Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 38. Gabrielle
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38. Gabrielle

Mi móvil está que echa humo y necesito lanzarlo por la terraza, porque no paro de recibir notificaciones por haberme vuelto a activar la cuenta de Instagram, haber dejado de seguir a Iris y de eliminarla de mis seguidores hace escasas horas.

¿Cómo se han dado cuenta tan pronto de lo que he hecho? ¿Viven pegados a nuestros perfiles?

Apago el dispositivo, que me tiene hasta las narices, y lo dejo sobre el sofá. Si lo sostengo unos segundos más, voy a acabar tirándolo a la calle.

He dejado de seguir a Iris porque era lo que debía hacer después de haberme despertado el domingo por la mañana y no encontrarla a mi lado. Se fue sin darme una explicación; ni siquiera me escribió una nota rápida.

Quedar como amigas: vale, acepto.

Acostarnos por última vez: también, de cabeza.

Que ella huyera de mí al día siguiente: eso no se hace si se le tiene un mínimo de respeto a la otra persona.

Para colmo, no hemos vuelto a hablar; tampoco me ha enviado un mensaje tras esa noche ni he recibido noticias suyas.

Cada vez estoy más arrepentida de no haberle dicho que no estaba de acuerdo en que quedáramos como amigas…

Porque aún no estoy lista para serlo después de lo que hemos compartido estos meses.

Así que no me ha quedado más remedio que elegir entre seguir mirándola a través de la pantalla, fingiendo que no me importa, o apartarla de mi vida en todos los sentidos.

Y me he decantado por la segunda opción, aunque me duela el corazón a rabiar.

He aceptado mi derrota porque la vida es así: a veces se gana y otras se pierde, y esta vez me ha tocado aceptar el batacazo.

Observo, a través de la cristalera de mi terraza, la lluvia caer mientras sostengo una taza de café humeante entre mis manos, disfrutando de un instante de tranquilidad tras haber publicado mi álbum (para mi sorpresa, ha sido un exitazo y está en el primer puesto del ranking de todas las plataformas musicales) y haberle enviado a la editorial el manuscrito completo de mi autobiografía, donde he contado, con pelos y señales, cómo comenzó mi relación falsa con Iris.

No estaba muy segura de si debía incluir esa parte, pero Lucien y mi editora me han aconsejado que la escribiera, porque sería uno de los capítulos más interesantes, y a los lectores les encanta este tipo de drama barato.

El timbre de mi pisito de París, al que me vine el domingo pasado desde Roma, interrumpe mi momento de paz; Bartolamiau, que está acostada en el sofá, levanta la cabeza con curiosidad.

¿Quién será? No espero ninguna visita.

Dejo la taza en la mesa y me dirijo hacia la puerta, en pijama y con mi cabello recogido en un moño informal.

Echo un vistazo a través de la mirilla y me obligo a parpadear varias veces y a pellizcarme el brazo, porque no me creo que esta mujer se haya presentado en mi casa, ubicada en la ciudad del amor.

—¿Tú quién te crees que eres para eliminarme de Instagram y dejar de seguirme, Gabriela Eduarda Martínez Puturrudefuá Manostijeras? —me espeta en cuanto abro la puerta.

La miro de arriba abajo. Se encuentra empapada de la cabeza a los pies; su cabello rubio, ondulado y húmedo, le cae sobre los hombros, y la sudadera y los vaqueros que lleva tampoco se han salvado del aguacero.

Estoy anonadada de que haya venido de esta manera desde España, sin maleta y sin paraguas.

Como yo cuando me presenté en su garaje para discutir por el tema del dichoso vídeo.

Ante esta escena tan surrealista, lo único que se me ocurre hacer es cruzarme de brazos.

—¿Y tú quién te crees que eres para huir después de haber echado nuestro último polvo? —le contesto, altanera—. ¿A qué has venido? ¿A recuperar tu púa?

Púa que llevo colgando del cuello otra vez.

—¿Perdona? ¡Me fui para evitar una situación incómoda contigo!

—exclama haciendo aspavientos con las manos, mirándome con tanta rabia que hasta me parece graciosa, y continúa gritando—: ¡Que me he enterado que me has dejado de seguir por la puñetera noticia de la periodista con nombre de compresa!

¡Me tendrías que haber avisado para que estuviera preparada o para pararte los pies!

¡Que he tenido que coger el primer avión y recorrer París, lloviendo, hasta que me he perdido y me he visto en la obligación de coger un puto taxi, donde he tenido que usar el traductor de Google para comunicarme con el conductor porque tu lameculo está montado en un avión, de camino a Barcelona, para tirarse a Rober y no me ha podido ayudar!

¿Tú te crees que esto es normal? —Me apunta con el dedo índice, con la uña pintada de negro; yo contemplo su ataque de ira con una sonrisa adornando mis labios, de lo más calmada—.

Ahora mismo vas a coger tu móvil, vas a meterte en Instagram y me vas a volver a seguir.

—No hacía falta que te molestaras en venir hasta París para esto; me lo hubieras dicho por WhatsApp —replico sin dejar de sonreír—. Así te hubieras ahorrado el viaje.

Iris me mira como si le hubiera herido sus sentimientos roqueros.

—¡Claro que hacía falta que viniera! —vuelve a chillar y a gesticular con las manos—. ¡Aparte de decirte todo eso, también necesitaba venir para soltarte que te quiero y que me he enamorado de ti, hostias! ¡Je t’aime, o como cojones se diga esta mierda de expresión cursi en tu idioma natal!

No sé por qué, pero lo que hago ante esa declaración de amor llena de tacos españoles es echarme a reír. Por los nervios, quizá; o porque está monísima y cómica; o por la felicidad; o porque no sabe pronunciar una de las frases más básicas del francés.

—¿De qué coño te ríes? —me pregunta con las mejillas sonrojadas por el enfado o por la vergüenza—. Me están entrando ganas de crearme una peluca con tu melena.

—Je t’aime —le digo vocalizando con claridad.

—¿En serio? —inquiere, creo que sin creerse que se pronuncia así—. ¿Tú también sientes lo mismo?

—Te estaba corrigiendo esa pronunciación tan horrible —le indico, pero al percatarme de que se enfurece más y de que puede que mi cabello corra peligro, continúo—: Y ya que sacas el tema, lo mejor será que pases para que te seques, que vas a pillar una pulmonía, y que hablemos de esto sentadas en el sofá.

Iris se me queda mirando, dudosa, pero finalmente se adentra en mi piso, dejándome un camino de gotas en el parqué. Cierro la puerta tras ella y le indico que me espere en el baño, que le voy a traer ropa limpia y seca y una toalla de mi habitación.

—Eres la tía más insoportable que he conocido en la vida —murmura en cuanto aparezco en el servicio unos minutos después, sujetando las prendas que le voy a prestar; Bartolamiau se ha subido al lavabo para hacerle compañía y está intentando llamar su atención con maullidos, pero la rubia no le hace ni caso—.

Y mira que he conocido gente insoportable, eh. Pero tú te llevas el premio.

Le tiendo la ropa, esbozando una sonrisa condescendiente.

—Tú tampoco te quedas atrás, querida.

Iris me arrebata con brusquedad lo que le he traído y lo coloca sobre la taza cerrada del váter.

Me cruzo de brazos, apoyada en el marco de la puerta, mientras observo cómo se cambia su sudadera empapada por una mía, aunque, durante el proceso, mis ojos se desvían hacia su pecho cubierto por un sujetador deportivo negro sin poder evitarlo.

—He sido una imbécil por haberme escapado de tu habitación después de follar —confiesa sin mirarme, y se desprende de sus zapatillas de deporte y de sus vaqueros—.

Estaba cagada por mis sentimientos y pensé que, si salía corriendo, desaparecerían.

—Se coloca mi pantalón de chándal, posa su vista en mí y se encoge de hombros—.

Pero no fue así. —Suspira, y a mí se me forma un nudo en la garganta—.

También pensé que te iba a dar igual que me fuera.

Esas palabras me golpean más fuerte que una bofetada.

—Nada más lejos de la realidad —replico—. Quería despertarme contigo a mi lado, pedir que nos trajeran el desayuno y decirte que no quería ser solo tu amiga porque me he enamorado de ti como una tonta.

El rostro de Iris se suaviza y advierto el alivio en su mirada; las dos estamos frente a frente.

—Si de verdad sientes lo mismo por mí, ¿por qué no me lo dijiste en el vestíbulo del hotel en vez de aceptar que fuéramos solo amigas?

—¡Porque pensaba que mis sentimientos no eran correspondidos! —Ahora soy yo la que hace aspavientos con las manos—. Además, no hables, porque tú tampoco te atreviste a decirme nada esa noche.

Se le escapa una risita.

—Porque soy gilipollas, ¿vale? Esto no entraba en mis planes.

—Las dos somos gilipollas —la corrijo—. Y no, esto tampoco entraba en mis planes.

—Pues menuda pareja de gilipollas.

Sonriendo, nos acercamos la una a la otra, nos rodeamos con nuestros brazos y nos besamos, formalizando una relación de verdad, sin ningún contrato de por medio.

—Así que, al final, he ganado yo la apuesta —comento cuando nos separamos—. Y has caído en mis encantos franceses.

Ella me contempla con una sonrisa boba en los labios.

—Han sido los doscientos euros mejores invertidos de mi vida. Espero que me invites a algo con el dinero que has ganado.

—Por supuesto. —La vuelvo a besar—. Pero el verdadero premio no ha sido ese; en realidad ha sido conseguir tu corazón.

—¡No jodas! —exclama fingiendo perplejidad—. ¿Yo tenía una cosa de esas?

Me río y le doy un manotazo cariñoso en el brazo.

Y no sé en qué momento dejamos de hablar y empezamos a desnudarnos mientras nos besamos, abandonando la ropa en el suelo del baño, en el del pasillo y en el de la habitación; ni tampoco sé cuál de las dos da el primer paso ni cómo acabamos revolcándonos en la cama.

Un rato más tarde, continuamos tiradas en la cama, abrazadas y oyendo cómo la lluvia golpea los cristales de las ventanas.

—Esta vez no me he ido a hurtadillas —me dice Iris en tono jocoso, con la cabeza escondida en el hueco de mi cuello.

—Tampoco te habrías podido ir, porque he cerrado la puerta con llave y me la he tragado, así que te tengo secuestrada.

—Me hubiera escapado por la ventana.

Frunzo los labios.

—Con lo miedosa que eres, no creo —le respondo, y ella se ríe contra mi cuello, provocando que se me erice la piel—.

Oye… Ya que te tengo aquí, atrapada, me podrías contar lo que significa cada uno de tus tatuajes.

Y no me vengas con que ya me lo explicaste aquella vez, que nos conocemos. Necesito el significado verdadero.

Iris suelta un bufido y dibuja círculos en mi vientre con su dedo índice.

—Está bien; te lo contaré. Pero tampoco te esperes significados profundos, que algunos son bastante simples.

—Siempre existe un motivo de peso por el que decides hacerte un tatuaje en concreto.

Se incorpora sobre la cama, no muy convencida de mis palabras, y yo me tumbo de lado, con el codo apoyado sobre el colchón y la cabeza en mi mano, para verla mejor.

—¿Por cuál quieres que empiece? —me pregunta. Yo le señalo la estrella del hombro derecho y se echa a reír—. Ese fue mi primer tatuaje. A los quince años.

Levanto las cejas, atónita.

—¿A esa edad pueden hacerse tatuajes en España?

Niega con la cabeza, sonriendo.

—Es que Gerard se compró una máquina para hacer tatuajes y todos fuimos su experimento a escondidas de nuestros padres, en mi garaje. Elegí algo sencillo y pequeño porque no me fiaba demasiado. Los siguientes que tengo también me los ha hecho él, pero cuando cogió más experiencia.

—¿Y tus padres no te dijeron nada cuando te lo vieron?

—Mi madre comentó que era muy bonito. Mi padre me aconsejó que nunca me tatuara el nombre de ninguna novia, que luego no se puede borrar, porque él se tatuó el nombre de mi madre en el corazón cuando empezaron a salir y no se lo puede quitar ni con lejía.

Se me escapa una carcajada.

—Razón no le falta a mi suegro.

A continuación, me explica el significado de sus demás tatuajes: la media luna del hombro izquierdo, porque Iris está en constante crecimiento; la llama ardiendo de su abdomen, porque es una tía resistente y nada ni nadie conseguirá apagarla nunca; el nombre de su banda en el antebrazo izquierdo, porque a ellos se lo debe todo; en el antebrazo derecho, la guitarra eléctrica rodeada por un pentagrama y, encima, la frase en inglés «si es ilegal hacer rock and roll, metedme en la cárcel», que es de Kurt Cobain, y todo en su conjunto quiere decir que Iris es un espíritu rebelde y el rock es su forma de vida.

—¿Y este? —Acaricio con el dedo la constelación de Orión que hay sobre su corazón—. Tiene pinta de ser el más importante.

Iris tarda en responder.

—Y no te equivocas —admite—. Es por Pol, porque él me enseñó a mirar el cielo cuando éramos pequeños. Al llevarlo tatuado, es como si siguiera conmigo y nunca se hubiera ido.

Trago saliva sin decir nada, ya que tampoco hace falta; solo asiento con la cabeza.

—¿Y el escorpión detrás de la oreja por qué es? —suelto tras unos segundos, esbozando una sonrisa juguetona, incorporándome—. ¿Porque eres pequeñita, pero matona?

—Claro; tienes que andarte con ojo conmigo, porque te puedo picar sin que te lo esperes.

Ambas nos reímos.

—Tendré que aprender a convivir con un escorpión.

—Y yo con una francesita estirada —me contesta antes de besarme despacio.

Sonrío contra sus labios y pienso que por fin podemos ser nosotras mismas, sin miedo a que ninguna fecha de caducidad de un contrato de ninguna relación falsa rompa lo que tenemos.

Porque esta vez no estamos fingiendo.