37. Iris
No tenía las esperanzas puestas en que Gabrielle aceptara mi plan de pasar la última noche juntas cuando se lo he soltado.
Como tampoco me esperaba que yo le iba a proponer tal cosa cuando he salido de mi estancia para darme una vuelta por el hotel porque no podía dormir.
Se me ha ocurrido así, sin más; sin haberlo debatido conmigo misma antes.
Y no me arrepiento. Nos lo merecemos después de haber compartido estos casi tres meses y de haber creado una especie de vínculo entre nosotras. Tenemos que celebrar de manera anticipada el éxito en el que se convertirá su álbum cuando salga el lunes y la victoria de Lapislázuli en EuroStars.
Debemos disfrutar de nuestra despedida por todo lo alto.
Mañana será otro día y regresaremos a la realidad, pero esta noche es solo nuestra.
Por eso nos hemos recorrido medio hotel a hurtadillas, esperando no encontrarnos con nadie que estuviera merodeando por las instalaciones, y ahora estamos metidas en su habitación, desnudándonos la una a la otra.
No se me pasa desapercibido que se ha puesto una de mis sudaderas para dormir; una de las que le he prestado durante las veces que la he invitado a pasar la noche en mi apartamento.
Gabrielle me besa como si solo existiéramos nosotras en este hotel y en el mundo, y como si no nos tuviéramos que separar dentro de unas horas.
Hace tres meses éramos unas completas desconocidas y ni siquiera nos aguantábamos la una a la otra, pero ahora todo eso ha cambiado.
Empujo a la francesa hacia la cama con cuidado y las dos caemos sobre el colchón con cierta torpeza que provoca que nos riamos.
Yo siento que debería soltar alguna frase ingeniosa o sarcástica de las mías ante este instante tan cómico, pero no soy capaz de articular una palabra; tan solo permanezco encima de ella, contemplando sus penetrantes ojos cafés y su sonrisa, hasta que me atrevo a volver a besarla.
Durante este rato, obligo a mi mente a dejar de pensar en lo que vendrá después y me concentro en memorizar cada segundo que pasamos juntas y cada detalle, por imperceptible que sea, de ella: la suavidad y el olor de su cabello y cómo se extiende por la almohada; su boca apetecible y cómo se muerde el labio inferior cuando mis manos la tocan; cada lunar que decora su cuerpo con elegancia; su piel tersa, que se eriza con cada caricia; su aliento entrecortado chocando con el mío; su voz melódica susurrando mi nombre; sus gemidos jadeantes, con los que pierdo la noción del tiempo; y su cuerpo estremeciéndose con el mío cuando llegamos al clímax.
—No quiero que esta noche se acabe nunca —me dice cuando las dos nos desplomamos sobre la cama, la una junto a la otra.
Yo tampoco quiero, la verdad; pero no soy tan valiente para confesárselo.
El silencio se instala en la habitación y nosotras nos quedamos calladas; lo único que se oye es el sonido de nuestras respiraciones, que se van calmando a medida que transcurren los minutos, y Gabrielle consigue dormirse.
Sí que le ha hecho efecto el café que se ha tomado; yo estaría con el corazón a mil y trepando por las paredes.
Bueno, con la patata a mil ya estoy; solo me falta lo segundo, pero nunca me ha llamado la atención practicar la escalada, ni siquiera en las paredes con gotelé de la casa de mis padres.
Yo continúo tumbada bocarriba, con los ojos abiertos como un búho y mis manos entrelazadas sobre mi estómago mientras contemplo el techo, con la luz tenue de la lámpara iluminando lo que me rodea.
Me pongo de lado para mirar por última vez a Gabrielle relajada, sin maquillaje ni focos, y trago saliva.
—Gabby —susurro su diminutivo para cerciorarme de que se ha dormido, y vuelvo a llamarla—: Gabrielle.
No obtengo respuesta, por lo que deduzco que está más que sobada.
Antes de que amanezca y las dos despertemos en la misma cama, donde nos veamos envueltas en una situación embarazosa en la que nos tengamos que decir adiós de verdad, me levanto con sigilo del colchón y recojo mi ropa del suelo.
Saldría en bolas al pasillo para no perder tiempo, por si la francesa abre los ojos de repente, pero no me apetece encontrarme de improviso con alguien y que me vea como mi madre me trajo al mundo, huyendo de una habitación que no es la mía, y mucho menos que me reconozca y venda la exclusiva a la compresa humana.
Me coloco la camiseta, las bragas y el pantalón corto sin hacer ruido, y saco del bolsillo de esta última prenda el colgante con mi púa que me ha devuelto Gabrielle mientras charlábamos en el hall.
Ni de coña pienso permitir que me lo dé. ¿Quién se ha creído que es esta gabacha para rechazarme el regalo más preciado que he hecho en toda mi existencia? Será desagradecida. ¡Yo aún tengo su pulsera rodeándome la muñeca!
Le dejo el collar en la mesita de noche, justo al lado de su móvil para que su vista se tope con él dentro de unas horas.
De nuevo, miro a Gabrielle.
Podría meterme otra vez en la cama con ella y quedarme durmiendo a su lado, pero la Iris sensata le abofetea la cara a la Iris atontada y le ordena que no lo haga.
Apago la lámpara y, ahora sí, abandono su habitación como una cobarde a la que le da miedo demostrarle sus sentimientos a la chica por la que siente algo más que una simple amistad.
Una semana después de la victoria de Lapislázuli en EuroStars, todavía me dura la doble resaca emocional: la de haber ganado el festival y la de la última noche que pasé con Gabrielle.
En este momento estoy en el garaje con los chicos, tocando canciones aleatorias y charlando de cualquier estupidez para pasar el rato, porque hemos tenido unos días bastante ajetreados de entrevistas, en las que una de las preguntas estrella ha sido la de «¿qué va a pasar entre Gabrielle y tú ahora que vuestra relación ha resultado ser una farsa?
», y yo solo respondía que seguiremos siendo amigas.
Además, hemos terminado de planificar nuestra gira de los próximos meses por España y algunas ciudades de Europa, y hemos discutido con Cruella de Vil por habernos saltado las normas que nos impuso y haber hecho en la actuación lo que nos dio la gana.
Esa tipa nos dijo que nos iba a ir muy mal en nuestra carrera musical por ser unos transgresores y unos sinvergüenzas, y que acabaríamos trabajando en un McDonald’s o limpiando váteres.
Que le den.
También hemos sacado un hueco para buscarle sitio al trofeo de la estrella de cristal.
Habíamos pensado en que cada uno se lo quedara un mes, pero luego caímos en la conclusión de que sería demasiado lío y que podría sufrir algún desperfecto viajando de aquí para allá con lo brutos que somos; de acabar hecho pedazos en el suelo porque las gatas de Axel y Dani lo tiran todo; o de ser víctima de alguna pelea fraternal entre Candela y Rober.
Al final, entre los cuatro, hemos decidido ponerlo en el lugar que se merece, donde Lapislázuli nació y donde seguirá creciendo: en el garaje, ocupando la balda superior de una estantería y brillando, a salvo del mundo.
Y otra de las cosas en las que he estado ocupada esta semana ha sido en pensar en Gabrielle.
Las veinticuatro horas del día, sin descanso.
Desde que me fui a hurtadillas de la habitación de ese hotel, no he vuelto a mantener ninguna conversación con ella; lo que sí sé es que ha regresado a Instagram y ha subido unas cuantas fotos a su perfil y a sus stories, donde se la veía atareada con la promoción de su álbum, que se publicó hace un par de semanas, y su próxima gira.
Sin embargo, cada vez que mi móvil vibra, lo cojo corriendo para ver si es un mensaje suyo «como amiga», pero enseguida mi ilusión se desvanece.
Sé que el siguiente paso lo debería dar yo, sobre todo después de mi huida, pero no tengo ni idea de cómo.
—Nueva noticia de la periodista con nombre de compresa en la que las dos amantes mentirosas son las protagonistas —Candela, sentada en un puf, interrumpe mi batidora de pensamientos; los otros dos también se encuentran esparcidos por el suelo y yo estoy tumbada en el sofá de cuero, a lo largo—.
Os la voy a pasar por el grupo de WhatsApp.
A mí no me hace falta leerla entera, porque con el título me sobra: «La pareja que nos tenía engañados ya no se sigue mutuamente en Instagram».
¿Cómo?
Entro en esa red social para comprobarlo por mí misma, ya que siempre se ha dicho que no hay que fiarse de las noticias que circulan por la red porque pueden ser falsas.
—¿Cómo que la francesa me ha dejado de seguir en Instagram? —escupo al descubrir que es cierto, incorporándome de repente—. ¿Y cuándo la he dejado de seguir yo también?
Puedo entender que ella haya querido hacer eso después de no haber recibido noticias de mi parte, pero lo que me ha pillado desprevenida es lo de dejarla de seguir yo.
¿Cuándo? ¿Soy sonámbula y no me he enterado? ¿Tengo problemas de memoria? Hace por lo menos una semana que no entro en esa red social ni en ninguna.
¿Y por qué la gente se ha dado cuenta antes que yo de este incidente?
—Quizá ha sido ella la que te ha eliminado de sus seguidores para que te ahorres hacerlo tú —comenta Dani.
—¿No lo habéis hablado entre vosotras? —interviene Rober.
Y les cuento el salseo de nuestra última noche en el hotel de Roma: nuestra conversación intensa en el vestíbulo mientras ella se tomaba su café y yo mi cacao con leche, en la que se supone que quedamos como amigas; que nos acostamos en su habitación (sin entrar en detalles, porque soy una señorita, aunque no lo parezca); que me fui horas después, sin despedirme, aprovechando que ella seguía durmiendo; y que no hemos vuelto a hablar, ni siquiera por mensajes.
Y, siendo sincera, me escuece esta situación y estoy ofendidísima de que haya decidido borrarme de su vida y de su Instagram con solo darle a un botoncito de mierda tras lo que hemos compartido durante estos largos y tortuosos meses (mentira, se han ido volando y no he sufrido tanto; me lo he pasado bastante bien con esa francesa, cosa que no me esperaba).
Como tampoco me esperaba que me revolucionara las entrañas. A mí. A la integrante más dura de Lapislázuli. La que nunca se ha enamorado hasta las trancas de nadie.
La fiel espectadora y nunca la protagonista.
Y, sobre todo, no me esperaba pillarme de una francesa popera, vestida con tutús ridículos, rodeada de mucho brillibrilli y llevando esas uñas de Eduarda Manostijeras.
Pero la culpa ha sido también mía por huir y no vomitarle esto que acabo de pensar, aunque solo hubiera servido para ponerme en evidencia, porque está claro que esa francesa no siente lo mismo por mí, por mucho que estuviera obsesionada con que cayera rendida a sus «encantos franceses».
Que al final he caído. Alucinante. No me reconozco.
El lado positivo es que he ganado la dichosa apuesta y soy unos cientos de euros más rica, a pesar de que ninguno de mis amigos haya sacado el tema del ganador.
—¿A quién se le ocurre salir corriendo después de follar? —inquiere Dani, burlón.
—Ni que fuera una desconocida —interviene Rober—. Le hubieras dejado una nota, por lo menos.
—Y lo de quedar como amigas… —Candela niega con la cabeza, en desaprobación—. Fatal.
—La he cagado, ¿verdad? —Me dejo caer en el sofá de nuevo, con la cabeza recostada en el reposabrazos.
—Mírala, que se ha enamorado de la francesa —se cachondea Candela dándole un codazo a su hermano, y todos se ríen al unísono.
—¿Y eso es algo que nos sorprenda? —le responde Rober—. Se sabía que esto iba a pasar.
—Qué rápido ha crecido nuestra Baby Yoda. —Dani se enjuga una lágrima invisible—. Ahora solo falta que coja un vuelo a Francia y se declare. Eso sí que nos dejaría ojipláticos.
Aprieto el móvil con tanta fuerza que temo romperlo entre mis manos y me levanto de sopetón.
—Me voy —les digo a mis queridos amigos, que me critican aun cuando estoy delante, y me encamino hacia la calle—. Cuando os vayáis, recogedlo todo y cerrad bien el garaje.
—¿A dónde? —escucho que me pregunta Candela.
Yo, sin girarme siquiera, le contesto:
—A la ciudad del amor.
Y huyo, sin equipaje ni dignidad, pero con valentía y dispuesta a pegarme una buena hostia, peor que si hubiera decidido tirarme desde lo alto de la Torre Eiffel.
Deseo que haya algún billete de avión disponible lo más pronto posible, pese a que me gaste una pasta.
Y confío en que la francesa, junto a sus encantos franceses, esté en su apartamento de París y que yo, una pobre española que no sabe el idioma, no me pierda por la ciudad y tenga que acabar pidiéndole ayuda a su lameculo para localizarla.