Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 18. Gabrielle
46%

18. Gabrielle

Me he quedado de piedra con la noticia de la muerte del hermano de Iris. Ahora entiendo por qué le tiene tanto respeto a la edad maldita, por qué quiere aparentar tanta frialdad y por qué utiliza el sarcasmo y la ironía como vía de escape.

Durante la comida, ya había intuido que algo le había ocurrido a ese chico, porque he visto varias fotos de él en los muebles del salón en las que aparece con su familia.

Sospechaba entre dos opciones: que no había podido asistir a la reunión familiar de hoy por motivos de trabajo (y era la que más esperaba) o que había fallecido; pero me daba reparo preguntar, y más con un niño tan pequeño delante.

Me ha costado asimilar la información cuando Iris me ha soltado a bocajarro que su hermano forma parte del Club de los Veintisiete.

Al principio creía que se estaba quedando conmigo, pero luego he pensado que delante de Pau no podía bromear con un tema tan delicado.

Entonces, como no sabía dónde meterme ni qué hacer en ese momento, ella se ha dado cuenta de mi incomodidad y ha salvado la escena, proponiéndole al peque tocar juntos un par de canciones; él, con la batería y ella, con una de las tantas guitarras eléctricas que hay esparcidas por el garaje junto a más instrumentos.

Y gracias a la música, la alegría se ha vuelto a apoderar del ambiente. Para mí es como una tirita: no cura las heridas ni el dolor, pero te ayuda a sobrellevarlos.

—Ay, niña, espero verte pronto por aquí otra vez —me dice Puri cuando llega la hora de despedirnos.

Pau se ha quedado dormido en el sofá después de haberme enseñado el álbum de fotos con su madre, con el que hemos criticado a Iris mientras ella suspiraba y miraba al techo con fastidio, y de haberse comido la tarta—.

Tienes que probar mi puchero de garbanzos, que me sale para chuparse los dedos de las manos y los de los pies.

—Por supuesto. —Le doy dos besos en las mejillas—. Estoy deseándolo.

La paella estaba deliciosa; es la mejor que he degustado en mi vida.

Lo mejor es que esta mujer me ha llenado unos cuantos táperes para que me los lleve a mi casa; lo mismo ha hecho con algunas porciones de la tarta de chocolate que ha preparado para la merienda, acompañada de una buena taza de café humeante, también exquisito.

Es una gran cocinera; una lástima que mi relación falsa con su hija tenga fecha de caducidad.

—¿Sabes cómo se dice «pañuelo» en japonés? —empieza Pepe otro de sus chistes malos para despedirse de mí.

—No —le contesto sonriéndole con cortesía.

Él no tarda en sacarme de dudas:

—Sacamoko.

Me echo a reír junto a mi suegro y su mujer suspira.

—Vámonos ya, por Dios —nos interrumpe Iris con impaciencia, que sostiene una bolsa de tela repleta de táperes que también le ha dado su madre.

—No os entretenemos más, que se está haciendo de noche —interviene Puri—. Conducid con cuidado.

Iris y yo abandonamos la casa de sus padres y, al meternos en el coche, escuchamos a su madre gritarnos que quiere esos táperes vacíos y limpios de vuelta.

—¡No se preocupe, que en unos días se los traeré! —le prometo.

—¡Más te vale si quieres que apruebe tu relación con mi niña!

—Qué pesadilla, Dios mío —murmura mi novia.

Ya en la carretera, con el silencio sepulcral adueñándose del vehículo porque Iris no quiere oírme ni respirar por si se despista, actualizo mis historias de Instagram con las fotos que he hecho hoy: de la comida, con mis suegros (no les importa que los suba), con la rubia, con la perra anciana, con Pau (tapándole la cara con un emoji) y en el garaje.

Su garaje. Su templo. Donde se junta con su banda para ensayar.

Y yo me he sentido como una privilegiada, porque no a todo el mundo se le invita a pasar a un lugar tan especial.

Sin embargo, no todo ha sido de color de rosa, porque de igual manera me ha visitado la sensación de estar invadiendo un rincón sagrado que no me corresponde.

Lo mismo me ha sucedido en la merienda, que he estado ocupando un espacio que no es mío en esa familia tan encantadora y me ha inundado una emoción cercana a la culpabilidad.

Me han cogido cariño y no es justo que los esté engañando de esta forma; no se lo merecen, sobre todo después de haber pasado por el fallecimiento de uno de sus miembros.

Soy un fraude y una impostora como persona.

—Es la primera vez que estás tan callada —comenta Iris al detenerse en un semáforo en rojo, y gira la cabeza hacia mí—. Aleluya.

—Solo estoy un poco cansada. —Fuerzo una sonrisa.

—Normal; mi familia puede ser bastante agotadora.

El semáforo se pone en verde y volvemos a quedarnos mudas durante el resto del trayecto. Cuando estaciona frente a mi casa, me percato de que las luces se hallan encendidas y distingo la figura de Lucien cotilleando a través de una de las ventanas de la planta de arriba, por el hueco de la cortina.

—Venga, ya te puedes largar —suelta ella, y hace un ademán con la mano para que me salga del coche como si yo tuviera la peste.

—¿Quieres quedarte a dormir? —le propongo con toda mi buena intención, porque tras una comida familiar, lo normal sería que una de las dos pasara la noche en la casa de la otra, no separadas—.

Cenamos la paella de tu madre mientras vemos una peli, y luego cada una duerme en una habitación; o en la mía, con una almohada entre las dos.

Iris me mira como si le hubiera sugerido viajar a Marte en un globo aerostático con un montón de tarántulas.

—Pero ¿tú has pensado antes de hablar?

Me desabrocho el cinturón de seguridad.

—Es para afianzar algo más nuestro lazo.

¿Qué tiene de malo que me apetezca invitarla a mi casa?

Nos podríamos convertir en grandes amigas.

Estamos creando una especie de vínculo con nuestra relación falsa, y yo ya me he ganado a su familia y a su grupo; sería una verdadera pena que cada una se fuera por su lado cuando se terminara el espectáculo.

—¿Qué lazo? Si lo nuestro es estrictamente profesional. Además, le tengo que devolver el coche a Axel, que lo necesita para ir a trabajar mañana temprano, y tú estás cansadísima.

Muy buenas excusas.

—Y si no se lo tuvieras que devolver, ¿aceptarías? —decido ponerla a prueba.

—Ni de coña —escupe sin siquiera haberse detenido a pensar su respuesta, y repite el gesto con la mano, insistiendo en que me vaya—. Vete ya, que tendrás a tu lameculo preocupado detrás de esa cortina. Ya nos veremos en nuestro próximo teatro.

Me encojo de hombros y me dispongo a abrir la puerta para seguir fingiendo que no me pasa nada.

—Tú te lo pierdes. —Me apeo del vehículo, cierro y me asomo por la ventanilla bajada para agregar, mirándola fijamente—: En nuestro contrato no existe la cláusula de no tener sexo entre nosotras; podríamos haber acabado la noche enredadas en mi cama y muchísimo más cómodas que en ese baño.

—Hago lo posible por esbozar una sonrisa juguetona y, antes de que Iris reaccione y logre contestarme algo decente porque se ha quedado pasmada gracias a mis encantos franceses, le digo—: Avísame cuando llegues a tu piso sana y salva.

Chaooo. —Me despido con la mano y me doy la vuelta para encaminarme hacia mi chalet con mi bolso lleno de táperes.

Fin de la función.

Nada más atravesar la puerta, apoyo la espalda en ella y suelto el aire que he estado conteniendo en ese coche. Lucien viene a recibirme y, al verme en este estado, me contempla, preocupado.

—¿Tan mal ha ido la comida familiar?

—No, su familia es un amor. Me han tratado como a una más.

—¿Entonces? —Mi amigo me mira sin comprender mi comportamiento—. ¿Has vuelto a discutir con Iris? Si es que esa chica es una pequeña bomba atómica.

—No quiero seguir con esto —escupo de golpe.

—¿A qué te refieres?

Clavo mis ojos en los suyos, manteniendo mi semblante serio para que sepa que no estoy de farol.

—A mi relación falsa con Iris. No pienso continuar con esta absurda actuación.

Les estamos mintiendo a todo el mundo, incluso a gente que no se lo merece, y yo siempre he sido una persona honesta y fiel a mí misma.

—Se me forma un nudo en la garganta y trago saliva—.

No me reconozco, Luci. Dame ese contrato, que lo necesito quemar.

Lucien da un par de pasos hacia mí y me coge de las manos sin apartar su mirada de la mía.

—Escúchame, ma chérie. No sé qué es lo que te ha pasado en esa comida, pero vamos a sentarnos en el sofá ahora mismo para que me lo cuentes.

Y eso es lo que hago mientras cenamos un táper de paella y tomamos de postre una porción de la tarta de chocolate cada uno: le narro lo que hemos hecho, las sentimientos que he experimentado con ellos, la muerte del hermano mayor de Iris, que soy un timo de persona y que me estoy metiendo en una familia maravillosa que ha pasado (y sigue pasando) por un duelo.

—Pensaba que sabías lo que le sucedió al hermano —me responde Lucien masticando un trozo de pastel—. Salió en todas las noticias en 2019.

—¿Tú sabías quién era?

—Claro: Pol Llorens, una leyenda del rock español. Recuerdo que estuve comentándolo contigo cuando ocurrió.

Me tomo unos segundos para hacer memoria, formando una mueca con los labios.

Lucien y yo siempre hablamos de cuando a algún famoso le ocurre algo grave o fallece, sobre todo en circunstancias trágicas.

—Me suena que mantuvimos esa conversación hace tiempo, pero no tenía ni idea de que ese chico era el hermano de Iris. Con más razón me debo sentir culpable por mentirles a esos pobres padres y a ese pobre niño.

Mi amigo suspira, deja su plato sobre la mesita de centro y vuelve a capturar mis manos, mirándome a los ojos.