujar con la espalda una puerta cercana. Dentro huele a desinfectante. Me deja en el centro y giro la cabeza para ver cómo se acerca a un armario lleno de botes y cajas.

Habla mientras rebusca y aparta utensilios antes de colocarlos sobre un carrito de metal.

—Eres lo último que esperaba encontrar cuando me han despertado de mi precioso sueño reparador, ¿sabes? Hace por lo menos siete años que no conozco a nadie nuevo. —Me mira con una sonrisa—. Humano, quiero decir. Ya me entiendes.

Empuja el carrito hasta mí y me coloca una mano bajo la espalda mientras acerca un vaso a mis labios.

Agua. Por fin. Trago como si mi vida dependiera de ello, pero me ahogo al notar el sabor metálico y amargo.

El líquido me quema la lengua y me baja por la garganta como si fuera fuego. Toso e intento apartarme de ella.

—Lo siento, querida. Es alcohol. Para que duela menos… Y para nuestra coartada, claro.

Inspiro y expiro a mucha velocidad por la nariz tratando de calmarme. Saca unas tijeras enormes y corta mi traje de combate blanco. Suelto un gemido de dolor cuando me arranca la tela a la altura de los pechos.

—Estas quemaduras tardarán en curarse… ¿Cómo te llamas?

No respondo. Miro el techo mientras intento reprimir las lágrimas.

—Yo soy Loretta. Me encargo del área médica del Círculo Dorado. —Derrama el resto del alcohol sobre mis quemaduras y aprieto los ojos con fuerza—. Déjame ver esas muñecas. Tienen muy mala pinta, querida…

Corta el resto del traje y mi ropa interior. Me levanta para dejarme completamente desnuda sobre la camilla.

—¿Cuántos años tienes? Supongo que no más de veinte, calculo… —Mira mi cuerpo magullado y suelta un bufido—. ¿Quién te ha destrozado así? Ha sido un mod, ¿verdad? Malditos sean todos ellos…

Coge una esponja del carrito y la sumerge en un pequeño cubo metálico. Después de escurrirla, la acerca a mi hombro para limpiarme. El contacto con el líquido me provoca un escalofrío.

—Bueno, sea como sea, ahora estás a salvo. Sobre todo aquí arriba. El Círculo Dorado es el lugar más seguro de Babel. —Me gira la cabeza para limpiarme la mejilla—. Y vas a dormir en la suite Borgoña, nada menos. Es una de las dependencias de…

Se calla de golpe y recula dos pasos. La miro sin entender. Tiene los ojos muy abiertos.

—¿Seguro que no eres…?

Carraspeo antes de intentar hablar.

—¿Qué ocurre?

—Tienes un código en el cuello. Un número en… —Se señala su propia garganta sin soltar la esponja mientras me mira con asco—. Como Malacai me haya dejado con una mod…

—Soy humana.

Mi voz suena grave y áspera.

Me mira con recelo. Después de varios segundos, se acerca para seguir limpiándome.

Lo hace sin delicadeza y en silencio. Grito de dolor cuando coloca una plasta verde y viscosa sobre las heridas que me causaron las esposas de Dorian.

Me envuelve las muñecas con una tela blanca.

Hace lo mismo con las quemaduras sobre mis pechos, provocadas por los cables eléctricos.

Enhebra una aguja y empieza a coserme la herida del costado. Aprieto los dientes para evitar gritar. Cuando vuelve a hablar, lo hace con un tono de voz carente de emoción, como si se forzara a interactuar conmigo.

—Necesitas un baño en condiciones, aquí no puedo limpiar toda esa mugre.

Pediré que lo preparen cuanto antes. —Rompe el hilo sobrante con los dientes y me mira fijamente—.

No sé quién eres ni de dónde has salido, pero te aviso que ocultar información en Babel te llevará a algo mucho peor que la muerte. Sin ir más lejos, al muro.

Se da la vuelta, empuja el carrito hasta el armario y se agacha para rebuscar entre uno de los cajones. Saca una sábana blanca.

—¿Puedes tenerte en pie?

Intento incorporarme. Los músculos ya me responden. Me agarro a la camilla y Loretta se acerca de nuevo para cubrirme con la sábana por la espalda.

—Envuélvete con esto. Vamos, antes de que alguien se despierte.

Agarro la tela por delante para taparme y giro mi cuerpo hacia la puerta. Al intentar dar un paso, se me dobla la rodilla y caigo al mármol frío. Loretta chasquea la lengua y acude a levantarme.

—Arriba, chica.

Nuestras caras se quedan a un palmo de distancia y ella recula con recelo. Estoy agotada. Empiezo a llorar sin poder retener más las lágrimas. Loretta suaviza el gesto y me da una palmada en el hombro.

—Admito que no tienes pinta de mod. —Me limpia con el dorso de la mano—. ¿Vas a decirme tu nombre al menos?

—Nova…

Loretta sonríe.

—¿Nova qué más?

—Nova Black.

—Nova Black. —Lo repite forzando aún más su sonrisa—. Estupendo. Pues vamos a ver tu nuevo hogar, Nova Black. Te va a encantar.

Me agarra por debajo del brazo y caminamos hacia la puerta. Al salir, avanzamos por el pasillo hasta una escalera en forma de espiral. Tenemos que parar para descansar varias veces, parecen no terminarse nunca, igual que las que he subido sobre el hombro del tal Malacai.

Loretta no vuelve a dirigirme la palabra hasta llegar a una enorme puerta de doble hoja blanca y dorada. Al ver los relieves y la riqueza de los materiales, me parece estar frente a la entrada de El Núcleo. Loretta tira de la sábana para taparme la cabeza a modo de capucha.

—No digas nada. Calladita, ¿vale?

Gira la manija y la empuja con dificultad.

—¿Quién anda ahí?

La voz de un hombre me sobresalta. Solo puedo verle las piernas. Lleva un pantalón azul oscuro con un ribete dorado a los lados y unas botas negras.

—Ya, Goffrin, ya, soy Loretta, cálmate. Traigo a una de las hijas de… —Me empuja para que pase por la puerta—. Ya sabes, las fiestas. Siempre las fiestas. No paraba de vomitar y me han pedido… Venga, vamos, bonita.

El hombre resopla y da un paso hacia atrás.

—Huele todavía. A alcohol y a vómito.

—Sí que huele, sí. Ahora pediré que le preparen un buen baño.

Noto la mano de Loretta en mi espalda baja apretar con fuerza para que siga caminando. Intento no tropezarme con la sábana mientras avanzamos por un corredor ancho. El suelo sigue siendo de mármol, pero tiene detalles dorados y marrones que forman patrones irregulares.

—¿Por qué vas al ala oeste? ¿De quién dices que es hija?

Loretta no se detiene al escuchar las preguntas. Responde sin girarse.

—No seas chismoso, Goffrin. Te supero en rango, así que tú a tu puerta, querido.

El hombre farfulla algo entre dientes que no llegamos a escuchar. Giramos hacia otro pasillo y seguimos andando. Loretta no me quita la sábana de la cabeza, así que solo puedo ver la parte inferior de las lujosas puertas con relieves dorados.

—Ya casi estamos.

Nos detenemos. Mis pies sucios y desnudos contrastan con el suelo de mármol brillante.

La puerta se abre con un chirrido desagradable y Loretta chasquea la lengua.

Me empuja hacia dentro y cierra con rapidez.

Dentro está oscuro, pero toca algo y en unos segundos se enciende una luz titilante junto a nosotras.

—Ya puedes descubrirte, Nova.

Deslizo la sábana hasta mi cuello y parpadeo varias veces. El módulo no parece de este mundo. O, al menos, no del mío.