27. Iris #2
Sin embargo, ha sido una reunión agradable, la comida me ha gustado (menos la tortilla sin cebolla, que aún no asimilo que Gabrielle sea una rarita, tortillísticamente hablando) y esta familia me ha caído bien, hasta la madre con su gracioso español robótico.
Pero una necesita un respiro, que no estoy acostumbrada a estos eventos y encima se nos ha hecho tardísimo y debemos regresar a París.
¿Cuándo se despide la gente en este país tras una comida familiar? Parecen españoles.
—Ven conmigo, que te voy a presentar a los caballos antes de que nos vayamos, que no te puedes ir sin que los conozcas —me dice Gabrielle, que se levanta de su asiento.
Yo la imito, deseando no tener que montarme en ninguno, y ella le explica a su familia que ahora volveremos, porque me va a enseñar el establo.
—Esperad —interviene su padre—. ¿Os vais a quedar a dormir? Para sacar mantas y preparar la habitación. Con la hora que es, mejor será que paséis la noche aquí y os vayáis mañana temprano.
—Oui, ellas quedarse a dormir —se une mi suegra.
«No, gracias, amables suegros; además, no me he traído ropa».
Intercambio una breve mirada con Gabrielle, aunque la mía es de pavor y la suya, creo que de ilusión o alguna emoción ñoña.
—No te importa, ¿no? —me pregunta.
Proceso la propuesta tan marciana durante una eternidad.
—Eh… ¿Cómo me va a importar? —suelto esbozando una sonrisa falsa—. Me encantaría quedarme a dormir aquí.
Dios, qué mal se me da actuar.
—Entonces, perfecto. —Gabrielle aplaude, superfeliz—. Te prestaré ropa limpia y un pijama, que seguro que tengo algo en mi cuarto que te pueda servir. Pero ahora voy a llevarte a conocer a mis caballos.
Buah, menuda nochecita me espera… Y yo que tenía la esperanza de librarme de esta tortura lo más pronto posible.
La acompaño hasta el establo y, nada más entrar, un olor a estiércol se cuela por mis fosas nasales.
La naturaleza en todo su esplendor.
Nos acercamos a los cuatro caballos (cada uno está metido en su propia cuadra) y Gabrielle me los presenta.
Primero es el turno de sus yeguas: Fleur, con el pelaje blanco, y Belleza, de color marrón con una mancha blanca en la frente.
A continuación, les toca a los machos: Noir, que no tiene mucho misterio porque es más negro que el carbón, y Zafiro, de un tono grisáceo y su favorito.
Mientras me los enseña y me habla de ellos, me mantengo a una distancia prudente porque no me fío de aproximarme mucho a esos bichos por si alguno me da una coz o se abalanza sobre mí, a pesar de que la francesa me asegure que son muy buenos y no hacen nada, pero creo que el negro no opina lo mismo por cómo me observa, con esa mirada oscura tan seria y penetrante con la que me está diciendo que más me vale no arrimarme a él si no quiero salir de aquí con un moretón en mitad de la frente.
—Has tenido suerte: no te voy a dar clases de hípica porque ya es tarde, pero ten por seguro que vendremos otro día con más tiempo —me advierte señalándome con su uña de Eduarda Manostijeras—. No te vas a escapar tan fácilmente de mis caballos.
¿Tengo que venir más días a ver a su familia? ¡Estas noticias se avisan con antelación!
—Eso lo tendremos que discutir primero, ¿no te parece, mon amour?
—Le dedico una sonrisa fingida y decido cambiar de tema, no vaya a ser que a esta tía le apetezca darme clases de montar a caballo en plena oscuridad—.
¿Me enseñas tu habitación de toda la vida?
Deduzco que la tendrás decorada como si un unicornio hubiera vomitado dentro.
—Vale, vamos. Pero te vas a sorprender.
Dejamos atrás el establo y Gabrielle me guía por su casa familiar tras habernos despedido de sus hermanos y sobrinos y cruzado el jardín, que ya se encuentra con la mesa recogida.
Subimos a la planta superior y avanzamos por el pasillo hacia la puerta del fondo a la izquierda, donde está colgada una placa de madera blanca, con el nombre de la francesa escrito en letra cursiva.
Me invita a pasar a mí primero y, para mi asombro, me topo con un dormitorio de tamaño normal y no con una suite de hotel.
Ni siquiera tiene una cama doble, sino una individual con unas sábanas con dibujos de flores y pegada a la pared, pintada de un tono crema y decorada con fotos en las que aparece con su familia, amigos y otros artistas.
También hay una cómoda de madera algo desgastada, un escritorio con marcas de lápices y un par de estanterías con libros, discos y algún que otro trofeo que ha ganado a lo largo de los años, como el de EuroStars Junior y el de EuroStars de los adultos.
—Es algo cutre para ser tú —comento lo primero que se me pasa por la cabeza al echarle un vistazo rápido a lo que nos rodea—. Me la imaginaba más despampanante, del tipo Gabrielle Leroux, no de Gabrielle Martínez.
Se lleva una mano al pecho y me mira con la boca abierta, ofendida por mi sinceridad.
—¿Acabas de llamar «cutre» a la habitación en la que he crecido?
—Así es. —Asiento, dedicándole una sonrisa sin una pizca de arrepentimiento.
—Haré como que me he quedado sorda y no he oído nada. —Se encamina hacia el armario, de morros, y coge algo de su interior—. Toma, ponte este pijama. —Se da la vuelta hacia mí y me lo intenta lanzar a la cara, pero yo lo capturo al vuelo—. Te quedará genial y estarás monísima.
Analizo con una ceja enarcada la camiseta de manga corta y el pantalón que me ha tirado.
—¿Un pijama de la Barbie? —inquiero sosteniendo el par de trapos rosas con asco—. ¿Me estás vacilando, Eduarda?
Ella se encoge de hombros, divertida.
—No tengo otra cosa para prestarte. Lo siento.
Suelto un bufido y me golpeo la frente con el pijama.
El premio a la ridiculez del año lo voy a ganar yo esta noche por ponerme este engendro.
El martes por la mañana, antes de que la francesa se despierte, salgo de la cama de su piso a hurtadillas para sacar, en silencio, su regalo de cumpleaños de mi maleta, donde lo tengo escondido.
Ayer, cuando nos levantamos, desayunamos con sus padres en el jardín y nos despedimos de ellos para regresar a París y continuar con nuestros quehaceres, pero les prometimos que les haríamos otra visita muy pronto.
Me encanta esta relación repleta de mentiras (nótese la ironía) y agradezco que no nos esté creciendo la nariz como a Pinocho. No es por ser pesimista, pero tengo la sensación de que esta mierda acabará por explotarnos en la cara más adelante.
Me vuelvo a acomodar en la cama y me siento al lado de Gabrielle con las piernas cruzadas, sosteniendo su regalo. Ella sigue dormida, con la cabeza y el cuerpo girados hacia mi lado, los labios entreabiertos y su melena castaña descansando sobre la almohada.
Quedan diez minutos para las ocho y que su alarma comience a sonar.
No debería despertarla todavía, aunque creo que la ocasión lo merece.
Es más, hasta lo haría golpeando una cacerola como venganza, como hizo ella en la primera noche que me quedé a dormir en su chalet, pero no he metido ninguna en mi equipaje y no tengo ganas de rebuscar en los armarios de su cocina.
Así que no me queda otra opción y carraspeo para cantarle a cappella y a gritos:
—¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz! —empiezo, y ella arruga ligeramente el entrecejo y los párpados—. ¡Te deseo, Eduarda, cumpleaños feliz! ¡Bieeeeeeeen!
Gabrielle se restriega un ojo con la mano y después los abre poco a poco para mirarme y curvar sus labios hacia arriba de manera automática.
—Menos mal que no eres la vocalista de Lapislázuli y tu talento está en otra parte de tu cuerpo.
—¿En qué parte? —inquiero alzando una ceja, y ella se incorpora sobre el colchón.
—Lo sabes bastante bien. —Me lanza una mirada provocadora y señala con su cabeza el paquete que tengo en mi regazo, envuelto en papel de regalo plateado con purpurina y un lazo—. ¿Eso es para mí? —me pregunta con el semblante ilusionado.
—¿Para quién va a ser si no? —Se lo tiendo con una amplia sonrisa asomada a mis labios—. Felices veintisiete, mon amour. Más te vale que no te ocurra nada malo con esta edad, porque me encargaré de rematarte.
La gabacha se echa a reír y coge su regalo.
—Tendré cuidado.
Observo cómo deshace el lacito y rompe el papel con el que con tanto esfuerzo he cubierto el paquete, porque envolver regalos no es una de mis cualidades y acaban pareciendo un churro. A continuación, se encuentra con una caja de cartón negra, que la abre al instante.
—¿Unas Converse? —pregunta al sacar las zapatillas violetas del interior, sin eliminar esa sonrisa bobalicona de su rostro.
—Para que abandones tus taconazos, que algún día te vas a partir un pie y no me apetece ser la esclava que se encargue de empujar tu silla de ruedas.
Vuelve a reírse a carcajada limpia.
Las compré ayer por la tarde, aprovechando que Gabrielle estaba liada con los preparativos de su cumple.
Me acompañaron los lapislázulis para ayudarme con mi decisión, aunque a ninguno de los tres les gustó mi idea por no ser tan romántica.
El número de pie se lo tuve que preguntar al lameculo por WhatsApp, y espero que no me haya engañado, porque he perdido el tique y en la tienda no van a querer descambiármelas.
—Me han encantado. —Acerca sus labios a los míos y me da un beso de agradecimiento que me deja en un estado de estupefacción mañanero—. Muchísimas gracias.
—De nada, mujer.
¿Ese beso era fingido?
Mi cerebro medio adormilado no entiende por qué la francesa me ha besado así si no hay cámaras ni gente a nuestro alrededor y tampoco vamos a follar.
—Me las pondré hoy para que todo el mundo me vea con tu fantástico regalo.
—Voy a hacerme un café —suelto de sopetón, y me levanto de la cama de un salto—, que todavía me cuesta procesar ciertas cosas.
—Prepara para mí también, eh. —Gabrielle me sigue con su mirada hasta la puerta, pero sé que se ha extrañado con mi comportamiento.
Le respondo «oui, oui», abandono el dormitorio y me estampo una bofetada en la mejilla para despertarme de golpe, pero me doy tan fuerte que me hago daño y me la acaricio, maldiciendo a Francia.