23. Iris #2
Mientras mastico un trozo de tostada, le respondo a Eduarda.
Iris: «Hoy es imposible. Tengo que ensayar todo el día con estos y, por la noche, me toca asistir al cumple de un amigo»
Abandono el móvil sobre la mesa y continúo desayunando, esperando su contestación. Axel entra en la cocina, preparado para irse a su clínica, y deja un anillo negro al lado de la taza que está usando Dani.
—He perdido la cuenta de las veces que me lo he encontrado entre mis cosas —le dice en tono molesto, y Dani alza la mirada hacia él—.
El otro día me lo encontré en la nevera, sobre un yogur de galleta; ayer, sobre mi lado de la almohada; y hoy, metido en una de mis zapatillas de deporte, que me creía que se me había colado un bicho cuando me la he puesto.
Como se te pierda, no quiero saber nada.
—No importa; tengo más. —Dani le enseña los dedos de las manos, que contienen un anillo negro cada uno, menos el anular de la mano izquierda, mientras sonríe con inocencia; yo lo contemplo, con las cejas elevadas y en silencio—.
Es que tengo la sensación de que este dedo —sigue hablando, y ahora solo le muestra el anular desnudo— se ha cansado de llevar ese anillo y quiere otro.
Axel lo mira como si hubiera perdido la cabeza.
—Pues ponte otro, monigote —es lo único que le contesta, y me fijo en el tic en el ojo izquierdo de Dani por el estrés de esta situación.
La tontura de estos dos no hay quien la aguante.
Axel nos avisa de que se marcha ya a trabajar y se despide del otro dándole un beso en los morros. Cuando desaparece de la cocina y del apartamento, Dani lo llama «gilipollas» en un murmullo y le da un mordisco a su tostada con agresividad.
—Pídeselo tú y ya está —le aconsejo, aunque nadie me haya dado permiso para inmiscuirme en esta relación de botarates.
Dani desvía los ojos hacia mí y frunce el ceño.
—¿El qué le tengo que pedir?
Me doy un tortazo en la frente con la palma y vuelvo a centrar la mirada en mi amigo.
—¿Que se case contigo, tal vez? No sé, cómprale tú el anillo, le preparas una cenita romántica y se lo plantas en el dedo en lugar de estar haciendo el idiota.
Se le escapa una carcajada escandalosamente forzada.
—Aquí nadie ha mencionado nada de casamientos ni de bodas; no entiendo de dónde te has sacado eso.
—Recoge su taza y su plato de la mesa y se los lleva al fregadero lo más rápido que puede.
Luego, se gira hacia mí—. Además, yo jamás me rebajaría haciendo tal cosa; debe hacerlo Axel y punto.
—Y se esfuma de la cocina, dejándome aquí sentada, negando con la cabeza.
Un mensaje de Gabrielle interrumpe mi gesto de resignación.
Eduarda: «No pasa nada. Me avisas cuando estés libre, que debemos seguir demostrándole nuestro amor al mundo»
Estoy escribiéndole mi próximo mensaje cuando se me ocurre una idea.
¿Y si…?
Borro lo que he escrito y voy en busca de Dani, que está en el baño con la puerta abierta y echándose la pomada en el nuevo tatuaje que le ha hecho Gerard en las costillas: una línea de un electrocardiograma con un par de ondas y una mano roquera en medio, con el índice y el meñique levantados, haciendo el gesto de los cuernos.
—¿Qué quieres? —me pregunta sin mirarme, concentrado en aplicarse el potingue.
Me apoyo en el marco de la puerta, de brazos cruzados.
—¿Qué pasa si invito a Gabrielle al cumple de Gerard? —suelto, y él ahoga una risita—. Podríamos hacernos fotos y subirlas para que la gente vea que la francesa está integrada en el grupo de amigos de su novia. Sería más creíble nuestra relación falsa, ¿no?
Dani cierra el bote de crema entre risas y dirige su vista hacia mí.
—Tráetela, aunque yo no bautizaría vuestra relación como «falsa». Pero quién soy yo para juzgar —me responde con jocosidad.
Avanzo hasta él, le pellizco el brazo a modo de venganza y regreso a la cocina para proponerle el plan a la francesa.
Iris: «¿Quieres venirte al cumple de Gerard? Vamos mi banda y Axel, y sería una buena oportunidad para que nuestros fans sigan viendo que pasamos tiempo juntas»
Me envía su mensaje al instante.
Eduarda: «No sé si les parecerá bien a los demás, sobre todo al cumpleañero, que ni me ha invitado. Sería una falta de respeto y es una celebración íntima con solo los amigos más cercanos. Sois como una familia y me sentiría como una intrusa»
Iris: «¿Qué dices de falta de respeto? Tú vente; no te preocupes por no haber sido invitada por Gerard, que ya lo hago yo»
Eduarda: «Lo consultaré con mi representante»
Ah, claro. Primero le tiene que pedir permiso a su lameculo.
Recibo su siguiente mensaje diez minutos después.
Eduarda: «Ya lo he consultado con Lucien. Iremos juntas a ese cumple»
Iris: «Guay, mon amour»
Despego la vista de la pantalla del teléfono porque algo que está sobre la encimera me llama la atención: unas puñeteras tijeras abiertas, que no sé quién coño las ha dejado así, por lo que me acerco a ellas y las cierro a toda prisa, no vaya a ser que traigan la mala suerte o energías negativas a esta casa.