Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 24. Gabrielle #2
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24. Gabrielle #2

Ellos me devuelven el saludo al unísono y después se dan un codazo e intercambian una mirada traviesa que no entiendo. La rubia no dice ni pío y se va directa a la nevera para tachar, con un rotulador, un día en el calendario que hay pegado en la puerta.

—Un día menos —manifiesta, y advierto cierta felicidad en su tono de voz.

—¿Para qué? —me intereso, y ella se da la vuelta hacia mí.

—Para perderte de vista, mon amour. —La expresión francesa la suelta con sorna.

Abro la boca, con mi ego destrozado cayéndose al subsuelo.

Nuestros dos espectadores ahogan una risita, pero Dani se atraganta con un trozo de galleta y comienza a toser. Iris coge un imán de la nevera y se lo tira a su amigo, que le da en la cabeza.

—Eso te pasa por imbécil.

—¿Os vais ya? —nos pregunta Axel al vernos arregladas mientras le da palmadas en la espalda a su novio—. ¿No desayunáis?

—Lo haremos fuera para alimentar a los paparazis —interviene Iris.

Siento la vibración de mi móvil dentro del bolso y lo saco para leer el mensaje que me acaba de enviar Lucien con el resumen de lo que tengo que hacer hoy.

Dani le dice a nadie en concreto que las paredes de este piso son de papel y que anoche oyó cosas, por lo que se gana más lanzamientos de imanes de parte de la rubia.

—Vámonos ya, que al final voy a acabar cometiendo un asesinato en esta casa —me ordena Iris, que me agarra del brazo para sacarme de la cocina antes de que mate a los graciosos de sus amigos.

—Voy a coger mi bolso —le digo en el pasillo.

—Venga.

Me adentro en su habitación y me acerco a su cama, donde he dejado preparado mi bolso antes de meterme en la ducha.

También cojo mis gafas de sol, que están sobre la mesita de noche, pero un papel que hay al lado me llama la atención, así que mi versión cotilla y española que habita dentro de mí me anima a echarle un vistazo.

De lejos, parece una lista de la compra o la letra de una canción; sin embargo, cuando mis ojos se desplazan por el folio, descubro que es una especie de listado de sueños por cumplir, al que ella le ha puesto el título de «Cosas por hacer antes de que la vida me dé una buena hostia».

Iris entra de sopetón en el dormitorio un par de minutos después y yo me sobresalto.

—¿Qué haces, que estás tardando tanto?

Ups, pillada in fraganti.

Desvío la mirada hacia ella, con mi mano sujetando la hoja en el aire. Cuando los ojos de Iris se posan en su lista, su expresión de acelga cambia a una de fastidio y avanza un par de pasos hacia mí para quitármela de manera brusca.

—Perdón —me disculpo, arrepentida, antes de que ella diga algo—. No he leído nada de esa lista. Te lo juro.

Dobla el papel por la mitad y lo esconde en el fondo del primer cajón de la mesita, atestado de bragas.

—No sabía que te gustaba meter las narices en listas ajenas. —Se me queda mirando como si estuviera descifrando mi alma; yo me siento desnuda ante esos iris grises—. ¿Cuántos puntos has leído?

—Solo el título. —Se me escapa una risita nerviosa y me muerdo el labio inferior.

Ella enarca una ceja sin creerme.

—Eduarda, que ya nos vamos conociendo.

Cierro los ojos y arrugo la nariz.

—Solo el título, de verdad. —La vuelvo a mirar—. No he podido evitarlo. Perdóname. Para mí sigues siendo una chica dura.

Mentira, nunca lo ha sido. Desde que la conocí, siempre he pensado que solo quiere aparentarlo, pero en realidad es una buenaza.

—Ya —es lo único que me responde, y se da la vuelta—. Anda, vamos.

Abandonamos su habitación y nos dirigimos al salón para coger nuestras chaquetas del respaldo del sofá que están ocupando sus compañeros de piso, que ya han terminado de desayunar y ahora están charlando entre ellos de tonterías.

—Yo también tengo una lista de cosas por hacer —le digo a Iris, y me pongo mi abrigo.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuáles son esas cosas? —quiere saber mientras se coloca su cazadora de cuero.

Sus amigos se han quedado en silencio para escuchar nuestra conversación.

—Lo típico; ya sabes. —Me encojo de hombros—. Plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo.

El libro ya lo estoy escribiendo, el árbol lo plantaré cuando tenga la oportunidad y, en cuanto al hijo… Ya pensaré dentro de unos años cómo me las apaño.

A Iris se le escapa una escandalosa carcajada.

—Qué cliché eres —me suelta, y centra su vista en sus amigos—. Y vosotros, ¿qué? ¿No tenéis nada mejor que hacer en lugar de estar con la oreja puesta en conversaciones ajenas?

Dani es el que toma la palabra:

—Gabby, si quieres, yo te presto mis espermatozoides para lo del hijo, como hicieron los personajes de Aquí no hay quien viva.

—Gracias, lo tendré en cuenta —le respondo sonriéndole con diversión.

Su novio le da un manotazo en la cabeza.

—¿Qué dices? ¿Cómo va a tener esa pobre chica un hijo tuyo? Va a nacer con cara de monigote. —Axel me mira a mí—. Yo te ofrezco mi semen, que por lo menos saldrá el crío más guapo e inteligente.

—Sí, con cara de carpeta.

Y los dos comienzan a pelearse en el sofá.

—Dios mío, en esta casa cada vez se desvaría más. —Iris suspira mirando al techo—. Conmigo no contéis para esa marcianada familiar. Hasta luego. —Y desaparece del salón para gritarme desde el pasillo—: ¡Vámonos ya, Eduarda, que me muero de hambre!

Me uno con mi chica en el recibidor. Como está lloviendo, me hago con uno de los paraguas que tiene esta gente en el paragüero de la entrada y lo abro para verificar si es tan amplio como para cubrirnos a Iris y a mí.

—¡¿Qué coño haces?! —exclama la rubia, alarmada, y me arrebata el paraguas de un tirón para cerrarlo de golpe.

Ay, es verdad. Que abrirlos en interiores da mala suerte. No me acordaba.

Me tapo la boca con la mano y la miro con arrepentimiento.

—Lo siento —me disculpo.

La supersticiosa suspira y se marcha del apartamento con el paraguas tras decir que espera que no le caiga un rayo por mi culpa.