Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 33. Iris #2
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33. Iris #2

—No va a pasar nada porque la chica quiera tocar con esa guitarra —interviene Bruna—. Qué más dará un color u otro cuando lo importante son ellos como banda y la canción.

Clara manda callar a nuestra mánager con un sutil movimiento de la mano y siento la tensión flotando en el ambiente. Deduzco que mis amigos se están aguantando hasta la respiración y las ganas de pestañear.

—Creo que aún no has entendido cómo funciona esto —me habla Clara sonriéndome como si yo fuera tontita, y señala la guitarra—. Eso que tienes ahí, fuera. Es innegociable.

Trago saliva y hago todo lo posible para no olvidarme de respirar.

Hasta aquí he llegado. Se acabó.

—Pues lo siento, porque si esta guitarra no va a EuroStars, yo tampoco. —Me quito el brazo de Dani de encima y me largo de esta sala con la guitarra y la cabeza bien alta, no sin antes desprenderme de los puñeteros tacones y abandonarlos en el suelo.

Me adentro en el vestuario para mandar al garete los trapos con los que me han vestido como si fuera una muñeca y me vuelvo a poner mi ropa.

Con la que soy yo misma. La Iris de siempre y no la Iris desconocida.

Unos minutos después, mis amigos y Bruna aparecen detrás de mí, preocupados. No han venido al instante porque habrán estado hablando entre ellos sobre lo sucedido.

—Vale, reunión de urgencia —suelta nuestra mánager, y da una palmada; Rober cierra la puerta.

—Esa tía se ha pasado de lo lindo —interviene Dani mirándome—. Sobre todo contigo.

—Me han entrado unas ganas de agarrarla de esa cola de caballo y revolearla por los aires como si fuera un helicóptero que no os lo podéis ni imaginar —comenta Candela haciendo con su mano los gestos que está describiendo—. Ella sí que es una basura.

—Sabemos lo importante que es esa guitarra para ti y lo que significa. Ante todo, te apoyamos —ahora es Rober el que me habla—. Pero… —No acaba la frase porque sé que tiene miedo de mi reacción si la dice completa.

—Pero ¿qué? —le espeto.

—Quizá no pasaría nada por ceder un poco —lo ayuda Dani intentando convencerme—. Solo será un día. —Se muerde el labio, dudoso—. ¿Qué digo un día? Los tres minutos que dure la actuación en el festi. Después, podrás usar esa guitarra en nuestros próximos conciertos.

—Exacto. —Candela se pone de parte de ellos y, por cada sandez que dicen, algo dentro de mí se rompe—. Todos vamos a ceder en algo, aunque no estemos de acuerdo. Debemos hacerlo y aguantar por Lapislázuli.

No me puedo creer lo que estoy oyendo.

No sé quiénes son estas personas que están delante de mí.

—No es solo por la guitarra; eso es la gota que ha colmado el vaso.

¿De verdad estáis dispuestos a cambiar nuestra esencia y a actuar como títeres por un simple concurso musical?

—declaro, perpleja—. Es cierto que participar en EuroStars ha sido nuestro sueño durante muchos años.

—Mientras hablo, los miro uno por uno—. ¿Creéis que vale la pena tragar con todo y que nos conviertan en un producto comercial?

Han censurado parte de nuestro tema y nos han disfrazado de peleles.

¿No puede haber palabrotas en nuestra canción, pero sí nos visten enseñando cacho?

Un poco hipócritas, ¿no? —Dejo escapar un profundo suspiro—.

Lo siento, pero a mí se me han quitado la ilusión y las ganas de tocar en ese festival que solo se centra en cosificarnos y no en la música.

Cuando doy por finalizado mi discurso, el silencio se vuelve a apoderar del ambiente y mis amigos me apartan sus miradas y permanecen callados.

Por primera vez en sus vidas se quedan mudos. Cuando todo se está yendo a la mierda.

—No vais a decir nada, ¿no? —inquiero sin sorprenderme siquiera, y asiento con la cabeza, decepcionada—. Muy bien. Conmigo no contéis. Os recomiendo que os busquéis otra guitarrista, porque yo abandono el barco. —Y huyo de aquí, protegiendo la Telecaster entre mis brazos.

Sin mirar atrás y sin que me detenga nadie.

Me he cansado de ser una marioneta, de sacrificarme, de mentir, de obedecer, de agachar la cabeza, de la maldita fama…

Si dedicarme a lo que más quiero significa pasar por todo eso y perderme a mí misma… Entonces no vale la pena.

—Gracias; quédese con el cambio —le digo al taxista tras pagarle el trayecto desde el estudio de ensayos hacia la misma puerta de mi casa de toda la vida, y me apeo del vehículo.

Mi padre estará trabajando; mi madre, haciendo la compra o dándose una vuelta por la ciudad; y Pau, en el colegio, por lo que nadie me molestará.

He venido en taxi y no en transporte público porque necesitaba privacidad; no tenía ganas de que la gente me reconociera, ponerles buena cara y hacerme fotos con ellos.

Anhelo ser la persona normal y corriente que vivía sumergida en el anonimato.

Cuando voy directa al garaje con la guitarra a cuestas, Pau sale escopetado de la casa, ataviado con su pijama de Lilo solo me apetece estar sola. Métete en casa, por favor —le ordeno haciéndole un gesto con la cabeza hacia la puerta de la entrada—. Y ya hablaremos sobre inventarse enfermedades para saltarse las clases.

Pau me responde con un «vale» desganado y se da media vuelta para entrar en nuestro hogar; yo abro el portón del garaje.

Una vez dentro, lo vuelvo a cerrar para que nadie venga a buscarme y enciendo la luz.

Me siento en el suelo con las piernas cruzadas, saco mi lista de cosas por hacer del bolsillo de mis vaqueros y la leo entera, pero solo me centro en cuatro puntos.

Participar en EuroStars.

Que Pol esté orgulloso de mí.

Hacer sacrificios por Lapislázuli.

No perderme a mí misma por el camino.

Ni voy a participar en ese festival (al menos, de la forma en la que todos quieren) ni voy a sacrificarme más por la banda; si lo hiciera, no cumpliría la última opción y mi hermano no se sentiría orgulloso de mí allí donde esté.

Niego con la cabeza, echándole un último vistazo a las palabras que se encuentran escritas en este papel, decepcionada conmigo misma y con Lapislázuli, porque ya carecen de sentido.

En un impulso, formo una bola arrugada y la intento encestar en la papelera de la esquina, pero se cae fuera.

Después, coloco el móvil con la cámara encendida en un pequeño trípode que he cogido de una de las estanterías y me vuelvo a acomodar en el suelo, en la misma posición que hace unos segundos, pero con la Telecaster sobre mi regazo.

Sé que me voy a arrepentir por lo que voy a hacer, pero debo ser sincera con el mundo.

Conmigo misma sobre todo, aunque me lleve por delante a la gente que quiero y a la que he empezado a querer.