17. Iris #2
Durante un instante, saboreo el líquido exclusivo con detenimiento y arrugando la nariz.
Sabe como a Francia.
Bah, está muchísimo mejor la cerveza. Tanta finura para nada.
Mi madre nos ordena que nos sentemos a la mesa, que se va a enfriar la comida, y la obedecemos.
Gabrielle y yo nos colocamos la una al lado de la otra, y mi padre le pide a Pau que se ponga junto a él para soportar a tantas féminas; la francesa se echa a reír, y mi madre y yo ponemos los ojos en blanco.
Una lástima que no pueda escaquearme de esta situación, como cuando era adolescente y había alguna reunión familiar en casa, que fingía que estaba enferma de cualquier cosa o tenía que estudiar un montón para algún examen del insti; me encerraba en mi cuarto como una ermitaña o me iba al garaje para estar con mi música, a veces con mi hermano mayor, o me escapaba con mis amigos por ahí y no me veían el pelo en todo el día.
Pero ahora estaría bastante feo hacer algo así, porque nuestra invitada es mi supuesta novia.
Mecachis.
—Iris, ¿le enseñamos el garaje a Gabby? —me pide Pau una vez que terminamos de comer, tomándose las confianzas suficientes para llamar a la francesa por su diminutivo—. Le podemos tocar alguna canción juntos.
Me ahorro soltar un bufido porque no quiero desilusionarlo ni que Purificación me eche la bronca, pero me da mucha pereza tener que mostrarle a una desconocida mi rincón más sagrado.
—Anda, sí, enseñádselo —interviene mi madre, que apunta a Gabrielle con el dedo—. Pero no tardéis mucho, que te tienes que comer la tarta de chocolate que he preparado y te tengo que enseñar el álbum de fotos familiar para que critiquemos juntas a mi hija.
Me termino lo que me queda de mi cerveza triste sin alcohol para no escupir una burrada y la francesa suelta una carcajada.
—Estoy deseando ver ese álbum; seguro que Iris era una niña muy entrañable.
—No te creas. Siempre ha tenido esa cara de asqueada —suelta mi padre tan tranquilo—. Y una mala leche que la ha heredado de mi señora. No sé por qué Dios mete tanto mal genio en las mujeres tan bajitas. —Y se empieza a mear de risa él solo.
Bueno, solo, no, porque Gabrielle y Pau le ríen la gracieta; en cambio, mi madre le atiza una colleja y le dice que se ha quedado sin probar la tarta.
Por supuesto, mi novia de mentira se ha ganado a mi familia en tan solo unas horas: se ha seguido descojonando con los chistes casposos de mi padre; se ha hecho amiga íntima de mi hermano y ha continuado respondiendo a sus preguntas curiosas (si nos vamos a casar algún día, si ella es la que gana en las discusiones o si dormimos juntas en la misma cama todas las noches); y ha superado la prueba de la paella de la suegra, porque ha dejado su plato reluciente e incluso ha repetido.
Mi madre no paraba de mirarla con adoración ni de comentar ochocientas millones de veces por milisegundo lo guapa que es mientras la otra halagaba sus dotes de chef.
Y yo, deseando darme cabezazos contra la paellera gigante, pero he preferido soportar la tortura sin rechistar.
Además, la guinda del pastel ha sido cuando TODOS, hasta la perra con un ladrido, han confesado que van a votar a la representante de Francia en EuroStars para que me gane.
Decepcionada estoy.
—¿Sabes tocar algún instrumento, Gabby? —le pregunta Pau a Gabrielle a medida que nos acercamos al garaje.
—¡Claro, un montón! La guitarra, el ukelele, el piano, la flauta, el saxofón, el violín… —Hace una mueca, pensativa, y exclama—: ¡La pandereta!
Mírala, qué chica más polifacética. Canta, baila, sabe idiomas (menos catalán), actúa, toca un porrón de instrumentos, tiene unos dedos maravillosos… ¿Hay algo que no sepa hacer?
—¡Yo también sé tocar la pandereta! —suelta mi hermano—. ¡La podemos tocar juntos en Navidad! ¿Vas a venir a cenar en Nochebuena?
Buah, que no se aventure tanto, que todavía quedan más de ocho meses para ese acontecimiento y ya nos habremos olvidado la una de la otra, con suerte.
—Me encantaría —le contesta Gabrielle, mintiéndole con todo su papo a una criatura inocente.
Abro el garaje, echando el portón ruidoso hacia arriba, y Pau es el primero en entrar como un vendaval para apalancarse en el taburete de la batería de Candela y aporrear los tambores y los platillos con las baquetas sin ton ni son.
Le hago un gesto con la mano a Gabrielle, invitándola a pasar, y ella se adentra en mi guarida, analizando con apuro lo que la rodea porque deduzco que se sentirá como una intrusa.
—¡Qué bien tocas! —alaba a mi hermano cuando nos detenemos frente a él—. Eres todo un profesional.
—¡Gracias! —Él esboza una sonrisa de oreja a oreja—.
Cuando sea mayor, voy a formar un grupo de música de rock, como mis hermanos, y seré más famoso que ellos.
Ah, te tengo que enseñar una foto de Pol.
—Se levanta de golpe y corre hacia uno de los pósteres que hay colgados en la pared, que lo señala con una de las baquetas, donde aparece Pol tocando su guitarra de la suerte en uno de sus conciertos—.
Este es nuestro hermano mayor, Gabby; ahora toca con Kurt Cobain, Jimy Hendrix y Amy Winehouse.
—¿Cómo? —Ella ladea la cabeza hacia mí con cara de circunstancias—. Pero si ellos están… —No acaba la frase porque no se atreve a pronunciar la palabra que falta.
Sé que se ha olido algo durante el día y la he visto con ganas de preguntarme sobre el tema, porque es bastante evidente que en esta familia falta alguien por los marcos de fotos que decoran la casa.
Encogiéndome de hombros y dedicándole una sonrisa ambigua, aclaro su duda:
—Es un integrante más del Club de los Veintisiete.