Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 19. Iris #2
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19. Iris #2

Tras unos segundos procesando esta escena que de primeras no tiene ningún sentido, se me ilumina la bombilla y enseguida la ira comienza a surcar por mis venas roqueras al descubrir el motivo por el que mi amigo está aquí, casi en pelotas.

Ese motivo es el lameculo de Gabrielle, de nombre «Lameculo» y de apellido «de Gabrielle».

Vuelvo a abrir la puerta del servicio, pero ahora con tanta mala hostia que por poco me quedo con el picaporte en la mano. Rober da un respingo y se le corta el chorro por el susto.

¿Todavía estaba meando? ¿Qué es? ¿Un caballo?

—Ya se me ha ido la inspiración por tu culpa —me dice, y se guarda la minga en los calzoncillos, chasqueando la lengua.

—¿Tú estás tonto o qué te pasa? —le espeto, y le atizo con la camiseta limpia que me voy a poner como si fuera un trapo andrajoso.

Rober intenta defenderse de mis golpes, colocando sus palmas como barrera.

—¿Y ahora por qué me insultas y me pegas?

—¿Que por qué te insulto y te pego? —repito lo que acaba de decir sin dejar de apalearlo—. Por lo que sea que tengas con el lameculo de Gabrielle.

Rober ahoga una risita.

—Solo lo recogí en el aeropuerto con la moto y lo traje aquí; luego, una cosa llevó a la otra y ya puedes imaginártelo —me explica—. El apodo le va como anillo al dedo, porque lamer culos se le da de lujo.

Me esfuerzo en borrar a toda hostia la imagen repugnante que se acaba de formar en mi cabeza y le doy con más mala leche con mi camiseta; Rober me pide que pare, riéndose, porque voy a destrozar la prenda.

—No te he pedido detalles. Gracias. —Detengo el apaleamiento y lo miro, apuntándolo con el dedo índice, en clara señal de amenaza—.

Como se te ocurra formar un escándalo con ese francés y te cargues Lapislázuli, te arranco esa melena a la que le tienes tanto cariño.

El año pasado, Dani casi manda a tomar por culo la banda, y este año posiblemente lo hagas tú, así que ten cuidado.

Qué hartura. Hubiera sido mejor formar un dúo con Candela.

Rober pone los brazos en jarras y esboza una sonrisa divertida.

—A ver si la que manda a tomar por culo la banda eres tú con tu relación ficticia, que últimamente estás muy pegada a la francesa.

Abro la boca, atónita.

—¡Yo solo estoy trabajando! ¡Lo hago por vosotros y porque no me queda más remedio!

—Ya, ya —me responde con sorna, y a mí me entran ganas de quitarle con otro camisetazo esa sonrisa de pánfilo—. Por eso has pasado la noche en su cama.

—En la habitación de invitados —lo corrijo, y a él se le escapa una carcajada escandalosa.

—Es verdad… Las tías os lo tomáis con calma cuando queréis rollo entre vosotras. Creo que me he equivocado en la apuesta. —Hace una mueca de fastidio—. De aquí a que os decidáis, han pasado ochenta festivales de EuroStars, ella llevará un bastón y tú, un tacataca.

Otro camisetazo. Por mendrugo.

La pareja de Maripilis baja las escaleras, alarmada por el alboroto que estamos formando. Como he dejado la puerta del baño abierta, se asoman para husmear la pelea con mi amigo.

—¿Qué pasa? —quiere saber Gabrielle, que mira a Rober, extrañada. Me fijo en que ya se ha acicalado con su elegancia francesa característica, igual que Lucien—. ¿Qué hace Sandokán en mi casa y en calzoncillos?

Esa última pregunta la formula con sus ojos clavados en mí y señalando con su mano a Rober, cuya expresión es de absoluta ofensa por haberlo llamado «Sandokán».

Yo hago una mueca con los labios y me encojo de hombros como si no supiera nada; Lucien permanece callado y con los brazos cruzados.

Entonces, la francesa suma dos más dos y ladea la cabeza hacia su lameculo, exigiéndole una explicación.

—¿Era él el dueño de la pulsera de Lapislázuli que había en tu cama del hotel de Madrid?

¿Cómo? Pero ¿desde cuándo están liados estos dos?

—Puede —le responde Lucien con el semblante inexpresivo.

Gabrielle suspira y murmura «no me lo puedo creer», para después darse media vuelta y esfumarse hacia algún rincón de su casa. A continuación, Lucien carraspea y se pone recto.

—Vístete y márchate —le ordena a Rober con cara de acelga podrida.

—¿Y esa frialdad? —Le atizo en el brazo con la camiseta con la que le he pegado a mi amigo; el lameculo se sobresalta y me mira, masajeándose donde ha recibido el golpe tras soltar un ridículo «ay»—.

Por lo menos invítalo a desayunar, que te hizo el favor de traerte del aeropuerto, desagradecido.

—Y lo apunto con el dedo—. A mi amigo lo tratas bien, no como si fuera un perro.

—Eso, eso —interviene Rober mirando a su ligue—, que bien que disfrutaste de mi cruasán anoche.

Necesito arrancarme los oídos.

Los labios de Lucien forman un amago de sonrisa.

—Vale, pero luego te vas, que tengo que trabajar —le responde, y desaparece del baño con la cabeza bien alta.

Ya solos, echo a Rober a empujones porque me tengo que duchar, aunque, antes de cerrar la puerta, suelto:

—¿El lameculo? ¿En serio?

Y él contraataca, con una sonrisa chulesca asomada a los labios:

—¿La francesa del tutú? ¿En serio?

Sin embargo, le contesto con un sonoro portazo, pero a los pocos segundos vuelvo a abrir y él se da la vuelta hacia mí porque ya se dirigía hacia las escaleras.

—Y para que lo sepas: no somos unas lentas —lo informo—. Ya nos hemos liado, Sandokán.

—¿Tan rápido? —inquiere, desconfiando de mis palabras—. No te creo.

Ahora sí, cierro la puerta, ya con un último portazo, y echo el pestillo para evitar que Rober, que se ha quedado con cara de tonto, se cuele mientras me ducho para que le cuente el salseo sáfico.

Ostras.

Ahora caigo en la cuenta de que la «cita» improvisada de ayer no fue trabajo, aunque nos hiciéramos fotos. Me presenté en esta casa porque de verdad quise.

Para estar con la francesa viendo pelis en plan romántico.

¿Qué coño…?

Me miro en el espejo del baño, frunciéndole la nariz a mi reflejo.

—¿En serio, tía? —hablo conmigo misma.

Lo achacaré a la regla.