Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) Epílogo
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Epílogo

Iris

Hoy es trece de agosto.

Hoy cumplo veintiocho años y estoy que no me lo creo. Por fin puedo mandar a tomar por culo los temidos veintisiete y tachar otro de los puntos de mi lista.

Me incorporo lo justo sobre el colchón de la litera de abajo y descorro mi cortina, dejando que la luz del pasillo del autobús de gira que hemos alquilado me deslumbre.

Mis amigos se han despertado hace un rato y están formando escándalo fuera, en la zona del estadio donde estamos aparcados para el concierto de mañana por la noche, en Málaga.

Cojo mi mochila, que se encuentra a los pies de mi cama, y saco un bolígrafo y mi lista, que la tengo guardada en la cartera. La desdoblo, me voy al último punto…

Y lo tacho. Pero no mediante una fina línea, sino con un borrón rabioso de tinta azulada; lo justo para no cargarme el papel y acabar pintándome el muslo.

A continuación, repaso la lista entera, porque estos meses he cumplido un montón de cosas que me propuse y que no me esperaba:

1. Formar una banda de rock.

Mi banda. Mi casa. Mi refugio.

Está lejos de ser perfecta, pero no la cambiaría por nada.

2. Independizarme.

Sigo en ello como el intento de la adulta funcional que finjo ser.

3. Conservar a mis amigos de toda la vida.

Y les demuestro que los quiero. A mi manera, pero lo hago.

4. Mejorar la relación con mis padres.

Nunca he sido la hija ejemplar, porque siempre me ha gustado ir a mi bola y ellos me han dejado mi espacio, pero los llamo todos los días, les mando mensajes por WhatsApp y voy a visitarlos cada vez que puedo, aunque ahora con la gira se me hace difícil. Así que se puede decir que lo he cumplido.

5. Participar en EuroStars.

He participado y, además, lo he ganado. Un dos por uno.

6. Dedicarme a la música sin morirme de hambre.

De momento me estoy manteniendo con lo que gano, que no es poco.

7. Si triunfo, que la fama no se me suba a la cabeza. Si se me sube, que alguien me pegue un tiro, por favor y gracias.

Hasta ahora nadie me ha pegado un tiro, por lo que deduzco que la fama no se me ha subido a la cabeza, aunque sigo sin acostumbrarme a ella.

8. Hacer sacrificios por Lapislázuli.

Los he hecho y los seguiría haciendo hasta mi último aliento.

9. No caer en las drogas.

No las he probado nunca y, a estas alturas, tampoco creo que las consuma.

10. Dejar de ser la espectadora de mi vida y empezar a ser la protagonista.

Parece mentira, pero debo confesar que ya soy la protagonista de mi propia historia.

11. Hacer que Pol se sienta orgulloso de mí.

Lo está. Lo sé.

12. No tener una relación tan tóxica con el alcohol.

He bajado la dosis y solo me tomo una cervecita de vez en cuando. Lo juro. Hace tiempo que no me emborracho porque ya no tengo dieciséis años y la resaca me dura una semana. Es horrible.

14. Cuidar de Pau.

Siempre.

15. No perderme a mí misma por el camino.

Estuve a punto, pero lo arreglé con mi par de ovarios.

16. Sobrevivir a los veintisiete.

Como diría mi estimada Eduarda: chaooooo.

Me he saltado el punto trece porque es el único que aún no he tachado, y no sé en qué momento se me ocurrió escribir eso en el número que da mala suerte. Era pedirle demasiado a mis neuronas idiotizadas.

Es que no me atrevo ni a dibujarle la rayita. Me está yendo la vida tan bien últimamente que hasta me da miedo, porque todo se puede ir al traste en un segundo.

Vuelvo a esconder la lista en la cartera y cojo mi móvil por si me ha escrito alguien.

Sí, mis padres para felicitarme. Gabrielle también, pero no para lo mismo.

Eduarda: «Cuando te despiertes, sal de ese bus para que te dé un poco el aire»

—¿Qué dice esta tía? —hablo conmigo misma, leyendo diez veces su mensaje con el ceño arrugado.

Me lo ha enviado hace media hora y no lo entiendo. Será porque aún estoy medio dormida.

Decido responderle:

Iris: «¿Qué aire, si estamos en agosto? Lo que me va a dar será una insolación»

No sé por qué los demás están pasando calor fuera si aquí dentro tenemos aire acondicionado.

Eduarda: «Ay, Tiffany… Sal de una vez, que una no puede ni darte una sorpresa»

¿Qué sorpresa?

Iris: «No me gustan las sorpresas. Gracias»

Eduarda: «QUE SALGAS YA, COÑO»

Me asusto al leer esa expresión tan españolizada. Por las mayúsculas, por la palabrota, porque viene de la gabacha… Y porque por un instante pienso que Gabrielle Leroux está ahí fuera, esperando a que me levante, para felicitarme.

No puede ser. Está en plena gira mundial; no tiene tiempo para coger un avión y plantarse en una ciudad perdida de España, teniendo también mañana un concierto en la otra punta del mundo.

Desde mi visita improvisada a París, seguimos juntas (y lo que nos queda).

No hicimos ningún comunicado ni nada especial para anunciar nuestra reconciliación porque, ahora que lo nuestro no es fingido, hemos decidido no documentar cada cosa que hacemos, pero los periodistas y los fans no tardaron en enterarse de que habíamos vuelto.

Todos se lo tomaron genial y la periodista con nombre de compresa escribió que ella tenía las esperanzas puestas en que «nuestro amor resurgiría de las cenizas como algo real».

Abandono la cama y me pongo las chanclas y un pantalón de chándal corto, porque no me apetece salir en bragas y que me vean un montón de desconocidos que estarán paseándose de aquí para allá, acondicionando el estadio para el concierto.

Camino por esta minicasa portátil y desciendo por las escaleras de la salida, que se halla con la puerta abierta.

Todos están reunidos alrededor de una mesa plegable, sentado cada uno en una silla y protegiéndose del sol con una sombrilla de playa: Dani, Candela, Rober, Bruna, Axel y Gerard; los dos últimos se han pillado vacaciones durante el mes de agosto, se han acoplado en el bus de nuestra gira y ahora estamos conviviendo como sardinas en lata.

Sin embargo, me llaman la atención dos personas que están junto a ellos: el lameculo de la francesa y la propia francesa.

Gabrielle, al darse cuenta de mi presencia delante del bus, se pone en pie y se acerca a mí, con una sonrisa enorme, un vestido veraniego amarillo con estampado de flores, unas sandalias con plataforma y dos bolsas colgando de su brazo derecho, con pinta de tener un par de regalos dentro.

—¿Qué haces aquí? —inquiero frunciendo el ceño—. ¿Tú no tuviste anoche un concierto en Praga? ¿No tienes mañana otro en Tokio?

No me cuadran tantas horas de vuelo comprimidas en un par de días ni su energía, aunque se desplace en un jet privado alquilado.

—Sí, pero quería venir para felicitarte tu cumpleaños, pasar el día contigo y celebrarlo juntas. He aterrizado hace un par de horas y esta noche viajaré a Tokio —me explica sin eliminar su sonrisa de su cara mientras nuestro público nos contempla en silencio—. ¿Qué pasa? ¿No te alegras?

—Claro que me alegro, tonta. —Sonrío sin apenas darme cuenta—. Y más, tras haber estado más de un mes sin verte en persona. Pero aún no asimilo que hayas cruzado medio mundo para compartir solo unas horas conmigo.

Con el ajetreo de nuestras giras veraniegas (la de Lapislázuli, por España y la de ella, por el mundo), se nos ha hecho imposible vernos físicamente, pero cada día sacábamos un hueco para hablar por videollamada, respetando la zona horaria de la otra.

—Sabes que lo haría hasta para estar medio segundo contigo en el día de tu cumple. —Me envuelve entre sus brazos y yo me embriago con el aroma de su perfume y el de su pelo—. Felicidades, Tiffany. Por fin dejas atrás los veintisiete y puedes subirte a los ascensores sin miedo a que se descuelguen.

Me echo a reír y le doy un beso en los labios.

—Muchas gracias, Eduarda.

—Te he traído unos regalitos. Ven. —Me coge de la mano, contentísima, a pesar del calorazo que hace, y me obliga a volver a meterme en el bus para que tengamos más intimidad.

—Tampoco hacía falta que me compraras nada.

Me manda callar y nos sentamos en uno de los sofás alargados y tapizados en cuero de la zona común. Me tiende la primera bolsa, y yo la cojo y saco el paquete que contiene dentro, cuya forma es irregular y se encuentra envuelto en papel de regalo plateado con una estrella decorativa pegada.

—Estoy segura de que me lo vas a lanzar a la cabeza en cuanto lo abras.

—Qué intriga —le respondo con verdadera curiosidad—. ¿Qué es?

—Ábrelo y lo sabrás.

Bajo su atenta mirada, desenvuelvo el papel con cero destreza y acabo rompiéndolo en pedazos como una inútil que no sabe ni abrir regalos.

—¿En serio? —le digo en cuanto descubro lo que es, y se me escapa una carcajada al enseñarle la muñeca—. ¿Esto qué coño es? ¿Me estás vacilando, Gabriela Eduarda?

—No podía no regalártela. Me recuerda demasiado a ti.

Me ha regalado a la puñetera novia de Chucky. Me meo de la risa.

—Joder, qué miedo da mi doble —comento al analizarla más de lo necesario sin dejar de descojonarme—. No pienso dormir con ella en la misma habitación.

Gabrielle también se ríe y me da el segundo regalo.

—Ahora toca abrir el importante.

Suelto a la muñeca diabólica a un lado y le arrebato a mi chica mi siguiente regalo, que es rectangular y duro. Esta vez lo desenvuelvo con sumo cuidado, porque tengo la sensación de que se trata de algo delicado.

—¿Tu autobiografía? —le pregunto, impresionada, y desvío la mirada hacia ella—. ¿No salía en septiembre?

—Sí, pero ya está todo listo y la editorial me ha enviado unos cuantos ejemplares para que se los regale a mi gente —me cuenta con una sonrisa gigante ocupándole la cara—. Tú eres la primera en tenerlo porque quiero que lo leas antes que nadie.

—No sabes la ilusión que me hace, Gabby. —Acerco mi rostro al suyo y la beso con cariño—. Voy a empezarlo esta misma noche.

—Estoy deseando saber qué te parece, sobre todo el capítulo de nuestra historia, que parece una novela en vez de un capítulo.