36. Gabrielle #2
Salgo de la cama, me calzo las zapatillas de andar por casa y abandono mi estancia con el monedero y la tarjeta magnética.
Camino por el pasillo, que se halla en completo silencio, y me subo al ascensor sola, ya que no creo que a estas horas haya nadie vagando por el hotel, a excepción de los fantasmas, si es cierto que existen en la vida real.
Cuando llego al vestíbulo, también desértico e iluminado con luces tenues, le digo «buenas noches» al recepcionista con educación, aunque él no me devuelve el saludo porque no se ha enterado al estar medio dormido tras el mostrador, con la mano apoyada en su barbilla.
Después, me acerco a la máquina de café, me pido un espresso macchiato y aguardo de brazos cruzados a que el vaso de cartón se llene con mi bebida.
—O te acabas de despertar o tienes mono de cafeína para coger el sueño —escucho la voz de Iris detrás de mí por encima del sonido de la máquina.
Doy un respingo, porque no me esperaba encontrarme con nadie (ni con la rubia, sobre todo) de madrugada, y me giro hacia ella.
Lleva una camiseta vieja, unos pantalones cortos de chándal y unos calcetines negros; ha decidido salir de su habitación descalza o quizá le haya dado pereza ponerse el calzado.
—Lo segundo —le respondo con una sonrisa leve—. Veo que tú tampoco puedes dormir.
—Normal. —Se encoge de hombros, devolviéndome la sonrisa—. Con lo que ha pasado esta noche, como para quedarse frita. No entiendo cómo mis amigos se han puesto a roncar nada más tumbarse en la cama; yo aún tengo la adrenalina recorriéndome las venas.
—A mí también me pasó eso cuando gané EuroStars; no estás sola. —Cojo mi vaso de la máquina, le doy un sorbo y, sonriendo un poco más, añado—: Por cierto, enhorabuena por tu victoria. Lapislázuli se la tiene más que merecida.
—Gracias, Eduarda. Mi cerebro todavía no lo asimila.
Nos quedamos mirándonos con incomodidad, sin saber qué más decirnos.
Iris suelta «bueno, voy a comprarme un ColaCao, que si me pido un café como tú, no voy a volver a dormir durante las próximas dos semanas»; yo me echo a reír ante su comentario y me hago a un lado para que pueda toquetear la máquina sin que nadie se lo impida.
Tras unos segundos, secuestra del compartimento su vaso de leche con cacao, lo remueve con la cucharilla y sopla porque debe de estar ardiendo.
—¿Te parece bien si nos sentamos y charlamos mientras nos tomamos nuestras bebidas? —le pregunto como quien no quiere la cosa.
Iris ladea la cabeza hacia mí.
—Por mí, vale.
Ambas nos dirigimos hacia uno de los sofás del hall y nos sentamos, cada una de lado y mirando a la otra.
—Siento mucho haber leído tu lista y haberte dicho eso aquel día, en tu garaje —empiezo yo con la conversación—.
Estaba muy enfadada y decepcionada contigo porque expusiste nuestra relación sin mi consentimiento y te rendiste con la música.
—Me muerdo el labio inferior—. En verdad me dolió más lo segundo que lo primero; no te creía capaz de abandonar Lapislázuli y mandar a tomar viento tu sueño de dedicarte al rock.
Ella posa su mirada en su vaso.
—No, yo tuve la culpa; no debí haber publicado ese vídeo nunca…
O por lo menos, debí haberlo consultado contigo antes para que no te encontraras el pastel de repente.
Fue una decisión impulsiva y estaba saturadísima con el mundo de la farándula, los ensayos…
Que no me dejaran ser yo misma. —Suelta un profundo suspiro y alza su vista hacia mí—.
Sé que el daño ya está hecho, pero lo siento.
Ahora medio planeta la está tomando contigo y no es justo.
—No importa. —Hago un ademán con la mano—. Estás perdonada. Entiendo por qué lo hiciste.
—Ya. —Iris le da un sorbo a su bebida—. Y por lo de la lista, no te preocupes; ya está olvidado.
De nuevo se impone el silencio, con nuestros vasos calentando nuestras manos; de fondo, solo se oye el sonido de la máquina de café.
Y decido lanzarme a la piscina con la pregunta que le voy a hacer.
—Iris —pronuncio su nombre con miedo, rompiendo la fingida calma entre las dos, y ella me mira con atención—. ¿Qué va a pasar con nosotras ahora que no tenemos ningún contrato de por medio?
Ella juguetea con un mechón de su pelo, entrelazándoselo en el dedo índice, y frunce los labios, pensando muy bien su respuesta.
—No lo sé. Podemos hacer un comunicado donde digamos que quedamos como amigas —me propone sin despegar su mirada de la mía—.
También podemos hablar de vez en cuando por WhatsApp y vernos cuando estés por Barcelona y las dos tengamos tiempo libre; nos contamos cómo nos va la vida, hablamos sobre nuestros futuros proyectos… ¿Qué te parece mi idea?
«Como amigas».
Con su propuesta, me confirma que no quiere dar un paso más porque no siente lo mismo que yo y que la única que ha acabado enamorándose en esta peligrosa relación falsa he sido yo. Tenía la esperanza, por muy pequeña que fuera, de haberme ganado un hueco en su corazón.
Y a mí no me queda más remedio que aceptar esto con resignación.
—Estoy de acuerdo —le contesto en voz bajita. Aparto los ojos de ella para posarla en mi vaso y fuerzo una sonrisa para bromear—. Al final, no he conseguido conquistarte con mis encantos franceses para que te enamoraras de mí.
Se le escapa una carcajada.
—Era difícil, pero agradezco tu esfuerzo. Ya sabes que mi lema de vida es «Siempre ser la fiel espectadora de las relaciones amorosas de los demás y nunca la protagonista».
Me obligo a soltar una risotada, que se nota que no es verdadera, y coloco el vaso ya vacío en la mesita. Mis manos viajan hacia mi nuca, donde se encuentra el cierre del colgante con la púa de la suerte de Iris, para quitármelo.
—Toma. —Se lo tiendo y ella arruga el entrecejo—. No tiene sentido que lo siga llevando. Es tuya.
—No hace falta. Te lo puedes quedar; es un regalo que te hice en tu cumple.
Niego con la cabeza, cojo su mano y deposito el colgante sobre su palma, atreviéndome a mirarla otra vez.
—Es demasiada responsabilidad tenerlo. Lo puedo perder, que a veces soy muy despistada —me invento una excusa de lo más tonta, y extiendo el brazo sobre el respaldo del sofá.
Intento volver a sonreír; ella también abandona su vaso en la mesa, pegado al mío, y se guarda el colgante en el bolsillo de su pantalón—.
Ha sido divertido haber formado parte de esta relación falsa.
—Yo también me lo he pasado genial, y eso que al principio me negaba en rotundo a participar en el paripé. —Se ríe—. No ha sido tan horrible ser tu novia como me imaginaba.
—Lo mismo digo —murmuro, y trago saliva—. Esto… Creo que ya va siendo hora de que me vaya a mi habitación, a ver si descanso algo antes de coger el vuelo a París. —Hago el amago de levantarme, pero la mano de Iris sobre mi brazo, que sigue en el respaldo, me lo impide y me quedo quieta.
—Espera —me pide, y me percato de que está unos centímetros más cerca de mí. Demasiado cerca—. No hace falta que te vayas corriendo. Mañana, cada una volverá a su vida, a su país, a sus obligaciones… Y nos separaremos.
—Lo sé.
—Pero esta noche podemos aprovecharla juntas, ahora que hemos aclarado las cosas —continúa hablando con una media sonrisa, y me acaricia el brazo con sutileza; yo siento fuego recorrerme ese trozo de piel, aunque esté la manga de la sudadera como barrera—.
Nuestra última noche. Solo tú y yo, como antes de que la cagara. ¿Qué te parece?
—Yo… —titubeo.
Mi corazón empieza a latir desbocado dentro de mi pecho y sé que debería levantarme de este sofá que me mantiene apresada en el asiento, al lado de esta rubia, y regresar a mi habitación como una persona sensata, pero no soy capaz.
—Si no te apetece, lo entenderé. —Iris, al ver mi semblante dudoso, aparta su mano de mi brazo, deja de sonreír y se pone tensa.
—Lo que no me apetece es irme a mi habitación si tú no vienes conmigo —respondo tras unos segundos contemplando sus iris grises.
Su rostro se relaja y sus labios se vuelven a curvar hacia arriba, formando una sonrisa risueña; yo también le sonrío y corto el diminuto espacio que nos separa para posar mis manos sobre su cara y besarla despacio, como si quisiera hacer eterno este último momento juntas.
Y decido no pensar en lo que sucederá mañana cuando me despierte.