Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 31. Iris
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31. Iris

Si hace años alguien me hubiera contado que, durante un sábado cualquiera, iba a encargarme de ser la guía turística de mi novia de mentira, una insoportable diva del pop francés, en mi ciudad natal, habría pensado que me está vacilando.

Pero debo reconocer que tan insoportable no es y estoy gratamente sorprendida de que me esté agradando pasar tiempo con ella, algo que ni de coña imaginaba cuando firmé ese absurdo contrato de nuestra relación falsa.

—Pues, al parecer, me he vuelto a desubicar —comento con los brazos en jarras, contemplando lo que nos rodea—. Te dije que nos íbamos a perder si me usabas como tu guía.

—Y yo te respondí que no me importaba perderme contigo por Barcelona, querida —me contesta Gabrielle, dedicándome una sonrisa y aguardando a que se me ilumine la bombilla.

Parece mentira que me haya criado en Barcelona; tengo el sentido de la orientación escacharrado y, siempre que alguno de mis amigos me pregunta por la zona en la que me encuentro, le respondo «junto a un árbol grande» o «al lado de una señora de pelo morado que acaba de pasar con un carrito de la compra verde»; al final, les tengo que pasar la ubicación exacta gracias al móvil, algo que no podía hacer cuando era adolescente y le tenía que preguntar a cualquier viandante por el nombre de la calle donde estaba.

En fin… Un desastre. Ni utilizando Google Maps me entiendo.

Mis excusas son que Barcelona es una ciudad grande, que siempre he ido en coche o en transporte público a los sitios y que nunca he hecho turisteo en mi propia ciudad; seguro que en un pueblo de la España vaciada también me perdería.

Llevamos toda la mañana dando vueltas; la he llevado a ver la Sagrada Familia, la he metido en un museo de la música, la he paseado por el Barrio Gótico y hemos hecho un pícnic en un parque porque estábamos hambrientas y nos lo merecíamos después de andar tanto.

Todo, acompañadas de sus guardaespaldas, como si fuéramos personas importantes (que lo somos, si me preguntan), y parándonos en varias ocasiones para atender a los fans que nos han reconocido.

—¿Por aquí no está el teleférico de Montjuic?

—inquiere la francesa con la vista clavada en la pantalla de su teléfono—.

A diez minutos andando, según Google Maps.

—Y me mira, ilusionada—. ¿Por qué no nos subimos y admiramos las vistas?

Me encantaría; sería superromántico. Lucien estará orgulloso de mí en cuanto lo ponga al día sobre lo que hemos hecho.

Já. Esta francesita debería conocerme más que yo a mí misma tras haber estado pegada a mi trasero estos meses.

—No está por aquí; ese Google Maps no está actualizado —miento, descarada—. Ese teleférico se encuentra a dos horas andando, así que no podemos ir. —Me encojo de hombros con inocencia—. Otro día será, querida. Cuando las dos tengamos veintiocho, tal vez.

Gabrielle suspira, poniendo los ojos en blanco.

—Eres pesadita con la dichosa edad.

Sonrío, mordiéndome el labio inferior.

—Ya sabes que debo sobrevivir para no ser una integrante más de ese club, y tú deberías hacer lo mismo.

—Yo no quiero sobrevivir; yo quiero vivir.

—Se echa un lado de su melena larga hacia atrás—.

Así que, si no te montas conmigo en el teleférico, lo haré yo sola.

—Y se da la vuelta, con la intención de dirigirse por el camino correcto hacia esos cacharros y dejándome abandonada y perdida en mitad de la calle.

Mierda. Que esta tía está hablando completamente en serio.

La persigo, marcándome una gran carrerilla, hasta que la alcanzo y me coloco a su lado.

—Ni de coña vas a subirte tú sola a ese monstruo.

Ella ladea la cabeza hacia mí, sonriendo con diversión, y entrelazamos nuestras manos de manera automática, como llevamos haciendo todo el día.

—Entonces, ¿me acompañarás?

—Sí, pero me taparé los ojos y me agarraré a tu brazo, como en la Torre Eiffel, por si esa cosa se descuelga.

No tiene mucho sentido que haga eso para salvarme si tengo la mala suerte de que la cabina se cae al vacío, pero por lo menos estaré un pelín más tranquila aferrada a la francesa.

—No se va a descolgar —me asegura Gabrielle con cierto tono de burla—. Esas cosas están preparadas para no caerse.

—Lo que tú digas, doña Perfecta.

Hacemos cola para subirnos y, por casualidad del destino, según Gabrielle (algo en lo que por supuesto no creo), no hay demasiada gente esperando para montarse, cuando los fines de semana está petado de turistas, por lo que nos toca un teleférico para las dos solas, cosa que agradezco, ya que así disfrutamos de nuestra privacidad y puedo hacer el ridículo sin desconocidos metidos en nuestro mismo cacharro, para que no piensen que me dan miedo las alturas y mi reputación de la más chunga de Lapislázuli se vaya a tomar por saco más de lo que ya está porque, con mi demostración de amor en el cumple de Eduarda, descendió veinte pisos y ahora todo el mundo piensa que soy una romántica y una empalagosa.

Cuando llega nuestro turno, nos acomodamos en un asiento de la cabina totalmente acristalada, la una junto a la otra; Gabrielle, preparada con su móvil para documentar el viaje y yo, con los ojos cerrados y agarrándome con fuerza a su brazo.

Oigo que la puerta se cierra y siento cómo este cacharro comienza a flotar por el aire; entonces, aprieto más el brazo de mi acompañante.

Menudo déjà vu de cuando me obligaron a subir a la Torre Eiffel. Esto de sacrificarse por la banda me está afectando a la salud, tanto física como mental, y voy a tener pesadillas cuando rompa la relación de mentira con Gabrielle.

—¡Guau! Qué pequeño se ve todo —me habla, asombrada, pero yo no puedo darle la razón porque solo veo oscuridad; también estoy temblando y el corazón me late a mil por hora—. ¿Has subido alguna vez, Iris? Seguro que de pequeña habrás venido con tu familia.

—No —le respondo sin abrir los ojos—. Me iba a montar con mis padres y mi hermano cuando tenía ocho años, pero me entró miedo y me puse a llorar.

—Qué historia tan tierna —me responde en lugar de descojonarse de mí.

No, de tierna no tiene nada; hubiera preferido que se riera de la Iris de ocho años en vez de parecerle entrañable.

A medida que pasan los minutos, Gabrielle se dedica a enumerar impresionada lo que está viendo y a hacer fotos y vídeos.

Sospecho que yo no me he librado de ser inmortalizada, así que, cuando estemos en un lugar seguro, le pediré que los borre o que ni se le ocurra publicarlos si no quiere que la envenene con el café de mañana.

—¿Nos bajamos aquí? —me pregunta cuando nos detenemos en la parada del mirador.

—Si te hace ilusión, adelante.

Abandonamos el teleférico (yo, con los ojos ya abiertos), y este continúa su camino, ascendiendo por el aire.

Gabrielle sigue fotografiando las vistas de la ciudad, con el rostro radiante de felicidad, y yo solo me dedico a observarla, aunque también poso junto a ella en algunas fotos.

Después, nos sentamos en uno de los bancos para descansar un poco.

—¿Estás nerviosa? —me pregunta, y yo no sé a qué se refiere.

—¿Por volver a subirme a un cacharro de esos? —Arrugo el entrecejo.

Gabrielle se echa a reír.

—No, por participar en EuroStars.

Ahora lo que frunzo son los labios.

—No tanto —miento.

La verdad es que estoy hecha un flan; no puedo pensar en otra cosa. Solo he logrado olvidarme de ese tema hoy, recorriendo Barcelona con la francesa, hasta que me lo ha recordado.

Ella se me queda mirando con una ceja enarcada, como si no se creyera mis palabras.

—Iris, que ya nos vamos conociendo.

Mecachis.

—Vale, me has pillado. —Se me escapa una risita tensa—. Estoy MUY acojonada.

—Cuando estés encima de ese escenario, se te olvidará el acojone; hazme caso.

—Coloca su mano sobre mi muslo, en expresión de apoyo, y a mí me resulta bastante gracioso que haya usado el término «acojone»—.

Vais a triunfar en ese festival, y más ahora, que estamos juntas y mis paisanos franceses votarán a Lapislázuli.

—O no. Sobre todo después del escándalo con el caracartón de tu ex, con el que nuestra relación falsa casi se va al garete.

—Bah, nadie lo ha creído. —Hace un ademán con la mano—. Que se vaya a freír cebollas.

—Espárragos —la corrijo—. Las cebollas son las que no le echas a la tortilla de patatas, pero no te vas a librar mañana de las que prepara mi madre.

Por más que le haya dicho a esa mujer que a Gabrielle no le gusta con cebolla, ella está empeñada en preparársela así porque «la tortilla sin cebolla ni es tortilla ni es nada».

—Soy también actriz, ¿recuerdas? —me responde, presumida, y se levanta del banco para encaminarse hacia la tortura del teleférico.

—¡¿Hay algo que no sepas hacer o qué?! —La imito y la persigo, esquivando a los turistas—. ¡No pareces ni humana! Seguro que eres producto de una inteligencia artificial.

Ella se da media vuelta y se encoge de hombros, esbozando una sonrisa de inocencia. Cuando logro llegar a su lado, me susurra:

—Una inteligencia artificial no sabría hacerte gemir como lo hago yo.

Chasqueo la lengua.

—Touché, Eduarda.

Volvemos a ocupar una de las cabinas las dos solas y a repetir lo que hemos hecho en el primer viaje, ascendiendo hacia la última parada: el Castell de Montjuic, que lo exploramos juntas, vemos los cañones y damos un paseo por los jardines con las manos entrelazadas, compartiendo besos falsos y siendo amable con la gente que se nos acerca.

Por último, toca lo peor: regresar a la planta baja para finalizar nuestra visita, lo que significa que el teleférico debe BAJAR, que es incluso más terrorífico que subir, y yo me agarro con las dos manos al brazo de Gabrielle porque siento que estoy en una montaña rusa, aunque esta cosa vaya más lenta.

—¿Sabes que mi mayor miedo es que mi carrera musical se convierta en un fracaso?

—suelta la francesa, y yo no me esperaba esa confesión, sobre todo en este lugar—.

Llevo, desde que nací, metida en el mundo de la farándula y, desde los cinco años, en el de la música.

Me da pavor que lo que he conseguido con tanto esfuerzo acabe destrozado; nunca se sabe, porque un día puedes estar en lo más alto de la cima y, al siguiente, puede que nadie se acuerde de ti.

¿Y si llego a un punto en el que a la gente ya no le llegan mis canciones?

¿Y si cometo algún error con el que me gane la cancelación inmediata?

¿Y si nadie viene a verme a algún concierto?

Salir a un escenario para cantarle a un estadio vacío sería un tremendo golpe para mi autoestima.

¿De verdad ha elegido el peor momento para mostrarme sus debilidades?

¿Y por qué? Teniendo en cuenta que la fecha de caducidad de nuestra relación está a la vuelta de la esquina…

Aunque no puedo evitar que me sorprendan sus inseguridades, porque eso no concuerda con la imagen de diva del pop y artistaza consagrada, muy segura de sí misma y rozando la perfección, que tiene todo el mundo de ella.

Hasta parece humana.

Sin embargo, mis cinco sentidos se han centrado en el monólogo de la francesa y se me ha olvidado que estamos subidas a un teleférico mientras sobrevolamos Barcelona, lo que me hace pensar que esta tía tiene la habilidad de que mi pánico a las alturas desaparezca, además de todo lo que ya sabe hacer.

—Eso no te va a pasar nunca —le digo tras abrir los ojos y posarlos en ella, que me contempla con la mirada acuosa—.

Eres Gabrielle Leroux, una estrella del pop mundialmente conocida, con una gran carrera a tu espalda y millones de personas que te siguen, a las que les llegan tus temazos; es imposible que el día de mañana nadie se acuerde de ti.

—Me suelto de su brazo y le doy un puñetazo cariñoso en el hombro, riéndome, cuando agrego—: Ya has provocado que me ponga intensa.

Ella también se ríe y se enjuga una lágrima.

—Para que veas que, detrás de mi coraza de estrella, hay una chica normal y corriente y no un robot.

Frunzo los labios.

—Lo de que seas un robot lo sigo sospechando; no es normal que sepas hacer de todo —bromeo, y ella se ríe más; después, le confieso otro de mis temores, con mi mirada clavada en el asiento vacío que tengo enfrente—: Lo que has contado es lo que me pasa a mí con mi banda.

La diferencia entre nosotros y tú es que nos ha llegado la fama de golpe, sin esperárnoslo, con la tontería de concursar en EuroStars.

Hemos pasado de tocar en un par de locales los fines de semana y de que nos conozcan cuatro gatos a que nos escuchen millones de personas.

Y eso da muchísimo vértigo; aún me cuesta asimilarlo.

A veces (y últimamente, casi a diario), hasta me da por pensar en abandonar, porque siento que ese mundo no es mi lugar ni lo que quiero para mí.

Me agota; es demasiado duro. Pero luego me estampo cuatro hostias mentales y se esfuman esos pensamientos de mi cabeza, obligándome a seguir adelante, sin hablar de cómo me siento con nadie.

Gabrielle recuesta su cabeza en mi hombro y entrelaza su brazo con el mío; su larga melena me hace cosquillas en la piel.

—Habéis trabajado muy duro durante años y os merecéis todo lo bueno que os está pasando.

—¿Y cuándo te acostumbras a esta situación?

—Nunca. —Suelta una risita y aparta la cabeza de mí para ponerse recta, pero sin desprenderse de mi brazo—. Solo finges que estás acostumbrada a lidiar con la fama cuando por dentro estás hecha un matojo de nervios.

—No me jodas —farfullo—. Definitivamente, no voy a llegar viva a los veintiocho. Ah, y se dice «manojo de nervios», no «matojo». El matojo es el coño cuando está sin depilar.

—¿Disculpa? —suelta, ojiplática.

El viaje en teleférico se detiene, por fin, y la puerta se abre para que huyamos de aquí.

Antes de levantarme, Gabrielle me atiza un tortazo en el brazo y me llama «cerda» en francés (lo sé, porque me he estudiado un montón de insultos por mi cuenta, que ninguna aplicación de aprendizaje de idiomas te los enseña), y abandono la cabina sufriendo un buen ataque de risa.