Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 35. Iris
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35. Iris

Desde ayer, no paro de darle vueltas a lo último que me ha dicho Gabrielle.

Bueno, al pedazo de discurso que se ha marcado, en general.

Pero la última frase, en particular, es la que más me ha calado.

«Si tú no estás dispuesta a darlo todo ni a renunciar a tus intereses para dedicarte en cuerpo y alma al rock, entonces has hecho bien en abandonar Lapislázuli, porque este mundo tan duro no es para ti».

Lo peor es que la tía lleva razón en cada palabra, y eso es lo que más me duele.

Piensa que no soy valiente y que no tengo el coraje suficiente para hacerme un hueco en esa secta; que les he fallado a mis amigos justo cuando deberíamos estar más unidos que nunca; que también la he traicionado a ella cuando no se lo merecía…

Yo también pienso eso de mí y puede que me haya equivocado por haber actuado en caliente.

Ahora, analizando la situación en frío y en mi habitación de la casa de mis padres, me doy cuenta de que he sido una auténtica hija de puta.

Pero debía desahogarme para que esto no acabara matándome por dentro con lentitud, aunque para eso les haya tenido que hacer daño a mi familia elegida y a la chica que ha conseguido ganarse un pequeño lugar en ese órgano con forma de patata con brotes que late dentro de mi pecho.

Me disculparé con ellos cuando tenga las fuerzas suficientes, a pesar de que tenga todas las papeletas para que me manden a la mierda.

Unos golpes en la puerta de mi cuarto interrumpen mis cavilaciones. Estoy tirada en la cama, bocarriba, con la vista fija en el techo y las manos entrelazadas sobre mi estómago.

—No estoy disponible para nadie —le respondo a quien sea que quiera invadir mi espacio personal.

Pau entra de sopetón sin hacerme caso.

—Han venido tus amigos. Están en la cocina y me han dicho que te diga que, si no apareces en menos de cinco minutos, vendrán y te sacarán de aquí entre todos como si fueras el trono de una procesión.

Y toma esto, que estaba tirado en el garaje.

—Deposita sobre mi mesita de noche mi lista de cosas por hacer, estirada pero arrugada—.

Y Pol siempre estará orgulloso de ti. Hagas lo que hagas.

—Y se va corriendo sin cerrar la puerta tras de sí, con miedo a que le eche la bronca.

Exhalo con dramatismo.

Sabía que los lapislázulis se iban a presentar aquí, pero en vez de para hacer las paces, para tirarme de los pelos entre los tres.

Me levanto de la cama, aunque no me apetezca y me pese el cuerpo entero, cojo la lista y la intento planchar con las manos, aunque sea imposible que se quede lisa. La escondo en el bolsillo de mi pantalón, doblada en cuatro mitades, y abandono mi dormitorio para enfrentarme a la realidad.

No estoy preparada para sus caras de decepción y de cabreo, pero allá voy.

Me adentro en la cocina, apática y con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera, y me encuentro a mi banda sentada a la mesa y desayunando tan ricamente.

En teoría, ya no es mi banda porque me he ido, pero Lapislázuli siempre será mi hogar, aunque no forme parte de ella.

—Anda que tú también… —mi madre, que está de pie al lado de ellos, es la primera en decir algo, asintiendo despacio con la cabeza, en un gesto de reproche; Candela, Dani y Rober dirigen sus miradas hacia mí sin dejar de zampar—.

He tenido que hacer de anfitriona con tus invitados y prepararles el desayuno como ofrenda de paz mientras tú estabas con la mente en otro planeta.

—Estos solo han venido a gorronear —le respondo señalando con la barbilla el bufet libre que hay sobre la mesa con todo tipo de alimentos.

—Pero por lo menos hablaréis para arreglar lo que ha ocurrido, ¿no?

—Mi madre se recoloca la bata de andar por casa y me mira solo a mí—.

Con Gabrielle deberías hacer lo mismo, que menudos gritos dio ayer.

Para ser francesa, parece que se ha criado en España.

—Suelta un suspiro—. Lo buena pareja que hacíais y era mentira.

Mis amigos continúan callados, cotilleando la conversación entre mi madre y yo.

—Ya… Lo siento; sé que estabas muy ilusionada.

—¿Yo? Qué va, hija. —Hace un ademán con la mano, quitándole importancia—. Si ya lo sabía.

—¿Cómo que ya lo sabías? —Frunzo el entrecejo e intercambio una breve mirada con los invitados por si se han ido de la lengua sin querer, pero ellos se encogen de hombros como si no supieran nada.

—A una madre no le puedes tomar el pelo de esa manera —vuelve a hablar la mujer que me parió—.

Además, Gabrielle vino a escondidas al día siguiente de nuestra primera comida familiar y me contó la verdad.

La muchacha se sentía muy culpable por engañarme y me hizo prometerle que no se lo contara a nadie, que este sería nuestro secreto entre nuera y suegra de mentira.

Permanezco mirándola, ojiplática.

—Estoy flipando.

Mi madre me contesta que «no flipe tanto, tronqui» (palabras textuales) y me ordena que me siente para desayunar, porque desde ayer no le meto comida decente a mis tripas; después, les dice a los demás «que aproveche» y se marcha de la cocina para llevar al colegio a Pau.

Echo un vistazo a mis amigos. Candela está untando Nutella en una tostada; Rober, dándole un sorbo a lo que sea que se esté bebiendo y Dani, comiéndose a mordiscos una napolitana de chocolate, mirando a nadie en concreto.

Ahora que se ha ido mi madre, no sé cómo comportarme con ellos ni qué decirles.

Carraspeo y ocupo la silla libre que queda para hacerme un ColaCao frío con grumos, porque el café me va a poner más nerviosa de lo que ya estoy, aunque no lo parezca.

Ayer, durante la visita de Gabrielle, aparentaba estar tranquila, pero en realidad sentía un volcán en mi interior a punto de estallar.

Carraspeo, dándole vueltas con la cuchara a mi ColaCao.

—La he cagado mucho, ¿no?

—Suponemos que no te has metido en internet —interviene Dani con la boca llena—. Porque te han dicho de todo menos bonita.

—A ti y a Gabrielle —añade Candela, que deja el cuchillo en su plato y yo agradezco que sea de punta redonda, porque es capaz de lanzármelo a la cara sin ningún miramiento—.

Casi todo el mundo os está cancelando, vuestros últimos posts de Instagram se están llenando de insultos y la periodista con nombre de compresa no ha tardado en escribir un artículo bastante jugoso.

Artículo que ni he leído ni pienso leer.

Rober, que lo tengo al lado, posa su mano en mi brazo, en expresión de apoyo para preguntarme:

—Ahora lo importante: ¿tú cómo estás?

Dejo de marear el ColaCao y alzo la vista hacia ellos.

—Fatal, gracias. —Me encojo de hombros, intentando mostrar indiferencia—. Podría estar peor. ¿Y vosotros? ¿Ya habéis hecho el equipaje para el viaje a Roma? —Me meto una cucharada en la boca con unos grumos enormes.

—No vamos a participar en EuroStars —suelta Dani de sopetón, lo que provoca que los polvos del cacao se me vayan para otro lado y me atragante.

—¿Cómo? —me esfuerzo en decir entre toses, y Rober me da palmaditas en la espalda—. Ya me podéis explicar lo que ha pasado.

Por un instante, siento verdadero terror de que les hayan prohibido participar por culpa de haberla liado con mi vídeo.

Mientras terminamos el desayuno, entre los tres me cuentan lo sucedido, que no tiene ningún desperdicio: tras mi huida del ensayo y sacar los trapos sucios en el reel, Cruella de Vil les aconsejó buscar otra persona para tocar la guitarra eléctrica en el festival (una que no diera tantos problemas como yo) o prescindir de un cuarto integrante y que Dani, además de ser el vocalista, también fuera el guitarrista principal, pero ellos se negaron en rotundo y le respondieron que Lapislázuli lo formamos los cuatro, que no necesitaba una sustituta y que, sin mí ni la Telecaster de mi hermano, la banda no tocaría en EuroStars ni en ningún otro sitio.

O los cuatro o nada.

—¿Cómo que no vamos a participar? —inquiero, pero enseguida me corrijo, sacudiendo la cabeza—: ¿Cómo que no vais a participar? Es nuestro sueño desde hace años. —De nuevo, rectifico—: Vuestro sueño.

—Nena, deja de hablar de esa forma, que me estás poniendo nerviosa. —Candela, que se encuentra a mi derecha, me regala un ligero empujón en el hombro—. Si no vamos los cuatro de la manita, no va ninguno. Y punto.

—No vamos a permitir que abandones la banda, aunque te hayas empeñado en hacerlo —interviene Dani.

Me masajeo las sienes, agobiada.

—Sois idiotas y me estáis jodiendo con esta decisión absurda.

No voy a consentir que dejen pasar esta oportunidad tan valiosa.

Vamos, por encima de mi cadáver.

Me pongo en pie, arrastrando la silla hacia atrás, y apoyo las palmas en la mesa, mirándolos uno a uno porque se me ha ocurrido la idea del siglo.

—Escuchadme con mucha atención: Lapislázuli va a participar el sábado en EuroStars y va a ganar el trofeo con la estrella de cristal como que me llamo Iris Llorens Castro.

¿Estamos? Y si para eso tengo que estrangular a esa Cruella de Vil para que no nos trate como marionetas ni nos toree, la estrangulo con mis propias manos y se acabó.

—¿Vas a renunciar a tocar con la guitarra de tu hermano por Lapislázuli? —me pregunta Rober con curiosidad.

—No he dicho eso, como tampoco he mencionado que le tengamos que hacer caso a esa mujer en todo lo que nos ordene.

—Ya sé por dónde vas —suelta Candela con una sonrisa maliciosa, porque sabe a la perfección por dónde voy.

—Yo creo que también —vuelve a intervenir Rober.

—Pues yo no me he enterado de nada —admite Dani, confundido, y los demás ponemos los ojos en blanco—. ¿Quién me lo quiere explicar con peras y manzanas?

Y llegó el gran día.

Estamos en nuestro camerino del Palacio de los Deportes de Roma, esperando a que empiece el festival tras haber ensayado la semana entera en este lugar con los representantes de los demás países.