25. Iris
Todo el mundo odia a los franceses. Y quien diga lo contrario, miente.
No me gusta juzgar a las personas sin conocerlas, pero me parece increíble las caras tan siesas que tienen los ciudadanos de este país. Voy por la calle y solo diviso viandantes que lucen la típica expresión de estar oliendo excrementos de caballo.
—Huele a Francia —comenta Dani olisqueando el aire.
—¿Y a qué huele Francia? —le pregunta Rober, que camina agarrado a su brazo para que los shippeen y mañana nos despertemos con el titular «Dos integrantes de Lapislázuli pasean su amor por París» en las noticias.
—Pues a Francia. ¿A qué va a oler si no?
Estamos dando un paseo por París con Bruna y los guardaespaldas de Gabrielle detrás (yo tengo que ir aferrada a la mano de la francesa), después de haber desayunado en una cafetería el mejor cruasán de mi vida con el que me han caído mejor los gabachos.
Esta vez no nos estamos quedando en un hotel, sino en el piso que tiene Gabrielle cerca de la Torre Eiffel. En su «pisito», como lo llama ella, que de pisito no tiene nada porque es inmenso también.
Pisito es el que comparto con Axel y Dani en Barcelona.
Y con esto me ha surgido una duda: ¿cuánta pasta tiene esta mujer en el banco?
Porque para ser propietaria de un piso en una de las zonas más importantes de París y de un pedazo de chalet en Barcelona, debe cagar billetes día sí y día también.
Es cierto que es famosa desde que casi era un embrión y Lapislázuli aún está en pañales en lo que al mundillo de la fama se refiere, pero, joder…
Tanta riqueza no debe de ser buena; yo me conformo con poca cosa y me dan exactamente igual los lujos.
Mi banda al completo ha viajado hasta nuestro país vecino porque, dentro de unos días, debemos acudir al cumpleaños de Gabrielle, en el que invitará a un montón de gente de la farándula francesa y a sus conocidos, ya que a esta tía le encantan las fiestas por todo lo alto y ser el centro de atención.
Encima, estoy obligada a hacerle un regalo y no tengo ni idea de qué comprarle.
Al ser su «novia», debo estrujarme los sesos pensando en algo que le guste y la emocione.
No sirven unos calcetines cutres de mercadillo ni un sobre con un billete del Monopoly en su interior.
Por no hablar de que mañana me toca comida dominguera con su familia y me da una pereza enorme. Necesito hacerme bolita en la cama de mi habitación de la casa de mis padres o fingir una gastroenteritis para no asistir.
Entre tener que regalarle algo ñoño para su cumple e ir a conocer a su familia, estoy estresada y quiero pedirme la baja laboral.
Llevo años soltera precisamente para evitar estas reuniones, que no me gustan nada.
Sé que solo debo interpretar el papel de novia de la francesa, pero eso no quita que las deteste con toda mi alma.
—Me encanta la ciudad del amor —comenta Candela, risueña—. Lo malo es que estoy sin novio y vosotros ya estáis emparejados. Qué envidia. A este paso, me voy a quedar para vestir santos, y eso que no hay Nochevieja en la que no me meta debajo de la mesa.
—Lo de estar emparejados no lo dirás por nosotras también, ¿verdad? —le pregunto, refiriéndome a mi relación más falsa que una moneda de tres céntimos.
—Obvio que sí, querida —interviene Gabrielle; sus taconazos aporrean el asfalto por cada paso que da y parece que está acompañando al colegio a su hermana pequeña, sujetándola de la manita para que no se le pierda, por los centímetros que me saca en altura debido a esos tanques.
Dejo escapar un suspiro, exasperada.
—Yo también sigo soltero, eh —suelta Rober—, así que no os inventéis cotilleos sobre mí.
—¿Y qué pasa con el francés de los trajes cutres? —me intereso, aprovechando que el lameculo no se ha unido a nosotros.
Todos esperamos la respuesta de Rober, y Gabrielle defiende a su amigo y su forma de vestir, argumentando que sus trajes son chulísimos.
—Nada. —Rober se encoge de hombros de manera desinteresada.
El grupo entero finge que lo cree cuando cuatro viandantes que rondarán los veinte años se acercan para preguntarnos si pueden hacerse fotos con nosotros. Les respondemos que sí, y Bruna y el personal de seguridad de Gabrielle permanecen a un lado, sin quitarnos el ojo de encima.
Todavía no me acostumbro a esto: a que me pidan autógrafos o fotos, a que me reconozcan por la calle, a tener guardaespaldas… Me siento como si fuera alguien importante, como una política o la reina de algún país. Me meo de risa yo sola.
Una de las chicas nos dice a la francesa y a mí, en inglés porque sabe que no hablo ni papa de francés, que le encanta la pareja que hacemos y que espera que duremos mucho tiempo juntas; Gabrielle y yo le damos las gracias, pero me tengo que contener para no contestarle a la pobre muchacha que más temprano que tarde romperemos.
Por desgracia para ella, para Gabrielle y para todas las garrapatas que han apostado a favor de enamorarnos en la asquerosa apuesta.
Dejamos atrás a los fans y continuamos nuestro camino hacia nuestro destino: la Torre Eiffel.
Cuando tengo ese puto rascacielos delante de mis narices, no puedo evitar sentirme como una hormiga con enanismo, si es que eso existe, por lo enorme que es.
—Mejor os espero aquí —les digo a mis amigos y a mi chica, cagada de miedo—. Ni de coña pienso subir ahí con veintisiete años. Cuando cumpla los veintiocho, me volvéis a traer y, quizá, solo quizá, me atreva. No os prometo nada.
Mis amigos me contemplan como si yo fuera un caso perdido, pero me intentan convencer para que vaya con ellos porque ya tienen las entradas compradas, pero no lo consiguen; en cambio, Gabrielle me dedica una sonrisa y una mirada burlonas.
—¿La integrante más chunga de Lapislázuli le tiene miedo a la Dama de Hierro?
Vuelvo a echar un vistazo a ese monumento y trago saliva. A continuación, miro a la gabacha.
—Pues sí. ¿Qué pasa? —le espeto—. Es interminable e imponente.
Se me están revolviendo las puñeteras tripas. Que alguien me ayude.
Gabrielle hace un ademán con la mano.
—Bah, tampoco es para tanto. Yo he subido miles de veces y no me ha pasado nada.
—De hecho, la gente sube todos los días y no he oído que nadie se haya muerto —interviene Candela en tono jocoso, y Gabrielle, sin tacto alguno, comenta que ha habido algunos casos, pero que no los va a contar por empatía hacia mi persona.
Estupendo. Hubiera preferido vivir en la ignorancia antes de conocer dicha información.
—A mí lo que me jode es que Axel no haya querido venirse conmigo porque tiene que trabajar un puñetero sábado. Que se hubiera pillado unas vacaciones —suelta Dani, que vive en su mundo—. Se lo habría puesto a huevo para colocarme un anillo en el dedo.
—Yo también estoy dudando si subir o no —ahora es Rober el que habla—. Ahí arriba tiene que hacer un viento de la hostia y voy a acabar despeinado.
¿Quién quiere enemigos pudiendo tener estos amigos tan entrañables?
—Sois unos cabrones —les digo a todos, hasta a la francesa, y me cruzo de brazos, enfurruñada.
Sin embargo, parece que se les ablanda el corazón y comienzan a sentir lástima por mí, porque me suplican que suba con ellos, que nos lo vamos a pasar muy bien y me cuidarán, aunque yo no necesito que nadie me cuide.
También me aconsejan que cierre los ojos a medida que subamos, que no mire hacia abajo y que me agarre a ellos, pero sigo sin estar convencida.
—Debes hacerlo —me ordena Gabrielle—. En nuestro contrato pone bastante claro que, en nuestra visita a la Torre Eiffel, nos tenemos que hacer una foto desde la cima.
Me paso una mano por la cara, superagobiada.
Tendría que haberme pedido para desayunar diez wiskis bien cargados y no un café. Borracha soy invencible.
Dani se aproxima a mí y, mirándome a los ojos, me promete que hará por mí las tareas domésticas que me tocan durante un mes; yo pienso que suena tentador, pero no tanto como para arriesgar mi vida de esa manera. Luego, Gabrielle, sonriendo con maldad, pega sus labios a mi oído para susurrarme:
—Olvídate de mi lengua lamiéndote el coño si no subes.
Sí, ha dicho «coño», la señorita españolizada.
Suena más tentadora que la propuesta de Dani, pero yo no me vendo por sexo.
¿O sí?
Soy débil ante las mujeres. Y más aún, si esa mujer me vuelve loca.
Respiro hondo y, por enésima vez, recorro con la mirada la Torre Eiffel.
—Si me ocurre algo, recaerá sobre vuestras conciencias y os saldrá mi espíritu por las noches —los amenazo.
Enseñamos nuestras entradas, pasamos el control de seguridad y yo, como soy masoquista, alzo la cabeza hacia lo que tengo encima: la mismísima torre.
Me recorre un escalofrío por el cuerpo y me pregunto si es posible que esa cosa se parta en pedazos de la nada y me aplaste.
Mis amigos se dedican a hacerle fotos a todo lo que ven, como unos auténticos turistas y sin una pizca de miedo, y yo solo puedo permanecer agarrada con fuerza al brazo de Gabrielle.
Ni siquiera me atrevo a sacar el móvil para crear recuerdos; con lo que me tiemblan las manos, se me va a caer al suelo o no será capaz de leer mi huella dactilar para desbloquearse.
El viaje en ascensor hacia la primera planta no se me hace tan dramático como me había imaginado, pero casi me da un patatús cuando piso el suelo de cristal transparente que se encuentra bajo nuestros pies y miro hacia abajo, así que me suelto del brazo de Gabrielle y me traslado al suelo normal.
—Te podrías haber puesto unas zapatillas de deporte —le digo a la francesa, porque me da absoluto pavor que, al clavar sus taconazos, resquebraje el vidrio y se caiga al vacío.
—¿Por? —Ella me sonríe, juguetona—. ¿Te da miedo que haga esto? —Y se pasea por esa zona de cristal como si estuviera en un pase de modelos.
Yo cruzo los dedos para que no ocurra ninguna catástrofe y desvío la mirada hacia Rober y Dani, que se han puesto a bailar una sevillana juntos y a pisotear el suelo como si estuvieran en un tablao flamenco mientras Candela los graba.
Me entran los mil demonios al instante.
—¡¿Sois imbéciles?! —les grito.
Estoy haciendo turismo con un grupo de críos en una excursión escolar y yo soy su maestra, aunque mis amigos sean muchísimo PEORES que los niños.
Por suerte, los interrumpe un grupo de turistas españoles para saludarlos y pedirles fotos, porque juro que si seguían haciendo el gilipollas, hubiera acabado estrangulándolos con mis propias manos.
Después de atender a los fans, nuestra visita continúa hacia la segunda planta y, en el ascensor, me sujeto más fuerte a la francesa porque se me está descomponiendo el estómago por el vértigo que siento conforme nos elevamos, además de arrepentirme una barbaridad por no haber usado las escaleras.
Lo peor llega cuando salimos de ese cacharro y nos asomamos a la barandilla para admirar las vistas, que por poco me cago en las bragas.
Puf… Y todavía queda una planta más. No voy a salir con vida de aquí.
Candela no para de documentar cada detalle con su móvil ni de soltar «qué bonito», Rober se está peleando con su pelo y a Dani le está empezando a dar respeto la torre, porque se agarra al brazo de nuestra amiga con pánico.
Yo intento prestar atención a Gabrielle, que también tiene la melena al viento (yo agradezco haberme hecho dos trenzas), cuando me señala el lugar donde se encuentra el Louvre, el río Sena o la Estatua de la Libertad de París, que se ve diminuta desde donde estamos.
En realidad, todo se ve de ese tamaño.
No obstante, el verdadero terror aparece cuando nos toca subir a la cima, que me obligo a taparme los ojos en el ascensor porque me es imposible mantenerlos abiertos.
La pobre Gabrielle aguanta como una campeona la presión que estoy ejerciendo sobre su brazo; tampoco ayuda que mis amigos comenten con miedo lo alto que estamos y que Dani finja lloriquear.
—Ya puedes destaparte los ojos —me avisa Gabrielle—. Hemos llegado a la cima, mon amour.
Al oírla, dejo mi vista al descubierto y me agarro a ella con las dos manos. Abandonamos el ascensor y subimos unas pocas escaleras que nos llevan a una terraza donde el viento me da en la jeta junto con la melena castaña de Gabrielle.
—Joder, estoy cagada —confieso sin parar de temblar, y nos acercamos a las rejas, aunque no demasiado porque no me fío, para apreciar París en su máximo esplendor.
—¿A que es preciosa la ciudad del amor? —me pregunta sin un atisbo de nervios, ni en su voz ni en su cuerpo.
¿Cómo puede estar tan tranquila desde lo alto de esta cosa interminable, que parece el Everest? Que no nos separan diez metros del suelo, sino más de trescientos. Flipo con esta tía.
—La verdad es que sí. Es impresionante.
Durante los siguientes minutos, la escucho explicarme con total devoción las características de los monumentos y de los sitios más importantes, que apenas se distinguen desde aquí.
De tanto en tanto, aparto la vista de París para posarla en ella y en su cara rebosante de felicidad mientras habla y, cuando termina de parlotear, busco a mi banda con la mirada por si alguno se ha muerto.
Rober continúa batallando con su pelo, con el que parece el hermano gemelo de Beyoncé; Candela ha cogido un telescopio y está viendo la ciudad a través de él; y Dani contempla el paisaje agarrándose con vigor a la barandilla, hecho un flan, cuando Axel se acerca a él por detrás, de manera inesperada, y le tapa los ojos con las manos, sonriendo.
El otro se gira, asustado, hacia él y lo abraza.
—Qué bonita pareja hacen —comenta Gabrielle al verlos.
—A mí me generan ganas de vomitar.
La francesa se saca el móvil del bolso.
—Bueno, ¿estás lista? Ha llegado el momento de hacernos las fotos.
—Qué ilusión —le respondo con sarcasmo—. Lo estaba esperando con ansias.
Para contentar a nuestros seguidores, nos sacamos un selfi juntas y esbozando una sonrisa; en otra foto hacemos carantoñas y, en la última, aparecemos besándonos con París de fondo, aunque la tenemos que repetir un montón de veces porque el vendaval y el cabello de Gabrielle no dejan de hacer de las suyas, tapándonos las caras.
Y a mí, con sus besos, se me calman algo los nervios y las ganas de huir escaleras abajo.
Repito: solo algo.
—Ha merecido la pena sacrificarse y subir, ¿verdad? —Me dedica una sonrisa encantadora—. Has acabado enamorada de París.
—Solo lo he hecho para que no me castigaras sin tu maravillosa lengua.
No le pienso dar la razón, que tengo que seguir aparentando ser una chica dura.