Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 21. Iris
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21. Iris

—¿Cómo nos conocimos? —Gabrielle rompe el hielo con la primera pregunta; las dos estamos sentadas en la cama, la una enfrente de la otra, con las piernas cruzadas y mirándonos fijamente.

—Esa es facilísima. —Hago un ademán con la mano—. En la salida de aquella fiesta, cuando iba tan borracha que me tropecé con algo, me agarré a tu ridículo tutú y te dejé en bragas delante de la gente.

La francesa se golpea la frente con la mano.

—¡La versión real, no! ¡La que se ha inventado Lucien!

Ah, claro, que tenemos que mentir para que la peña se siga creyendo esta historia de dudoso amor.

—Ni idea. —Me encojo de hombros, mostrando indiferencia.

Y Gabrielle me narra, con una envidiable energía, que nos conocimos en su concierto de Barcelona, en septiembre del año pasado.

Ella estaba cantando una de sus canciones románticas y yo la veía desde la primera fila del público con mis amigos, porque resulta que soy muy fan de la francesa desde siempre y ni siquiera lo sabía.

Entonces, en una de las estrofas, nuestras miradas se encontraron y surgió la chispa (claro, muy realista el amor a primera vista; no te jode).

Unas semanas después, fui yo la que dio el primer paso de seguirla en Instagram y le mandé un mensaje privado (me descojono).

A partir de ahí, nos atrevimos a quedar en secreto, hasta que todo se desmadró en el incidente de aquel evento; el resto es historia.

Yo no paro de reírme conforme ella me cuenta la telenovela, pero también tengo ganas de vomitar arcoíris; parece una película mamarracha de romance, de esas que ves una tarde de domingo en Netflix porque estás aburrida y no sabes qué poner.

Menudas cosas se inventa el lameculo… ¿Cómo voy a responder eso delante del mundo entero?

¡Que tengo una reputación que mantener! Los roqueros carecemos de corazón; nuestras almas se las llevó el diablo hace tiempo.

—Deja de reírte y quítate una prenda —me ordena Gabrielle, que ha cambiado su expresión de entusiasmo a una de seriedad.

Me enjugo las lágrimas que se me han escapado a causa de las risas e intento calmarme.

—Vale. —Levanto las manos en señal de rendición—. A ti también te toca quitarte algo, que te has sabido la respuesta.

Las dos elegimos el calzado; ella se deshace de un botín blanco y yo, de una de mis Vans negras. Después, carraspea y continúa con la segunda pregunta:

—¿Quién fue la que le pidió salir a la otra?

—Tú, obviamente. Yo jamás haría algo así —respondo sin dudar, y decido especificar—: Con nadie.

Ella esboza una sonrisa chulesca.

—Respuesta incorrecta. Fuiste tú la que se declaró en lo alto de la Torre Eiffel. Me pediste ser tu novia y me dijiste que estabas muy enamorada de mí; yo acepté porque sentía lo mismo por ti.

Se me escapa una carcajada tan escandalosa que la habrán oído mis padres desde España.

¿En la Torre Eiffel? ¿En serio? ¡Jamás he subido a ese rascacielos y jamás lo haría!

Lucien iba para escritor de comedia romántica, pero se quedó en lameculo de la francesa.

Yo me quito mi otra Vans y Gabrielle, su otro botín.

—Menuda imagen tan cursi se van a llevar los telespectadores de mí —comento—. Yo, que nunca me he declarado a nadie, y encima en la Torre Eiffel… —Otra risotada—. Me meo de risa imaginándome en esa situación.

Gabrielle contempla con la ceja enarcada cómo me río y lanza la siguiente pregunta como una chismosa:

—¿Nunca has estado enamorada de nadie?

Detengo mis risas para contestarle:

—¿Esa pregunta viene en los apuntes?

—No, pero me interesa tu respuesta.

Yo no sé para qué quiere saber algo tan privado sobre mí si dentro de unas semanas nos habremos separado.

Sin embargo, decido resolverle esa duda para que no piense que ando escasa de sentimientos.

—A ver, hace años que estoy soltera y muy a gusto, pero cuando era más joven, como buena lesbiana que soy, cogía un autobús roñoso, que parecía sacado de la guerra, para ir a ver a la novia de turno, que vivía a un montón de kilómetros de mí. Si eso no era amor, no sé qué coño era.

La francesa sonríe con ternura al escuchar mi historieta.

—Qué romántico… Yo me enteré de que una exnovia de mi adolescencia llevaba una doble vida, porque mantenía una relación con otra chica de otra ciudad mientras estaba conmigo.

Para su asombro, no me burlo de lo que me acaba de contar, sino que niego con la cabeza.

—Menuda desgraciada —murmuro, y ella me da la razón.

Continuamos con las siguientes preguntas, que, según ella, son las más básicas y las que hay que saberse de manera obligatoria:

El color favorito de la otra: respondo que el suyo es el rosa porque es una empalagosa, pero me equivoco porque es el violeta; el mío, el tono más oscuro de negro que exista sobre la faz de la Tierra.

Comida favorita: suelto que le gusta «alguna mierda francesa», por decir algo, aunque en realidad es la paella, y la mía, la pizza.

Bebida preferida: menciono que la suya es el vino porque es muy estirada, pero fallo porque es el café, y ella acierta que la mía es la cerveza, pero eso lo sabe hasta la gente que no me conoce.

Cantante o grupo de música favorito: contesto con total seguridad que la suya es Taylor Swift (incorrecto, porque es One Direction), y el grupo que me encanta a mí es Nirvana (menos mal que lo ha dicho bien, porque si no, se gana un cojinazo).

Y seguimos respondiendo unas cuantas más hasta que las dos nos quedamos en bragas y sujetador; ella las ha acertado todas y yo, ni una.

Aunque debo confesar que lo he hecho a posta para quitarme prendas y provocarla, porque cuando me ha preguntado por su apellido artístico, he contestado «Pérez» en lugar de «Leroux».

—Siguiente pregunta. —Se echa un mechón de pelo hacia atrás y me mira—. ¿Cuál es mi talento oculto?

Suelto otra carcajada.

—Usar tus garras de Eduarda Manostijeras. —Le enseño mi mano y muevo los dedos en el aire, delante de ella.

Su mandíbula se abre tanto que está a punto de caerse sobre el colchón, ya que no se esperaba que dijera eso.

—Aparte de ese, tengo dos más. —Me golpea con el taco de papeles en el brazo y yo me río más—.

Sé usar bastante bien la lengua, pero como comprenderás, no podemos decir eso delante de las cámaras, que además estaremos en horario infantil y nos estarán viendo niños, así que tendrás que responder que preparo los mejores cafés del planeta.

Joder, es tremenda esta francesa.

—Menuda mierda de talento, que ni siquiera es sorprendente porque todos saben que eres adicta al café.

—Me llevo las manos a la espalda y me desabrocho el sujetador; después, lo dejo caer al suelo, mirándola a los ojos y dedicándole una sonrisa maliciosa—.

Y lo de tu talento con la lengua lo tendrá que confirmar la otra persona, ¿no crees?

—Cuando quieras, te lo demuestro —me dice con el semblante repleto de arrogancia y la espalda recta, esforzándose por mantener su vista clavada en la mía para que no viaje unos centímetros más abajo—.

Y tu talento oculto es el de ponerme de los nervios, pero Lucien me apedrearía si lo confieso delante de todos; tu otro talento no sé cuál es.

Alzo una ceja sin creérmelo.

Lo de que la pongo de los nervios sí me lo creo; lo otro, no.

¿Cómo no va a saber que mi talento oculto es el de quedarme dormida en cualquier sitio?

—Estás mintiéndome porque quieres que pierda. —Vuelvo a sonreírle, juguetona, y me arrodillo para acercarme gateando hasta ella por la cama—. No seas tramposa, Gabby —le indico con mi rostro a escasos centímetros del suyo—. ¿Cuál es mi talento oculto?

Ella traga saliva sin despegar su mirada de la mía.

—Ya te lo he dicho: ponerme de los nervios —susurra contra mis labios—. Y muy cachonda también.

Me siento a horcajadas sobre ella y acaricio la curvatura de su cintura, desde abajo hacia arriba; sus manos se posan en mis caderas y nuestros labios se unen. Mis pechos rozan la fina tela de su sujetador y mis palmas se detienen en su espalda, justo en la zona donde se encuentra el cierre.

—Vale, te doy por buena esa respuesta —le digo, sonriéndole—. ¿A que no eres capaz de decir delante de todos que te pongo cachonda?

Se le escapa una risita que se me hace adorable.

—¿Qué pretendes? ¿Que los ingleses nos odien, nos echen de su programa y nos cancelen a ambas?

—Quizá provocaríamos el efecto contrario.

—Le desabrocho el sujetador y se lo quito, pasando los tirantes por sus brazos, para revolearlo por la habitación y dejar sus bonitas tetas al descubierto con los pezones ya endurecidos—.

Ahora estamos en igualdad de condiciones.

—Apoyo las manos en sus caderas y vuelvo a mirarla a los ojos; ambas con una sonrisa cómplice—. Siguiente y última pregunta.

Ella se muerde el labio inferior.

—¿Cuándo es mi cumpleaños? —inquiere—. El tuyo es el trece de agosto.

—Y el tuyo, dentro de unas semanitas, Eduarda. —Las comisuras de mis labios se elevan más, formando una sonrisa ladina, y disparo—: El treinta de abril. Lo miré en la Wikipedia el otro día mientras cotilleaba tu carrera artística.

Gabrielle se queda boquiabierta porque no le entra en la cabeza haber perdido contra mí. Como las dos hemos contestado bien (lo mío ha sido un milagro), ella debe deshacerse de sus bragas y yo me dejo las mías puestas.

—Eres una tramposa —me espeta.

—Para una pregunta que me sabía… —Sostengo su rostro entre mis manos sin borrar mi sonrisa; las suyas se pasean por mi cintura con delicadeza—. ¿Cuál es mi premio?

—Yo.

Estoy a punto de capturar sus labios de nuevo cuando unos golpes en la puerta nos cortan el rollo; las dos damos un respingo y escupimos una maldición, aunque ella la suelta en francés y sé que se trata de una palabrota, porque ha sonado parecido a «mierda».

—Ma chérie, soy yo. —El pesado del lameculo—. Dentro de diez minutos viene el taxi. Espero que estéis listas y hayáis estudiado mucho.

¿Cómo que dentro de diez minutos? ¿Ya han transcurrido las tres horas?

—No le abras —le pido a Gabrielle, y le tapo la boca con la mano para que no le responda—. Con diez minutos tengo más que de sobra para hacer que te corras.

Ella me mira, suplicante, y de su garganta nace como un sonidito de placer. Lucien da otro par de golpes en la puerta con su puño.

—¿Os habéis muerto u os habéis quedado dormidas? ¿Por qué no contestáis? —pregunta, pero nosotras permanecemos calladas a la espera de que se canse de aporrear la madera y se largue—. Vamos a llegar tarde, algo muy típico de los españoles.

—Dile que estás enferma y que cancelen el maldito programa —le propongo a Gabrielle.

Nos reímos al unísono y el lameculo vuelve a dar por saco.

—Chicas, voy a entrar, que me estoy preocupando.

¿Cómo? ¿Tiene llaves de NUESTRA habitación? ¿Dónde se ha visto eso? ¡Ni follar tranquilas podemos!

En cuanto oímos ruidos provenientes de la cerradura de la puerta con los que deducimos que la está abriendo, me quito de encima de Gabrielle y ella se levanta como un resorte.

Me acuesto en la cama, tapándome con las sábanas hasta la barbilla para que ese tío no me vea con las tetas al aire, y ella intenta vestirse a toda prisa, pero solo le da tiempo a ponerse su camiseta de tirantes con la que se le notan los pezones erectos (menos mal que aún no se había deshecho de las bragas).

Lucien hace acto de presencia en la habitación con su carpeta ridícula y, cuando se asegura de que estamos vivas, recorre con su vista la estancia, con nuestras prendas tiradas en el suelo.

Por último, nos mira a su jefa y a mí sin extrañarse siquiera.

—No voy a preguntar por lo que estabais haciendo; solo espero que estas tres horas hayan sido productivas —es lo único que nos dice con el semblante inexpresivo, y yo me aguanto las ganas de contestarle que no lo han sido porque nos ha interrumpido.

A continuación, centra sus ojos en Gabrielle con altanería—.

Y ponte una rebequita, hija mía, que esos pobres pezones están pasando frío; los tienes más tiesos que las pirámides de Egipto.

Tras esa última frase que a las dos nos pilla desprevenidas, Gabrielle desvía su mirada hacia su delantera y se la cubre con los brazos; yo me descojono de la risa. Lucien nos recuerda que el taxi está a punto de venir y se da la vuelta para desaparecer de la habitación.

Las dos intercambiamos una mirada divertida, aunque yo todavía me estoy riendo.

—Vamos, que el jodido deber nos llama —me dice, y yo, no sé por qué, pero considero gracioso que haya pronunciado ese taco español con su acento de francesita.

Me destapo y me incorporo sobre el colchón; sus ojos me recorren entera hasta que se detienen en mi cara.

—Escúchame, mon amour. —La apunto con el dedo índice en clara señal de advertencia—. Esta noche continuamos donde lo hemos dejado, así que prepárate.

Pero ella solo me aconseja que practique mi pronunciación en francés.