Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 17. Iris
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17. Iris

Como vuelva a escuchar a mi madre decir lo guapa que es Gabrielle, me arranco las orejas.

Al abrirnos la puerta, lo primero que ha soltado, supersorprendida, ha sido «qué chica más guapa» y, cuando se la he presentado, ha repetido lo mismo.

En este momento seguimos las tres de pie, en el recibidor, y yo me estoy desquiciando, porque la mujer que me trajo al mundo no para de alabar a la francesa y de sacarle los colores mientras la otra le devuelve los cumplidos.

Yo permanezco de brazos cruzados, contemplando al dúo suegra-nuera de mentira, a punto de potar.

Que es más guapa y más alta en persona (claro, porque la tele empequeñece a la gente).

Que es muy elegante (es una francesita estirada; lo raro sería que no).

Que habla español como si fuera nativa (¿en serio?).

Que es guapísima (otra vez).

Que parece una princesa (me está dando grima).

Que adora su pelo tan largo (más champú gasta y más tarda en peinarse).

Que es guapísima (ya me he enterado).

Que tiene un acento muy bonito (no, de bonito nada, que da la impresión de que habla con un polvorón metido en la boca).

—Ya era hora de que mi hija me presentara a una novia de manera seria —comenta mi madre, que no ha parado de sonreír desde que hemos entrado por la puerta y parece que va hasta las cejas de alguna droga de la felicidad.

Y eso que ha dicho de «novia de manera seria»… Si ella supiera…

—¿No me diga, Purificación? —le responde Gabrielle, patidifusa, y agrega, luchando por ser graciosa—: ¿Siempre le ha presentado a novias de mentira?

Como se le ocurra meter la pata, la echo de esta casa sin ningún miramiento.

—Ay, niña, puedes llamarme Puri, que estamos en confianza —le contesta mi madre, y decide contarle mis cosas como si yo no estuviera presente—: Mi hija ha traído algunas amiguitas a casa, pero nunca he sabido si eran solo amiguitas o algo más que amiguitas.

Siempre he tenido mis dudas con esa Candela, que es muy alta y también es muy guapa.

Al final, me canso de ser la protagonista de sus cotilleos y le digo en catalán que deje de contarle mi vida a una desconocida.

Sin embargo, a mi madre no le hace ni pizca de gracia que use ese idioma; lo sé, por la chancla invisible que me lanza con su mirada.

Gabrielle ahoga una risita; yo desisto de batallar y me encamino hacia el salón, indignadísima, porque no voy a poder hablar en mi lengua materna en mi propia casa.

Como cuando doña Gabacha se comunica en francés con su lameculo, que me quedo con cara de tonta porque no entiendo una mierda y me da muchísima rabia.

Le he dado de su propia medicina.

Por detrás, oigo a mi madre soltarle a Gabrielle:

—Perdónala, tiene un poco de mal genio a veces, pero en el fondo es un amor de niña. Bueno, ¿qué te voy a decir yo a ti?, si ya lo sabes; por eso te habrás enamorado de ella.

Sí, enamoradita la tengo. Y ella, a mí… Puff… No existe ningún número para cuantificar el amor que siento hacia Gabrielle Leroux.

Me adentro en el salón, con las otras dos persiguiéndome, y veo a mi padre sentado en el sofá, viendo un partido de tenis en la tele con el mando a distancia descansando en lo alto de su barriga cervecera, que es igualita a la de un embarazo de nueve meses; Francisca, la perra de casi veinte años, se halla tumbada a su lado, durmiendo.

—Pepe, levántate a saludar a tu nuera y deja la tele un rato —le ordena mi madre señalando a Gabrielle—. Mira lo guapa que es.

Tengo que sacar unos vasos de chupito. Por cada vez que Purificación mencione la guapura de la francesa, me tomaré uno.

Seguro que acabo con más litros de alcohol en mi cuerpo que de sangre.

¿Lo malo? Que me he traído el coche de Axel y debo conducir de vuelta a mi piso, porque mi amigo quiere que le devuelva su vehículo intacto y no me apetece tener un accidente, y mucho menos que me pille la Guardia Civil, me multe y estalle otro escándalo público.

Mi padre despega su cuerpo del sofá como puede, acompañado de quejidos de señor de casi sesenta años, y se aproxima a Gabrielle; esta lo mira con una sonrisa educada asomada a los labios.

—Encantada, Pepe. —Ella le planta un beso en cada mejilla—. Soy Gabrielle, pero me puedes llamar Gabby.

Él le da la razón a mi madre diciendo que la francesa es muy guapa y yo solo deseo que el tiempo pase rápido para largarme lo antes posible de aquí. Ni diez minutos llevo y mi nivel de tolerancia ha descendido veinte mil pisos.

A continuación, mi padre le presenta a Francisca, que solo levanta la cabeza con curiosidad para ver a esa extraña que le ha empezado a hablar con voz de boba.

—Hola, Francisca. Qué buena eres.

—No te oye; es sorda —la informo—. Está muy vieja ya.

—Ay, pobrecita —comenta acariciándole la cabeza, y deja que la perra siga descansando tranquila en su vejez.

Después, se saca de su bolso gigante dos botellas de vino y las coloca sobre la mesa, que ya se encuentra con el mantel, los cubiertos y los platos puestos—.

Os he traído un detalle. Son los vinos más exquisitos de Francia. Espero que os gusten.

Mis padres se quedan anonadados, estudiando las dos botellas a la vez.

—No hacía falta que trajeras nada, guapísima, pero muchas gracias —le responde mi madre.

—Estos son de los buenos buenos, eh —opina mi padre como si fuera un experto en vinos.

Bien, por lo menos ha traído alcohol. Un punto a favor.

Pero también ha empezado a ganarse a mis padres y no tengo ni idea de si se trata de algo positivo o negativo. No quiero que le cojan cariño tan pronto, porque esto es algo temporal.

—Voy a traer el sacacorchos para estrenar alguna de esas —les digo señalando con la cabeza los dos vinos, y me escabullo hacia la cocina yo sola, aunque solo sea durante unos segundos.

Son unos segundos de calma, sin querer vomitar arcoíris, y eso se agradece.

Pero mi ilusión se desvanece al descubrir que mi madre viene detrás de mí, abandonando en el salón a la invitada con mi padre, que ha comenzado a contarle sus chistes malos para romper el hielo.

—Oye, qué mona es, ¿no? —susurra Purificación para que la otra no la oiga desde el salón; yo exhalo con brusquedad al volver a escuchar eso y cojo del cajón de la encimera el sacacorchos—.

Y simpática. Para ser francesa, no parece tan siesa; pensaba que iba a ser la típica gabacha que mira con cara de asco.

—Chasquea la lengua y, como tiene que ser, se pone a despotricar a la invitada—.

Aún es pronto para evaluarla; esta ha sido solo la primera impresión.

A lo mejor es más aburrida que una enciclopedia sin dibujos.

—Me apunta con el dedo índice—. Pero como no se coma mi paella sagrada, no la vayas a traer más a casa.

Ya sabes que, si no le gusta, no aprobaré esta relación.

Si no se come la paella de la suegra, no habrá bendición.

Tampoco es necesario que acepte nuestro romance si le encanta la paella y no deja ni un grano de arroz en la paellera. Que no se sienta obligada.

—Ya, mamá; no te preocupes. Gabby es una chica divertida y campechana; la vas a adorar —le respondo, por decir algo.

Mentira, sobre todo lo de divertida, pero debo fingir que es la mujer de mi vida y que estoy ciega de amor por ella.

Já. Me descojono yo sola con esta telenovela.

El timbre de casa interrumpe nuestra conversación madre e hija.

—Corre, ábrele a tu hermano, que se había ido a jugar con el vecino.

—Agarra por las asas la gran paellera de la vitrocerámica, que está a reventar de arroz y sería perfecta para alimentar al vecindario si no fuera porque me voy a llevar unos cuantos táperes a mi piso con lo que sobre y les pondré candado para que no se lo coman los neandertales que viven conmigo—.

Voy a llevar la paella al salón mientras tanto y a salvar a esa pobre chica de los chistes de tu padre.

Con el sacacorchos en la mano, dejo atrás la cocina y me dirijo hacia la puerta de la entrada, oyendo a mi padre de fondo contar uno de sus chistes estrella:

—Aunque no estemos en el mes de las brujas, debes tener mucho cuidado con la suegra, eh. Quien avisa no es traidor.

—¡Pepe, hoy vas a dormir en la casa de tu hermana! —lo regaña mi madre—. Deja de asustar a la chiquilla.

Creo que Gabrielle suelta una risita por compromiso y no porque de verdad le ha causado gracia que haya comparado a Purificación con una bruja.

En cuanto le abro a Pau, mi hermano de diez años, se abalanza sobre mí, se abraza a mis piernas y por poco me tira de espaldas al suelo, porque cada vez está más grande.

Sí, mis padres tuvieron otro hijo con cuarenta y siete años (con mi madre a las puertas de la menopausia), cuando ya nos tenían más que criados a Pol y a mí. Fue un penalti en toda regla y algo extraño, porque convertirme en la hermana mediana con casi dieciocho años no entraba en mis planes.

—Eh, ten cuidado, piojo.

—¡Iris! —exclama repleto de felicidad por verme, y sus ojos grises viajan hacia mí—. Ya me ha contado mamá que tienes una novia muy guapa y famosa. ¿Ha venido contigo?

—Sí, está en el salón. —Le dedico una sonrisa y le revuelvo el pelo con cariño.

Al oír eso, Pau se despega de mí y sale disparado por el pasillo para empezar a molestar a su cuñada de mentira.

Espero que ese niño tampoco se encariñe con ella, porque él sí que sufriría cuando nos separemos.

Me reúno con los demás en el salón y mi hermano ya está incordiando a la francesa con sus preguntas incómodas de niño («¿me vais a dar un sobrinito o sobrinita para que juguemos juntos?

»); ella le contesta, con una paciencia infinita y sin dejar de sonreír, que todavía es pronto para pensar en eso, pero que espera tener hijos algún día conmigo.

Yo me muerdo la lengua para no meterme en la conversación y contestarle de mala manera que ni de coña; solo me concentro en destapar la primera botella de vino que he cogido y servirme en una copa para hacer los honores, como tiene que ser, aunque solo una pizca porque tengo que conducir y ser responsable al volante.