Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 34. Gabrielle
87%

34. Gabrielle

Estoy sentada en el sofá con el portátil sobre las piernas, los pies apoyados en un cojín encima de la mesita de centro y Bartolamiau a mi lado, echándose la siesta, mientras de fondo se escucha la lluvia, que ha comenzado hace unos minutos.

Hoy toca día de relax en mi casita de Barcelona, escribiendo mi autobiografía, y ha llegado el momento de redactar el capítulo de mi romance con Iris.

Desde que nos conocimos hasta ahora. Y no sé por dónde empezar, a pesar de que Lucien me haya montado un resumen detallado de lo que debo desarrollar y su consejo solo haya sido «es como si estuvieras escribiendo una novela romántica sáfica entre dos artistas del mundo de la música. Échale imaginación, chocho».

¿Cómo llaman los novelistas a este proceso?

¿Miedo a la página en blanco? ¿Bloqueo de escritor?

¿Síndrome del impostor? No tengo ni idea y debo entregar el borrador del manuscrito en dos semanas, porque la editora ya está metiéndole prisa a Lucien para hacer los últimos retoques antes de las vacaciones de verano y poder publicar el libro a mediados de septiembre.

Vacaciones para la editorial, porque yo tengo la gira mundial de mi próximo álbum.

Necesito un café bien cargado.

Abandono el portátil en la mesita y me encamino hacia la cocina para poner en marcha la cafetera.

Mientras aguardo de pie, apoyada en la encimera y de brazos cruzados, a que se prepare mi combustible con el delicioso aroma inundando mi alrededor, Lucien regresa de la calle y entra como un vendaval, gritando mi nombre por toda la casa, atacado de los nervios.

—¡Gabby! ¡Gabby!

Extrañada y asustada, salgo al pasillo por si ha ocurrido algo grave.

—¿Qué te pasa, Luci?

Mi amigo, que estaba buscándome en el salón, se acerca a mí y posa sus manos en mis hombros para mirarme a los ojos y soltarme lo que sea que lo tenga tan desquiciado.

—Tienes que ver el vídeo que ha publicado Iris en su cuenta de Instagram.

—¿Un vídeo? —Arrugo el entrecejo—. ¿Qué vídeo?

—Ve a verlo.

Esto me da muy mala espina.

Mi amigo y yo entramos de forma atropellada en el salón y recupero el móvil del sofá. Con el dispositivo en las manos, me meto en Instagram y la primera publicación que me aparece es el vídeo de Iris.

—Mejor será que lo veas sentada —me recomienda Lucien, y me obliga a acomodarme en el sofá; él se queda de pie, comiéndose las uñas.

Me aterra darle al play. Viendo el comportamiento de mi amigo, sé que no me va a gustar el contenido de ese vídeo.

Respiro hondo y cuento hasta tres con los ojos cerrados. A continuación, los abro y reproduzco ese reel, donde sale Iris sosteniendo la guitarra roja de su hermano, en el suelo de su garaje.

—Hola a todos —comienza a hablar, mirando a la cámara con el semblante más serio que le he visto desde que tengo el placer de conocerla—.

Jamás imaginé que iba a grabar este vídeo, pero aquí estoy.

—Hace una breve pausa y suspira—. La música empezó siendo un hobby, un sueño…

Mi refugio. Pero ahora se ha convertido en una jaula y siento algo que nunca creí que sentiría por ella y lo que la rodea: odio.

Por eso he tomado la decisión de abandonar Lapislázuli.

No es porque no quiera a mi banda; al contrario, quiero a mis amigos con toda mi alma y daría mi vida por ellos si hiciera falta…

En realidad es porque, desde que saltamos a la fama, siento que me estoy perdiendo a mí misma en ese mundo que no está hecho para mí.

He forzado sonrisas, he tenido que ceder ante cosas con las que no he estado de acuerdo, he obedecido otras tantas y he mentido, cuando yo no soy así y siempre voy con la verdad por delante.

Y solo por el módico precio de querer dedicarme a mi pasión.

Ha llegado un punto en el que me he cansado; no todo vale para ganarse un hueco en la música.

Pauso el vídeo con un nudo en la garganta porque esto es demasiado.

—¿Cómo que deja Lapislázuli? —Alzo la mirada hacia Lucien—. Pero ¿qué ha pasado?

¿Será por la discusión que tuvimos en su ensayo?

Mi amigo deja de devorar sus uñas para contestarme con cierta ironía tensa:

—Sigue viendo, cariño, que ahora viene la mejor parte.

Le hago caso y, de nuevo, le doy al play para seguir viendo lo que me queda de vídeo, con el corazón encogido porque sé, por la actitud y las palabras de Lucien y por el comportamiento de Iris, que voy a acabar destrozada.

—Por otro lado, también debo ser honesta con vosotros, con las personas que me habéis apoyado desde el principio y las que me habéis conocido durante estos meses.

No puedo seguir mintiéndoos, porque no está bien y ser así no encaja conmigo.

—Toma aire y exhala despacio—. La relación que mantengo con Gabrielle Leroux no es real.

Se trata de un acuerdo entre las dos por lo que ocurrió aquella noche de finales de febrero, en la salida del evento de Madrid, cuando le rompí la falda de tul sin querer y nos peleamos en público, para calmar la guerra que se formó y no afectara a la participación de Lapislázuli en EuroStars ni al lanzamiento del nuevo álbum de Gabrielle.

Fue una estrategia de marketing que no debería haber aceptado, porque me siento culpable por haberos engañado con algo que os ha hecho tanta ilusión.

Perdón por haberos defraudado, traicionado y mentido, y comprenderé si os cabreáis conmigo.

Me lo merezco. Solo os pido una cosa: que no os enfadéis con Gabrielle ni con Lapislázuli, que ellos no tienen la culpa de nada; yo asumiré la responsabilidad y las consecuencias de esto.

Lo siento, Dani, Candela, Rober… Y Gabrielle —mi nombre lo pronuncia con la voz quebrada—. Gracias por haberme escuchado.

Y el vídeo llega a su fin.

Permanezco unos segundos contemplando la pantalla negra, sosteniendo con mis manos temblorosas el móvil y procesando lo que he visto y escuchado.

¿Qué carajos…?

No entiendo absolutamente NADA de lo que acaba de suceder. Necesito una explicación de inmediato.

Una explicación de parte de Iris.

Cara a cara.

Apago el teléfono, porque se me ha llenado de notificaciones, llamadas y mensajes en cuestión de un rato, y me levanto como un resorte del sofá.

—Salgo un momento —informo a Lucien, que ha estado callado todo el tiempo mientras yo asimilaba el vídeo.

—¿A dónde vas? —quiere saber, persiguiéndome por el pasillo—. ¿Y así vestida? ¿Te acompaño?

Llevo unas mallas, una sudadera y unas zapatillas de andar por casa; no me apetece perder minutos cambiándome de ropa porque quiero encontrar a Iris en su garaje, aunque nada me garantiza que siga allí cuando llegue o que el vídeo lo haya grabado justo antes de publicarlo; quizá lo tenía preparado de otro día y ha esperado a hoy para mostrárselo a todos.

—No —le respondo a mi amigo, cortante.

—Vale, pero no dudes en llamarme si necesitas ayuda.

Le contesto que no se preocupe, me hago con las llaves del mueblecito del recibidor y conduzco, con lluvia incluida, en dirección a la casa de los padres de Iris, que ya ni son suegros de mentira ni son nada, porque ella se ha encargado de destapar la verdad sin consultármelo.

No sé si estoy furiosa, dolida, confundida, humillada, traicionada… O siento una macedonia de esos estados emocionales.

Una vez que llego a mi destino, aparco frente a la vivienda, me apeo del vehículo y camino hacia el garaje, pisoteando los charcos y empapándome entera.

Noto que también se me mojan las zapatillas, los calcetines y los pies como si los hubiera metido en el fondo del mar, pero me da lo mismo, porque lo importante ahora es hablar con la mujer que ha puesto mi vida patas arriba.

Aporreo el portón cerrado con mi puño varias veces.

—¡Iris! —la llamo—. ¡Ábreme, que tenemos que hablar! ¡Sé que estás ahí dentro!

No soy una chica que se exprese mediante gritos como cual verdulera, pero no puedo evitarlo. La furia le gana a las demás emociones que estoy experimentando.

Como la rubia no da señales de vida, continúo vociferando su nombre y golpeando el acero sin parar, convirtiendo mi mano en papilla y maltratando mi voz.

¡Será posible!

—¿Ni siquiera te atreves a dar la cara, cobarde?

—la provoco, pero como sigo sin obtener respuesta, añado—: Me da igual.

Pienso quedarme aquí hasta que me abras.

No sé si lo sabes, pero está cayendo un buen aguacero; si no me mata una pulmonía, lo hará un rayo, porque llevo encima el móvil encendido —miento para comprobar si se le ablanda la roca que tiene por corazón—.

¡La próxima integrante del Club de los Veintisiete voy a ser yo!

Sé que esa última frase ha sobrado y ha sonado a amenaza, pero tengo la adrenalina a tope y se me ha escapado. No obstante, parece que surte efecto, porque el portón se eleva con lentitud y me topo con Iris y su semblante neutro.

—¿Eres consciente de lo que acabas de formar? —es lo primero que le digo, todavía con las gotas de agua cayendo sobre mí—. ¿Por qué, eh?

Ella se cruza de brazos, supertranquila.

—Tenía que hacerlo. No aguantaba más.

—¿Me dejas pasar para que me lo expliques con más calma y detalladamente en lugar de contármelo aquí, mientras me empapo aún más de lo que ya estoy?

—De acuerdo. Entra. —Hace un ademán con la cabeza, indicándome que pase.

Cuando me adentro en su guarida, ella vuelve a cerrar el portón y toma asiento en el sofá de cuero, abrazando un cojín como si se estuviera protegiendo a sí misma; yo decido quedarme en pie, con los brazos en jarras y mirándola, aguardando a que se explique.

—¿Y bien? Ya puedes empezar.

—Si es que no sé cómo. —Me aparta la mirada y se pone a juguetear con el borde del cojín—.

Ese mundillo de falsedad me tenía hasta los ovarios y he llegado al límite.

Estos meses he sentido que no era yo con tantas mentiras, cambios con los que no estaba cómoda y sumisión, así que hoy, con la visita de Cruella de Vil y sus ataques, ordenándome que tirara a la basura la guitarra de mi hermano porque rompía la estética en el escenario, he explotado.

Dios mío, se expresa como un robot. No atisbo ni una pizca de emoción en su cara; es como si algún ente extraño le hubiera borrado la humanidad.

—¿Y no podías haber hablado conmigo antes de tomar una decisión por tu cuenta? —le recrimino sin desviar mi vista de ella—. Me hubieras contado que estabas cansada de fingir y lo habría entendido. Podríamos haber grabado ese vídeo juntas.

—No; tenía que hacer esto yo sola.

—¿Por qué? ¡Esto también me incumbe a mí!

Suspira con pesadez.

—Porque no debería haber aceptado nuestro acuerdo de la relación falsa; me arrepiento de no haber seguido oponiéndome a ese paripé cuando nunca he estado conforme.

No me lo puedo creer. ¿Cómo puede ser tan egoísta?

—Pero ¿qué dices? —Me paso una mano por el rostro, alterada—.

¿Sabes lo que has conseguido con lo que has hecho?

¡No somos personas anónimas! ¡Ahora todo el mundo va a cancelarme por tu culpa!

Justo cuando estoy a punto de sacar mi décimo álbum y quedan solo unos meses para que se publique mi autobiografía.

—Me pongo a dar vueltas por el garaje, de un lado a otro—.

Mis fans van a creer que los he engañado y dejarán de apoyarme; se sentirán traicionados por la artista a la que admiran.

Todo lo que he alcanzado con tanto esfuerzo durante años se va a ir al traste y me hundiré en la miseria por un vídeo de dos minutos.

Ni pedirle que lo elimine serviría, porque lo habrá visto la mayor parte de nuestros seguidores (y no seguidores) y se lo habrán descargado de manera ilegítima o habrán utilizado alguna aplicación para grabar la pantalla.

Todo lo que se publica en internet, a día de hoy, es imborrable. Y solo basta una imagen, un bulo o un vídeo de tres segundos para derrumbar tu carrera.

Iris se atreve a posar su mirada en mí y sonríe, resignada.

—¿Eso es lo único que te importa? ¿El qué dirán? —me pregunta, y me parece antinatural lo relajada que continúa estando—. ¿Tu fama? ¿Lo que piense gente que ni conoces? —Suelta una risa amarga—. ¿Por una industria que apesta y que te trata como un producto?

Paro de recorrer la minúscula cochera, porque no quiero marearme, y vuelvo a centrarme en la rubia con las manos en la cintura, en expresión desafiante.

—No es solo eso: es la manera en la que me gano la vida.

Es mi pasión, aunque a veces haya tenido que ceder y soportar cosas que no me gustaban, porque no es un camino de rosas ni te regalan nada.

Tienes razón en lo de que apesta, pero lo bueno compensa lo malo, ¿sabes?

Que la gente disfrute de tus canciones y se sienta identificada con ellas, que te apoye, que coree tu nombre, que tararee tus letras, que venga a tus conciertos para verte expresamente a ti…

—Esbozo una ligera sonrisa—. Es una sensación que no se puede explicar con palabras.

—Y enseguida vuelvo a ponerme seria para agregar, apuntándola con el dedo índice—: Además de exponerme a mí públicamente, también has dejado tirados a tus amigos unos días antes del festival, y eso, en mi opinión, está bastante feo.

Estoy segurísima de que a ellos tampoco les hace gracia obedecer a esa mujer, pero ahí se han quedado: aguantando.

Si tú no estás dispuesta a darlo todo ni a renunciar a tus intereses para dedicarte en cuerpo y alma al rock, entonces has hecho bien en abandonar Lapislázuli, porque este mundo tan duro no es para ti.

Sin decir nada más, porque ya he vomitado lo que tenía pensado soltarle, me doy la vuelta y abro el portón dándole al botón, para después esfumarme del garaje, dejando a Iris junto a su frialdad en ese sofá, espero que reflexionando sobre mis palabras.

Me quedo sentada en mi coche unos minutos, con un nudo en la garganta y las lágrimas a punto de salir de mis cuencas, observando cómo las gotas de lluvia golpean el parabrisas y algunas se deslizan por él.

Aún mantengo la esperanza de que Iris venga corriendo hasta mí para disculparse.

Pero no lo hace, porque el portón se cierra otra vez y ella se queda en el interior del garaje.

Y yo conduzco en dirección a mi casa, con ríos recorriéndome las mejillas.