Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 26. Gabrielle
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26. Gabrielle

—¿Cuántos cafés te has metido en el cuerpo desde que estamos aquí? —me pregunta Iris al salir de uno de los quioscos de la primera planta de la Torre Eiffel—. He perdido la cuenta.

—Con este, seis —le respondo, y le doy un sorbo a mi vaso. Cuando trago, frunzo el ceño porque no estoy muy segura de la contestación que le acabo de dar—. O siete, creo… ¿U ocho? —Y me encojo de hombros, despreocupada—. No sé.

—No vas a poder dormir después. O te va a dar una sobredosis de cafeína.

Bebo otro sorbo.

—Estoy acostumbrada, mon amour. —Le dedico una sonrisa—. Pero gracias por preocuparte por mí.

Llevamos todo el día recorriendo la Torre Eiffel con su banda; también con Axel y Gerard, que han venido a París por sorpresa y regresarán a España tras mi cumpleaños, y con Lucien, que se ha unido a nosotros a la hora de la comida.

Me he dedicado a ser la guía turística por cada planta y a contarles curiosidades mientras nos perdíamos por la Dama de Hierro.

También nos hemos metido en las tiendas de souvenirs para comprar recuerdos y regalos; yo he cogido unos detallitos para la familia de Iris, para dárselos en cuanto pise Barcelona y los visite, que me muero de ganas por volver a verlos.

A mediodía, hemos comido en uno de los bufés de la torre; a la hora de la cena, teníamos una reserva en el restaurante Madame Brasserie, cuya especialidad es la comida francesa, y hemos salido hace treinta minutos.

Ahora estamos volviendo a subir a la cima en ascensor para contemplar el anochecer y París totalmente iluminada.

Iris no se ha soltado de mi brazo en todo el día y me lo está dejando machacado.

Cuando salgamos de aquí, voy a necesitar una escayola o una amputación, porque menuda fuerza tiene esta mujer del tamaño de un gnomo.

—Ya puedes destaparte los ojos —la aviso por enésima vez en cuanto el ascensor se detiene.

Ella me hace caso y, conforme abandonamos el habitáculo, mira a su alrededor.

—De noche no da tanto vértigo. —Se aferra a mí con su mano temblorosa—. Aunque me sigue dando mucho respeto estar aquí arriba.

—Pero has superado la prueba sin morir en el intento; eso es un récord.

—Todavía no se ha acabado la visita —me responde sacando a relucir a su Iris pesimista—. Puede que en el último viaje hacia abajo, el ascensor se descuelgue y nos caigamos al vacío.

—Eso es imposible.

Ascendemos por las escaleras hacia la pequeña terraza, porque desde ahí se aprecia mejor la ciudad, y nos asomamos desde las rejas metálicas para admirar la noche de mi preciosa París.

—¿No te parece romántico esto? —le pregunto a Iris, y me bebo lo que me queda de café—. La ciudad del amor.

Ella ladea la cabeza en mi dirección, arrugando la nariz.

—Prefiero Barcelona mil veces, la verdad.

—¿Me harás de guía turística algún día? Que yo he sido la tuya en la Torre Eiffel.

Frunce aún más la nariz, como si hubiera chupado un limón y saboreado su acidez, una imagen que se me hace de lo más graciosa.

—A mí se me da fatal hacer de guía turística, eh —me contesta, pero sospecho que es una excusa para no enseñarme su ciudad—. Te recomiendo que contrates a una profesional, porque conmigo te perderías; ni siquiera me sé los nombres de las calles y tengo el sentido de la orientación atrofiado.

Me echo a reír.

—No me importaría perderme contigo por Barcelona.

Si fuera humanamente posible arrugar cada rincón de nuestro rostro, Iris sería la reina, porque la expresión que adorna su cara en este momento es una mezcla entre incomodidad y repulsión exageradísima.

—Vamos a ver qué están haciendo los demás —cambia de tema, y tira de mi brazo para que nos movamos; yo no paro de reírme—. ¿Por qué te ríes tanto?

—Ay, no sé. Estoy contenta.

—Yo creo que es por tanto café, que no es bueno para la salud y ya te está pasando factura.

Nos reunimos con sus amigos, que se encuentran a un par de metros de distancia de nosotras, admirando las vistas. De pronto, me percato de que Axel, sin que Dani se entere, le hace una seña a Gerard, y este se saca el móvil del bolsillo de sus vaqueros para apuntarlos con la cámara, sonriendo.

—No jodas —murmura Iris mirando la escena—. Ya me estaba oliendo algo.

Frunzo el entrecejo.

—No estoy entendiendo nada.

Rober, Candela, Lucien y Bruna se acercan a nosotros para cotillear.

Axel le da con el dedo en el hombro a su novio para que deje de contemplar París y le preste atención, y Dani se gira hacia él.

El fisio le enseña una cajita de terciopelo azul lapislázuli, que la abre para mostrarle la alianza de dentro, y el otro, al verla, arquea una ceja y frunce ligeramente los labios con algo parecido a la indiferencia, como si nada de esto lo sorprendiera.

Saco mi teléfono con rapidez para inmortalizar la escena y los demás turistas también se aproximan para no perderse nada.

—Daniel Domènech, ¿quieres que te soporte toda la vida y perder en nuestras discusiones hasta que la muerte nos separe? —le pregunta Axel con las comisuras de sus labios hacia arriba, y yo temo que el otro, con la cara que ha puesto, le responda que no y lo deje en evidencia.

—¡Dile que no! —grita Iris metiendo cizaña, y yo le regalo un codazo.

Dani arruga la nariz en una mueca de asco, mirando primero el anillo y luego a Axel.

—Ya era hora de que me lo pidieras, pedazo de gilipollas —le espeta, aunque no puede contenerse más y termina sonriéndole, con el rostro rebosante de felicidad y la mano extendida hacia él—. Pero el que te va a ganar en las discusiones y el que te va a tener que aguantar de por vida voy a ser yo.

Axel se ríe y le coloca a su chico el anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Después se abrazan y se besan, y los espectadores aplaudimos.

Justo en este instante, comienzan los cinco minutos de destellos con los que parece que la Torre Eiffel se cubre de purpurina, como si hubieran estado esperando el momento idóneo para encenderse.

—¿Por qué le ha puesto el anillo en la mano izquierda y no en la derecha? —le pregunto a Iris cuando dejo de grabar.

—En Cataluña es así. En el día de la boda, ese anillo pasa a la derecha para ponerse el de casado en la izquierda.

—No sabía este dato. —Vuelvo a desviar la vista hacia los enamorados—. Qué interesante y qué bonito. Yo también quiero que me pidan matrimonio de una manera tan romántica.

—Ah, ¿sí? Pues elige una mano.

Miro a Iris, que mantiene los dos puños extendidos hacia mí, bocabajo; yo sonrío, entre ilusionada y desconfiada, porque me espero cualquier cosa de esta mujer, y me decanto por la mano derecha.

Ella enseguida saca a relucir su dedo corazón y se echa a reír.

Niego con la cabeza de lado a lado y elijo su otra mano, con la que hace exactamente lo mismo: enseñarme el dedo del medio y desternillarse de la risa.

—Eres muy infantil. —Suelto un suspiro—. Ahora, por lista, no te pienso prestar mi brazo para que te agarres en nuestro último viaje en ascensor.

Iris se ríe más y yo le muestro mi dedo corazón como ha hecho ella conmigo. Atrapo una de sus trenzas, le doy un trenzazo en la cara y me alejo para brindar con los demás, con la copa de champán que me ha pedido Lucien, y felicitar a los novios.

Cuando llega la triste hora de abandonar la torre, Iris se aferra al brazo de Rober y yo, al de Lucien, porque continúo molesta con ella por haberse burlado de mí hace unos minutos.

Al salir, paseamos hasta la plaza del Trocadero, donde debemos hacernos varias fotos besándonos, con la Torre Eiffel de fondo, iluminada de dorado.

Luego, nos despedimos de Lucien, que se marcha a su piso en taxi, y de Axel y Dani, ya que el primero ha reservado habitación en un hotel para celebrar la pedida en la intimidad; los demás nos vamos a mi casa a descansar, que estamos agotados y mañana nos toca a Iris y a mí comida con mi familia.

—¿Qué tipo de franceses son tus padres? —quiere saber Iris.

Estamos viajando en taxi hacia mi pueblo, donde se encuentra mi casa familiar. Me siento nerviosa por presentársela a mis padres y a los demás miembros de mi familia y no entiendo por qué, si en teoría estoy interpretando un papel.

—No comprendo la pregunta —le respondo—. Son franceses normales y corrientes.

—O sea… Estirados y serios, ¿no? —Enarca una ceja, mirándome—. ¿Y en qué idioma me voy a comunicar con ellos? ¿Y por qué demonios no nos hemos preparado con antelación? —Se pasa una mano por la cara, estresada—. Dios mío, me estoy agobiando muchísimo con esta mierda.

Esbozo una sonrisa maliciosa porque me apetece asustarla un poco.

—Es solo una comida; no te preocupes. Mi padre habla español, como yo, y mi madre entiende algunas palabras; algunos de mis hermanos y un par de primos saben inglés y español, y los demás miembros, como mis tíos, otros primos y mis abuelos, solo francés.

—Pero ¿cuántos sois? ¿Los ciento y un franceses?

—En circunstancias especiales nos podemos juntar treinta y seis, pero hoy solo estarán mi padre, mi madre, mis cinco hermanos con sus parejas e hijos, y mis caballos.

Iris suspira de alivio, pero enseguida me mira, ojiplática, al conocer el número de hermanos que tengo.

—¿Sois seis hermanos? ¿Tus padres no tenían tele o no sabían que existían los condones? ¿Y tienes caballos? —De nuevo, se pasa la palma por el rostro—. Demasiadas cosas estoy descubriendo hoy sobre ti; no estoy lista para procesarlas.

Riéndome, le respondo a cada pregunta:

—Somos cuatro chicas y dos chicos; yo soy la hermana pequeña.

Claro que mis padres tenían tele y sabían de la existencia de los preservativos, pero siempre han deseado tener una familia muy numerosa.

Y sí, tenemos caballos y sé montar desde que era una niña.

De hecho, te voy a enseñar a montar más tarde.

Iris se echa a reír; creo que porque se piensa que estoy de broma.

—Ni de coña voy a subirme a uno de esos monstruos enormes.

—Has sobrevivido a los más de trescientos metros de altura de la Torre Eiffel; un caballo no es nada.

—No me vas a convencer. —Niega con énfasis—. Por mucho que me amenaces sin regalarme orgasmos con tu lengua.

Menos mal que el taxista no entiende castellano para enterarse de las ordinarieces españolas de Iris.

—Ya veremos, querida.

Una vez que el vehículo nos deja en la puerta de la casa de mis padres, le pagamos al conductor y nos despedimos de él.

En realidad, me despido yo, diciéndole con educación que tenga un buen día, porque la rubia se apea como si estuviera muda. ¿Ni siquiera sabe decir «adiós» en francés?

—Et voilà… La casa de mis padres —le digo a Iris señalándole con la mano la vivienda que se alza ante nosotras.

Ella la recorre con su mirada sin ninguna pizca de emoción.

—Qué nervios; voy a conocer a mis suegros gabachos —comenta en tono sarcástico, y da un par de palmaditas con una fingida sonrisa—. Espero que haya vino de lujo para poder emborracharme.

Al escucharla, la apunto con el dedo índice, en señal de advertencia.

—Te prohíbo que te emborraches delante de mi familia, bonita, y ni se te ocurra soltar la palabra «gabachos».

Hace un ademán con la mano, decepcionada.

—Le quitas lo divertido a la vida. Luego dices que los franceses no sois aburridos.

Ya estamos.

Decido ignorarla y le indico con mi mano que me acompañe hasta el acceso principal, donde pulso el botón del portero automático para que algún miembro de mi familia nos permita entrar.

Tras unos segundos aguardando, el portón se abre y nosotras nos encaminamos hacia la puerta por un sendero de piedra.

Mis padres son los primeros en salir a recibirnos y, cuando me planto delante de ellos, me dan un fuerte abrazo.

—Mamá, papá, esta es Iris —se la presento señalándola con la mano, y ladeo la cabeza hacia la rubia—. Iris, ellos son mis padres: Aurélie y Arturo.

Iris les dice «encantada de conocerles» en francés, aunque con un pésimo acento, y yo me pregunto dónde ha aprendido esa expresión y si ha estado estudiando mi idioma natal antes de venir a Francia.

Mi madre, de brazos cruzados, la mira de arriba abajo, y mi padre se acerca a ella para darle dos inesperados besos y decirle, en su impecable español, que por fin la conoce y que parece más alta en la tele.

A la rubia se le escapa una carcajada escandalosa y le responde, con unos decibelios de más, que se lo suelen decir mucho.

Mi madre da un respingo ante tanto ruido y también saluda a «mi novia» besándole las mejillas.

—Soy encantado de conocerla —intenta hablarle en español la mujer que me trajo al mundo, llevándose una mano al pecho—. Yo espero que usted estar como en su casa y sentir cómoda.

Sonrío al escucharla; mi padre se ríe y comenta, primero en francés y luego en español para que todas lo entendamos, que parece un indio hablando así, pero mi madre le lanza una mirada asesina y yo lo regaño.

Iris, creo que haciendo un esfuerzo por aguantarse la risa, le da las gracias a mi progenitora, también en mi idioma natal.

A continuación, nos invitan a entrar en casa y, conforme avanzamos por el pasillo (nosotras, detrás de ellos), Iris me susurra:

—Qué bien habla tu padre español, ¿no? Parece nativo.

—Normal, nació en Barcelona y se vino a Francia con mis abuelos cuando era un niño —le explico como si nada, y me encojo de hombros.

Iris detiene su paso y me mira, con la boca abierta.

—¿Eres medio española? ¿Y por qué yo no sabía nada?

—¿No habías cotilleado mi página de la Wikipedia? —inquiero—. Ahí aparece.

—Perdona, pero yo solo he curioseado tu carrera artística, no tu vida personal, que no me interesa para nada.

—Si hubieras estado más atenta, te habrías fijado en mi nombre real: Gabrielle Martínez.

Gabrielle Leroux es mi nombre artístico, porque decidí ponerme el apellido de mi madre, que tiene más poderío y suena más cool.

Ya has descubierto una cosa más sobre mí.

—Me echo un mechón de pelo hacia atrás, presumida—.

Vamos a comer y a presentarte a los demás.

—Y continúo mi camino hacia el jardín, dejando a la rubia anonadada tras descubrir que soy más española que ella.

—¡¿Cómo que «Gabrielle Martínez»?!