Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 22. Gabrielle
57%

22. Gabrielle

La entrevista en ese programa inglés ha salido como no me esperaba: perfecta.

Yo no tenía mucha fe en la rubia y creía que metería la pata en alguna de las preguntas (por no decir en todas) y acabaríamos haciendo el ridículo, pero me alegro de que mi ayuda a la hora de estudiar le haya servido.

También me ha sorprendido que no haya estado con mala cara frente a las cámaras; ambas nos hemos divertido, hemos interactuado como si fuéramos una pareja auténtica y hemos estado muy cómodas con la presentadora y los colaboradores tan simpáticos.

Justo al terminar, Lucien y Bruna nos han contado que, una vez más, #Gabiris ha sido tendencia en las redes y la mayoría de comentarios han sido positivos (como que les encantamos como pareja, que son superfans de las dos y de Lapislázuli, y que somos sus artistas favoritas), aunque ha habido algún que otro usuario que ha comentado que no se traga que seamos novias y que piensa que todo es una estrategia de marketing, que estamos gordas o delgadas, que nos hemos operado hasta las pestañas y que nos hace falta una buena polla.

Yo no he tenido tiempo de mirar nada en internet porque, en cuanto hemos salido del plató del programa, nos hemos ido directas al recinto para prepararnos para el evento, del que hemos salido hace unos minutos, y ahora nos estamos haciendo fotos con la gente que hay apelotonada en la calle tras la valla.

Siento una especie de déjà vu de aquella noche, cuando comenzó nuestro drama en una de las fiestas de Madrid, donde Iris iba borracha y me rompió el tutú.

La diferencia es que hoy no ha querido beber ni una gota de alcohol y yo tampoco; la falda de tul sí que me la he puesto y deseo que también me la arranque, pero al llegar al hotel.

Continúo haciéndome fotos con la gente y firmando autógrafos, aunque tiritando; estoy muerta de frío y solo llevo un top de tirantes en la parte de arriba. No tengo ni idea de dónde está Lucien; se ha quedado con mi abrigo y me lo tendría que haber devuelto al finalizar.

Cuando atiendo a los fans, echo un vistazo a mi alrededor por si encuentro a mi amigo, pero no lo veo por ningún lado, por lo que sigo mi camino mientras me froto los brazos con las manos.

Me reúno con Iris delante de nuestro taxi, que me estaba esperando; ella, al verme congelada, niega con la cabeza en desaprobación, se deshace de su cazadora de cuero negra y me la echa sobre los hombros.

Y yo no sé si lo hace porque de verdad ha sentido lástima por mí o por las apariencias, ya que nos está viendo todo el mundo y mañana protagonizaremos las portadas de las revistas con fotos sobre esta escena romántica tan cliché.

—¿A quién se le ocurre ir en tirantes? —suelta, y me ayuda a meter los brazos en las mangas.

—¿Te ha sobornado Lucien para que me prestes tu chaqueta?

Ahora todo cobra sentido y por eso mi querido representante me ha robado el abrigo.

Iris libera mi melena, que estaba atrapada entre mi espalda y el cuello de la chaqueta, y me hace cosquillas con sus dedos cálidos en la nuca, lo que me provoca un escalofrío.

—Ojalá, porque así no estaría haciendo esta tontería gratis —me responde, y yo me fijo en que se ha quedado con los brazos descubiertos con esa camiseta de manga corta negra de un grupo de música de rock.

—Vas a pasar frío —le digo, sintiéndome culpable.

Ella se echa a reír.

—Las chicas roqueras no tenemos frío; llevamos el infierno surcando por nuestras venas. Vamos al taxi, mon amour. —Me coge de la mano y frunce el entrecejo—. Joder, está helada. ¿Eres la hermana perdida de la de Frozen o qué?

—¿También ves pelis de dibujos? —quiero saber, impresionada—. Tampoco te pega nada.

Iris me responde que las ha visto con su hermano pequeño para entretenerlo, porque no tenía más remedio, y después tira de mi brazo para llevarme hasta el vehículo, que contiene ocho plazas y a los demás lapislázulis, a nuestros mánagers y al conductor en su interior.

En el asiento del copiloto se halla Bruna; en la fila del medio se encuentra Lucien, con dos plazas vacías reservadas para nosotras; y en el fondo están Candela, Rober y Dani.

Primero entro yo para acomodarme entre mi amigo e Iris.

—¿Dónde te habías metido? —le pregunto a Lucien, y el taxi comienza a circular por la carretera—. Necesitaba mi abrigo.

Él se percata de la chaqueta que llevo puesta y enarca una ceja; a mí no se me escapa que el muy caradura se ha adueñado de mi abrigo de plumas violetas calentito.

—Tú misma lo has dicho: lo necesitabas —me contesta con jocosidad, y señala con su cabeza la cazadora de Iris—. Ya no.

—Para tu próximo cumpleaños te compraré carbón del duro —le digo con voz amenazante, porque se está ganando que no le regale nada—. Tú verás lo que haces.

—Eres mala, ma chérie. —Se recoloca mi abrigo como una señora indignada y me aparta la mirada para posarla en la ventanilla.

Desvío la vista hacia el frente e Iris le pide al taxista, en inglés, que conduzca con precaución porque aquí dentro hay tres artistas de veintisiete años y no quiere ningún disgusto.

Me va a dar miedo cumplir esa edad por su culpa.

—¿Por qué seguís con las manos entrelazadas si ya no hay fans ni cámaras? —quiere saber Daniel, que ha inclinado su cuerpo hacia delante para asomarse entre nuestros asientos, con las manos apoyadas en ellos.

Los ojos de Iris y los míos viajan hacia nuestras manos unidas, porque ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que las seguíamos teniendo así, y las soltamos al instante.

Bueno, miento. Cuando nos hemos puesto los cinturones de seguridad, sí que las hemos despegado, pero luego las hemos vuelto a unir y no entiendo por qué.

La costumbre, supongo.

No se me escapa la risita ahogada de Lucien y tomo la decisión de no regalarle nada, pero ni en su cumple, ni en Navidad, ni en el día de su boda.

—Cállate, que te va a escuchar el taxista —le digo a Daniel con la mirada posada en él.

—No entiende ni papa de español —me asegura, y añade, por si acaso—: Culo, polla, coño, caca, pis.

El hombre ni se inmuta y Daniel pregunta a nadie en concreto el motivo por el que conducen al revés en «Guirilandia», que se está mareando. Iris se gira hacia él con la mayor expresión de cabreo que le he visto a una persona a lo largo de mi vida.

—¡¿Quieres dejar de hacer el imbécil de una jodida vez, sentarte bien y ponerte el maldito cinturón?! —ladra—. Me voy a cagar en todos tus muertos como te pase algo.

—¡Hala, hala, hala!, qué agresiva; pensaba que el amor te suavizaría ese carácter. —Él levanta las manos en son de paz y la obedece, sentándose como una persona normal. Después, le lanza un beso—. Yo también te quiero. —Y se abrocha el cinturón—. Ea, ya me lo he puesto, ¿contenta?

Rober y Candela comienzan a cantar al unísono una canción:

—Ponte el cinturón, protege tu vida, tu seguridad es muy importante. —Y se chocan las palmas.

—Madre mía, cómo está el patio —murmura Iris, y suspira, volviéndose a acomodar en su asiento—. Tendría que haberme bebido unas cuantas copas.

Una vez que llegamos a nuestra planta del hotel sin haber sufrido ningún percance durante el viaje, nos detenemos en el pasillo para despedirnos de los demás.

—Buenas noches, parejita —nos dice Rober dedicándonos una sonrisa.

—¿Por qué no os venís un rato a nuestra habitación? —nos propone Candela—. Y hacemos algo juntos.

Yo estoy a punto de responderle, pero Iris se me adelanta:

—No podemos; tenemos planes.

Todos, excepto Lucien y Rober, nos miran extrañados.

—¿Qué clase de planes? —nos pregunta Daniel—. ¿Hay algo que debamos saber y no nos estáis contando? Que en Lapislázuli está prohibido tener secretos.

—Sí, dormir —vuelve a hablar Iris con el semblante impertérrito—. Como siempre.

—Y yo también voy a dormir —me uno—. Estamos muy cansadas.

—Y yo, así que hasta mañana, que aguantaros es agotador —interviene Bruna, que se mete en su habitación sin decir nada más.

Los demás nos contemplan a Iris y a mí con recelo, como si no se creyeran que nos vamos a ir a dormir en cuanto pongamos un pie en nuestra estancia.

—Aquí está pasando algo y no me estoy enterando —vuelve a hablar Daniel con los ojos entornados.

Iris finge un bostezo.

—Uy, qué sueño tengo —comenta—. Venga, adiós. —Y se encamina directa hacia nuestra puerta.

Me despido de los demás, haciendo un gesto con la mano y esbozando una espléndida sonrisa, y desaparezco con la rubia del pasillo.

—¿Por dónde íbamos? —pregunto tras cerrar la puerta.

Iris se deshace de su camiseta negra y la revolea, quedándose en sujetador.

—Había ganado yo. —Me dedica una sonrisa pícara y se quita su falda de cuero roja, que le cae a los pies—. Y me ibas a demostrar tu talento con la lengua.

—No me queda muy claro que hayas ganado tú, eh.

—Me desprendo de su cazadora, que la dejo apoyada en el perchero para que no se arrugue, y hago un esfuerzo por no sonreírle mientras se descalza sin dejar de mirarme—.

No me gustan las chicas tramposas. —Me libero de mi top y también lo lanzo por la habitación.

Como no me he puesto sujetador, me quedo con los pechos al aire.

Iris me recorre con su mirada y da un par de pasos hacia mí, con solo las bragas y el sujetador puestos; ambos de encaje negro.

—A ver cómo se quita esta cosa. —Se encorva para intentar bajarme la falda de tul.

—Cuando nos conocimos, no se te hizo muy difícil.