32. Gabrielle
Hoy toca, de nuevo, comida familiar en casa de los padres de Iris.
Estaba deseando volver a verlos, que les he cogido cariño y los echaba de menos, sobre todo a los riquísimos platos de Puri, a los chistes malos de su marido, a las preguntas un pelín incómodas de Pau y a los lametones de la perra.
La vez anterior, cuando regresé a mi chalet, Bartolamiau me estuvo olisqueando un buen rato y me dedicó una mirada que era una mezcla entre el desprecio y el asco, porque supongo que su superolfato habría percibido el olor a chucho.
—Os he traído más regalitos —le digo a mi familia política de mentira cuando Iris y yo pasamos al salón, y saco las cosas de mi enorme bolso, que a estas alturas parece el bolsillo mágico de Doraemon—. Espero que os gusten.
—Ay, guapísima, sabes que no tienes por qué molestarte en traer nada, que ya eres un miembro más de esta familia —me responde Puri, tan maja como siempre.
—Ya empezamos con las cursilerías. —Iris suspira, poniendo los ojos en blanco.
Ella, Puri, Pau y yo estamos rodeando la mesa donde vamos a comer; Pepe sigue apalancado en el sofá, con la perrita a su lado y el mando a distancia descansando sobre su gran barriga mientras ve un partido de tenis.
Cuando he entrado, me ha saludado desde esa misma posición y me ha soltado uno de sus chistes: «¿sabes cómo se pone un mago después de comer? Magordito».
—Guau… Gabby parece uno de los Reyes Magos —interviene Pau, sorprendido—. Siempre que viene, nos trae algún regalo.
Esta vez les he traído, además de otras dos botellas de vino, unos dulces típicos de Francia, imanes para la nevera, un par de figuras para decorar de la Torre Eiffel, una camiseta de manga corta con la Dama de Hierro en medio y un perfume para mi suegro, unos pendientes y una pulsera para Puri, una pelota para la perra y un par de juguetes para Pau.
—¡Hala, qué chula! —exclama Pau con el rostro repleto de felicidad al desenvolver su guitarra eléctrica de juguete—. ¡Me encanta! Gracias, Gabby. —Se acerca a mí y yo me agacho para estar a su altura y que me dé un beso en la mejilla.
—No sé cómo te ha cabido todo esto en ese bolso —comenta Iris.
Mi suegra se vuelve a dirigir a mí para alabarme:
—Me he escuchado tus discos y me han gustado mucho todas tus canciones. Siempre me las pongo para limpiar la casa, que estos marranos ensucian mucho, y para cocinar. Son muy marchosas y me dan ganas de ponerme a bailar y a cantar con el cepillo de barrer como micrófono.
No puedo evitar que se me ilumine el rostro.
—No sabe lo feliz que me hace escuchar eso, Puri.
—Ya era hora de que apareciera una cantante normal y no los cuatro drogados que cantan reguetón que se han puesto muy de moda.
—Se recoloca la bata de andar por casa, indignada—.
En mi época sí que existía buena música, ¿verdad, Pepe?
—Mira a su marido—. Pimpinela, Nino Bravo, Camilo Sesto, Camela…
Me hinchaba a bailar en el guateque así.
—Y se marca un baile muy gracioso, que se asemeja a los movimientos que hace Robocop, mientras tararea alguna canción de alguno de los artistas que ha mencionado; yo me esfuerzo en aguantarme la risa—.
Libre, como el sol cuando amanece yo soy libre…
—Mamá, por favor —Iris se tapa la cara con la mano, abochornada—. Qué vergüenza.
Pau se echa a reír.
—Ay, Señor, llévame pronto —dice Pepe mirando al techo.
Su mujer se quita su zapatilla de andar por casa, se la lanza a la cabeza y le responde que hoy duerme en la caseta de la perra; yo continúo esforzándome por no reírme, no vaya a ser que esta gente piense que soy una maleducada, y Puri vuelve a ponerse a bailar al mismo tiempo que canta esa canción antigua.
—Te puedes reír, eh —me dice Iris—. Sé que lo estás deseando. No te vamos a echar de aquí. De hecho, estoy pensando en echarme a mí misma, porque soportar esto es demasiado.
Y ahora que tengo la autorización de mi chica falsa, me uno a las carcajadas de Pau, y los dos bailamos junto a Puri. Por el rabillo del ojo, advierto que Iris nos contempla arrugando el rostro.
—Siento cortaros el rollo —nos interrumpe—. Pero ¿comemos o qué? Gabby se está muriendo de hambre y está deseando probar esa exquisita tortilla de patatas con cebolla.
Ladeo la cabeza hacia ella y le dedico un intento de sonrisa de asesina en serie.
Puri detiene su coreografía de Robocop y da una palmada.
—Es verdad. —Dirige su mirada hacia mí—. Te vas a chupar los dedos, hija; va a ser la mejor tortilla de patatas que has probado en tu vida.
Le sonrío con educación y no como le he sonreído a Iris, porque mi suegra es un ángel de señora y su hija, un demonio roquero.
—Seguro que será mi favorita, Puri.
Ella me tira del moflete y se marcha hacia la cocina para traer la comida; Iris aproxima sus labios a mi oído.
—Qué mentirosilla eres —me susurra, y desaparece del salón para ayudar a su madre.
Una vez que todo está listo sobre la mesa, la familia al completo tomamos asiento e Iris es la encargada de servirme un trozo enorme de tortilla en mi plato.
—Ni se te ocurra dejar nada ni dárselo a la perra a escondidas —me advierte imitando mi forma de sonreírle de hace unos minutos—. Quiero ese plato tan limpio como si acabara de salir del lavavajillas.
—Muchas gracias, querida. —Yo también le sonrío así—. Te prometo que me lo comeré todo, e incluso te pediré que me eches un segundo trozo.
A pesar de que me esté repitiendo la tortilla hasta el año que viene.
Los demás también se sirven una porción y yo cojo mi cuchillo y mi tenedor.
A continuación, parto un trocito y me lo llevo a la boca; ni Puri ni Iris apartan sus ojos de mí y yo me siento más observada y juzgada en este momento que cuando me interceptan los paparazis en la calle.
Mastico y saboreo con detenimiento y, no entiendo por qué, pero es la primera vez que me gusta una tortilla de patatas con cebolla y la encuentro deliciosa.
—Está riquísima, Puri —le digo alzando el pulgar de la mano izquierda, y ella me mira entre ilusionada y orgullosa—. No es por hacerte la pelota, pero es la mejor que he probado en mi vida; te lo juro.
Escucho a Iris ahogar una risita a mi lado.
—Qué buena actriz —comenta por lo bajo, y yo le doy un puntapié por debajo de la mesa, aunque los demás no la hayan oído.
—Normal, la he hecho yo —me responde Puri—. A saber qué tipo de tortillas de patatas habrás comido tú en Francia.
—Ellos tienen la tortilla francesa, mamá —le habla Pau—. Que también está muy rica, pero no tanto como la tuya de patatas.
Mi suegra le sonríe y le revuelve el pelo, y seguimos haciendo desaparecer los manjares que hay sobre la mesa.
Jolín, los voy a echar de menos, aunque solo los haya visto un par de veces. Me he encariñado con cada miembro de esta familia, incluso con la rubia que tengo al lado.
Hoy es lunes y me he venido a una de las salas profesionales de ensayos de Barcelona para ver cómo Lapislázuli hace los últimos preparativos para tocar su canción en EuroStars, en Italia, este finde.
Yo también viajaré con ellos a Roma porque soy una de las invitadas para interpretar uno de mis nuevos temas, además de para darle mi apoyo a la banda española y a la representante de Francia, una chica que está empezando en este mundillo.
—Espero no haber engordado con el montón de comida que me tragué ayer en la casa de mis padres —comenta Iris mientras se enfunda la ropa que se va a poner para su actuación—.
Porque no sé cómo voy a adelgazar lo que haya ganado en unos días.
—Se mira en el espejo de cuerpo entero, con los brazos en jarras y el calzado ya puesto—.
¿Cómo estoy? Te puedes reír, si quieres.
Se ha puesto un top cortísimo de color amarillo con lentejuelas, una falda de cuero negra y unos tacones amarillos tan altos que no logro ponérmelos ni yo.
No le pega nada este conjunto. Se va a matar con esos zapatos cuando se mueva por el escenario.
Carraspeo, pensando muy bien mis palabras para no sonar tan sincera.
—Estás espectacular —le digo, y me muerdo el labio inferior porque se me ha notado la «no sinceridad»—. No encaja mucho con tu estilo de roquera, pero estás guapa igualmente. Aunque me sorprende que hayas escogido el color amarillo y no el azul, como el nombre de la banda.
—Yo quería vestirme entera de negro, eh. Si cuando elegimos el nombre del grupo propuse «Almas Depresivas» y no le gustó a ninguno.
Me echo a reír porque ese nombre es muy Iris.
—Menos mal que no te hicieron caso. «Lapislázuli» es mucho más bonito, menos pesimista y os pega más.
Sus amigos, que también se han vestido de amarillo chillón, me dan la razón y ella hace muecas de burla.
—Y ahora sé sincera de verdad. No adornes tus palabras —insiste, y señala su ropa—.
¿Qué te parece este bodrio? Yo lo usaría para hacer trapos y limpiar el polvo, y los tacones para lanzárselo a alguien y dejarlo ciego, pero los mandamases del concurso nos obligan a vestirnos así de ridículos.
Parece que vamos a hacer un anuncio de champán para Navidad.
—A ver… —La vuelvo a mirar de arriba abajo, procurando no deslumbrarme con ese color y las lentejuelas—.
Tú estás preciosa siempre, te pongas lo que te pongas, pero ese envoltorio no te hace justicia y me daña la vista.
La Iris que yo conozco le daría una colleja a la Iris que tengo delante por vestirse así.
—Ganas me dan; no te creas. —Levanta el pie unos centímetros del suelo—. Y encima con estos taconazos con los que no puedo ni andar.
—No te preocupes, que te enseñaré a caminar y a saltar con ellos. De aquí al día del festival, te sentirás como si llevaras zapatillas de andar por casa.
—Yo no sería tan optimista.
—Pareja —nos interrumpe Candela acercándose a nosotras, ya ataviada con ropa normal—. Basta de cháchara, que Lapislázuli tiene que ensayar.
Iris se quita las aberraciones con las que la quieren vestir para que los estilistas les hagan los últimos retoques y se pone su camiseta de tirantes, sus vaqueros y sus Vans.
A continuación, los lapislázulis se colocan en sus puestos y yo me acomodo en el suelo de una esquina de la sala para disfrutar del ensayo, grabándolos y haciéndoles fotos, mientras Bruna, los coreógrafos y demás personal del equipo les dan instrucciones para que quede todo perfecto este sábado.
Y me fijo en que la guitarra eléctrica que está usando Iris no es la suya roja de siempre, sino que la ha intercambiado por una que, aunque es del mismo color, contiene un montón de marcas por el paso del tiempo, que le dan un aspecto viejo y descuidado.
¿La suya se habrá estropeado en el último momento?
Deseo, con todo mi corazón, que no; es muy frustrante que se te rompa tu instrumento, ese que te ha acompañado durante la mayor parte de tu carrera, justo antes de un evento importante, y tener que cambiarlo por otro que, aunque parezca igual, sabes que no es el mismo y no te conoce tan bien.
Lo sé, porque el año pasado me sucedió con mi micrófono favorito y, desde entonces, me lo llevo conmigo a los conciertos, a pesar de que esté inservible, porque sé que me da suerte; gracias a él gané EuroStars en 2022.
Cuando hacen un descanso de cinco minutos, me levanto del suelo y me aproximo, preocupada, a Iris, que está bebiendo agua, aún con ese instrumento colgado al hombro.
—¿Y esa guitarra? —le pregunto—. No es la que usas siempre.
Cierra la botella de plástico y la deja sobre la mesa.
—Es la de mi hermano Pol —me responde con la vista bajada hacia la Telecaster y agarrándola con las dos manos—. Su favorita. La que usaba en todas sus actuaciones. —Alza la mirada hacia mí—. Se va a subir al escenario conmigo en EuroStars.
No sé qué decir durante unos segundos. Solo siento una punzada en el pecho y trago saliva, porque he juzgado esa guitarra sin conocer su verdadera historia.
Observo el instrumento en silencio, pero con otros ojos, y ya no lo veo mal cuidado ni descolorido. Ahora solo advierto marcas, que son cicatrices por haber salido al escenario junto a su dueño.
—Es un gesto muy bonito —me atrevo a responderle por fin, y apoyo la mano en el mástil con sumo cuidado. A Iris se le dibuja una sonrisa en los labios—. Estoy segura de que Pol está orgulloso de ti y quiere que taches ese punto de tu lista.
Se me queda mirando con una ceja alzada al percatarse de la última frase.
—¿No leíste solo el título de ese papel, verdad?
Ups. Pillada por segunda vez.
Me río con nerviosismo, porque he metido la pata hasta el fondo, y noto que ella se pone tensa.
—Vale, lo admito. Me dio tiempo a leer la lista entera. No me eches demasiado la bronca por haber leído algo tan privado, por favor. Lo hice sin pensar.
Iris niega de lado a lado como si estuviera decepcionada conmigo.
—No sé en qué momento te parece buena idea cotillear un papel que te encuentras en una casa que no es tuya, y encima me mientes diciéndome que no la habías leído.
—Lo siento, de verdad —me disculpo, sincera y mirándola a los ojos.
—Esa lista era muy íntima, ¿sabes? La empecé a escribir cuando era una adolescente y, hasta ahora, nadie la había leído.
Lo mínimo que podías haber hecho era dejarla en su sitio e ignorarla, no mentirme.
Pero no sé de qué me sorprendo… Si no respetas ni tu propia vida privada, publicando cada cosa que haces en las redes sociales, ¿cómo voy a esperar que respetes la de los demás?
—Aparta su vista de la mía y vuelve a negar con la cabeza—.
Eres increíble, Gabrielle. —Se da media vuelta y se aleja de mí para reanudar su ensayo.
Yo me quedo aquí, de pie, sintiéndome la peor persona del mundo por haberme tomado las confianzas que no me corresponden y haber cruzado esa fina línea con algo tan importante para ella.