Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 33. Iris
84%

33. Iris

En el siguiente ensayo antes de que viajemos a Roma, debo volver a probarme, ya con los retoques, el par de trapos y los tanques que me pondré para el festival, porque nos visitará otra vez la jefa de la delegación española del terror, con la intención de hacer las últimas modificaciones del estilismo, la actuación y la puesta en escena.

Y desde ya pienso que los posibles cambios no van a ser de mi agrado, teniendo en cuenta que esa tipa nos ha censurado parte de la canción y que tocaré la guitarra casi en bolas y con miedo a acabar con una torcedura de tobillo de grado tres.

Analizo mi figura en el espejo y no reconozco a la chica que me mira a través de él, con esta especie de top-sujetador amarillo de lentejuelas, con el que tengo la sensación de que se me van a salir las tetas; esta falda tan corta que parece un cinturón, con la que voy a enseñar todo el asunto; y los tacones de aguja, que aún no me los he puesto, para desafiar la gravedad y acabar poniéndome en evidencia sobre el escenario de la hostia que posiblemente me pegue.

La gente me va a ver como un objeto y no como la guitarrista de Lapislázuli.

En cuanto a Gabrielle… No he vuelto a hablar con ella. Tras enfadarme en el ensayo de hace un par de días, se despidió de nosotros y se marchó a su chalet con la excusa de que tenía cosas que hacer, porque en breves se publica su álbum.

Después de enterarme de que ha leído algo tan íntimo, no me apetece ni verla.

—Chicos. —Bruna golpea la puerta de la sala de vestuario y se invita a sí misma a pasar—.

¿Estáis listos? Ya ha llegado la prima perdida de Risto Mejide.

—Nos echa un rápido vistazo a cada uno y ahoga una risita—.

Vaya cuadro. —Y hace un ademán con la cabeza—.

Vamos, que tiene cara de venir calentita.

Suelto una exhalación e intercambio una mirada con mis compis, que tampoco los reconozco: Dani y Rober, sin camiseta y con unos pantalones amarillos horribles con lentejuelas; y Candela, con un conjunto igual que el mío, pero con unas botas altas que le llegan hasta el muslo, en lugar de tacones.

Menudo circo.

—Aguantemos, que no es para tanto —nos dice Dani.

Demasiado estoy soportando ya.

Un par de golpes en la puerta entreabierta que ha dejado Bruna nos interrumpe.

Clara Valdivieso, alias «Rista Nosjode» o «Cruella de Vil», asoma la cabeza y se adentra en la sala sin permiso, con su aspecto de persona seria y formal: un soso traje negro e impoluto y su pelo rubio de bote recogido en una coleta alta y bien apretada.

—Buenos días —nos saluda en tono robótico, y pasea sus ojos escrutadores por cada miembro de Lapislázuli—. Voy a ver qué tal os queda el vestuario.

Nos colocamos delante de ella, hombro con hombro y alineados como si fuéramos maniquíes, aguardando su veredicto, que tiene pinta de ser cruel y despiadado; Bruna permanece a unos metros de nosotros.

Rista primero se centra en Rober, que es el que encabeza la fila, y lo mira de arriba abajo, asintiendo con aprobación, pero enseguida empieza a ponerle pegas.

—Tienes un aspecto agradable a la vista y un cuerpo trabajado, pero quizás estarías mejor si te rapamos media cabeza y te dejamos el pelo largo en la otra mitad —la tía da su opinión sin despeinarse, y luego le señala la nariz—. Ese piercing, fuera. Te afea el rostro.

Yo me quedo a cuadros y parece que Rober también por cómo enarca una ceja, porque antes se muere que cortarse un pelo y quitarse el septum.

—Claro, lo consultaré con la almohada —le responde con ironía, pero la otra ni se da cuenta de que la está vacilando.

Ahora es el turno de Candela, y también la mira con satisfacción antes de vomitarle su veneno.

—Bien. Con esas proporciones y tu altura, podrías haber sido modelo, pero has decidido permanecer sentada en una banqueta.

—Hace una mueca con los labios—. Vamos a teñirte de azul eléctrico para que llames la atención; al estar tocando la batería y tus compañeros brillando delante, pasas a un segundo plano, donde nadie se fija en ti.

—A continuación, apunta con su dedo hacia los pendientes sagrados que le regaló Gerard—.

Quítate esos aros de barriobajera; dan mala imagen a la banda.

Ah, y ya hablaremos sobre ese eyeliner en el momento de maquillarte.

¿Esta señora quién se ha creído que es?

El silencio y la tensión inundan el ambiente y desviamos la mirada hacia Candela, que está apretando la mandíbula y los puños tras la espalda, con ganas de propinarle un puñetazo a la tía, igual que yo. Sin embargo, le sonríe con falsedad y le responde:

—Por supuesto. —Y se dispone a desabrocharse los pendientes mientras yo la observo de hito en hito.

Después, le toca a Dani recibir la avalancha de «cumplidos», aunque lo mira con desaprobación.

—Alto y guapete de cara, pero deberías haber ido al gimnasio estos meses para aumentar la musculatura.

En una semana no podemos ponerte en forma.

—Su vista se dirige hacia el colgante de trébol de cuatro hojas que lleva y hacia su mano izquierda, concretamente al anillo de compromiso—. Ese collar y esa alianza, al cajón.

—¿Qué dices? —le espeta mi amigo, molesto.

—Sois una banda de rock, no un grupo de K-pop para llevar tantas florituras.

¿Y las lentejuelas no son florituras? Con ellas en la actuación no necesitaremos ni focos.

Candela, que está al lado, le da un codazo disimulado a Dani; este bufa, pero cede ante lo que le ha «aconsejado» la robot.

Puf. Rober, con media cabeza rapada y sin su piercing en la nariz; Candela, teñida de azul y sin los pendientes; Dani, sin su colgante ni el anillo…

Los tres, agachando la cabeza ante todo.

Estos no son mis amigos de toda la vida.

La última en recibir los supuestos halagos de esta mujer soy yo y me preparo mentalmente para escucharlos, respirando hondo, cuando se detiene frente a mí y me analiza con su mirada crítica.

—¿Qué hacemos contigo? —pregunta a nadie en particular.

Después, suelta un suspiro exagerado, como si yo fuera un caso perdido, y centra su vista en mi calzado—.

¿Qué haces con esas deportivas? ¿Por qué no te has puesto los tacones sabiendo que quiero veros ensayar con vuestros conjuntos como si estuvierais tocando en el día de EuroStars?

—No pienso llevarlos —le respondo, tajante—. No sé andar con ellos, menos voy a saber dar saltos sobre el escenario con las agujas que tiene.

Ahora es Dani el que me regala un codazo a mí y Clara me sonríe con cinismo.

—Tu opinión no importa; debes obedecer lo que se te ordene y punto —me contesta, y su rostro se vuelve más serio y frío, borrando su sonrisa cínica para ordenarme—: Ponte ahora mismo los tacones y practica todo lo que puedas antes de la actuación final.

Con tu estatura no debes ir con calzado plano, que tus compañeros son altos y vais a estar descompensados.

—A continuación, nos mira a todos—. Vamos a la sala de ensayo, que ya hemos perdido demasiado tiempo.

—Y desaparece del vestuario, acompañada del sonido de sus zapatos de tacón, no tan altos como los que me han asignado a mí.

Mi banda y yo nos reunimos durante unos segundos para criticar a esa tía y le pedimos a Bruna que haga algo para que no nos convierta en títeres, pero nuestra mánager solo dice que ella ni pincha ni corta en esta situación, porque las instrucciones vienen de los mandamases del festival.

Al final, mis compis y yo no tenemos más remedio que ponernos de acuerdo en que debemos hacer esto por la banda, aunque no nos guste.

Solo es una vez.

Por Lapislázuli.

Me cambio las zapatillas de deporte por las grúas y me dirijo con mis amigos hacia la sala de ensayo, agarrada del brazo de Rober, caminando con torpeza e intentando mantener el equilibrio, como si fuese una bailarina que está aprendiendo a bailar de puntillas.

Cuando cada uno se coloca en su puesto con su instrumento, Clara nos vuelve a escrutar con su mirada crítica y le solicita a Rober que sustituya su bajo marrón por uno negro, que encaja mejor con la estética de la puesta en escena.

Él le hace caso sin rechistar y yo, por supuesto, no me libro de los anticonsejos de la mujer tras mirar la Telecaster de mi hermano.

—No, no, no. —Niega con la cabeza con firmeza mientras mueve el índice de un lado a otro—.

¿A dónde se supone que vas con esa guitarra?

Aparte de que es roja y rompe al completo la armonía de colores, tiene marcas de desgaste y luce estropeada.

Te ordeno que la tires a la basura en este momento y la cambies por una negra, que vas a dejar la reputación de Lapislázuli por el subsuelo si usas ese trasto.

—Y tiene los santos ovarios de contemplar el instrumento con aversión—.

Parece que la acabas de sacar de un vertedero lleno de ratas.

Qué cosa más antiestética, por favor. —Mueve la mano en un gesto de rechazo—. Aparta eso de mi vista de inmediato.

Y dejo de escuchar las barbaridades que sigue soltando por esa bocaza ponzoñosa porque no puedo más; solo advierto cómo Dani me rodea el cuello con un brazo, dándome su apoyo.

Que modifiquen algunos versos de la canción: aceptable.

Que me quieran vestir como un objeto: aceptable también.

Pero que me prohíban tocar con esta guitarra que a ella le da asco y que a mí me recuerda a alguien que ya no está: por encima de mi cadáver.

Cruella de Vil chasquea los dedos delante de mi cara para que regrese al mundo real; yo poso la mirada en ella y tomo aire, sujetando la Telecaster con fuerza para no perder los nervios. Mis amigos y Bruna continúan en silencio.

—¿A qué estás esperando? —me espeta la mujer—. Deshazte de esa basura y coge otra guitarra.

—No —le respondo con voz tranquila.

Ella arruga el ceño porque no se esperaba mi contestación tan directa, acompañada de mi serenidad.

—¿Cómo?

—Que no me voy a deshacer de esta guitarra. Jamás —insisto, segura de mi decisión—. Es la que pienso llevar al festival.