Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 28. Gabrielle #2
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28. Gabrielle #2

Aguardo en la entrada del baño y un par de amigos me preguntan por lo que hago aquí a solas; yo les respondo que estoy esperando a mi chica. En cuanto Iris por fin sale de uno de los cubículos, se asombra al verme fuera y se esconde con rapidez un papel en el bolsillo de su cazadora de cuero.

—¿Qué haces aquí?

—Esperándote para desearte suerte en tu actuación, como novia tuya que soy —le respondo esbozando una sonrisa sincera, y añado, con curiosidad y haciendo un mohín—: ¿Qué había en ese papel?

—Mi testamento —escupe sin previo aviso, con el semblante impertérrito—, que a esta edad nunca se sabe lo que puede pasar.

Frunzo los labios sin creérmelo.

—¿Me lo enseñas?

No sé para qué se lo pido, si ya me sé su respuesta.

No obstante, me promete que me lo mostrará cuando termine de tocar con su banda, aunque tampoco me lo creo, porque me lo habrá dicho para que no le insista.

Dejamos atrás el baño, ella desaparece con sus amigos para coger su guitarra y prepararse, y yo me uno a Lucien en la pista, justo en primerísima fila para no perderme nada.

Los cuatro integrantes de Lapislázuli hacen acto de presencia en el escenario y se colocan en sus puestos: Candela, detrás, con la batería; Rober, en el extremo izquierdo, con el bajo; Dani, en el centro, frente al micro y con su Telecaster; e Iris, en el lado derecho, con su guitarra eléctrica.

Y debo reconocer, por milésima vez, que son unos músicos buenísimos.

Cada día tengo más claro que cuentan con todas las papeletas para ganar el concurso musical más importante de Europa, no solo por la música tan magnífica que componen, sino también por la cantidad de gente que los considera sus favoritos, según las encuestas que circulan por internet.

Durante la actuación, no puedo parar de mirar a Iris, que logra hipnotizarme con sus movimientos salvajes y sensuales mientras aporrea las cuerdas de su guitarra y sacude su melena rubia; tampoco puedo quedarme quieta, porque es imposible no balancearse al ritmo de la canción roquera tan pegadiza, que te obliga a dejarte la piel bailando.

Pero, sobre todo, no puedo dejar de sentir mariposas en el estómago cada vez que ella desvía su mirada hacia mí y me sonríe o me guiña un ojo. Me está volviendo loca esta mujer con sus pintas de tipa dura con las que solo consigue generarme ternura.

Cuando Lapislázuli termina de tocar, el público aplaude e Iris se adueña del micro de Dani para robarle el protagonismo. Después, carraspea y pasea sus intensos ojos grises por cada persona hasta que los detiene en mí.

Miedo me da lo que vaya a hacer o a decir.

—Eduarda —comienza a hablarme, sonriéndome—. Soy una mujer de pocas palabras, así que no te esperes una gran demostración de amor ni un discursito romántico por tu cumple, ¿estamos?

Se me escapa una carcajada, los demás invitados se ríen y Lucien acerca los labios a mi oído para susurrarme:

—¿Por qué te ha llamado Eduarda?

—Cosas nuestras.

Iris continúa con su monólogo sin dejar de mirarme ni de sonreír:

—Como te he prometido antes, te voy a enseñar lo que tenía escrito en ese papel con el que me has pillado saliendo del baño.

—Hace una mueca con los labios—. Bueno, más bien te lo voy a recitar de carrerilla sin mirarlo.

—Se ríe—. En fin… Solo quería decirte que eres una tía de puta madre y espero poder estar a tu lado cuando celebres tus siguientes cumpleaños.

—Se saca algo del bolsillo de su chaqueta y se lo muestra a la audiencia.

Yo me tapo la boca con las manos, conmocionada de verdad, aunque ella esté fingiendo—.

Es una tontería, pero me hacía ilusión regalarte un colgante con mi púa de la suerte; jamás me subo sin ella a un escenario para que me ayude a tocar mi guitarra.

Ahora quiero que la tengas tú para que también te dé suerte en tus actuaciones.

Así que, si quieres, sube aquí para que te la ponga.

Todos los presentes sueltan varios «ohhh» y escucho a Lucien comentar «qué romántica es la novia de Chucky, por favor».

Sin pensármelo más, voy hasta Iris, con una pedazo de sonrisa iluminándome la cara por la felicidad, y me doy la vuelta para que me abroche el colgante mientras sostengo con mi mano la púa para admirarla.

Es cierto que es la suya. La original. Creía que había comprado otra igual en algún mercadillo o en un bazar asiático… Aunque deduzco que esto es un teatro por el día que es y que, cuando se termine nuestro contrato y rompamos, me pedirá que se la devuelva.

Mis invitados nos aplauden y nos dedican silbidos, y yo me giro hacia Iris para besarla en los labios.

—¿Cuánto te ha pagado Lucien para que hagas esto? —le pregunto en un susurro para que el micro no detecte nuestras palabras y todos se enteren de nuestra farsa.

Ella me mira, ofendida.

—Me duele que pienses que hago estas tonterías por dinero y por nuestra relación de mentira y no por ti, que en el fondo te estoy cogiendo cariño.

—Tú solo le has cogido cariño a mi lengua.

—También, también. —Se echa a reír—. Y a tus garras de Eduarda Manostijeras. ¿Para qué nos vamos a engañar?

Niego de lado a lado, sin poder dejar de sonreír, y nos volvemos a besar delante de nuestro público con los sonidos de sus aplausos de fondo. Luego, nos bajamos del escenario junto a los demás lapislázulis para continuar disfrutando de mi cumple y de la música.

Pero no todo iba a ser de color de rosa porque, en un momento de la noche, cuando me dispongo a entrar al baño para retocarme el maquillaje (traducción: para hacer pis), me tropiezo por el camino con Gaston, mi ex, que me agarra del brazo desprevenida y me gira de manera brusca hacia él.

Sí, el que me puso los cuernos con una influencer de dieciocho años. No sé qué demonios pinta aquí si no lo he invitado.

—Gabrielle —pronuncia mi nombre en tono autoritario, y yo me suelto de su agarre de un tirón.

—¿Qué haces aquí? —le espeto contemplándolo con rencor—. ¿Y cómo has entrado? No eres bienvenido en mi cumpleaños; sabes perfectamente que no te he invitado.

—He venido para pedirte por las buenas que borres esa canción tan ridícula que acabas de sacar en la que solo dices mentiras sobre mí, que tus fans tóxicos no paran de insultarme en redes y de desearme la muerte, y mi reputación como modelo se está viendo afectada.

¿Quién te crees que eres? ¿Shakira? Más quisieras.

Esa cantante colombiana te da mil vueltas.

Me río con sarcasmo y me cruzo de brazos.

—Por supuesto, querido. Tengo que facturar.

—Tú solo eres un fraude que no sabe cantar y que usa autotune. La gente tiene el oído atrofiado y no sabe apreciar la buena música. Has llegado hasta donde estás por enseñar el culo bailando y estar medio buena.

—Perdona, pero estoy donde me merezco porque me he esforzado durante mi carrera artística, no como tú, que solo eres un modelo con una cara bonita.

Gaston se harta de mis respuestas cortantes y me mira con expresión dura, apuntándome con el dedo índice y creyéndose que me impone con esa actitud amenazante.

—Mira, Gabrielle, o borras esa puta canción y dices que todo ha sido un malentendido o…

—¿O qué? —lo corto plantándole cara.

—O todo el mundo se enterará de que tu relación con esa rubia es más falsa que la voz que usas para cantar.