28. Gabrielle
Hoy celebro mi cumpleaños por todo lo alto en uno de los clubs de moda de París y estoy emocionada.
He invitado a mi familia, a mis amigos de mi pueblo y a un centenar de famosos franceses y algunos españoles con los que tengo relación; de entre ellos, se encuentran los lapislázulis y sus allegados, por supuesto.
También me siento algo nerviosa, porque nunca he celebrado mi cumple a lo grande, aunque parezca mentira; siempre he hecho una ceremonia íntima con las personas más cercanas.
Pero tras las recomendaciones de Lucien, que me ha aconsejado que hagamos un fiestón para que sigan hablando de mí, de mi futuro álbum y de mi relación con Iris, he decidido darle la bienvenida a los veintisiete de esta manera.
Hemos contratado a fotógrafos para que inmortalicen cada momento, y asistirán los medios de comunicación para que la primera noticia con la que se tope la gente cuando se despierte mañana sea la de mi cumpleaños, ya que, estos días, la periodista con nombre de compresa y los reporteros de otras revistas solo nos han reservado un pequeño hueco en sus publicaciones, como nuestra visita a la Torre Eiffel y la comida con mi familia, porque el protagonismo se lo había llevado Daniel y su propuesta de matrimonio tan romántica.
A Iris y a mí nos han dejado en un segundo plano y yo estoy ofendidísima, porque me encanta ser la que acapara los titulares, aunque me alegre un montón por la futura boda de sus amigos.
El taxi se detiene frente al local y mi Luci es el encargado de abrirme la puerta del vehículo. Me ayuda a apearme, ofreciéndome su palma, y yo me sujeto la falda de tul violeta con la otra mano para no pisarla, porque esta vez me he puesto una que me llega hasta los pies.
—Estás divina, ma chérie —me halaga mi amigo, y señala mi calzado con expresión de desaprobación—. Pero no me convencen nada esas Converse; no te pegan con el modelito, aunque sean violetas. Hubiera sido mejor opción algún zapato elegante con un buen taconazo de los cincuenta mil que tienes.
—Me las ha regalado Iris para que no me ponga tacones y estemos casi a la misma altura. —Alzo unos centímetros los bajos de la falda para mostrarle las zapatillas de deporte—. Son bonitas. Voy elegante pero cómoda.
—Si te las ha regalado tu novia, puntito en boca. —Y se pasa una cremallera invisible por los labios.
¿Puntito en boca?
Me quedo mirándolo, divertida.
—¿De dónde te has sacado esa expresión tan españo…?
No acabo la pregunta porque un pellizco en la nalga derecha me interrumpe. Se me escapa un gritito, doy un respingo por culpa del susto y me giro hacia el taxi.
—¿Te puedes quitar del medio y dejar de marujear con tu lameculo, que no puedo salir? —me espeta Iris.
—Ups, perdón —me disculpo, y me hago a un lado porque estaba bloqueando la puerta trasera del vehículo con mi cuerpo.
Los demás lapislázulis vienen en otro taxi; Iris ha tenido que subirse en el mismo que yo porque debíamos aparecer juntas, ya que es obligatorio que la cumpleañera asista a su fiesta de la mano de su novia.
En cuanto la rubia sale del coche con su melena ondulada y vestida con una falda de cuero roja, una cazadora negra y unos botines militares, Lucien comenta que también está divina, que hacemos una pareja espectacular y que parecemos un ángel y un demonio.
—Gracias, tú también estás divino con ese traje tan cutre con dibujos de arcoíris —le responde Iris en tono burlón, y ahora soy yo la que le da un pellizco en el trasero—. ¿Te ha vomitado un unicornio? Aún quedan varias semanas para el mes del Orgullo.
—No sabes apreciar el arte en la moda, cateta. —Mi amigo se ajusta la chaqueta, tirando de las solapas con brusquedad, con claras evidencias de que se ha molestado—. Vamos, que os toca sesión de fotos, parejita del año.
Como no podía ser de otra manera, he ordenado que pusieran una alfombra roja en la entrada del local para que a cada invitado famoso le hagan una sesión de fotos, porque las cosas, o se hacen bien o no se hacen.
Entrelazo mi mano con la de Iris y, conforme nos dirigimos a la entrada, los fotógrafos comienzan su trabajo y nuestro alrededor se ilumina con los flashes de las cámaras.
La primera en posar en la alfombra soy yo, a solas, pero después se une Iris a mí para que nos fotografíen juntas, cada una sujetando de la cintura a la otra y sonriendo, luego mirándonos y, por último, dándonos un beso en los labios, que ya nos sale de forma natural de tantas veces como lo hemos repetido en público.
—¡Gabrielle, enseña los zapatos que te ha regalado Iris! —me pide a gritos una de las fotógrafas, y yo le hago caso, alzando la falda para lucir con orgullo las Converse.
Saben que me las ha regalado ella porque he publicado una foto en una storie de mi Instagram, donde aparecen las zapatillas de deporte y la frase «regalito de mi chica».
Una vez que acaba nuestra sesión de fotos de pareja, abandono a Iris en la alfombra para que se haga una con los integrantes de su banda, que se nota que acaban de llegar porque están formando escándalo como españoles que son.
Me adentro en el club para prepararme para recibir a los demás invitados cuando atraviesen la entrada y saludo a mi familia, que ya está en el interior, esperándome.
En total, asistirán cuatrocientas personas que me ha costado elegir porque no tenía ni idea de a quiénes invitar, más allá de los más cercanos.
Mi equipo ha acondicionado la zona con suficientes mesitas y sofás de terciopelo dorado, una pista de baile, un escenario para las actuaciones y el karaoke, y luces de neón que van cambiando de color; también hemos contratado camareros para que se paseen por el club con bandejas con canapés y bebidas.
Un ambiente de lo más glamuroso y sofisticado con el que deseo que mis invitados se sientan como en su propia casa.
—Se te ha ido la olla celebrando tu cumple, ¿no? —Iris interrumpe mis cavilaciones y la inspección que le estoy haciendo al local con mi mirada para comprobar que todo está perfecto—. Qué nivelazo.
Me doy la vuelta hacia ella y me fijo en que ya se ha adueñado de una copa y un canapé de fuagrás.
—¿Y qué esperabas? —Me echo la melena hacia atrás—. Soy Gabrielle Leroux, una estrella del pop.
—Gabrielle Martínez —me corrige—. Una pueblerina gabacha a la que le gusta la tortilla de patatas sin cebolla.
Suspiro, poniendo los ojos en blanco.
Dios mío, qué pesadita está con ese tema. Lleva recordándome lo de la tortilla de patatas sin cebolla desde que se enteró de que no me gusta con esa hortaliza.
—Oye, ¿no hay cerveza? —Le da un sorbo al cóctel violeta y arruga cada centímetro de su cara en una mueca de asco—. Esta mierda de colorines sabe rara.
Abro la boca y me llevo una mano al pecho, indignada.
—Eso que te estás bebiendo se llama Lavender Martini y es mi cóctel favorito por excelencia.
—Perdone usted —me responde con la boca llena, porque se acaba de meter lo que le quedaba del canapé, y levanta una palma en son de paz.
Al desviar la vista hacia la entrada del club, advierto que la gente está empezando a entrar, así que ha llegado la hora de ser una buena anfitriona.
—Voy a recibir a mis invitados —le digo a Iris, y le doy un pico—. No te vayas muy lejos, ¿vale? Te tienen que ver pegada a mí en mi cumple.
Ella, dándole otro sorbo al cóctel, levanta el dedo pulgar de su mano libre.
—Y necesitas a alguien que te cuide, porque los veintisiete son bastante traicioneros, querida —ese «querida» lo pronuncia con retintín, y se señala los ojos, con los dedos índice y corazón en forma de uve, acompañando el gesto con una mirada de advertencia—.
Te estaré vigilando hasta que cumplas los veintiocho.
¿Cómo que hasta los veintiocho? ¿No se acuerda de que nuestro contrato finaliza en unas semanas y de que está deseando deshacerse de mí? Se nota que ya se le ha subido el alcohol al cerebro, aunque haya empezado a beber ahora mismo.
No obstante, decido seguirle la corriente y le lanzo un beso a través del aire.
—Estaré encantada de que me vigiles los años que hagan falta, querida. —Me despido de ella con la mano—. Chaooo.
Y me dirijo hacia la entrada, ahora sí, para recibir a mis demás invitados.
—¿Sabéis dónde se ha metido Iris? —les pregunto a sus amigos, que se han acomodado en uno de los sofás.
Llevo diez minutos buscándola por el club y no doy con ella ni por casualidad.
Tras recibir a los invitados hace unas horas, me he vuelto a reunir con ella y hemos estado bebiendo, comiendo y bailando juntas.
Le he presentado a varios amigos míos y la he vuelto a abandonar, porque quería comprobar una vez más que todo estaba en orden y seguir saludando.
Hasta hace un rato, que he interpretado tres de mis canciones en el escenario y ahora es el turno de que actúen los demás.
—Se ha encerrado en el baño para escuchar sonidos de lluvia y estudiar —me informa Candela alzando la voz por encima de la música de uno de los cantantes franceses que he invitado.
Le doy las gracias y me encamino hacia el servicio con la intención de esperarla fuera, ya que no quiero molestarla ni interrumpir los rituales que hace antes de subirse a un escenario, como aislarse de la multitud para colocarse los auriculares y escuchar sonidos de lluvia con los ojos cerrados, sentada en el suelo, como si estuviera meditando.
Cuando la pillé por primera vez de esa forma, en uno de sus ensayos, la saqué de su trance y por poco me asesina.
Aunque no la juzgo: yo también tengo mis propias manías, como la de hacer sonidos extraños con la boca y ejercicios para calentar la voz; sin embargo, no entiendo por qué Candela ha dicho que está estudiando.
¿No se sabe la letra de la canción que va a tocar dentro de unos minutos con su banda?
¿O se está volviendo a aprender la partitura porque siente que se le ha olvidado?
Algunos artistas hacen cosas muy extrañas.