Epílogo #2
Le echo un vistazo al libro, con una sonrisa de tonta del culo asomada a mis labios.
En la portada aparece ella preciosa, con su atuendo de diva y su tutú, y el título «Gabrielle Leroux: más allá de los focos».
Además, es un tocho de más de quinientas páginas traducido al español; se ha quedado a gusto la francesa vomitando su vida aquí.
Lo abro por la primera página y me topo con una dedicatoria, escrita con su puño y letra:
Para Tiffany,
Gracias por haberme destrozado esa falda de tul y por haberte colado en mi vida sin pedir permiso para ponerla patas arriba.
T’estimo,
Tu Eduarda.
Cierro el libro, aún sonriendo como una pánfila, y me abalanzo sobre Gabrielle para abrazarla con intensidad.
Hoy cumplo los veintiocho y he decidido dejar de vivir en modo supervivencia para empezar de una jodida vez a vivir de verdad.
Gabrielle
—¿Y por qué no planta tu árbol el jardinero? —me pregunta Iris, sentada en una tumbona con un mojito en una mano y acariciando a Bartolamiau con la otra, al verme agobiada, cansada y quejándome.
Estoy cavando un agujero en el jardín de mi casa de Barcelona con una pala que es más grande que yo, vestida con ropa viejísima y andrajosa, y me está costando una barbaridad, porque soy demasiado señorita y jamás he sentido interés por la jardinería.
Menos mal que no se me ha ocurrido hacerme la manicura.
—Porque la intención es esa: plantarlo yo —le respondo con voz jadeante y las gotitas de sudor perlando mi frente—. Por algo la lista de sueños es mía, no de mi jardinero.
—¿De verdad no quieres que te ayude? Se te ve sufriendo.
—Que no, pesada. Lo tengo que hacer yo solita, si no, no sirve de nada. —Hundo la pala en el hueco y saco más tierra—. Además, con tu estatura, lo más probable es que te acabes cayendo en este agujero.
—Pues, suerte, porque la vas a necesitar, Maripili.
Ya he cumplido un sueño de mi lista: escribir un libro.
Mi autobiografía salió a la venta hace dos semanas en todo el mundo y en varios idiomas, y se encuentra en el puesto de los más vendidos, igual que mi último álbum, que, cuatro meses después, sigue siendo uno de los más escuchados en todas las plataformas digitales.
No sabía que mi vida le iba a interesar a tantas personas. He recibido tanto críticas positivas como negativas, aunque predominan las primeras, y casi todos mis fans han coincidido en que su parte favorita ha sido cuando empezó mi historia con la rubia.
La opinión que más me ha interesado ha sido la de Iris.
Cuando le regalé mi libro por su cumpleaños, estaba ansiosa porque lo leyera para saber lo que pensaba; se lo terminó en tres días, entre conciertos y ensayos, y me estuvo comentando sus impresiones en una larga videollamada.
Le había parecido muy interesante y entretenido conocer mi vida desde mis primeros pasos en el mundo de la farándula hasta el día de hoy, y los sacrificios que he tenido que hacer (como alejarme de mis seres queridos; tener siempre un cuerpo normativo; cuidar mi imagen; sonreír, aunque por dentro estuviera mal; dormir poco; asistir a planes sin que me apeteciera o aguantar a productores y a famosos babosos).
Sin embargo, el capítulo que más le ha impactado ha sido en el que cuento cómo, en un evento, uno de los productores musicales más famosos de Francia (no he mencionado en el libro cómo se llamaba para no ganarme una demanda) me llevó a la habitación del hotel en el que se hospedaba para que habláramos más tranquilos, sin tanto ruido a nuestro alrededor, porque había visto un gran potencial en mí y me quería convertir en la próxima diva del pop.
Por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no era tan conocida todavía, así que me fie de él porque trabajaba con un montón de artistas de renombre y le permití que me llevara hasta su estancia.
Error.
El asqueroso de sesenta años me pidió que me pusiera cómoda en su cama; yo me senté a los pies del colchón, incomodísima, y él se puso a mi lado.
Mientras me acariciaba el muslo, me propuso que me acostara con él si quería ser una estrella mundial, y a mí me entraron arcadas por la situación en la que me había metido y por oler su perfume rancio mezclado con el hedor de su sudor de viejo, por lo que me armé de valor y le crucé la cara con una sonora bofetada; después me fui corriendo del hotel, asustada.
A Iris le entraron ganas de viajar a Francia y estrangularlo con sus propias manos en cuanto terminó de leer esa parte de mi historia; yo le dije que lo único que iba a ahorcar era el esqueleto de ese señor, porque, a los pocos meses de aquel fatídico día, falleció de un infarto.
Y cambiando de tema a uno más alegre: su capítulo favorito ha sido el de nuestro romance.
De cómo todo empezó como una relación falsa, donde no nos soportábamos, a cómo hemos acabado enamoradas la una de la otra sin esperárnoslo.
Me contó que estuvo leyéndolo en sus ratos libres con una sonrisa bobalicona ocupándole la cara; hasta sus amigos, cuando la pillaban así, le preguntaban por lo que había hecho con la Iris de siempre, y ella les respondía que no les lanzaba el libro a la cabeza porque lo había escrito yo y era un regalo superimportante.
—Creo que esto ya está —anuncio tras terminar de plantar mi árbol y echar el último montoncito de tierra.
He seguido religiosamente cada paso que salía en el vídeo de un tutorial de YouTube. Algo debe crecer en ese lugar en los próximos días. A poder ser, un árbol.
Iris se levanta de la tumbona y camina hacia mí, con Bartolamiau entre sus brazos. Cuando se detiene ante mi creación, la mira con detenimiento, haciendo una mueca con los labios; yo aguardo sus comentarios con los brazos en jarras.
—¿Y qué es lo que tiene que salir de ahí? —es lo primero que me pregunta.
—Un árbol.
—Eso ya lo sé, Eduarda. —Se ríe—. Me refiero a qué tipo de árbol.
—Ah… Un jacarandá.
—¿Jacaqué? —Frunce el entrecejo—. ¿Es un nombre francés o estás hablando con la letra «a»?
—No, así se llama ese árbol, tanto en francés como en español. —Cojo mi móvil del césped, que lo he dejado ahí mientras trabajaba, y le enseño una foto—. Mira, este es.
El jacarandá es mi árbol favorito, porque desprende elegancia y tiene las flores en tonos violeta. Mi jardín quedará precioso cuando crezca por completo. O eso espero, si he hecho las cosas bien y no se me muere antes.
—Mola mucho —suelta Iris al verlo en la pantalla de mi teléfono—. Ojalá crezca fuerte y sano. Si no, plantas un garbanzo en el envase de un yogur, como hacíamos en el cole, y chimpún.
Me hace reír.
—Eso no serviría, pero no perderé la esperanza de que de ahí salga un jacarandá —le digo señalando con la cabeza el terreno y alzando el puño, en expresión de fuerza—. Por algo soy Gabrielle Leroux.
—Eduarda Martínez —me corrige Iris, y me recorre con su mirada de arriba abajo, arrugando la nariz—. Y date una ducha, anda, que estás guapísima con restos de tierra por todo el cuerpo.
Mmm… Se me acaba de ocurrir una idea para que las dos acabemos metidas en la bañera.
—¿Puedes dejar a Bartolamiau en el suelo?
—¿Por? —me contesta sin comprender nada.
No quiero que mi gata sea víctima de nuestra guerra y se le ensucie su pelaje blanquecino impoluto.
—Tú déjala.
Iris deposita a Bartolamiau en el césped, que se marcha detrás de una mariposa que ha visto, y yo cojo un puñado de tierra y se la lanzo a mi chica a la ropa.
—Oye, ¿qué haces? —me espeta mirándose su camiseta sucia con la boca abierta.
—Así estamos igual de guapas las dos y tenemos una excusa para ducharnos juntas.
Iris atrapa un montoncito de tierra y me lo arroja para vengarse de lo que le he hecho.
—¡Toma de tu propia medicina! —exclama riéndose.
Y las dos nos enzarzamos en una batalla de tierra, huyendo la una de la otra por el jardín, mientras nos desternillamos de la risa. Hasta que no podemos aguantar más y nos dejamos caer en el césped, bocarriba, con la ropa, la piel y el pelo manchados de motitas y marcas marrones.
—Ya has completado tu lista de cosas clichés por hacer, ¿no? —me dice Iris cuando se tranquiliza de las carcajadas.
—Casi —respondo con la vista fija en el cielo azulado—. Me falta tener un hijo.
—Pero si ya tienes a Bartolamiau y a tus doscientos caballos.
Se supone que los dueños de mascotas estáis medio locos y tratáis a vuestros animales como si fueran vuestros hijos.
Además, adoptaste un pingüino, así que ya tienes dos hijos y, con mi pingüino, un hijastro.
Meta completada con creces. Lo que sí que no te recomiendo es aceptar la propuesta tan marciana que te hicieron mis amigos; a saber la criatura que saldría con los genes de cualquiera de esos dos.
Me vuelvo a reír.
—Tienes razón. Tener animales también cuenta. —Ladeo la cabeza hacia Iris; ella mantiene su mirada en el cielo—. ¿Y tú cómo llevas tu lista? Ya la tendrás casi completa.
—Me faltaba el punto trece, pero lo taché después del día de mi cumpleaños porque me di cuenta de que ya lo había cumplido hace tiempo.
Intento hacer memoria, pero no logro recordar lo que ponía en ese punto.
—¿Cuál era?
Sus labios se curvan hacia arriba, formando una bonita sonrisa.
—Quedarme tan pillada por alguien que me haga replantearme mi futuro sola, rodeada de botellines de cerveza.
Yo también sonrío.
—¿Y quién es ese alguien?
Iris se pone de lado para mirarme.
—Una tal Eduarda Manostijeras. No sé si la conoces.
Simulo una expresión pensativa.
—Tiene un nombre muy peculiar; creo que me suena. Yo me he pillado hasta los huesos de una chica que se llama Tiffany Valentine y la quiero con cada célula de mi cuerpo.
—Ah, ¿sí? Ella también te quiere a ti. Más de lo que se imaginaba.
Iris me mira sin decir nada; los rayos de sol nos calientan la cara.
—¿Qué?
—Tienes tierra hasta en el alma —me responde sonriendo como una boba—. Se te va a estropear el cutis de diva.
—He visto en vídeos de TikTok que es bueno para la piel.
—No hay que fiarse de todo lo que sale en TikTok.
Le devuelvo la sonrisa y me levanto del césped.
—Vamos. —Le tiendo la mano; ella se incorpora, enarcando una ceja.
—¿A dónde?
—A la ducha. Hay que quitarse toda esta mugre de encima, que tenemos una reputación.
—Ah, claro. —Pone los ojos en blanco, se agarra a mi mano y la ayudo a ponerse en pie—. Siempre divinas, nunca indivinas.
—Exactamente, querida.
Nos reímos al unísono y entramos en casa, dejando un pequeño rastro de arena por el suelo.
—Supongo que serás tú la encargada de limpiar todo esto, ¿no? —me pregunta mientras nos dirigimos hacia el baño—. Has empezado la guerra de tierra y eres la dueña de este chalet; yo solo soy una simple invitada.
—¿Perdona? —Me detengo y la contemplo, con la palma apoyada en mi pecho, boquiabierta—. Vamos a ducharnos primero, que tenemos una conversación pendiente tú y yo sobre eso que acabas de soltar, Tiffany Valentine.
—Entendido, mademoiselle. —Me hace una reverencia.
Cuando entramos al servicio, abro el grifo y nos desnudamos en lo que el agua se calienta. Abandonamos nuestras prendas en el cubo de la ropa sucia e Iris se apoya en el marco de la puerta, recorriéndome con su mirada de arriba abajo.
—No te hagas la interesante y métete.
—Solo estaba admirando la pedazo de mujer que tengo delante y lo increíble que me parece que seas mi chica.
Me acerco a ella, con las comisuras de los labios elevadas, y le rodeo la cintura con los brazos.
—Adoro lo romántica que te has vuelto. La Iris anterior vomitaría arcoíris si viera a la Iris de ahora.
Se echa a reír.
—Cállate, Eduarda. —Me da un beso fugaz y hace un ademán con la cabeza—. A la ducha, que necesito cenar algo rico y tumbarme en el sofá contigo mientras vemos una peli.
Nos metemos en la bañera, y el agua caliente junto al gel con olor a fresas con nata nos borra todo rastro de tierra del cuerpo.
Iris me enjabona y me enjuaga el pelo, y yo hago lo mismo con el suyo, que resulta que no es rubio de bote, sino natural, por lo que nos engañó a todos en aquella entrevista con los paparazis en nuestra primera cita de mentira.
Cuando salimos, nos ponemos el pijama, cenamos una pizza de peperoni que hemos pedido a domicilio y nos tiramos en el sofá, la una junto a la otra, abrazadas, con una manta echada por encima y Bartolamiau acostada a nuestros pies.
—Volviendo a la conversación pendiente —comienzo a hablar tras unos minutos de silencio disfrutando de la calma—.
Una simple invitada no deja sus pertenencias esparcidas por el suelo, ni ocupa mi vestidor con su ropa, ni tiene llaves de mi casa, ni duerme en mi cama con Bartolamiau casi todas las noches, incluso cuando tengo que quedarme en Francia.
—Respiro hondo—. En resumen: estamos prácticamente viviendo juntas.
Es cierto que Iris sigue compartiendo piso con Axel y Dani, pero en los últimos meses está pasando más tiempo aquí que allí y tiene más cosas en mi chalet que en su apartamento.
Esboza una sonrisa divertida; ambas nos tumbamos de lado para mirarnos.
—Yo no lo describiría así. Más bien «somos dos personas que comparten el mismo espacio».
—¡Iris! —Le doy un manotazo en la tripa.
—¡Iguis! —me imita con muecas de burla y desternillándose de la risa; yo la golpeo de manera cariñosa otra vez y ella me ajusta la manta—. Vale, vale, puede que estemos viviendo juntas casi casi. —Y decide cambiar de tema—: ¿Te has aprendido ya el trabalenguas de los tres tristes tigres?
—Cuando tú te aprendas el de «Les chaussettes de l'archiduchesse sont-elles sèches, archi-sèches?».
Se esfuerza en pronunciarlo, pero lo único que consigue es soltar sílabas ininteligibles con un «cha, che, chi, cho, chu» al final, con una sonrisa risueña.
—Has puesto cara de pánfila —le digo.
—¿Cómo se supone que es una cara de pánfila?
—La que tienes ahora. —Le acaricio un brazo—. De enamorada. Estás adorable.
Iris frunce la nariz, como si le diera vergüenza ajena existir en este instante.
—Ni tengo cara de enamorada ni estoy adorable.
—Lo que tú digas.
—Te quiero, Eduarda —me dice de repente, sin abandonar esa cara que dice que no tiene, y se vuelve a abrazar a mí, colocando su cabeza en mi cuello.
—Yo también te quiero, Tiffany.
Después de pasarme media vida yendo de un lado a otro, he aprendido que mi lugar del mundo favorito es este: donde dejo de ser la diva Gabrielle Leroux para ser simplemente yo, compartiendo este momento con la chica que está ahora mismo junto a mí, acariciándome el pelo y a punto de quedarse dormida, mientras vemos las pelis de Eduardo Manostijeras y la primera de Chucky.
Y no me apetece estar en ningún otro sitio.
FIN