36. Gabrielle
Apoteósica.
Esa es la palabra que más define la actuación de Lapislázuli, pero aún se queda corta. Su puesta en escena ha sido la mejor hasta ahora, y no es porque les haya cogido cariño, sobre todo a una de sus integrantes.
Qué manera de entregarse por completo en el escenario… Al final, han tocado como ellos querían: con su propia ropa, su estilo, sin lentejuelas, con las palabrotas en la canción… Siendo ellos mismos. Y por cómo aplaudía el público, Lapislázuli tiene todas las de ganar este año.
Estoy yendo en taxi hacia el hotel donde me hospedaré esta noche porque no me quiero quedar en el festival hasta que se acabe; no me apetece. Tras mi actuación, he decidido permanecer un rato más en el backstage para verlos tocar en directo, pero ya no pinto nada en ese lugar.
—¿Quieres que te haga compañía mientras vemos juntos las votaciones del concurso? —me pregunta Lucien cuando nos apeamos del taxi y nos dirigimos hacia la entrada del hotel.
—No —le respondo, seca—. Necesito estar sola.
Mi amigo me dedica una mirada comprensiva.
—De acuerdo, ma chérie.
Ambos subimos a nuestras habitaciones y, cuando estoy dentro de la mía, lo primero que hago es poner la tele, pero con el volumen muy bajito, para no perderme lo que queda del concurso musical.
Estaré animando a Iris y a Lapislázuli desde mi soledad.
Tanta fama, tanta gente que me admira (o eso pensaba yo antes de la hecatombe), tantos conocidos que han fingido ser mis amigos por interés a lo largo de mi vida…
Y en realidad solo tengo a Lucien, pero a veces creo que solo me aguanta porque no le queda más remedio, por los años de amistad que nos unen.
Me quito el tutú, las Converse y el top, y me pongo una sudadera roquera que me prestó Iris hace tiempo y unas mallas; después, me hago una coleta deshecha y voy al baño para desmaquillarme y deshacerme de las uñas postizas mientras escucho de fondo la música del festival proveniente de la televisión, sintiendo cómo más de la mitad del mundo me odia en tiempo real por haberlos engañado.
No paro de recordar la de perlas que me han escrito en mis fotos de Instagram, que se han grabado a fuego en mi mente:
«Eres una manipuladora».
«Gaston tenía razón».
«Ya me olía que eras una falsa y que solo te interesa el dinero».
«Iris y tú nos teníais engañados. Con lo que os hemos apoyado con vuestra relación…».
«Os habéis reído pero bien de nosotros».
«Zorra mentirosa».
«#Gabiris nunca existió».
No lo soporté más y me vi en la obligación de desactivar mi cuenta por mi salud mental. Por lo menos, hasta que se calme la situación y nadie se acuerde de lo que la rubia y yo hemos hecho, aunque transcurra una década.
Mientras tanto, me refugiaré en mi música y sonreiré como si no hubiera ocurrido nada, que se me da bastante bien. De hecho, lo llevo haciendo desde que tengo uso de razón: frente a las cámaras, los periodistas, las millones de personas que creen conocerme…
Pero nadie sabe lo que me pasa cuando se apagan los focos y me rompo; tampoco tienen ni idea de lo que me tiembla el cuerpo ni cuánto se me aceleran las pulsaciones cuando tengo delante a Iris Llorens.
Cuando dejo atrás a la Gabrielle diva y me convierto en la Gabrielle a secas, pido al servicio de habitaciones que me traiga un café y me acomodo en la cama. Las votaciones del público de cada país de Europa dan comienzo y yo me muerdo las uñas por los nervios y la tensión.
El primero, que es Portugal, le da la máxima puntuación a Lapislázuli y yo sonrío con contención, aunque no voy a cantar victoria todavía, porque son vecinos de España y comparten la Península Ibérica; además, aún quedan un montón de países por votar.
Continúo viendo el programa en silencio pero ansiosa, y nada más me levanto de la cama para abrirle a la camarera de pisos y coger el café.
Cada vez que España recibe puntos y aparece Lapislázuli en pantalla para celebrarlo, con Iris con el rostro rebosante de ilusión, una sensación de alegría se apodera de mi ser.
Sin embargo, cuando le toca el turno a Francia, me enfado con mi propio país porque no les da ni un triste uno; lo mismo ocurre cuando es el momento del voto de España: no nos regalan nada a los franceses.
Qué vengativos son ambos. ¿De verdad no se apoyan mutuamente porque dos de sus artistas han fingido una relación y les han mentido? ¡Venga ya! El concurso tiene que ver con la música, no con los problemas personales que hay entre una de sus participantes y la que ganó hace dos años.
Menudo asco de festival.
En cuanto toca la votación del país trigésimo quinto, las puntuaciones están muy reñidas y yo aprieto la taza de café con fuerza, abrazándola con las manos y sin despegar la vista de la televisión.
Francia y España se están peleando por el primer puesto. Cuando un país no le da la máxima puntuación a Lapislázuli, se la da a la francesa Lune Papillon y, en contadas (casi inexistentes) ocasiones, a otro artista.
No nos votamos entre nosotros, pero nos votan los demás… Esto es algo digno de reflexión.
Una vez que el penúltimo país vota, los presentadores anuncian una pausa publicitaria para dejarnos expectantes.
En este momento, España cuenta con doscientos sesenta puntos y Francia, con doscientos cincuenta y cinco, así que solo los separan muy pocos.
Sin embargo, ni Lapislázuli ni yo perdemos la esperanza, porque aún falta un país por votar.
Pero quizá esos votos nos sorprenden para mal y acaba ganando el salchichaman alemán, que va tercero. Todo puede pasar.
Tras los siete minutazos de anuncios en los que me he dedicado a comerme las uñas, los presentadores le piden al público silencio porque la gente se ha vuelto loca, y uno de ellos toma la palabra para informar de que ha llegado la hora de saber quién será el ganador con el último país votante, que es Italia.
Observo, inquieta, la tabla que aparece en la pantalla que tengo enfrente de mis narices.
España encabeza la lista, con Francia pisándole los talones y, debajo, se aprecian los países restantes.
Sin despegar mis ojos de ahí, cruzo los dedos índice y corazón de las dos manos con tanta fuerza que temo provocarme alguna lesión.
A continuación, los resultados finales se actualizan y las cifras empiezan a moverse; algunos países suben de posición, otros bajan y unos pocos se quedan exactamente igual.
Trago saliva.
—¡Damas y caballeros! —exclama la presentadora—.
El país que ha recibido más votos y, por tanto, se convierte en el ganador del festival de EuroStars de 2024 es…
—Hace una pausa, con una enorme sonrisa dibujada en su cara, para generar intriga—.
¡España, con su tema Somos ruido, de la banda de rock Lapislázuli! ¡Enhorabuena!
Se me escapa un chillido de emoción y, a partir de aquí, surge una explosión de aplausos, saltos y gritos que atraviesa la tele y llena la habitación en la que me encuentro.
Los ganadores se abrazan los unos a los otros, conmocionados, y una lluvia de confeti cae sobre ellos.
Candela se desternilla de la risa aplaudiendo; Dani da saltos sin sentido, con los brazos en alto; Rober les lanza besos a todos…
E Iris llora de la emoción, pero también sonríe y alza en el aire la guitarra de su hermano como si fuera el verdadero trofeo.
Sabía que iban a ganar. Se lo merecen más que nadie.
—Enhorabuena —susurro con un nudo en la garganta, a pesar de que solo me oigan los muebles que me rodean.
Los presentadores continúan hablando, explican que Francia se ha quedado en un segundo puesto merecidísimo y que esta noche ha sido la más memorable de la historia de EuroStars.
Lune Papillon acapara la pantalla, les da las gracias a todas las personas que han confiado en ella y que la han votado, y dice que está muy contenta con su posición y que se alegra de la victoria de sus contrincantes, con una sonrisa dibujada en los labios.
Ay, me siento fatal por haber apoyado más a España que a ella, que ha representado a mi país; pero no he podido evitarlo. Le propondré una colaboración más adelante.
Ahora, Lapislázuli se encamina hacia el escenario para volver a interpretar su canción, aunque se nota que los cuatro integrantes están hechos un flan, eufóricos y con la adrenalina a tope.
De pronto, siento una punzada extraña en el pecho porque, según nuestro contrato de relación fingida, debería haber estado esta noche allí, animando a Iris en persona y no desde la cama de este hotel impersonal.
Pero nuestra historia se ha ido al garete por no habernos comunicado entre nosotras y porque una de las partes decidió romperlo todo antes de tiempo.
Apago la tele con el mando a distancia antes de que Lapislázuli actúe de nuevo y las cámaras vuelvan a enfocar el rostro radiante de Iris mientras disfruta de su pasión.
Antes de que me quiebre en mil pedazos.
Me dejo caer sobre la cama y acaricio la púa que cuelga de mi cuello, con la vista fija en el techo.
Iris ha cumplido otro de los sueños de su lista. Y yo estoy aquí, sola, feliz por cada uno de sus logros y por los que vendrán de ahora en adelante, y preguntándome si algún día arreglaremos lo que sea que hayamos tenido con nuestro intento de relación amorosa.
Si alguien me pidiera un consejo en este momento de mi vida, le diría que ni se le ocurriera fingir un romance con nadie, porque luego acabas enamorada hasta las trancas de la otra persona y no hay vuelta atrás.
Aunque el mundo crea que lo nuestro ha sido una cruel mentira, lo que yo siento por esa rubia cascarrabias es demasiado real.
Llevo un par de horas metida entre las sábanas, pero no paro de dar vueltas sin poder pegar ojo.
Necesito un café, pero son las cinco de la mañana y no quiero molestar a recepción, aunque este hotel tenga servicio de habitaciones las veinticuatro horas del día.