Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 20. Gabrielle
52%

20. Gabrielle

No me esperaba que Iris se presentase en mi casa, en pijama y con chocolate, para que hiciéramos una sesión de cine no planeada.

Justo cuando estoy pensando en romper nuestro contrato antes de tiempo para no encariñarme con nadie más de lo necesario ni que nadie se encariñe conmigo.

¿Lo de ayer significa que nos estamos acercando y que, quizá, con el paso de los días, Iris se deshaga de su coraza cuando estemos juntas, como cuando nos colamos en el cine?

O eso, o que Lucien tiene algo que ver con su cambio de personalidad para que sigamos fingiendo nuestra relación, que lo veo capaz.

Aunque no creo que ese haya sido el motivo… Iris no le hace caso ni a su madre, menos se lo va a hacer a mi amigo.

—¿Tú qué opinas, Bartolamiau? —le pregunto a mi gata, que está sentada en mi cama, contemplando cómo me cepillo el pelo otra vez, porque no sé qué hacer—. Nos cae bien Iris, ¿verdad?

—Miau —me responde con un maullido que sé que significa que sí.

Abandono el cepillo en la cómoda, me doy la vuelta hacia Bartolamiau y camino hacia ella para cogerla.

—Vamos a proponerle otro plan improvisado.

No creo que me diga que no, así no tiene que meterse en el transporte público con lo que detesta que la reconozcan.

Salgo de mi habitación, con Bartolamiau en brazos, y bajo las escaleras, pero cuando voy por la mitad, me cruzo con Sandokán, que continúa en calzoncillos, y le doy un repaso con mi mirada.

Roquero, melenudo y con tatuajes. No sabía que a mi Luci le gustaban los chicos con estas pintas.

—Muy chula tu casa —me dice sonriéndome, y me muestra el pulgar en señal de aprobación—. El baño es espectacular, y al servicio recibido por tu mánager le pongo un mil sobre diez.

Yo también le dedico una sonrisa.

—Me alegro de que todo haya sido de tu agrado y hayas disfrutado de tu estancia —le respondo con una simulada educación.

Menudos personajes tiene como amigos la rubia.

—Gracias, madame. —Me hace una reverencia.

—Mademoiselle —lo corrijo.

—Eso mismo. —Suelta una carcajada—. Voy a vestirme. —Y se marcha corriendo hacia la planta de arriba.

Yo suspiro, negando con la cabeza, y bajo lo que me queda de escaleras. Camino hacia la puerta del baño donde se ha metido Iris y doy un par de golpecitos.

—¿Iris?

—¿Qué quieres? —me contesta ella desde dentro—. Estaba a punto de meterme en la ducha.

—¿Te parece bien si te acerco a tu casa con mi coche? Así te libras de coger el metro.

—Ehhh… Pues… —Hace una pausa de unos segundos que se me hacen interminables—. No hace falta; me iba a ir con Rober en su moto, que tenemos ensayo en el estudio.

—Ah, vale —le hablo a la puerta sintiéndome una tonta—. Bueno, pues nada. —Me encojo de hombros, decepcionada—. Otra vez será, así aprovecho y avanzo en mi libro.

De pronto, la puerta se abre y me sobresalto al encontrarme cara a cara con Iris, con una toalla cubriendo su cuerpo.

—¿Me explicas eso de «avanzar en tu libro»? —inquiere con sumo interés.

—Estoy escribiendo mi autobiografía. —Le sonrío hinchando el pecho con orgullo—. Una editorial francesa contactó conmigo para que la escribiera y ya voy por la mitad. Estoy muy ilusionada con este proyecto.

Ella enarca una ceja.

—Pero ¿los libros de famosos no los escriben los escritores fantasma? O eso tenía entendido…

—Algunos sí, pero yo he querido escribir el mío de mi puño y letra… O de mi dedo y tecla, más bien. —Y me río yo sola ante mi chiste.

El semblante de Iris permanece serio.

—Quiero ser la primera persona en leerlo. —Y me cierra la puerta en las narices, dejándome con la palabra en la boca, justo como le hice yo ayer cuando se presentó en mi casa sin avisar.

Le acaricio la cabeza a Bartolamiau mientras le hablo, ya que es el único ser vivo que me escucha en este momento.

—Por lo menos le interesa mi autobiografía. Eso es un avance, ¿no?

Hace cuatro meses que no vengo a Londres; la última vez fue en diciembre para dar mi último concierto del año, que aproveché un par de días para recorrer las calles y visitar la ciudad.

Pero hoy he regresado para acompañar a Lapislázuli a otro evento donde los han invitado. Como novia de Iris que soy, Lucien me ha obligado a venir para estar con ella, por lo que hemos tenido que coger un avión tempranísimo para viajar hasta aquí.

No me puedo despegar de los lapislázulis ni con agua caliente. Somos como un pack de yogures, de esos que venden en el supermercado e incluyen distintos sabores; yo sería el de café e Iris… Pues no tengo ni idea. ¿Existe algún yogur con sabor a vinagre?

—¿Qué sabor tendrías si fueras un yogur? —le pregunto a la rubia en el ascensor, de camino a la habitación que debemos compartir en el hotel—. Yo, café.

Tampoco puedo separarme de esta mujer ni para disfrutar de mi privacidad, aunque no me quejo.

Iris ladea la cabeza hacia mí para mirarme como si le hubiera preguntado si le gusta comer tierra.

Como los demás integrantes de su banda también se encuentran en el ascensor (Lucien y Bruna no, porque están atendiendo una llamada en el hall), Dani es el primero en hablar:

—Yo sería un yogur con sabor a galleta, evidentemente.

—Yo, de chocolate —interviene Candela—. Porque soy una romántica.

—De plátano —se une Rober esbozando una sonrisa de pícaro—. No os voy a decir por qué.

Su hermana le da una colleja, Iris pone los ojos en blanco y Dani murmura «doy fe», asintiendo con la cabeza.

El ascensor se detiene en nuestra planta y mi novia falsa sale escopetada sin siquiera responderme. Nos adentramos en nuestra habitación, que contiene una enorme, cómoda y sofisticada cama doble, vestida con sábanas de algodón egipcio.

—Me voy un rato a la habitación de estos —me dice, y deja su maleta tirada de cualquier manera en el suelo.

—Contéstame a la pregunta, por lo menos.

—Luego nos vemos, cariñito mío. —Me lanza un beso por el aire, ignorándome por completo, y desaparece de nuestro nidito de «no amor».

Mejor, así aprovecho para estar un ratito a solas conmigo misma, que me lo merezco.

Como esta estancia cuenta con una máquina para hacer café, me preparo uno en cuanto saco mi ropa de la maleta y la guardo en el armario para que no se arrugue.

Después, me acomodo en uno de los sofás, con la taza humeante entre las manos, y le doy el primer sorbo.

Sin embargo, antes de seguir con el segundo, un par de golpes en la puerta interrumpen mi momento de paz.

Será Iris, que se le habrá olvidado la tarjeta para abrir, aunque me extraña, porque no han transcurrido ni diez minutos desde que se ha marchado.

—Ma chérie, soy yo —oigo a Lucien tras la puerta, y da otro par de golpes.

Coloco la taza en la mesita de centro y me levanto para abrirle a mi amigo, que sostiene con un brazo su carpeta fucsia de mánager.

—Estoy en mi momento de relax tomando un café —suelto, molesta de que me lo haya fastidiado.

—Pues tómatelo rápido, que nos ha surgido un pequeñísimo plan de urgencia —me informa, dedicándome una sonrisa inocente y haciendo el gesto de juntar los dedos índice y pulgar cuando pronuncia el término «pequeñísimo», para enfatizar la poca importancia que tendrá ese supuesto plan, pero a mí no me engaña; sé que será todo lo contrario.

Me cruzo de brazos en actitud defensiva, porque ni un mísero café me puedo tomar.

—¿De qué se trata ese «pequeñísimo» plan?

Lucien me aparta de su camino y se cuela en la habitación, mirando hacia todos lados, como si estuviera buscando a alguien.

—¿Dónde está tu novia?

—Con su grupo.

—Vale, acompáñame. —Hace un ademán con la mano para que lo siga.

Me bebo mi café casi sin respirar y persigo a mi amigo para descubrir la «sorpresa» que me tiene preparada. Se detiene en la puerta de los lapislázulis y golpea la madera con el puño.

No lo considero una sorpresa porque ya me olía que nuestro plan tenía que ver con ellos, como siempre desde que la rubia me dejó en bragas en aquella fiesta. Puede que tengamos que tocar otra canción improvisada en el evento de esta noche porque lo habrán pedido nuestros fans.

Nos abre Rober, que nos invita a pasar diciendo «entrad, Maripilis».

Una vez en el interior, veo a Candela tumbada en una de las tres camas individuales con su móvil; a Daniel sentado en otra, con las piernas cruzadas, también con su teléfono; a Bruna de pie, con su cara de mánager formal; y a Iris, comiendo gusanitos y ocupando el tercer colchón, que será en el que va a dormir Sandokán, porque este se acopla junto a ella para zamparse lo que está engullendo, metiendo la mano en la bolsa para coger un puñado y llevárselo a la boca.

Bruna nos indica a la rubia y a mí que tomemos asiento en uno de los sofás, frente a las camas y alrededor de una mesita.

—¿Qué demonios pasa ahora? —pregunta Iris de mala gana, y le da al melenudo la bolsa de gusanitos para que se encargue de terminarla.

Se limpia las palmas en sus vaqueros y se levanta de la cama para acomodarse junto a mí donde nos ha dicho su mánager—.

Una no puede tomarse ni cinco minutos de descanso ya.

Y Lucien es el encargado de informarnos:

—Como se ha difundido la noticia de que Gabby ha viajado a Londres para acompañar a Iris, debéis asistir a un programa muy popular en la televisión inglesa dentro de unas horas.

Solo vosotras dos. La pareja del momento.

—Nos apunta a cada una con su bolígrafo de unicornio e Iris suelta un bufido; yo escucho con atención a mi amigo—.

Os van a hacer una entrevista, así que os he preparado lo que tenéis que responder para que no cometáis ningún fallo.

También suelen hacer una especie de prueba sobre cuál de las dos conoce más a la otra y os harán preguntas cotidianas, del tipo «¿cuál es el color favorito de la otra?

». —Nos entrega un porrón de folios a cada una—.

Tenéis que rellenar las primeras dos hojas con vuestras respuestas a esas posibles preguntas que os harán, y luego os las intercambiáis para aprendéroslas de memoria y que no sospechen, porque está claro que no os conocéis nada de nada.