18. Gabrielle #2
—Eres humana, Gabby, y es normal lo que estás sintiendo.
Si quieres romper el contrato y acabar con esto, hablamos con Iris y lo hacemos, a pesar de las consecuencias mediáticas que pueda tener.
Pero solo te pido una cosa: que te tomes unos días para pensártelo; ahora no es un buen momento para tomar decisiones precipitadas.
¿De acuerdo? —Su mano derecha viaja hasta mi barbilla para tocarla con ternura, como si fuera una niña indefensa, y yo asiento con una sonrisa forzada—. Vete a dormir.
—Está bien. —Le doy un beso en la mejilla y me pongo en pie—. Descansa.
—Tú también, que lo necesitas más.
Disfruto de una ducha caliente para relajarme y, cuando me meto en la cama, me doy cuenta de que Iris me ha enviado un mensaje hace un rato, mientras me desahogaba con Lucien.
Tiffany: «Ya he llegado a mi piso, Eduarda. Sana y salva. Buenas noches»
Gabrielle: «Buenas noches, Iris»
El miércoles, llego a casa tras haber ido a la clínica de Axel, que llevaba un par de días con la espalda fatal. Me desprendo de la ropa de calle y me vuelvo a poner el pijama, porque voy a estar todo el día tirada en el sofá, con Bartolamiau, sin hacer absolutamente nada.
Bueno, sí: maratón de alguna serie, hincharme a chocolate y a café, dormir una buena siesta española y quejarme del dolor de ovarios, que hoy me ha bajado la regla.
Para colmo, estoy sola, ya que Lucien se ha tomado un par de días libres; se fue el lunes a Francia y no regresará hasta esta noche, así que esta casa tan grande y vacía se me está cayendo encima.
Estos días he estado reflexionando sobre la conversación que tuve con mi amigo el domingo y solo he llegado a la conclusión de que quiero conocer más a fondo a Iris y su historia, pero me va a costar que se abra conmigo con lo hermética que es.
Me entretengo cotilleando sus historias de Instagram, que siempre me salen las primeras porque tengo su cuenta añadida a «favoritos» para no perderme lo que sube. No por nada en especial; solo para comprobar si me menciona o publica fotos donde aparezco yo o de nuestra relación falsa.
La primera historia que ha subido es una foto que se ha hecho desde el espejo del baño de su piso, donde sale con el cepillo de dientes metido en la boca mientras sostiene con una mano su móvil; está vestida con una camiseta de tirantes negra de pijama, con el dibujo de una estrella blanca en el centro.
A su lado, se encuentra ese Daniel, con los pelos revueltos y metiéndose el dedo índice en la nariz, mirando a la cámara.
Paso a la siguiente historia, en la que solo está ella con cara de cansancio, tumbada en la que supongo que será su cama, y la frase «que alguien me arranque el útero y los ovarios. Gracias». Como me pica la curiosidad por lo que le ocurre, le doy a «me gusta» y empiezo a teclear.
Gabrielle: «¿Por qué tan dramática?»
Suelto el teléfono en la encimera de la cocina y abro la nevera para secuestrar una tableta de chocolate negro; sin embargo, cuando cojo el envase, me doy cuenta de que se encuentra vacío.
¿Quién se lo ha comido todo y ha vuelto a meter el cartón lleno de aire en el frigorífico? ¿Lucien, antes de irse a Francia?
Permanezco de pie, con los labios fruncidos y contemplando el envase a la vez que hago memoria para descubrir al culpable.
Vale, he sido yo. Me he despertado de madrugada, medio sonámbula y con antojo, y he devorado lo que quedaba; después, me he vuelto a meter en la cama y he dormido como un bebé las horas de sueño que me faltaban.
Suelto un bufido por la frustración y vuelvo a abandonar el envase vacío en la nevera. Tampoco me queda ningún táper con la paella de mi suegra; me los he comido casi todos y Lucien se ha zampado uno sin haberme pedido permiso, el muy sinvergüenza.
Regreso al sofá con mi móvil y leo la contestación de Iris al mensaje que le he dejado.
Tiffany: «La puta regla, que me tiene harta»
Vaya, qué casualidad. Estamos sincronizadas.
Gabrielle: «¿En serio? Yo también estoy con ella. ¿Será verdad eso que dicen de que cuando dos mujeres pasan tiempo juntas, se les sincroniza la regla?»
Tiffany: «Menuda estupidez»
Gabrielle: «Y encima se me ha acabado el chocolate… ¿Cómo voy a sobrevivir? :(»
Tiffany: «Qué tragedia más grande»
¿Está siendo irónica? Por mensaje es muy difícil descubrirlo. Aunque, conociéndola…
Gabrielle: «Creo que voy a tener que volver a salir para comprarlo. Lucien se ha ido y yo estoy sola en casa. Pero me da una flojera enorme, que ya me he puesto el pijama»
La rubia tarda unos minutos en enviarme su respuesta.
Tiffany: «No hace falta que salgas en esas condiciones. Te lo va a llevar un repartidor a domicilio en media hora, aproximadamente. De nada»
¿Cómo? ¿Sigue con sus bromitas o qué le pasa? A veces, esta mujer me saca de mis casitas… ¿O se decía «casillas»?
Gabrielle: «No me hace gracia»
Tiffany: «A mí, sí»
Tiffany: «Voy a acostarme un rato, que estoy cansadísima. Chaooooo»
Al desconectarse, yo también lo hago porque quiero descansar del móvil y espero esa media hora que me ha dicho, a pesar de que esté convencida de que se trata de una broma de mal gusto.
Cuando transcurren unos veinte minutos, el telefonillo suena y me levanto del sofá para abrir al supuesto repartidor que me trae el chocolate. Pero, en cuanto veo quién es a través de la cámara del portero automático, me tengo que pellizcar varias veces por si estoy soñando.
—¿Qué haces aquí? —quiero saber, hablándole a la pantalla.
—Soy la repartidora. Traigo un pedido para una tal Eduarda.
La dejo pasar, abriéndole la cancela, y la espero en la entrada con la puerta abierta, de brazos cruzados. Segundos después, se detiene frente a mí, sosteniendo una bolsa del súper.
—¿Es cierto que tienes la regla o Lucien te ha puesto, desde la distancia, una pistola en la cabeza para que vengas a cuidarme y te inventes que te ha bajado? —le suelto con cierta sospecha.
Iris sonríe de medio lado.
—¿Quieres comprobar con esos dedos de Eduarda Manostijeras si la tengo?
Arrugo la nariz.
—Qué asco.
Ahora se le escapa una carcajada.
—Una verdadera sáfica no teme manchar sus garras de sangre.
Con el semblante más serio que el de un moái y empeñándome en no sonreír, le arrebato la bolsa de un tirón y le cierro la puerta en las narices.