Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 20. Gabrielle #2
54%

20. Gabrielle #2

Echo un vistazo a las hojas, que son diez en total, por delante y por detrás; en las dos primeras se encuentran el montón de preguntas que debo responder para que mi «novia» se las estudie, y en las restantes, las respuestas a la entrevista.

Me siento como si estuviera delante de un examen sorpresa; no me va a dar tiempo de estudiar tanto texto.

Los otros tres lapislázulis ya han empezado a reírse y a comentar el drama entre ellos.

—¡Venga ya! —exclama Iris lanzando los folios a la mesita—. Ni de coña pienso aprenderme esto. No estudiaba tanto ni cuando estaba en la carrera, menos lo voy a hacer ahora.

La miro, curiosa.

—Uy, ¿y qué estudiaste?

—No te lo pienso decir.

De pronto, Daniel se pone en pie y nos avisa de que ha quedado para tomar algo con su suegra, que vive en Londres, y que dentro de un rato estará de regreso si no lo ha secuestrado algún «guiri fanático».

Pero antes de marcharse, me suelta que Iris ha estudiado Educación Infantil, «porque el sueño de su vida es ser maestra de mocosos llorones».

—¡Cabrón! —La aludida le lanza un cojín a Dani y él huye de la habitación.

Giro la cabeza hacia ella, asombrada. No me la imagino aguantando a otros niños que no sean su hermano pequeño.

—¿En serio? No te pega nada.

—Ya. —Se encoge de hombros—. Mi familia me obligó a estudiar algo para tener un plan B, por si el experimento de dedicarme a la música salía mal.

Elegí Educación Infantil porque pensaba que sería una carrera fácil, pero acabé traumatizada cuando hice las prácticas en un cole, sobre todo con los niños que se cagaban y meaban encima.

Se me escapa una carcajada y Lucien corta nuestra cháchara mediante una sonora palmada.

—Parejita, basta ya de tanto hablar. Rellenad las respuestas y poneos a estudiar, que se os va a hacer tarde. Tenéis tres horas para aprenderos todo. —A continuación, imita a un reloj—: Tic, tac, tic, tac.

—¿Me puedo llevar chuletas? —pregunta la rubia, y yo pensaría que lo ha dicho de broma si no la conociera.

—¿Chuletas? —Mi amigo frunce el entrecejo—. ¿Para qué? En ese programa no se hacen barbacoas.

También pensaría que Lucien nos está tomando el pelo si no hubiera puesto una verdadera expresión de confusión.

—¿Eh? —Iris no ha entendido nada.

Rober comenta «hostia, qué hambre de chuletas me acaba de entrar» y su hermana le contesta que, cuando ganen EuroStars, harán una barbacoa para celebrarlo. Yo le explico a Lucien que «chuletas» es lo que se usa en España para copiar en los exámenes.

—Ahhh, ya entiendo. —Y centra su mirada en Iris—. Y no, no puedes llevártelas.

—¿Y pinganillo? —ella continúa dando opciones por si alguna cuela con tal de no estudiar—. Si me dejo el pelo suelto, no se nota.

—Nada de trampas, que no queremos que seáis el hazmerreír del mundo y descubran vuestra relación falsa. —Lucien coge los papeles que había lanzado la otra a la mesita, los ordena y se los coloca en el regazo—. A hincar el coño, mademoiselle.

—Hincar codos —lo corrijo.

—Lo he dicho bien, ma chérie. Me refería a que hincara el coño en el sofá y no lo despegara hasta que se lo haya aprendido todo y te conociera mejor que tú a ti misma.

Dejo escapar otra risotada porque estamos pasando demasiado tiempo con los lapislázulis y se nota.

Iris exhala con brusquedad.

—Vale, vale, estudiaré, pero tendría que ganar más dinero por hacer tonterías como estas. —Apoya los pies en la mesita y empieza a escribir sus respuestas, con las hojas posadas en sus muslos.

Yo también escribo las mías y, cuando ambas terminamos, nos las intercambiamos; ella, con cara de fastidio y yo, intrigada, porque deseo saber lo que ha respondido para conocerla un poquito más.

Les digo a los demás que me marcho a mi habitación para concentrarme mejor, aunque también invito a Iris a venirse conmigo para que podamos ayudarnos la una a la otra y darnos ánimos, ya que pienso sacar una perfecta matrícula de honor en esa entrevista.

—Yo te acompaño, pero para echarme una siesta —me dice.

Antes de salir, Lucien nos avisa de que dentro de tres horas estará golpeando nuestra puerta para que nos subamos al taxi que nos estará esperando en la entrada del hotel; también nos recuerda que nos lo tenemos que aprender absolutamente todo si no queremos convertirnos en memes con patas, y añade que nos registrará a las dos para asegurarse de que no vamos a hacer trampas.

Eso último se lo tendría que decir solo a Iris, que yo soy responsable.

—Ni de coña me vas a poner tus manazas encima —le espeta la rubia—. Ni que fueras Cara Delevingne, Maripili. —Y desaparece de nuestra vista.

—Uy, lo que me ha dicho. —Lucien se lleva una mano al pecho y yo salgo detrás de mi novia.

En cuanto regresamos a nuestra estancia, Iris se tumba en la cama, a lo largo, y yo me siento en el sillón con las piernas cruzadas y sujetando los apuntes, porque así estudio mejor que acostada.

Primero me leo las preguntas de la entrevista normal, donde Lucien se ha inventado una telenovela (porque seguro que ha sido él; no me imagino a Bruna siendo tan romántica), y luego me pongo con las respuestas de Iris, escritas con una caligrafía bonita y delicada, sobre la prueba que nos harán, que algunas me asombran bastante.

Tras treinta minutos, desvío la vista hacia la rubia para hacer un descanso y saber cómo va, pero la descubro dormida con la cara apoyada en los apuntes.

La mato.

Me levanto de un salto y me acerco a ella en un par de zancadas, enfurecida.

—¡Iris! —Le pego en el brazo con mis apuntes—. ¡Despierta!

Ella abre un ojo para mirarme, suelta un quejido y se tapa la cara con un brazo para que no la moleste; yo la vuelvo a golpear, pero esta vez en la cabeza, en el costado, en la cadera y en las piernas. Varias veces.

—Joder, tía, es que es aburridísimo —protesta en la misma posición, sin moverse—. Me recuerda a cuando iba al insti y me tenía que poner pantalones cortos para escribirme las respuestas en los muslos porque no había estudiado.

Se me acaba de ocurrir una idea maravillosa.

¿Y cómo es eso de que se hacía chuletas en los muslos? ¡Espero que no haga lo mismo en el programa!

—Te voy a ayudar a estudiar con un juego interesantísimo —le digo con voz juguetona y esbozando una sonrisa traviesa; ella se quita el brazo del rostro y se incorpora.

—¿Un juego interesantísimo? —Enarca una ceja y se sienta en posición de indio—. Viniendo de una francesa, dudo mucho que sea interesante.

Va a cambiar de opinión en cuanto conozca de qué va.

Carraspeo y, de pie, le explico el juego:

—Consiste en preguntarnos cosas que aparecen en esos apuntes para saber cuántas nos hemos aprendido. Por cada respuesta errónea o en blanco, tú debes quitarte una prenda y, si yo respondo bien, me toca quitármela a mí. Pierde la que se quede completamente desnuda. ¿Entendido?

Iris hace una mueca con los labios, pensativa.

—¿Y la ganadora qué se lleva? Si no hay premio, no tiene gracia.

Uy, pues no había pensado en eso.

—Premio sorpresa —le contesto a toda prisa, muy segura de mí misma—. Si te lo digo, pierde la magia.

De nuevo, pone la misma expresión que hace unos segundos.

—Vale, juguemos —acepta, y se encoge de hombros como si no le interesara mi juego—. Lo que sea con tal de no estudiar esta mierda.

—Bien. —Me acomodo en el colchón, en frente de ella, e intercambio sus folios por los míos.

Entre que Iris ni siquiera ha hecho el esfuerzo de leerse una línea y yo, que ya me lo sé todo de ella… No tengo ni idea de quién ganará.