19. Iris
Que la gabacha me ha cerrado la puerta en toda la jeta.
Será payasa.
Encima que he querido hacerle un gesto bonito y me he sacrificado saliendo de mi piso para meterme en el Mercadona y comprarle chocolate… Y todo eso, menstruando.
Qué desagradecida es mi chica.
Aporreo la puerta con la mano con la esperanza de que me vuelva a abrir.
No pienso irme a mi casa tras haberme comido un viaje en metro donde un grupo de chavales me ha reconocido y me he tenido que hacer fotos con ellos, porque en el tren no tenía ninguna escapatoria para salir huyendo.
Me colaré por el jardín si me deja aquí como una apestada; otra opción no tengo.
—Abre, boba —insisto con un par de golpes más.
Como no obtengo respuesta, añado—: ¿Sabes que hay un paparazi ahí fuera?
Como se dé cuenta de que me has dejado en la calle, va a pensar cosas raras y mañana protagonizaremos las portadas de las revistas cutres del corazón con el titular «Gabrielle Leroux le prohíbe entrar en su casa a Iris Llorens.
¿Estamos ante una posible ruptura de las divas de la música? ».
Como las noticias ridículas que salieron el lunes sobre la comida con mi familia; los reporteros comentaron que el romance entre las dos se estaba poniendo bastante serio y se morían de la curiosidad por saber cuándo yo conocería a mi supuesta familia política.
Deseo que nunca, que para eso tendría que viajar a Francia y me apetece menos que arrancarme un brazo; pero deduzco que no me libraré de ese evento tan ansiado, porque el lameculo lo habrá incluido en su coñazo de planning.
Gabrielle me abre la puerta de sopetón, sujetando una de las tabletas de chocolate que he comprado, ya mordisqueada.
—Se pronuncia Leguh, no Legoux —me corrige con su acento de puturrú de fuá. Hace un ademán con la cabeza hacia el interior de su vivienda y se hace a un lado—. Entra, Tiffany.
—Leguh, Leguh, Leguh —repito haciendo muecas de burla, y me adentro en su palacio.
Ella, suspirando, se marcha hacia la cocina para dejar lo que he comprado; yo voy directa al salón y abandono en una de las sillas de la mesa grande de cristal la mochila que me he traído con las cuatro primeras prendas que he capturado del armario y lo imprescindible para el aseo personal, porque estoy segura de que me va a dar pereza regresar a mi apartamento más tarde.
Me apalanco en el sofá, me coloco la bolsa de agua, que todavía está caliente, sobre la barriga y me tapo hasta la barbilla con la manta enorme de corazones que hay, frente al televisor de cien mil pulgadas y con los pies apoyados en la mesita de centro.
Qué a gustito. De aquí no me va a mover nadie en todo el día.
La gata Bartola se asoma al sofá y, como ya me conoce porque vine a cuidarla unos días mientras su dueña estaba en Francia, se sube a mi regazo. Yo aparto la botella de agua a un lado para que no se queme y ella se encarga de darme un masaje con sus patitas en mi tripa, por encima de la manta.
Espero que no se le vaya la olla de repente y me descuartice, que nunca se sabe con los gatos; son muy traicioneros. El otro día casi me tira por las escaleras.
Menos mal que esta felina es blanca y no negra para no darme mala suerte con lo supersticiosa que me he vuelto a estas alturas.
—Ah, qué bien —escucho la voz entre irónica y molesta de Gabrielle, que acaba de hacer acto de presencia en el salón, y desvío la mirada hacia ella.
Está de brazos cruzados, de pie, pero todavía sosteniendo la tableta de chocolate con una mano—.
Vienes sin haber sido invitada y te apropias de mi sofá, de mi manta, de mi botella de agua caliente y de mi Bartolamiau.
Esbozo una sonrisa divertida.
—Las parejas comparten sus cosas, pero como sigas hablándome en ese tono, puede que te conviertas en una expareja antes de tiempo.
Ella toma asiento en el sofá que se encuentra al otro lado, con las piernas y los brazos cruzados, y le da un mordisco tan fuerte al chocolate que me extraña que no se haya dejado pegados un par de dientes en la tableta por lo irritada que está.
Cómo le ha cambiado el carácter con la regla a esta chica.
—Las parejas reales, no las ficticias —me aclara, por si no lo sabía o se me había olvidado el tema de que no somos novias de verdad—. Y siento decirte que me tendrás que aguantar hasta que la fecha estipulada en el contrato nos separe.
—¿Y después? ¿Nos haremos amiguis por siempre jamás?
—pregunto con la ceja enarcada, simulando voz de ñoña, y la cambio a mi tono normal para agregar—: Ojalá que no, porque no es recomendable hacerse amiga de tu ex, aunque sea de mentira; es como si guardaras tu propio vómito en la nevera por si algún día te sirve.
Gabrielle sufre una arcada y se tapa la boca con una mano; yo me desternillo de la risa.
—Iris, que estoy comiendo.
—Anda, ven. —Palmeo el sitio libre que tengo a mi vera y me hago con mi móvil—. ¿Qué te apetece almorzar? ¿Pizza? ¿Hamburguesa? ¿Sushi? Pero pagamos a medias, eh.
Ella ni siquiera se toma su tiempo en pensar porque me responde al instante:
—La hamburguesa más grasienta y gigante que haya, patatas con kétchup y un refresco de cola.
Vaya… Estoy sumamente impresionada. Creía que iba a querer algún bodrio francés.
Me pido lo mismo que ella y, en lo que esperamos al repartidor, echamos a suertes lo que veremos en la tele durante la tarde.
Ella propone las cinco películas de la saga Crepúsculo y yo, las de Los Juegos del Hambre.
Nos retamos al Piedra, papel o tijeras y rezo en mi interior para ganarle, porque no voy a presenciar cómo unos vampiros se convierten en árboles de Navidad con lucecitas cuando les da la luz del sol, que ya tuve bastante en mi adolescencia yendo con mis amigos al cine cada vez que se estrenaba una parte; además, el otro día, mis compañeros de piso las estuvieron viendo y me quedé frita en el salón por el aburrimiento.
Pero como soy una desgraciada que ha nacido con mala suerte, la francesa me vence con las tijeras (yo he sacado el papel), aunque decide cambiar de opinión en el último momento porque le han entrado ganas de ver las tres películas de High School Musical, que son incluso peores que Crepúsculo; se me va a poner la cabeza como un bombo con tantas canciones poperas básicas.
—¿Las has visto? —me pregunta Gabrielle—. Yo, un montón de veces; me sé las canciones de memoria.
—Sí, varias, por desgracia. Candela y Axel son megafans; el año pasado hicimos maratón mientras Dani y yo poníamos cara de culo y nos descojonábamos.
La expresión de Gabrielle se transforma en una de ofensa, pero el timbre de su casa nos interrumpe y yo me libro de la respuesta (o del golpetazo con el cojín) que me iba a dar, porque se levanta para atender al repartidor.
Un minuto después, regresa al salón con la comida y el ambiente se inunda con el delicioso aroma a McDonald’s.
Antes de probar bocado, me obliga a hacerme una foto con ella y el pedido, ya que la quiere subir a sus historias de Instagram con la frase «día de relax», para seguir documentando nuestra relación falsa.
Luego, nos zampamos nuestras respectivas hamburguesas con patatas mientras vemos High School Musical; yo, haciendo muecas raras o soltando una risotada cada vez que sale una escena romántica o dicen alguna frase cursi.
Y nos tiramos la tarde entera en el sofá, la una al lado de la otra, tapadas con la manta, comiendo más porquerías (el chocolate y las palomitas que he traído, y café que ha preparado Gabrielle), y con Bartolamiau durmiendo sobre mi regazo, que quiere estar pegada a mí y no entiendo por qué.
Por increíble que parezca, consigo no dormirme gracias a que no paro de reírme y a la patada que me da la francesa por cada carcajada.
Para cuando llega la hora de la cena, pedimos pizza y me permite poner la primera peli de Los Juegos del Hambre, aunque con esa sí me quedo frita a la media hora, justo cuando termino de engullir mis porciones.
En cuanto aparecen los créditos en la pantalla, Gabrielle me despierta con un par de golpes en el brazo y me ordena que me vaya a la habitación de invitados si no quiero irme a mi casa tan tarde, porque ella quiere irse a su cama ya, que está muerta de sueño.
Y yo le hago caso, porque también estoy agotada.
Una vez acostada (ni me he tenido que enfundar el pijama porque he venido con él puesto debajo del abrigo), me meto en el WhatsApp, que lo he tenido olvidado, y entro en la conversación del grupo.
Como hay más de cien mensajes, me voy directa al que aparezco mencionada porque no pienso leerlos todos.
Dani: «@Iris, espero que no te hayan raptado. ¿No vas a venir a casa? Tus padres (Axel y yo) estamos preocupados»
Iris: «Hoy duermo fuera»
Candela: «Uy, ¿con quién? ¿Con la francesa?»
Bruna: «Más le vale»
Rober: «Sí, está con ella, que lo he visto en una historia de Instagram. Han hecho fiesta de pijamas y todo»
Axel: «Están limando asperezas»
Dani: «Joder, Axel, cada vez te pareces más a tu padre. Qué repelús»
Candela: «Qué bonito»
Gerard: «Resumen????»
Iris: «Estoy limpiando la imagen de Lapislázuli, que no es lo mismo»
Dani: «Limpiando TU imagen, querrás decir»
Iris: «Buenas noches, que tengáis muchas pesadillas»
Abandono el móvil en la mesita de noche, poniéndolo en silencio, con los datos desconectados y en modo avión.
Si surge alguna urgencia o llega el fin del mundo, que nadie cuente conmigo.
A la mañana siguiente, abro la puerta del baño de la planta baja para ducharme, medio sobada, pero pillo a alguien en su interior, con solo unos calzoncillos puestos y meando tan tranquilo. El invitado ladea la cabeza hacia mí y me saluda con un «hey, ¿qué pasa, baby Yoda?».
—Joder, Roberto. —Aparto la mirada de golpe, aunque no sé por qué, si lo he visto mear mil veces—. Para algo existen los pestillos. —Y cierro de un portazo para esperar en el pasillo a que termine de hacer sus necesidades.
Un momento… ¿Cómo que Rober? ¿Qué demonios hace en Villa Puturrú de Fuá? ¿Estoy despierta, dormida o alucinando?