Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 24. Gabrielle
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24. Gabrielle

No pensaba que me lo iba a pasar tan bien en el cumpleaños de un amigo de Iris; ha sido una celebración íntima y acogedora en el piso de Candela y Rober.

Hemos cenado pizza y croquetas de jamón, Gerard ha soplado las veintiocho velas de la tarta de queso e Iris ha comentado que ya puede respirar un poco más tranquila porque uno de sus amigos se ha despedido de la edad maldita.

Después, ha llegado el turno de los regalos y yo le he dado el mío, aunque no conociera al cumpleañero y seamos unos desconocidos el uno para el otro, ya que no podía asistir a su cumple con las manos vacías.

He optado por comprarle dos detallitos sin importancia: un Rolex y un perfume de Dior, y Gerard se ha quedado boquiabierto cuando los ha abierto (los demás también), además de que ha querido ligar conmigo, diciéndome que me estará esperando para cuando rompa con Iris.

Yo no sé si lo ha dicho en serio o en broma, porque Candela le ha dado una colleja y le ha ordenado que dejara de soltar estupideces.

Tras los regalos, hemos preparado un karaoke improvisado en el salón con la tele y unos micrófonos. Yo me he atrevido a cantar con algunos del grupo y me noto un pelín achispada por las copas que me he tomado; la rubia también luce la mar de contenta, porque se ha bebido sus preciadas cervezas.

Ahora estoy volviendo a hacer el ridículo, pero con Axel, y hemos elegido un tema español: Dos hombres y un destino, de un tal David Bustamante y Àlex Casademunt, que no tengo ni idea de quiénes son.

Nos estamos peleando por el amor de Iris, que nos la robamos mutuamente tirándola del brazo cada vez que a alguno le toca cantar una estrofa.

La pobre ya se encuentra mareada y los demás no paran de desternillarse de la risa desde la mesa.

En cuanto a Lucien… No le ha apetecido venirse conmigo al cumple después de la noticia que circuló hace unos días por las redes, gracias a esa periodista con nombre de compresa (como la llama Iris).

Lo que ocurrió fue que alguien grabó un vídeo en el evento de Londres, donde se aprecia cómo Rober se acercaba a mi amigo por detrás y le apretaba las nalgas con las dos manos; Lucien dio un respingo, se giró hacia él, asustado, y ahora todo el planeta piensa que son pareja.

Mi amigo, que ni siquiera es famoso, no quiere que lo vuelvan a ver en público junto a Sandokán, ya que no le gusta protagonizar escándalos.

—¿A cuál de los dos eliges en esta guerra del amor? —le pregunta Candela a Iris cuando Axel y yo terminamos nuestra actuación.

—A Axel —le responde la rubia sin dudar, y rodea a su amigo de dos metros con un abrazo.

Yo abro la boca y me llevo una mano al pecho, herida.

—Menuda traición, aunque solo seamos novias ante las cámaras.

Iris se separa de Axel y me sonríe, encogiéndose de hombros con inocencia.

—Ante las cámaras, dice… —oigo a Rober susurrarle a los demás, y todos se echan a reír.

—Axel es mío. —Dani le lanza a Iris una pelota que ha creado con una servilleta arrugada, que le golpea en mitad de la frente.

—No es tuyo si todavía no estás casado con él —le contesta ella como con retintín, devolviéndole el servilletazo en la cabeza.

Al final, Axel se mete entre los dos y detiene la discusión de niños de preescolar, pidiendo que no se peleen por él porque su corazón solo pertenece a Taylor Swift, y ahora el servilletazo se lo lleva él de parte de su novio.

A continuación, cada uno vuelve a tomar asiento en su sitio y Rober es el que toma la palabra:

—¿Cómo va la apuesta? ¿Ya habéis pagado todos?

Axel, que es el encargado de llevarla, saca su móvil y nos informa de que la mayoría ha pagado a favor de que Iris y yo acabaremos enamoradas, excepto Bruna y él, que han votado en contra.

—¿Todavía estáis con esa tontería? —interviene la rubia, sentada junto a mí—. Los que habéis votado a favor vais a perder.

—Tu novia está participando en la apuesta —le responde Dani—. Solo faltas tú.

—¿Qué? —Iris ladea la cabeza hacia mí sin creérselo—. ¿Es eso cierto?

Yo asiento, esbozando una sonrisa socarrona.

—Pues claro. No podía no hacerlo.

—¿Y qué has votado?

—A ti te lo voy a decir —le respondo alzando la barbilla con altanería.

Permanece en silencio durante unos segundos, frunciendo los labios, mientras reflexiona.

—Si Axel ha dicho que solo él y Bruna han votado en contra… —Su cerebro hace click y vuelve a desviar su vista hacia mí, atónita—. ¡Entonces tú has votado a favor!

Yo me cierro los labios con una cremallera invisible para no contestarle y ella le dice a Axel que la apunte en «esa ridícula apuesta» para votar en contra, porque está segurísima de que va a ganar, y que, cuando lleguen a casa, le dará los doscientos euros.

Continuamos cantando varias canciones más y divirtiéndonos hasta que nos encontramos lo suficientemente agotados. Rober, Candela y Gerard se quedan en este piso, y yo me voy con Iris, Dani y Axel en el coche de este último.

—¿Te llevamos a tu casa, Gabby? —me pregunta Axel, que es el que conduce.

Los amigos de Iris ya me dicen «Gabby» con total confianza. La única que me llama por mi nombre completo es la rubia; solo la he escuchado un par de veces dirigirse a mí mediante mi diminutivo.

—Se viene a dormir al piso —se me adelanta Iris, que está sentada conmigo en los asientos traseros.

Dani ahoga una risita y mi novia le pega una patada al asiento del copiloto que tiene delante.

—Oye, ten cuidado, que me vas a destrozar el coche —interviene Axel, que gira la cabeza hacia atrás durante un milisegundo para mirarla, pero ella le ordena que se centre en la carretera.

—Espero que no os importe que pase la noche en vuestro apartamento —les digo a los chicos.

—Qué va. ¿Cómo nos va a importar? —Axel me dedica una sonrisa a través del espejo retrovisor.

—Si ya eres como de la familia —añade Dani mirándome y sonriéndome también.

—Gracias.

Iris comenta que tiene ganas de vomitar, pero no porque se haya bebido ochocientas cervezas, sino porque somos unos empalagosos, y les aconseja a los chicos que no se hagan muy amiguitos de mí ni me cojan cariño, porque no quiere presenciar lloriqueos ni dramones cuando nos toque romper, que lo nuestro es efímero.

—Aplícate el cuento, guapa —le espeta Dani, e Iris vuelve a darle una patada a su asiento.

Y a mí se me encoge el corazón, porque no quiero que llegue ese momento.

Me he acostumbrado a esto que tengo con Iris; a nuestra relación, aunque sea fingida; a nuestros encuentros sexuales; a su compañía; a sus amigos, pese a que les falten unos cuantos tornillos…

Creo que lo voy a pasar fatal cuando todo eso desaparezca.

Una vez que llegamos al apartamento, saludo a Señorita Rottenmeier y a Taylor.

La rubia, por primera vez desde que la conozco, me invita a pasar a su habitación, que se halla algo desordenada, pero no tanto como me imaginaba.

Su maleta está tirada en el suelo, abierta de par en par y con ropa revuelta en su interior; en la cama doble hay una montaña de prendas, que la coge y la coloca sobre la silla del escritorio.

Observo que en las paredes tiene colgados algunos pósteres de grupos de rock, fotografías de ella con sus amigos y de su banda, y un cuadro bastante peculiar de una chica en un sofá verde con un gato blanco y botellas de vino; también me percato del marco que descansa sobre su mesita de noche, que lo cojo para curiosear la foto donde aparece Iris, con unos años menos, junto a sus dos hermanos.

Lo vuelvo a dejar en su sitio, aprovechando que la rubia sigue quitando cosas del medio, y mis ojos se posan en el Satisfyer que tiene sobre la almohada.

Sonrío, porque eso demuestra que lo ha usado hace poco.

Anoche, después de hablar conmigo por mensajes, tal vez, o esta mañana, al despertarse.

—Has estado bien acompañada en mi ausencia —le digo, y cojo a su amiguito.

Iris, que se está quitando sus Vans sentada en la cama, se echa a reír al verme con el aparato en la mano.

—Estabas lejos. ¿Qué querías que hiciese? —Me dedica una sonrisa pícara—. ¿Sientes celos de un aparatito, Gabby? —mi diminutivo lo pronuncia con erotismo.

Esbozo una sonrisa juguetona y me siento junto a ella en el colchón.

—Un poco, pero sé que este succionador no tiene nada que hacer contra mí. —Se lo acerco a la cara y le acaricio la mejilla con él—. Yo lo hago mejor.

—Él tiene distintas velocidades. No sé yo, eh.

—Muy graciosa.

—Oye, ¿por qué has apostado a favor? —inquiere frunciendo el ceño.

Estaba esperando esa pregunta.

—Porque ya te dije una vez que nadie puede resistirse a mis encantos franceses.

—No vamos a acabar pilladas la una de la otra —me responde muy convencida—. ¿Cómo puedes pensar que va a ocurrir semejante tontería? —Se lleva un dedo a la sien—. Te has vuelto majareta.

—Quién sabe lo que puede pasar de aquí a la finalización de nuestro contrato.

Ella me contempla como si yo de verdad estuviera loca.

—Se nota que has bebido más de la cuenta. No sabes ni lo que dices.

Puede ser que se me haya soltado la lengua por el alcohol, pero sé lo que digo y conozco la sensación que me visita cada vez que tengo a esta mujer cerca.

Y puede que tal vez me esté empezando a enamorar.

A la mañana siguiente, cuando las dos estamos duchadas y vestidas, aparecemos en la cocina para saludar a Axel y Dani, que se encuentran desayunando en la mesa.

Iris me ha prestado una de sus camisetas roqueras de manga corta, porque ayer no metí una muda de ropa en el bolso y no sabía que me iba a quedar a dormir en su apartamento hasta que me lo propuso entre copa y canción.

Lo que sí hice fue echar lo importante: un tanga limpio y un cepillo de dientes, algo que hago siempre por costumbre, por si las moscas, ya que nunca se sabe dónde puedo amanecer y debo ser precavida.

—Buenos días —saludo a sus compañeros de piso con educación.