Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 16. Gabrielle
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16. Gabrielle

Estoy en el avión de vuelta a Barcelona para pasar un par de días de relax antes de continuar con la preparación del álbum en Francia. Me encuentro rodeada de los lapislázulis; a mi izquierda, tengo a doña Gruñona; a mi derecha, a Candela; y detrás, a Rober, Daniel, Lucien y Bruna.

A decir verdad, me lo he pasado genial en el evento de Madrid; la gente es muy simpática y cercana, y he hecho buenas migas con algunos artistas.

La actuación improvisada con los lapislázulis salió de maravilla, pese al poco tiempo que habíamos tenido para ensayar.

Al público le ha encantado, y lo que más han compartido en redes han sido fotos donde aparezco yo, vestida con la misma falda de tul violeta que me rompió la rubia (pero ya arreglada), cantando y pegada a Iris, mientras ella tocaba su guitarra eléctrica roja, ataviada con su característica ropa roquera negra; ambas sonriendo y disfrutando de nuestra música, aunque estoy convencida de que la rubia estaba fingiendo.

En cuanto a lo que ocurrió en el baño… Ninguna ha sacado el tema ni yo he vuelto a molestarla con mis encantos franceses, porque me he salido con la mía y he abandonado Madrid con ella rendida a mis pies con las uñas pintadas de violeta.

Lo más gracioso es que anoche puso otra vez la almohada entre las dos cuando nos fuimos a dormir para que no siguiera provocándola.

—Ay, tía, me encanta el estilazo que tienes —me habla Candela, que no se ha callado desde que se ha sentado a mi lado en el avión; me ha estado contando las últimas prendas que se ha comprado en Shein y me ha recomendado varios productos de maquillaje—.

Me flipan tus uñas. —Me coge una mano y mira con detenimiento mi manicura con dibujos de cupcakes.

—Me las hice en París, antes de venir a Madrid —le respondo mostrándoselas y dedicándole una sonrisa.

—¿Cómo os pueden gustar esas uñas de Eduarda Manostijeras? —se entromete Iris—. Me parecen incomodísimas.

Se me viene a la mente lo poco incómodas que le parecieron en ese habitáculo del baño del recinto y vuelvo a sonreír, acercándole mi mano a la mejilla para arañársela con suavidad, pero ella me regala un manotazo para que aparte mis garras de su piel con su semblante de amargada.

—No me toques, pesada.

—Ayer no opinabas lo mismo, querida.

Me acomodo en mi sitio y, mientras hacemos tiempo para que despegue el avión, me entretengo con el móvil.

Candela sigue cotorreando a mi lado, pero esta vez le está mandando un audio (o un pódcast, más bien) a un tal Gerardo.

Cuando termina, se vuelve a dirigir a mí porque parece que no puede permanecer en silencio.

—Te tengo que presentar a Gerard, que aún no lo conoces. Es el tío más gracioso que te puedes encontrar —me dice.

—¿Es tu chico? —me intereso como la típica maruja española.

Candela se echa a reír como si le hubiera soltado un chiste absurdo.

—¿Qué dices? No, no, no. —Niega en rotundo—. Solo es un amigo del grupo.

—Por ahora —Daniel interrumpe la conversación, asomando su cabeza entre el hueco de los dos asientos porque estaba con la oreja puesta; las dos damos un brinco y nos giramos hacia atrás.

Después, me mira solo a mí para añadir—: Llevan pillados el uno por la otra toda la vida; lo que pasa es que son tan tontos que no se dan cuenta.

Tú hazme caso, que yo tengo experiencia en este tema.

—Oh. —Me tapo la boca con la mano, impresionada—. Qué romántico.

Candela le atiza un manotazo en la cabeza a su amigo y le dice que tiene suerte de que no la dejen montar con su navaja de Hello Kitty, porque ya le habría cortado los huevos y se los habría puesto de corbata.

El otro se queja del dolor y se masajea el lugar donde ha recibido el golpe; yo escucho a Iris murmurar que tiene ganas de tirarse del avión sin paracaídas para no aguantarnos, aunque tenga que morirse a los veintisiete.

—Pero qué salvajes, mon dieu —comenta Lucien con la mano posada en el pecho, anonadado.

—Para salvaje tú con tu Torre Eiffel —le contesta Rober con algo parecido a la sorna. Como está sentado junto a mi amigo, le palmea un par de veces el muslo.

Lucien carraspea y se remueve en el asiento, abochornado; yo frunzo el ceño.

¿Qué Torre Eiffel?

—¡¿Qué quiere esta mujer ahora, que va a despegar el puñetero avión y no voy a poder usar el móvil?! —exclama Iris, malhumorada y hablando sola.

Ladeo la cabeza hacia ella para averiguar lo que sucede y me percato de que alguien la está llamando por teléfono. Descuelga la llamada y yo, de nuevo, me pongo cómoda en mi asiento para no perderme la conversación con su madre, que he leído en su pantalla «mamá».

Dios, ¿desde cuándo cotilleo con tanta indiscreción? El ambiente de España me está cambiando; en Francia somos más disimulados.

No obstante, en cuanto Iris comienza la discusión con su madre, chasqueo la lengua porque se está comunicando con ella en catalán.

Estoy convencida de que está usando ese idioma a propósito para que no me entere de la cháchara.

Aprender esa lengua es mi asignatura pendiente. Tengo que apuntarme a alguna academia, que en este momento es de vital importancia por si le está hablando a esa mujer de mí.

Los demás enmudecen para prestar atención a Iris y yo intento retener alguna palabreja, pero mi esfuerzo es en vano; solo logro capturar varias veces la palabra «no» y deduzco que la rubia está molesta con su madre, porque suspira en un par de ocasiones, se pone nerviosa, aprieta los dientes o le levanta el tono para ser tajante.

—La que te espera —me susurra Candela agitando la mano, como avisándome de que me prepare para algo, pero yo sigo sin comprender nada.

O sea, que el tema de conversación entre madre e hija soy yo y me lo estoy perdiendo. Fabuloso.

Cuando llegue a casa, le pediré a Lucien que me busque una academia online o un profesor particular para que me enseñe catalán con urgencia.

Una vez que Iris corta la llamada con su característica mala leche, se pasa una mano por la cara y suelta no puc més, que eso sí lo he entendido.

¿Por qué no puede más?

—¿Todo bien? —pregunto como quien no quiere la cosa.

Ella gira la cabeza hacia mí como si fuera la niña de El exorcista.

—¡Claro que no! —grita taladrándome con sus ojos grises—. Mi madre te ha invitado a comer paella en mi casa. Hoy, a las dos de la tarde. Le he repetido una y otra vez que no podíamos, pero se ha hecho la loca. —Hace un ademán con la mano—. No hace falta que vengas; iré yo representando a las dos.

Me tomo unos segundos para procesar la información.

¿Hoy? ¿Tan precipitado? No sé si estoy preparada para conocer a mi suegra de mentira.

Pero no le puedo decir que no a una paella.

Me doy la vuelta hacia Lucien para preguntarle si teníamos planes para hoy, con la intención de que los cancele de inmediato, y él, con total tranquilidad, me contesta que a las dos de la tarde tengo planeada una comida con la familia de Iris, que se le ha olvidado mencionármelo, porque resulta que la madre se puso en contacto con él hace unos días para proponerle ese plan a espaldas de las dos.

Y yo sin saberlo.

Qué fuerte.

Es cierto que, desde que esa mujer me siguió en Instagram, me ha estado mandando los típicos mensajes de «¿cómo estás, guapa?» o «¿cuándo tienes un ratito libre para que te conozca?», y yo le respondía que cuando estuviera menos ocupada.

Pues, al parecer, se ha cansado de esperar y se ha puesto seria contactando con mi mánager.

—Insisto en que no hace falta que vengas, eh —se esfuerza Iris en convencerme, pero no surte efecto.

—Recógeme en la puerta de mi casa a la una y media —le indico con el semblante repleto de seriedad para demostrarle que no estoy de broma—. ¿O prefieres que te recoja yo en tu bloque?

—Agh, no me jodas. —Se da cabezazos contra el reposacabezas.

Yo esbozo una sonrisa socarrona y me tapo los ojos con el antifaz, que el avión está a punto de despegar y voy a aprovechar para descansar lo que queda de viaje; Iris también, que se coloca los cascos y les reza a todos los dioses que existen para que no nos caigamos al vacío.

Sin embargo, se queda frita en menos de lo que canta una gallina.

¿O era un gallo?

Ay, estos españoles y sus expresiones extrañas, que no sé cómo se las inventan.

—¿Qué vino debería llevar a la comida? —le pregunto a Lucien mostrándole las dos botellas que he colocado sobre la mesa del salón—. ¿Chardonnay o Bordeaux?

Él frunce los labios y les echa un vistazo.

—Cualquiera estaría bien. Ya sabes que son mis favoritos. —Suelta una risita—. Espero que esa gente tenga buen paladar.

Hago una mueca con la boca, en actitud pensativa.

¿Y si les llevo los dos? Total, no me cuesta nada y no puedo presentarme en una casa de desconocidos con las manos vacías.

—¿Y qué tal voy vestida? —Giro sobre mí misma para que aprecie el modelito que he elegido para la ocasión—. ¿Demasiado elegante? ¿Poco formal?

—Perfecta, como siempre, ma chérie —me responde mi amigo, aunque tuerce el morro—. Pero quizá hubiera sido mejor que eligieras un atuendo más cómodo; es una comida familiar, no una boda.

Desciendo la mirada hacia mi outfit, uno de los más básicos que tengo: un vestido corto azul con estampado floral, mangas abullonadas y hombros descubiertos, y unas sandalias blancas de tacón medio.

—¿Tú crees? Es un look normal —defiendo mi ropa—. Solo soy una chica que necesita sentirse coqueta.

—Te han invitado a comer en la casa de una familia típica española, donde cada uno de sus miembros te recibirá con la bata, el pijama por debajo, las pantuflas y los rulos puestos.

—¿Me estás sugiriendo que vaya en pijama? —inquiero abriendo mucho la boca, con la palma apoyada en el pecho con dramatismo—. Qué vergüenza.

El sonido insistente de un claxon interrumpe nuestra conversación.

—Ahí está tu novia; ya no te da tiempo de ponerte el pijama —me dice Lucien alzando la voz para que lo escuche por encima de los pitidos, y hace un ademán con la mano—. Corre, vete; no la hagas esperar y no te olvides de documentar con fotos esa comida para subirlas a las redes.

Dejo escapar un bufido y meto con cuidado las dos botellas de vino en mi bolso enorme, tipo cesta, porque no puedo decantarme por una. Me despido de Bartolamiau y miro a Lucien para apuntarlo con el dedo índice.

—Todavía me tienes que contar tu romance con uno de los lapislázulis, que no se me ha olvidado.

Lucien me observa con una sonrisa malvada asomada a su rostro.

—Tú tampoco me has contado lo que hiciste con la rubia en el baño del recinto después de uno de los ensayos —contraataca—. Saliste de allí con una cara de orgásmica que me causó una envidia…

Lo contemplo con la mandíbula a punto de que se me caiga al suelo; de fondo, lo único que suena es el ruido del claxon, que no cesa.

¿Cómo se ha dado cuenta mi amigo de que hicimos algo?

—Touché —es lo único que le contesto, y doy media vuelta para encaminarme hacia la puerta, con la espalda bien recta y sujetando mi dignidad con fuerza para que no se me escape.

En cuanto hago acto de presencia en la calle, los pitidos molestos desaparecen.

Camino hacia el coche que me está esperando y saludo, con una sonrisa feliz, a la conductora a través de la ventanilla.

Ella pone los ojos en blanco y yo abro la puerta para acomodar mi trasero en el asiento del copiloto y mi bolso, sobre mi regazo.

—¿Por qué te vistes así si solo vamos a la casa de mis padres? —me pregunta al analizar mi ropa con la frente arrugada—. ¿Tienes que ir siempre divina de la muerte?

Yo también recorro con mi mirada lo que se ha puesto: una sudadera oversize gris con capucha, unas mallas negras, unas Vans, y ha recogido su pelo en un moño alto y despeinado; ni siquiera se ha maquillado los ojos como un mapache.

—Debo causarles buena impresión a mis suegros.

—No son tus suegros —replica, y arranca el coche que le ha prestado el tal Axel; yo echo un vistazo a mi casa y descubro a Lucien con la cabeza asomada en una de las ventanas—.

Y me siento fatal, porque mi madre se está haciendo falsas ilusiones con este paripé.

¿Cómo le digo que es una farsa? No quiero que se lleve más disgustos.

Vuelvo a dirigir la mirada hacia Iris.

—No tenemos por qué decirle que nuestra relación es de mentira. Ya pensaremos en algo cuando llegue el momento de «romper» —le respondo, dibujando unas comillas con los dedos en el aire cuando pronuncio la última palabra.

Ella murmura por lo bajo «joder», pasándose una mano por la cara, y me pide que mantenga la boca cerrada durante el trayecto porque quiere estar atenta a la carretera para no morirse con la edad maldita de las estrellas del rock.

Ni siquiera se anima a poner música para que esto deje de parecer un velatorio.

Sí que se toma en serio la famosa maldición del Club de los Veintisiete. Si está sana, conduce como una tortuguita y no toma drogas; solo bebe alcohol de vez en cuando. No le va a pasar nada tan joven.

Como no quiero aburrirme durante el viaje, me meto en Instagram para regalar unos cuantos «me gusta» a los comentarios que me han dejado mis seguidores; también le hago una foto a Iris conduciendo sin que se percate y la publico en mis stories con el texto «de camino a casa de mis queridos suegros para comer paella».

Cuando nos adentramos en un barrio residencial donde reina la tranquilidad, guardo el teléfono y la rubia estaciona el coche delante del garaje de la casa de sus padres, que desde fuera parece bastante acogedora.

—Ya estoy más que preparada para echar la pota durante las próximas horas —comenta mirando hacia el frente y respirando hondo, y deja de agarrar con fuerza el volante para desconectar las llaves; después, se apea del vehículo, cerrando con un sonoro portazo, y yo la imito (a excepción del portazo, que no quiero destrozarle el coche al pobre Axel).

—Qué exagerada eres. Seguro que tu madre es un amor de persona.

Ella levanta el dedo índice, en señal de advertencia, para avisarme de lo que se me viene encima:

—Antes de que entremos: todo lo que te cuente esa mujer sobre mí es mentira, así que no le hagas mucho caso.

Lo mismo te digo de mi padre y sus chistes rancios de cuñado en la barra del bar.

Los únicos que se salvan son la perra y mi hermano pequeño, aunque a veces son un coñazo porque no me gustan ni los perros ni los niños.

Mmm… ¿Hermano pequeño? ¿Qué edad tienen sus padres? No sé por qué, pero siempre he pensado que Iris era hija única.

En cuanto nos plantamos delante de la puerta, ella vuelve a tomar aire y pulsa el timbre, mentalizándose para esta entrañable reunión familiar que me tiene intrigada.

—¿Lista para entrar en el matadero? —quiere saber, y yo asiento con la cabeza sin dudar.

Estoy más que lista.