Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 27. Iris
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27. Iris

La francesa me está vacilando. ¿Cómo se va a llamar «Gabrielle Martínez»?

Vale que tenga ocho mil hermanos y caballos, y que la mitad de sus genes sean españoles, pero ¿lo de tener un apellido tan español?

Lo siento, pero no me lo creo; es demasiado.

Además, «Martínez» no le pega nada. Es como si yo ahora me invento que tengo un apellido inglés o coreano, y que Iris Llorens es mi nombre artístico; sería surrealista.

No, me niego a que se apellide Martínez.

—Vamos, mon amour —me dice Gabrielle al darse cuenta de que no avanzo por el pasillo de la casa de sus padres, ya que mi estado de estupefacción me lo impide—. ¡Iris!

Reacciono y la persigo hasta el inmenso jardín, donde nos esperan los demás miembros de su familia con una mesa enorme atestada de comida.

¿Ya está todo listo para zampar? Si no son ni las doce y media y todavía tengo el desayuno viajando hacia mi estómago… Qué pronto almuerzan estos franceses; yo estoy acostumbrada a comer a las tres de la tarde, e incluso a las cuatro. Cuando no se me olvida, eso sí.

Los cuatro niños pequeños, de entre cinco y ocho años, que estaban correteando por el césped y serán los sobrinos, se acercan hasta los adultos para conocerme.

Primero saludo a cada hermano de Gabrielle y a las parejas; algunos me generan simpatía al instante y me dicen que son muy fans de Lapislázuli y que nos votarán en EuroStars, y otros son algo siesos, como la madre, que menuda miradita me ha echado en cuanto me ha conocido.

Siento que no para de juzgarme cada vez que respiro, aunque haya intentado hablarme en español.

Después, saludo a los críos, que comentan que soy muy bajita y que les gusta mucho mi pelo.

Todos los miembros me dicen sus nombres, pero yo no retengo ninguno porque son demasiados y en francés (algunos ni los entiendo cuando los pronuncian); el único que me he aprendido ha sido el de «mi suegro»: Arturo.

Espero no tener que llamar por su nombre a nadie de esta familia de ciento y un franceses para no hacer el ridículo.

—Les he traído dos regalos típicos de España —les digo en español, a pesar de que me cueste un mundo hablarles de usted porque no estoy acostumbrada, y saco de la bolsa que sostengo una botella de aceite de oliva, con la que casi he tenido que vender un riñón para pagarla, y jamón serrano envasado al vacío.

A Arturo se le ilumina la cara al ver los dos productos y los coge, contentísimo.

—Oh, muchas gracias, Iris. Qué gran detalle.

Pobre hombre; seguro que lleva años sin probar un buen trozo de jamón ibérico ni una simple gota de aceite de oliva español.

La madre de Gabrielle les echa un vistazo a los regalos.

—Yo me encanta el jambón y el aciete de olivo —me habla dedicándome una sonrisa—. Mucha gracia.

Arturo, que haría muy buenas migas con mi padre, murmura por lo bajo que su mujer sí que tiene mucha gracia comunicándose así, y Gabrielle le echa la bronca otra vez por meterse con su madre, que la pobre está haciendo un esfuerzo en hablar en mi idioma, aunque esté intentando descubrir mis secretos más íntimos, el número de riñones que tengo o si me falta algún hueso con los rayos X que tiene en sus ojos.

—De nada. —Le devuelvo la sonrisa a la mujer con cortesía—. Me alegro de que os guste.

Tras conocerlos a todos, cada uno toma asiento alrededor de la mesa; yo, al lado de Gabrielle y de una de sus hermanas. Arturo es el encargado de servirnos el vino uno por uno como si fuera un camarero, mientras los demás nos echamos los entrantes en nuestro plato.

Y a mí me sorprende que hayan preparado comida española: croquetas, jamón, tortilla de patatas, ensalada rusa, aceitunas, todo tipo de quesos, gazpacho… Así no tengo que fingir que me gustan los entrantes. Un puntito a favor para mi familia política falsa.

Lo primero que hago, antes de probar nada, es darle un sorbo al vino para ir entrando en calor; también rezo para que ninguno de los presentes me haga preguntas embarazosas, porque simularé que no las he entendido por el idioma y el acento, o decidiré hacerme la loca.

—¿Tú te gusta el vino, Iris? —me pregunta mi suegra, que está presidiendo la reunión junto a su marido.

Dejo la copa en la mesa.

—Soy más fan de la cerveza, pero el vino no está mal —le respondo haciéndome la graciosa, y se me escapa una risita.

Gabrielle me da un puntapié y me percato de que un par de sus cuñados y hermanos se miran entre ellos, como preguntándose «¿de dónde ha salido esta tía tan cateta?

»; mi suegra me contempla incómoda durante unos segundos hasta que Arturo me salva el culo y se echa a reír; su mujer y los demás lo imitan, pero sus carcajadas son más falsas que el chándal de Adidas que me compró mi madre para Educación Física, en el mercadillo, cuando iba al cole.

—Mi chica tiene un gran sentido del humor —interviene Gabrielle, también entre risas, primero en un idioma y luego en otro.

«Su chica».

Si hubiera estado comiendo, me habría atragantado al oír esa expresión.

—¿Podemos empezar a comer ya? Me muero de hambre —suelta uno de los niños con voz lastimera.

—Espera, Renaud, que sabes que primero debemos bendecir la mesa —le responde mi suegro, y el crío lo mira con cara de desconcierto.

¿Renaud no es una marca de coche? ¿Bendecir la mesa?

Y maldita la hora en la que le doy un segundo sorbo al vino, porque se me va para otro lado y comienzo a toser. Gabrielle me da palmadas en la espalda y mi suegro se descojona de la risa.

—¡Era broma! —exclama él.

Su mujer se pasa una mano por la cara, como pidiendo a gritos el divorcio, y los demás se ríen (bueno, solo los menos siesos y los niños).

—Papá, por favor —interviene Gabrielle—. Compórtate.

—Haría buen equipo con el mío —murmuro en su oído, y a ella se le escapa una risita que se asemeja a un ladrido de chihuahua.

Después de este incidente con el que por poco expulso los dos pulmones y algún que otro órgano aleatorio, todos los que ocupamos la mesa llenamos nuestros estómagos con los entrantes, y debo reconocer que los quesos, el gazpacho y la ensalada rusa están riquísimos.

Una lástima que no pueda opinar lo mismo de su jamón, que más que jamón es chóped; de sus croquetas, que no están tan deliciosas como las que prepara mi madre o la abuela de Rober y Candela; o de su tortilla de patatas SIN CEBOLLA, cosa que me parece un sacrilegio siendo el patriarca de esta familia español.

—¿En este país no le gusta a nadie la tortilla de patatas con cebolla? —le susurro a Gabrielle para que los demás no me oigan y se ofendan, aprovechando que están charlando entre ellos y nosotras hemos dejado de ser las protagonistas.

—A nadie de mi familia le gusta con cebolla —me contesta como si nada—. Menos a mi padre.

Suelto una carcajada porque no me lo creo.

—Estás de coña. —Me quedo mirándola para descubrir si se está burlando de mí, pero permanece totalmente seria—. Tienes que estar de coña.

Niega con la cabeza.

—Es verdad. Sabe fatal con cebolla y se repite mucho.

No, por esto sí que no pienso pasar. No me queda más remedio que aceptar que se apellide «Martínez», pero ¿que prefiera la tortilla de patatas sin cebolla en vez de con cebolla?

Lo siento, pero esto ya es demasiado. ¿Qué será lo siguiente?

¿Que se tome el ColaCao con agua o que diga que el gazpacho es lo mismo que el salmorejo?

Porque de esta tía me espero cualquier cosa a estas alturas de nuestra inverosímil relación de mentira.

Y menos mal que nuestro romance es falso, porque JAMÁS estaría con una chica a la que no le gusta la tortilla de patatas con cebolla.

Continuamos comiendo y, después de zamparnos los entrantes, con los que casi me estalla la barriga, toca el turno de hincarle el diente a un plato francés llamado ratatouille, que no lo he probado en la vida y solo he oído ese nombre en el título de una película de dibujos donde uno de los personajes es una rata que cocina, que la he visto con Pau un montón de veces.

Y, por supuesto, no me libro del interrogatorio que me hace esta familia mientras comemos, porque desean conocerme más a fondo cuando a mí solo me apetece tragar.

Me preguntan por lo que he estudiado, por mi banda, por mis padres, por mi vida en España y por mis planes de futuro.

Por poco me vuelvo a atragantar cuando quieren saber si me gustaría tener hijos; yo les he respondido, con toda la educación del mundo porque así me han enseñado mis progenitores, que todavía es pronto para pensar en eso y que por ahora solo estoy centrada en mi música y «en disfrutar de mi relación con Gabby».

Por otro lado, ellos me cuentan cosas suyas: que uno de los hermanos es rapero, que dos hermanas se dedican al mundo de la actuación, que la otra es influencer de TikTok, que los cuñados tienen trabajos normales y que el hermano sobrante ayuda a sus padres en la cafetería que tienen aquí, a la que me invitan antes de marcharme a España para que pruebe los mejores cruasanes y macarons del mundo, según mi «suegra».

Vamos, casi toda una familia metida en el mundo del espectáculo menos los padres, un hermano y los acoplados. La vida privada en esta casa brillará por su ausencia y seguro que son la comidilla de los medios de comunicación franceses cuando protagonizan algún cotilleo.

En cuanto nos tomamos el postre (una mousse de chocolate deliciosa), mi batería social ha descendido hasta el subsuelo y mi cerebro es como una batidora de idiomas por lo agotado que se encuentra al hablar en español e inglés, intentar entender el francés sin ningún éxito y agudizar mi oído porque esta gente habla tan bajito que parece que está susurrando.

Para colmo, cuando he ido al servicio, he flipado cuando el váter se hallaba en una minúscula habitación aparte, separado de la bañera y el lavabo.