Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 35. Iris #2
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35. Iris #2

Para no acabar al borde de un ataque de nervios, cada integrante de Lapislázuli está perdiendo el tiempo en algo: Rober engulle gusanitos como si no hubiera un mañana y yo no entiendo cómo puede comer en estos momentos; Dani se mensajea con Axel a la vez que camina de una punta a otra, cosa que me pone más histérica de lo que ya estoy; Candela se mete en el baño a toda hostia para atascar el váter; y yo me acomodo en un rincón del suelo, con las piernas cruzadas, el móvil y los auriculares puestos, para intentar relajarme con sonidos de lluvia.

No nos han vetado del concurso, porque el día que mis amigos se presentaron en mi casa para desayunar y hablar conmigo para aclarar las cosas, nos reunimos con Cruella de Vil y nos disculpamos con ella, aludiendo a que nos dio «una pataleta de artistas a causa de la tensión por concursar en el festival»; también le hemos prometido que seguiríamos sus recomendaciones a rajatabla, fingiendo ser los mejores títeres de este circo musical.

En cuanto al vídeo del mal… Ya no existe.

Por lo menos en mi perfil de Instagram, ya que decidí borrarlo nada más hablar con mi banda; no ha hecho falta que Cruella de Vil, Bruna o Lucien me pusieran una pistola en la cabeza cada uno.

Sin embargo, lo que es inevitable es que a la gente no se le ha olvidado todavía lo que he hecho, pero mantengo la esperanza de que, con el paso de los días, nadie se acuerde y empiecen a odiar a otro famoso.

Aunque eso sí: sigo sin visitar las redes sociales, porque no me apetece desanimarme.

El único momento en el que me metí fue para publicar una storie para disculparme con los fans, comunicarles que regresaba a la banda y que todo había sido un malentendido, porque inventarme que me habían hackeado la cuenta y habían subido un reel manipulado no iba a colar.

Y con Gabrielle aún no me he atrevido a hablar, a pesar de que mis amigos me estén animando para que le envíe un simple mensaje por WhatsApp.

Sé que está pasándolo peor que yo con el tema de que haya sacado a la luz nuestra relación falsa y que la mayor parte del planeta la deteste, como a mí; hasta ha desactivado su cuenta de Instagram (esto me lo ha contado Rober, que sigue intimando con el lameculo de la francesa y se ponen a cotillear como los marujos que son).

No sé cuánto tiempo transcurre desde que me sumerjo en mis pensamientos hasta que Dani me arrebata uno de los cascos para informarme de que nos tenemos que ir dentro de diez minutos.

¿Ya? ¿Tan rápido? Se me ha pasado este rato volando y no tengo ni idea de si me he tranquilizado, porque noto el estómago más revuelto y las manos más sudadas que antes.

Alguien llama a la puerta y Rober es el que decide abrir.

Será Bruna, supongo.

—¡Anda, la gabacha! —exclama mi amigo, y mis ojos se dirigen hacia ellos de manera automática—. Pasa, pasa.

Gabrielle se adentra en nuestro camerino, y Dani y Candela la saludan, sonrientes; yo mantengo mi mirada en ella durante un milisegundo y me levanto del suelo sin decir nada.

Ha asistido al festival porque es una de las artistas invitadas para promocionar su nuevo disco, que se publicará el lunes, y espero que el público la respete cuando salga a actuar, si no, se las verán conmigo.

—Solo quería desearos suerte para esta noche, aunque no la necesitéis; lo vais a hacer espectacular —nos dice dedicándonos una sonrisa sincera—. Me alegro de corazón de que Lapislázuli haya regresado.

Los tres le agradecen sus palabras, pero yo continúo callada e incómoda, y clavo mis ojos en una loseta del suelo.

—Me acabo de acordar de que tenemos que buscar ahora mismo, en el baño, esa cosa tan importante que os dije antes —suelta Candela con la vista fija en Dani y Rober, pero diciéndoles algo completamente diferente con su mirada.

Gabrielle frunce el entrecejo ante esa adivinanza y a mí me entran ganas de descuartizar a mis amigos.

—Ah, es verdad… —le responde Rober, que se golpea la frente con su palma, siguiéndole el rollo—. Ya se me había olvidado esa cosa tan importante.

—¿Qué cosa teníamos que buscar? —interviene Dani sin pillar nada.

Candela le contesta «anda, vamos» y lo coge del brazo para meterse con él y su hermano en el servicio, dejándome a solas con la francesa.

Serán cabrones.

Miro a Gabrielle y fuerzo una sonrisa; ella me imita.

—Bueno… —rompo el hielo.

—Bueno… —repite lo mismo que yo; la una enfrente de la otra—. ¿Qué tal? ¿Nerviosa?

—Demasiado —le respondo, escueta, porque a estas alturas no soy capaz de formar una frase con más de dos palabras.

—Mucha mierda otra vez. —Ahora su sonrisa parece genuina—. Lo vas a bordar.

—Lo mismo te digo —le contesto, porque no sé qué demonios decirle, y me río como una boba—. Aunque en tu caso sería que lo vas a bordar con tu nueva canción y mi púa colgando de tu cuello.

Sí, me he fijado. La francesa no se ha separado de ella ni una vez desde que se la regalé; la lleva a todas horas como complemento de sus modelitos. Pero pensaba que, después de nuestra pelea, se la había quitado.

Tras mis palabras, Gabrielle también se echa a reír.

—¡Ay, espera! —exclama como si se hubiera acordado de algo—. Te tengo que dar algo mío para que te dé suerte, como has hecho tú con tu púa.

—No hace falta.

Me ignora y se quita una de las tantas pulseras que decoran sus brazos, que imagino que serán las que les da suerte. Después, me sujeta la mano izquierda y me rodea la muñeca con ella, que es plateada y contiene un pequeño adorno: la inicial de su nombre.

No sé qué hacer ni qué decir ahora mismo, aunque tampoco me sorprende mi comportamiento. Con nervios o sin nervios, estando enfadadas o no estándolo, actuaría de la misma manera en estas circunstancias.

—Eh… ¿Gracias? —Insegura, intento llenar el ambiente con un poco de humor diciendo—: A ver si no me tiran huevos cuando sea el turno de Lapislázuli.

Gabrielle se ríe de nuevo.

—No creo. En el fondo os adoran.

—Ya. —Me muerdo el labio inferior—. En fin…

—En fin…

Nos quedamos mirándonos a los ojos sin saber cómo seguir con la conversación, pero con ganas de querer decirnos algo más.

—¡Todos a sus puestos, que va a empezar el circo! —Bruna irrumpe en el camerino, dando palmadas, y nos mira a la francesa y a mí, extrañada—. Uy, ¿interrumpo algo?

—No, no. Yo ya me iba —interviene Gabrielle, y los otros tres salen del baño, quejándose de que la telenovela entre nosotras se ha quedado en lo más interesante—. Venga, chicos, que vais a ganar. —Levanta el brazo con el puño cerrado, en un gesto de fuerza, y desaparece por la puerta.

Ladeo la cabeza hacia los teleñecos que han salido del servicio.

—¿Qué? ¿Ya habéis encontrado esa cosa de vital importancia?

—Claro que sí —responden los tres al unísono, y suspiro con exasperación.

Después de este momento tan emotivo, mi banda y yo abandonamos nuestro camerino.

Junto a los otros participantes, que también han salido de los suyos, nos encaminamos hacia la sala desde donde veremos las actuaciones de los demás, que cuenta con un montón de espacios reservados, cada uno con un par de mesitas de centro con bebidas y sofás, para que los representantes de cada país aguarden su turno.

Unos minutos más tarde, el programa comienza y los presentadores dan paso a Gabrielle para que inaugure el festival con su espectáculo.

La francesa aparece en pantalla junto a sus bailarines y se come el escenario durante el rato que dura su canción, con su presencia, su tutú violeta, los movimientos de su larga melena lisa, la coreografía con la que te hipnotiza, su voz melódica y dulce, su enorme sonrisa iluminando el recinto, mi púa moviéndose al compás sobre su pecho y, por supuesto, las Converse que también le regalé en su cumple.

Joder, es cautivadora.

Su show finaliza y el público estalla en aplausos y grita su nombre. Ella les da las gracias y les lanza un beso desde el escenario; yo agradezco que no le hayan lanzado huevos crudos ni la hayan abucheado, aunque tampoco me he enterado por lo ensimismada que he estado admirándola.

Y ahora sí, comienzan las actuaciones de cada participante. La primera es la del representante mamarracho de Alemania, que interpreta su canción disfrazado de salchicha, y nosotros aguardamos con paciencia (o impaciencia) a que sea nuestro turno.

¿Lo peor? Que somos los decimoterceros en tocar, y eso significa mala suerte, aquí y en Plutón. ¿De verdad no había otra posición? ¿Quién ha sido el gracioso en asignar el orden? Porque me están entrando muchísimas ganas de ponerme violenta con esa persona.

Pero no importa (já, ¿a quién quiero engañar?); saldré ahí fuera con mi grupo y haremos temblar el escenario con nuestra canción cañera.

Nada va a salir mal… O nada va a malir sal, más bien.

En cuanto el representante número doce defiende su tema y su país, nosotros nos preparamos en el backstage con lo que nos ha traído Bruna a escondidas.

Candela se desprende de la peluca azul, se suelta su melena morena y se enfunda un vestido corto de cuero, de color azul lapislázuli y ceñido, con medias de rejilla y botas altas negras; también se hace el eyeliner en cada ojo y se coloca sus preciados pendientes.

Los chicos se visten con un pantalón de cuero negro y botas estilo combat, aunque Dani decide no llevar ninguna prenda en la parte de arriba porque le apetece enseñar cacho para ser el favorito, y se pone su colgante del trébol y su anillo de compromiso; Rober saca a relucir su septum y se coloca una camiseta azul sin mangas, con el dibujo de una calavera; y yo he elegido unos pantalones cortos de cuero (también con medias de rejilla), una camiseta como la de Rober, pero con el dibujo de una mano haciendo el gesto de los cuernos, unas deportivas negras (adiós, taconazos) y, por supuesto, la guitarra de Pol.

Si nos echan de aquí, que sea con nuestra dignidad intacta.

Antes de manifestarnos en el escenario, los presentadores muestran nuestro vídeo introductorio en el que se cuenta quiénes somos, de dónde venimos, cómo se formó nuestra banda, cómo ha sido nuestra carrera musical y de qué trata nuestro tema.

—¿Tengo el pelo bien? —nos pregunta Rober, el único que no parece ansioso y al que solo le preocupa su melena (ni él ni Candela han modificado su cabello como Cruella de Vil les aconsejó), mientras esperamos entre bastidores a que nos den vía libre para salir a plató.

Candela se ha puesto a rezar y a pedirle a Dios que la ayude para no cagarse encima; Dani está haciendo ruidos extraños con la voz y yo soy la única que le responde a Rober:

—Dará igual cómo lo tengas, si te vas a despeinar moviendo la cabeza como un loco.

—También es verdad.

Nos dan permiso para salir, pero, unos segundos antes de hacerlo, formamos una torre con nuestras manos, una encima de la otra, con nuestras uñas pintadas también de azul lapislázuli y negro, para darnos suerte, fuerza y apoyo entre todos.

El primer sentimiento que me invade al pisar el escenario es el de pavor; el recinto es inmenso y provoca que me sienta como una pulga.

El público es infinito y necesitaría siete vidas para contar la gente que lo forma.

Diviso entre la masa las banderas de los distintos países de Europa y, entre ellas, descubro algunos grupos ondeando la de España; Axel y Gerard entre ellos.

Madre mía, esto impresiona de cojones. Hubiera sido buena idea ponerme un pañal, porque estoy cagada.

Bah, venga. Es solo una canción de menos de tres minutos.

Hemos tocado incontables veces desde que nació Lapislázuli; debería estar acostumbrada a esta situación, a pesar de que la de esta noche no sea una actuación cualquiera, sino la más importante de nuestra carrera y con la que llevamos años soñando.

Yo puedo.

Intercambio una breve mirada con mis amigos, que son mi familia, aunque no comparta sangre con ninguno.

Nosotros podemos.

Con el público y parte del mundo expectantes desde sus casas, Candela da tres golpes con las baquetas para marcar el inicio y, entonces, la púa se desliza por las cuerdas de la Telecaster de mi hermano, provocando los rugidos con los que comienza nuestra canción.

A continuación, el sonido de mi instrumento se mezcla con el del bajo retumbante de Rober, la voz grave y agresiva de Dani junto a su guitarra eléctrica, las explosiones y la fuerza de la batería de Candela y la letra original de nuestra canción, sin censura; todo en su conjunto ocasiona que el escenario vibre y cobre vida.

De pronto, los nervios se esfuman de mi ser.

Me siento como si estuviera tocando con mis amigos en mi garaje, en cualquier tarde de las muchas que hemos compartido, que mi hermano me está viendo desde el público, sonriéndome con orgullo, y que jamás existió ese maldito accidente con la moto a sus veintisiete años.

Con ese último pensamiento, me vengo arriba y aporreo las cuerdas de la guitarra con vehemencia, sacando la furia que habita en mi interior.

Para cuando nuestro momento de gloria llega a su fin, el público estalla en vítores, gritando el nombre de nuestra banda y el de nuestro país sin abuchearnos, y nosotros, eufóricos, les damos las gracias.

Aún no me creo que haya llegado viva al último segundo de la canción y que todo haya salido como hemos planeado.

Si ganamos o perdemos, da igual, porque lo único importante es que permanezcamos unidos.