22. Gabrielle #2
Se echa a reír y por fin encuentra la cremallera, que la baja junto con mi tanga y con calma; las dos prendas acaban en el suelo, rodeándome los pies.
La rubia se incorpora y yo me quito los tacones para estar casi a la misma altura que ella.
Luego, ambas cortamos la distancia que nos separa y juntamos nuestros labios.
Mientras nos besamos con vehemencia, cada una acaricia el cuerpo de la otra y aprovecho para desabrocharle el sujetador.
Nos separamos durante un milisegundo para que pueda quitárselo y revolearlo hacia algún rincón, y nos dedicamos sonrisas y miradas cargadas de deseo.
Reanudamos nuestros besos y nos dirigimos a la cama sin despegar nuestras bocas.
Como yo estoy caminando de espaldas, mis piernas se chocan contra el filo y me dejo caer en el colchón, bocarriba, lo que provoca que Iris también pierda el equilibrio y se caiga sobre mí.
Se me escapa un gritito y las dos nos reímos al unísono, pero ella vuelve a fundir nuestros labios y yo, a pasear mis manos por su cuerpo.
Después, se concentra en besarme y en mordisquearme el cuello, y continúa descendiendo hasta mis pechos para juguetear con ellos, capturar un pezón con su boca y chuparlo; el otro lo aprisiona entre sus yemas, causando que un cosquilleo viaje por cada parte de mi ser y llegue hasta mi clítoris.
Como se ha sentado a horcajadas sobre una de mis piernas, noto, a través de la tela de sus bragas, su entrepierna húmeda y cálida sobre mi muslo y cómo se restriega contra mi piel.
Cuando regresa a mi boca, echo a Iris hacia un lado para que intercambiemos posiciones, y ahora soy yo la que está encima.
Le regalo besos y lametones a su cuello, al tatuaje de la media luna que tiene en su hombro izquierdo, a la enanísima estrella del derecho, a sus brazos (y una frase en inglés que lleva plasmada en el antebrazo derecho, que significa «si es ilegal hacer rock and roll, metedme en la cárcel», acompañada de una guitarra eléctrica y un pentagrama), a la constelación de Orión que lleva sobre su corazón, a sus pezones, a la llama estilizada de su abdomen…
Hasta que me detengo en sus bragas, que se las quito con cautela para encontrarme con su sexo empapado.
Y entonces sonrío, porque en realidad la que ha ganado he sido yo y no ella, puesto que la tengo a mi merced y suplicándome con su cuerpo que le dé placer.
Comienzo por lamerle el clítoris, dibujando circulitos con mi lengua, primero con calma para volverla loca, y después aumento el ritmo con movimientos más profundos.
Se le escapan varios gemidos y le introduzco dos dedos (sin uñas postizas, que hoy no me las he puesto), sin dejar de chuparle ese punto exacto.
—Joder, Gabby —masculla.
Hago una breve pausa para desviar la vista hacia ella, pero sin parar de mover los dedos en su interior, y la veo con los codos apoyados en el colchón, observándome, con las mejillas y sus iris grises encendidos.
Intercambiamos una mirada de excitación, aunque la suya me está pidiendo a gritos que siga, y le sonrío mordiéndome el labio inferior.
Me vuelvo a centrar en su sexo, deslizando mi lengua por su clítoris, y metiendo y sacando el índice y el corazón con más intensidad mientras ella, entre jadeos y respiraciones dificultosas, me acaricia la cabeza y arquea su pelvis para marcar el ritmo.
Unos instantes después, no puede contenerse más y estalla en un sinfín de sensaciones, jadeando; yo siento las contracciones de su orgasmo en mis dedos y a mi clítoris palpitar, porque me excita verla en estas condiciones.
—Madre mía con la francesa. —Se tumba, exhausta, y se queda con la vista fija en el techo—. Y parecía tonta cuando la compramos.
Se me escapa una carcajada y gateo por la cama hacia ella para acomodarme a su lado.
—¿Tengo o no talento usando la lengua? —inquiero, traviesa; ella suspira y ladea la cabeza hacia mí.
—Lo tienes, lo tienes —me contesta, y me arranca otra risotada—. Vale, ahora me toca a mí degustar el plato estrella de Francia.
—Nunca me habían dicho algo tan bonito —le digo en tono burlón.
Iris desciende hacia mi sexo y, con su experta lengua, sus labios tan sexis y sus dedos juguetones, no tarda en hacerme llegar al clímax; yo suelto un montón de expresiones y tacos en francés.
—¿Yo también tengo ese talento oculto? —me pregunta tras besarme y acostarse junto a mí.
Yo aún estoy recomponiéndome del orgasmo y de lo trastocados que me ha dejado los sentidos.
—Ya no es tan oculto, que lo acabo de descubrir.
Ella esboza una preciosa sonrisa y deposita un tierno beso en mi hombro. Me dice «bona nit», que significa «buenas noches» en catalán (lo sé, porque lo he empezado a estudiar en una aplicación), y se da la vuelta, tumbándose de espaldas a mí y enseñándome su perfecto trasero.
—Buenas noches. —Yo también me giro hacia el lado contrario.
—Volviendo a lo del sabor del yogur, que no te lo he respondido… —suelta de repente sin que me lo espere—. ¿Cuál me pondrías tú?
Me tomo unos segundos para pensarlo, frunciendo los labios.
—Limón. Ácido al principio, pero cuando lo pruebas varias veces, acaba convirtiéndose en tu favorito.
—Yo iba a decir el yogur de cerveza, pero el de limón no está mal.
Pongo los ojos en blanco, pese a que no me vea.
—El de cerveza ni siquiera existirá; y si existe, no será comestible.
—Habrá que inventarlo y probarlo. Me haría de oro. —Suelta una risita encantadora—. Y ahora sí: buenas noches.